Esta historia deja reflexiones sobre el aumento de delitos sensibles en la ciudad
Siete horas de angustia vivió Laura Acosta. Todo comenzó el pasado 2 de enero, a las 7:46 de la mañana, en Itagüí. Ese día, con el letargo del año nuevo, empezó con el pie izquierdo. A la hora señalada, un carro negro pasó por el gimnasio Oasis, propiedad de Laura y su novio. Nadie notó la presencia del vehículo. El conductor, supieron después, se bajó con naturalidad y, en un descuido de segundos, aprovechó para llevarse a Brandy, la perrita de Laura. Entonces comenzó una persecución que tomó rumbos inesperados.
Al papá de Laura, que estaba en el gimnasio, una vecina le advirtió que un hombre había subido a Brandy a un Chevrolet negro. La mujer recordaba el número de la placa del vehículo, pero no las letras. Con esa información llamaron a la Policía, que empezó a monitorear las cámaras de seguridad para hacer seguimiento al carro, pero en un punto perdieron el rastro y la zozobra se acrecentó.
Desesperada, Laura subió un video a Instagram contando el robo de su mascota. De inmediato comenzó a recibir llamadas y mensajes. A las 9:00 de la mañana, solo dos horas después de que el carro negro se paseara por el gimnasio, un hombre se comunicó con Laura y, de una manera convincente, le dijo que tenía a Brandy en su poder. Dijo que no quería extorsionarla para devolver a la perra, pero que su situación económica era compleja. Sus palabras, recuerda Laura, sonaron convincentes.
Finalmente, después de muchos ambages, el hombre dijo que necesitaba que le hicieran una transferencia por 800.000 pesos para devolver a Brandy. Dio más señas, que en el momento no parecieron extrañas: que dos personas fueran por la mascota al parque de Itagüí, y que allí hicieran la transferencia. Otra vez, el hombre hablaba con ambages, pero sonaba tan convincente, y Laura estaba tan desesperada, que era la tabla de salvación a la que había que aferrarse.
Brandy ya está de nuevo con su familia.
Antes de las 10 de la mañana estaban ella y su papá en el parque de Itagüí, como lo había indicado el hombre que decía tener a Brandy. “Ahí nos hizo una llamada y nos conectamos los tres y nos empezó a dar indicaciones”, cuenta Laura. El hombre, del otro lado de la línea, le dijo a Laura que fuera dos cuadras abajo del parque. “La llamada estaba aislada, nos dimos cuenta después, y yo no escuchaba lo que le decían a mi papá. A él lo mandaron para otro lado”, sigue Laura con su relato.
De manera paralela, mientras los dos estaban siguiendo indicaciones en el parque de Itagüí, el hermano de Laura salió a buscar al carro negro en el que habían subido a Brandy. Ya sabían, gracias a la Policía, que el conductor había tomado hacia la loma de los Zuleta, también en Itagüí. Él mismo fue a buscarlo y lo encontró.
“Otra vez, el hombre hablaba con ambages, pero sonaba tan convincente, y Laura estaba tan desesperada, que era la tabla de salvación a la que había que aferrarse”.
Pero volvamos con Laura y su papá, que quedaron en el parque de Itagüí. Del otro lado de la línea, el hombre comenzó a presionar para que se hiciera la transferencia. “Entonces dijo que tenía retenido a mi papá y que tenía que entregarle la plata para que lo liberaran con la perrita. Ahí me entró la desconfianza”, cuenta Laura.
Siguiendo el instinto, invadida por el miedo y nublada, Laura le contó lo que estaba pasando a un policía que por allí patrullaba. Por las cámaras de seguridad buscaron a su papá, indicando cómo iba vestido, y se dieron cuenta de que no lo habían secuestrado. Era una estratagema del hombre del otro lado de la línea, un extorsionador que nada tenía que ver con Brandy, cuyo único “mérito” fue haber visto la publicación de Laura en redes sociales.
Acá vuelve el hermano de Laura a la historia. Una vez localizó el carro negro, llamó a la Policía y entonces se desató una persecución hasta el barrio Boston de Medellín. A Brandy la habían llevado a un criadero y ahí, sin escrúpulos, la habían vendido a otra persona. De nuevo, la Policía comenzó la persecución hasta el barrio Manrique, donde encontraron al comprador.
Brandy volvió a casa pasadas las 2:00 de la tarde, después de siete horas de angustias, de un supuesto secuestro, de un intento de extorsión y una persecución a través de las cámaras.
La historia de Brandy no es una mera anécdota. La extorsión es un delito en aumento en Medellín y el Valle de Aburrá. Aunque en este caso no hubo secuestro, bien pudo haberlo en el parque de Itagüí. Laura bien dice que en esta historia se cometieron dos delitos diferentes. Primero, el hombre que pasó en el carro y se robó a Brandy; segundo, la extorsión perpetrada por quienes vieron la publicación de Instagram.
“La historia de Brandy no es una mera anécdota. La extorsión es un delito en aumento en Medellín y el Valle de Aburrá”.
Solo el año pasado (hasta el 25 de diciembre) se denunciaron en Medellín 831 casos de extorsión, 183 más que en el año anterior. Es decir, el delito incrementó en un 28%. Eso sin mencionar que los secuestros se aumentaron en un 60%.
El caso de la persona que se llevó a Brandy, y que al parecer trabaja en una plataforma de transporte, está en conocimiento de la Policía. A Laura le preocupa que esta persona siga por ahí trabajando en su carro, merodeando y al acecho.
Laura accedió a contar esta historia a Exclusivo Colombia para dejar constancia de una situación que le puede pasar a cualquiera en el valle de Aburrá.
Manuel Villa Mejía, Secretario de Seguridad y Convivencia, está acompañado por el General (R) y excomandante de la Policía Metropolitana, Pablo Ferney Ruiz. Foto: Alcaldía de Medellín.
Manuel Villa Mejía es abogado, especialista en economía, con perfil de administrador, no obstante, hoy está al frente de la seguridad en la ciudad más compleja del país.
En las primeras dos semanas de 2024 en Medellín han aumentado en casi un 50% frente a las mismas dos semanas de enero de 2023, no obstante, la diferencia es de cuatro casos, las cifras son aún muy cortas como para determinar una tendencia estadística, como la que muestra el Sistema de Información para la Seguridad y la Convivencia.
No obstante, en estas semanas, al frente de la Secretaría de Seguridad y Convivencia se encuentra un abogado, mano derecha del Alcalde Federico Gutiérrez. Manuel Villa Mejía, quien fue Secretario privado del popular “Fico” en su primera alcaldía, jefe de la campaña presidencial del mismo y uno de los fundadores del partido “Creemos”, es el séptimo Secretario de Seguridad y Convivencia en la historia de la ciudad, con antecesores que han dejado marcas muy importantes, el más reciente, el Brigadier General (RA) José Gerardo Acevedo Ossa, que en medio de la más polémica e impopular alcaldía de la historia, deja las cifras más bajas de homicidios en Medellín en 40 años.
Fotos: Alcaldía de MedellínEn un recorrido, acompañado por varios de los nuevos secretarios de la Alcaldía de Medellín, Manuel Villa Mejía, evaluó la situación actual en el Parque Lleras y El Poblado. Fotos: Alcaldía de Medellín
Pero el Secretario Villa Mejía no está solo. El recién nombrado Subsecretario Operativo de esta Secretaría es nada más y nada menos que el Brigadier General (RA) Pablo Ferney Ruiz Garzón, excomandante de la Policía Metropolitana mal recordado por el incidente de la captura de alias “Manolo”, presunto abusador de varios niños en un jardín de “Buen Comienzo”, que se entregó en la Estación de Policía de Yarumal tras ser intensamente buscado, pero que por un error en el informe policial, el General Ruiz, dijo públicamente que se había capturado tras la persecución de las autoridades.
Sepultado el incidente, literalmente tras la muerte de “Manolo” en la cárcel, el General Ruiz vuelve a la ciudad y con los movimientos de las primeras semanas de enero, es innegable que hay un interés por mostrar resultados rápidamente.
En 12 días, según cifras de la Secretaría de Seguridad, Fueron dispuestos más de 150 uniformados para la realización de planes especiales de registro, control y solicitud de antecedentes, implementando 6 puestos de control diarios en articulación con Secretaría de Seguridad y Secretaría de Movilidad en más de 23 puntos estratégicos de la ciudad.
Además, se han realizado intervenciones especiales en la Plaza Botero, en el Parque Lleras y en 5 comunas. Se desplegó una actividad con pocos antecedentes para el control del orden público en Manrique, Aranjuez, en el Centro de Medellín, se intervino el Skate Park de la 4 Sur y hasta se reforzó con el Ejército la vigilancia en los corredores de ingreso y salida de la ciudad. Por lo menos, en el comienzo, la “escoba barre bien”.
Hay 24 agentes de policía custodiando el lugar. Se han visto personas durmiendo en las zonas verdes.
Once días han pasado desde que la Alcaldía de Medellín, ahora liderada por Federico Gutiérrez, levantó las vallas que durante diez meses rodearon la Plaza Botero. Con una mirada rápida, sin mayor detalle, se puede concluir que todo sigue igual desde el retiro de las cercas: la prostitución se mantiene junto a la iglesia de La Veracruz, los turistas siguen llegando en bermudas, y en una esquina siguen poniendo las mismas canciones de Diomedes.
Hay que escudriñar un poco más, hablar con los venteros que pasan las horas bajo el sol, para notar sutiles diferencias. Lo primero que se nota al llegar es la amplitud. La entrada se ve extrañamente amplia sin las vallas. El acceso es ilimitado a la plaza, que además es un espacio público, hay que decirlo. En una tarde de miércoles, bajo los rayos del sol, una veintena de personas hacen corrillo, gritan, celebrando un juego callejero.
Las paredes exteriores de la iglesia, que recuerdan a las ciudades amuralladas del Caribe, sirven de asiento para mujeres jóvenes y viejas, flacas y barrigonas, con dientes y desdentadas, que descansan bajo la sombra esperando clientes. Fuman, tranquilas, y se cruzan de piernas, haciendo chistes a veces procaces.
Ni las vallas ni el retiro de ellas cambió en absoluto las dinámicas de la prostitución y la explotación sexual en los alrededores de Botero. Cuando se le pregunta a la gente por ese tema, miran de soslayo, escurriéndose en la conversación, y dicen que “sigue lo mismo de siempre”.
“La prostitución se mantiene junto a la iglesia de La Veracruz, los turistas siguen llegando en bermudas, y en una esquina siguen poniendo las mismas canciones de Diomedes”.
Y es que el problema del centro, como muchas veces lo ha dicho Jorge Mario Puerta, director de Corpocentro, es que no se atacan los problemas de raíz. Como ha pasado en otras zonas, se arregla la infraestructura, se instalan bancas y mesas, pero los problemas sociales continúan o se agravan. Eso pasó en Botero, y basta una mirada para darse cuenta de ello.
Hablan los venteros
Jorge Arias, un vendedor ambulante asociado a Asobotero, dice que la plaza se siente tranquila, que está “una chimba”. Hasta ahora, pasados once días del retiro de las vallas, dice que la calma se ha mantenido. Y es cierto, los turistas se toman fotos en las 23 esculturas de Fernando Botero, caminan con despreocupación.
La estrategia de la alcaldía de Gutiérrez ha sido controlar el espacio público y poner policías para que vigilen el parque. Bajo los árboles, huyendo del sol de la tarde, los patrulleros levantan a los habitantes de calle que deciden meterse a dormir en los jardines. “Ellos intentan meterse, pero de una los quitan. Uf, eso ha pasado cada rato”, dice uno de los vendedores.
Pero otros no son tan optimistas. Román Agudelo, uno de los fotógrafos que pasa los días enteros en Botero, dice que, pese a la presencia de la Policía, ya se han presentado robos. “Hace unas horas robaron una bicicleta de esas de motor, de un gringo. Cuando llamaron a los policías, el ladrón ya se había volado, porque ahora sin vallas se van mucho más fácil”, comenta el fotógrafo.
Son 24 los policías que están patrullando la plaza durante el día. La presencia es constante, hay que decirlo, pero el temor de los comerciantes es que a la larga se relaje la vigilancia y el desorden vuelva. Agudelo no es optimista: “Le doy dos meses a esto para que vuelvan a meterse y esto acá esté oliendo a mierda otra vez”.
Aunque los comerciantes están de acuerdo con las vallas, buena parte de la ciudad criticó la medida y la tomó como un derecho de admisión a un espacio público que debe ser de todos. La estrategia de cerrar el espacio público se trasladó al parque Lleras, en El Poblado, con pocos resultados y muchas críticas.
En los jardines ya se han visto personas durmiendo. La Policía los retira de las zonas verdes.
Los alrededores
La plaza cerrada se convirtió en un oasis. Mientras en los interiores había pocos vendedores ambulantes y el espacio se veía limpio y seguro, los alrededores, por donde la gente camina para entrar a la plaza, bullían en medio del ruido ensordecedor, la invasión del espacio público, el consumo y la venta de drogas.
A la Plaza Botero la rodean los barrios Estación Villa y La Candelaria. En ambos los homicidios se incrementaron un 20% y un 12% respectivamente durante 2023, cuando las vallas estuvieron puestas. En el caso de los hurtos, se presentó una situación similar. Solo en el barrio La Candelaria, según el SISC, se documentaron 3.765 casos de hurto, un aumento del 18.5%, y en Estación Villa, se produjeron 616 casos, un aumento del 7.5%.
Durante el cierre, además, los alrededores se llenaron de ventas ambulantes irregulares. Eso aumentó el tránsito de personas y la suciedad. El CAI de la Policía, que está bajo el metro, se convirtió en un baño público maloliente, lleno de charcos de orines rancios y mosquitos.
La realidad hoy es diferente. Esa zona fue despejada en los primeros días de la nueva administración y hoy se puede caminar por allí con tranquilidad. Pero pasó lo mismo que con las vallas: los problemas se movieron solo unos metros. Bajo el viaducto, junto a los murales de Pedro Nel Gómez, están arrumados todos los venteros que fueron removidos de sus espacios.
La zona se convirtió en un verdadero tumulto en el que vendedores con permiso y sin él aprovechan el espacio. Se hizo tan intransitable como la parte que lindaba con las vallas.
Es pronto para sacar soluciones sobre el retiro de las vallas, pero una cosa queda clara: con o sin ellas, los problemas siguen ahí, moviéndose apenas unos metros.
Dejaron obras literarias y arquitectónicas, pero hoy poco visitan sus tumbas y están cayendo en el olvido.
El cementerio San Pedro no está rodeado de cipreses sombríos, como en los poemas, ni sus alrededores son campos desiertos o tristes. Está en medio de la ciudad, sembrado con pinos y palmeras que le dan cierto aire de tropicalidad. Desde la rotonda central, donde descansan los muertos ilustres, se ve la comuna Nororiental, que destella antes del atardecer.
Hay placas de mármol suntuosas, muy barrocas, que recuerdan a personas encumbradas de la historia de la ciudad. Casi en el centro está Pedro Justo Berrío, en cuyo honor se bautizó el parque más emblemático de Medellín. Muy cerca de allí está Jorge Isaacs, autor de María, la novela romántica de América. Hasta ese lugar llegaron sus restos en 1904, nueve años después de su muerte. Pero esa es otra historia.
El ilustre recién llegado es don Tomás Carrasquilla, el del Ánima sola. Después de 35 años, cuando fue sacado para llevarlo a la Basílica Metropolitana, volvió al San Pedro el 19 de abril de 2023, en las manos de Gustavo Álvarez Guardiazábal. Su tumba está coronada por un busto en el que resalta la cara seria, aunque de mirada irónica, del escritor.
Pero esta pequeña crónica no es para mencionar a los muertos que todos llegan buscando. En el cementerio hay 44.000 posesiones, es decir, osarios, cenizarios y bóvedas. No todos están llenos, por supuesto, y cada tanto se hacen exhumaciones. El cálculo es que en el cementerio hay 30.000 cuerpos. Hay galerías llenas de personas jóvenes, cuyas vidas se truncaron por la violencia o accidentes de tránsito. Muertos nacidos en 2005, que apenas estaban empezando a vivir.
Fernando Estrada era masón. El Palacio Egipcio, construido en Prado Centro, fue un capricho suyo que persiste hasta hoy.
El director ejecutivo del San Pedro, Juan José Restrepo, ha dicho varias veces que en el cementerio está la historia de la ciudad. Y no es una exageración.
Detrás de la rotonda, una de las galerías donde reposan los muertos más antiguos, está Fernando Estrada, un optómetra que dejó un singular legado a la ciudad. Estrada se fue a estudiar a París, y de allí viajó a Egipcio, donde se maravilló con la historia antigua. Se convirtió en un entusiasta egiptólogo y volvió a Medellín en la década del 20. Empeñado en construir algo como lo que había visto, se lanzó a la quijotesca construcción de un palacio egipcio en el barrio Prado de Medellín.
Pero Estrada guardaba otro misterio: era masónico. De hecho, dirigía una secta, Sol de la Montaña. El palacio fue tomado como una afrenta por los católicos, que tenían a poca distancia la Basílica Metropolitana; lo cierto es que Estrada era respetuoso de la religión, pero no escondía su pensamiento masónico.
Otro muerto ilustre que ha ido perdiendo visitantes es Juan de Dios de María Uribe, conocido como el Indio Uribe, nacido en Andes en 1859. El indio murió en 1900, es apenas lógico que su recuerdo, con el pasar de más de un siglo, se haya ido diluyendo. Uribe fue liberal en una tierra de conservadores, y su pluma era panfletaria, pero apasionada y genuina. Está enterrado en la sección laica del cementerio, donde fueron llegando ateos como él, pero también putas y suicidas. Su tumba es diferente a las que la circundan: está como empotrada en la pared, como vertical.
Es lógico que el furor del periodista y pensador del siglo XIX haya decaído, pero la ciudad debe voltear los ojos, reconocerse en sus personajes, y el Indio es un espejo de lo que ha sido y no ha sido la sociedad antioqueña.
Menos inexplicable es el olvido de un muerto muy reciente, conocido por casi todos, que llegó al cementerio en 2019. Se trata de Jota Mario Valencia Yepes, el popular conductor de televisión. Jota Mario nació en Medellín en 1959 y murió en Cartagena. Uno de sus tíos era fundador de los almacenes Ley, que por mucho tiempo fueron emblema en la ciudad. El presentador hoy descansa junto a su tío.
Así recuerdan en el cementerio a ese hombre del entretenimiento:
“Hoy Jota Mario, hace parte de los hombres y las mujeres aquí enterrados, que caminaron y actuaron sobre esta tierra transformándola, enriqueciéndola, creando y compartiendo cultura. Su lucha o proyecto de vida se ha convertido en nuestro patrimonio: un legado diverso, transmitido a los descendientes mediante la evocación de su materialidad funeraria, expresada en nombres, familias, fechas, símbolos, epitafios; obras artísticas, arquitectónicas y mausoleos, erigidos como emblemas”.
Si el lector de esta crónica tiene fresco el nombre de Jota Mario, tal vez no tenga tan presente el de Clementina Trujillo, recordada como la “gran dama de la industria y el comercio antioqueño”. Pese a su legado, la tumba no es suntuosa, sino más bien común, con el retrato de una virgen. Está en la galería San Vicente y una foto descolorida es el único arreglo que tiene.
Sin embargo, hace parte importante de la historia de Antioquia. Su biógrafo, Agustín Jaramillo, cuenta que Clementina nació “mujer, mulata, pobre y fea”, es decir, con todo en su contra (para la sociedad de la época) y aún así logró convertirse en una empresaria exitosa. Fue la fundadora de la cadena de almacenes Primavera, símbolo antioqueño hasta la década de los 90, y también creó la Fábrica de Camisas Primavera.
A través de las historias de los habitantes del San Pedro se entiende un poco el devenir de Medellín y Antioquia. Guerras civiles, desengaños, traiciones, reconocidas obras literarias, casas discográficas exitosas, todo está ahí, en el cementerio donde crecen los pinos y las palmeras, a espaldas de la comuna nororiental.
El pintor tardó 40 años en retratar todos los municipios del departamento. Esta es su historia
Jairo Franco cuenta historias que se bifurcan. Teje anécdotas olvidadas, como una pelea entre conservadores y liberales en el parque de Amagá.
—Oiga, pues, se les acabaron las balas de escopeta y se acercaron para darse con machete. Jairo dice que tiene memoria desde 1955. En 1962, cuando tenía 15 años, pintó la iglesia de Amagá, el primero de los 125 municipios que retrató durante 40 años. Pero esa es otra historia que se bifurca en varias aventuras de juventud.
Tiene un programa en radio y otro de televisión. Cuenta lo que muchos olvidaron y el lema es que no son historias de oídas, sino vividas por él mismo, como una suerte de Heródoto del Suroeste
—Yo trabajo desde los ocho años—dice Jairo, sin necesidad de escudriñar demasiado sus recuerdos—. Trapeé cantinas, cargué parva para las veredas, hacía dibujos por un centavo.
Pero esta corta crónica se centra en los últimos 22 años de su vida. Es la historia de una terquedad, de un empeño inquebrantable. En 2001, Jairo presentó un proyecto a la administración municipal. En unas hojas impresas, muy seguro de sí, radicó la idea del Museo del Carbón. Justificó la importancia de tener un lugar que contara cómo se extrae este material, paso a paso, y su lugar en la historia y la cultura del municipio. Pero no le prestaron atención.
En 2004 envió una carta a Aníbal Gaviria, entonces gobernador, haciendo la misma petición. Hizo una maqueta del museo, manejada con controles y movimiento. Todavía la conserva, pero ya no es más que un trasto viejo, polvoriento, ignorado.
Jairo escribió sobre una pared el nombre de todas las víctimas de la tragedia de 1977.
Jairo sigue contando las historias que se bifurcan:
—Trabajé entre 1966 y 1969 en la mina San Fernando—dice, atropellando las palabras—. Ahí vi morir a un compañero. Le cayó encima una roca de una tonelada. Cuando la roca cayó, empecé a llamarlo, pero no me contestaba—toma un poco de aire—. Entonces me monté encima de la roca y di la vuelta. Ahí me di cuenta de que él estaba debajo.
Jairo buscó otro trabajo menos riesgoso. El 20 de octubre de 1969 entró a Coltejer, donde se convirtió en un pesebrista de fama. Para esa época ya había pintado muchos de los 125 municipios de Antioquia. Estudió Bellas Artes seis años, becado por la empresa. Se casó, tuvo hijos. Pero esas son otras historias que se bifurcan.
El inicio de los 2000 llegó con la idea del museo. Administración por administración, sin falta, radicó el proyecto, con la terquedad del que sabe que algún día vencerá. Le dijeron que sí, que la maqueta se haría realidad. Concejales y políticos le prometieron ayuda para financiar el museo. Pero, en sus palabras, “político es político”.
En ese tiempo, aunque pensando en el museo del carbón, terminó de pintar los pueblos de Antioquia. También hizo maquetas de los lugares emblemáticos de Amagá. Con orgullo muestra una versión a escala del viejo teatro, con cada una de las butacas en miniatura, y la casa de Belisario Betancur, con paredes color pastel y techos declinados. Pero Jairo se recuperó y terminó de pintar los 125 pueblos. El último fue Caucasia. Ya no tenía el ímpetu de la juventud, ni de la soltería en búsqueda de aventuras. Lo que sí le había quedado, como encarnado en lo más profundo, era la idea del museo del carbón, que siguió presentando a las administraciones de 2016 y 2020.
Jairo visitó la mayoría de pueblos de Antioquia y luego los pintó con paciencia en su estudio.
Como no recibió ayuda, la rectora de la Normal Superior de Amagá, Flor Ángela Urrego, le ofreció un espacio para, al fin, hacer el museo. Jairo, con la paciencia de siempre, y ya con siete décadas a cuestas, comenzó a pintar las paredes. De un lado el ferrocarril, donde su papá fue funcionario. Al frente, un paisaje de la mina San Fernando en la década del 60, cuando trabajó allí y vio morir a un compañero. Sobre una de las paredes del museo están escritos, con la letra de Jairo, los nombres de las 86 personas que murieron en la tragedia de 1977.
—Por las bandas que transportan el carbón sacaban los cuerpos, muchos mutilados. Oiga, sacaban brazos, cabezas.
El museo tiene maquetas muy precisas, con movimiento, que explican el proceso de extracción del carbón. Hay obreros en miniatura que pican las rocas negras, y sus caras son vívidas. Pero el gran atractivo del museo está por hacerse. Con ayuda de la mina San Fernando, se construirá una mina natural, de 40 metros de profundidad. Los visitantes se subirán a los coches y descenderán dentro de la tierra, como si de verdad fueran mineros en un socavón.
Jairo solo espera cumplir este sueño, y que dios le dé vida para verlo terminado. A los visitantes les contará historias olvidadas, de conservadores y liberales, novias de la juventud; historias que se bifurcan.
Cerca de 1’600.000 personas visitaron la comuna 13 durante 2022, según la Alcaldía de Medellín.
En la comuna 13 pasaron muchas cosas buenas después de la guerra. Una relativa paz, aunque amenazada por los combos de siempre, se esparció sobre las colinas de Las Independencias, Antonio Nariño, El Salado y los demás barrios. En 2011 se inauguraron las escaleras eléctricas y la comuna sufrió un éxito inusitado, impensando en los años que la ley la ponían los milicianos y los bandidos.
Muchas cosas cambiaron en la 13. Las casas de Las Independencias fueron ampliadas por sus dueños, quienes tumbaron paredes y construyeron terrazas, levantaron muros y empotraron barras. El barrio es irreconocible para alguien que lo haya visitado antes de la construcción de las escaleras eléctricas.
Pero como suele suceder en la vida, con la bonanza vinieron también los problemas. Con la proliferación de negocios, y por ende de dólares, aumentó la deserción escolar. “Los muchachos ya no querían ir al colegio por estar pidiendo plata. Han pasado muchas cosas malas acá”, comentó un líder social.
La foto que acompaña a este artículo es una muestra de un problema más que le surge a la comuna. El año pasado, según cifras de la Alcaldía de Medellín, 1’663.461 personas visitaron la comuna 13 en 2022. Es decir, el promedio mensual fue de 138.622. Todos esos turistas por la comuna tomándose fotos, escuchando las atrocidades de la guerra, de los desaparecidos tras la Operación Orión. También van tomando cerveza, comiendo paletas, tomando agua en botellas plásticas, comprando dulces o arepas de queso que vienen sobre platos de icopor.
Los residuos generados por esa cantidad de gente son desmesurados. En las mañanas, antes de que pase el camión de recolección, las bolsas de basura se acumulan infamemente, una encima de la otra, formando montañas de desperdicios inmundos, una podredumbre a la vista de todos.
“En las mañanas, antes de que pase el camión de recolección, las bolsas de basura se acumulan infamemente, una encima de la otra, formando montañas de desperdicios inmundos, una podredumbre a la vista de todos”.
En los primeros días de diciembre de este 2023 pasó algo que debe llamar la atención. Una mañana, el camión de Emvarias se demoró más de lo habitual para llegar a la zona. Cuando al fin hizo presencia, después de las 9:00 de la mañana, no lo dejaron entrar. La comuna quedó llena de basura, como se ve en la foto que acompaña a este artículo.
Decenas de bolsas malolientes, repletas de residuos reciclables y orgánicos que se pudrían bajo el sol, quedaron en toda la entrada de los turistas. Lo que debe hacer ruido no es que la basura haya quedado a la vista de los extranjeros, que con impresión miraban la montaña de podredumbre, sino la gestión de los residuos en una barrio que pasó de ser periférico a un gran centro de comercio.
Ahora, la pregunta es quién detuvo al carro de basuras para que no entrara. El líder de la zona comentó que los comerciantes que se hacen en el espacio público ya tenían sus chazas montadas cuando el carro llegó. Entonces, envalentonados, le dijeron que no podía pasar, porque primero es el comercio.
El conductor de Emvarias tuvo que tornarse entre las calles estrechas y dejar la basura ahí, junto a las escaleras, a la vista de todos.
Exclusivo Colombia consultó el tema con Emvarias. Desde la oficina de prensa respondieron que lo de ese día fue un caso particular. En efecto, los comerciantes no dejaron que el carro entrara. La empresa, por su parte, hace un llamado sobre la producción de residuos en la zona.
Basta con dar una pasada en la tarde para ver cómo latas vacías de cerveza, con residuos ya rancios por dentro, descansan en los contenedores al lado de desperdicios de arepas de queso, de hamburguesas, que a la vez se van descomponiendo al sol, esperando la llegada del carro. No hay gestión alguna de los residuos, ni pedagogía para reciclar y separar. No, todo el mundo, como pasa en todos los barrios de Medellín, hay que decirlo, saca la basura sin separar, contaminando todo y dando un festín a ratas y gallinazos. Y metiendo más presión al relleno sanitario, por demás.
Como se dijo al comienzo de esta nota, los beneficios del turismo en la comuna 13 son enormes, pero por eso no puede dejar de señalarse lo que no está bien. En 2021, el cronista Miguel Osorio publicó para El Colombiano un informe en el que se denunciaba cómo el ruido y la multitud de turistas había cambiado para siempre la vida en el sector. Una mujer que atendía un pequeño bar contaba, consternada, que no podía salir en pijama de su casa, que había perdido la privacidad.
“No puedo salir en pijama porque de inmediato me toman fotos y salgo en redes sociales”, dijo la mujer en su momento.
El mencionado líder de la zona se queja de que las administraciones poco han hecho por componer el desborde de la comuna 13. Hace rato hay quejas por venta de drogas y supuestos planes para extranjeros en los que se incluyen drogas.
El exceso de basura es un nuevo campanazo sobre lo que pasa en la 13.
Un periodista de Exclusivo Colombia fue hasta el lugar para comprobar los riesgos de hacer turismo en este lugar.
En las calles de La Unión es vox populi que cada día llegan turistas en busca de las lagunas azules. Todo el mundo sabe que el ingreso a las lagunas es prohibido, y que desde la alcaldía han hecho campañas para evitar que la gente las visite . Cerca al parque, una mujer que vende periódicos explica cómo llegar y dice que no ha ido, pero que quiere ir porque “es muy lindo”.
Llegar a las famosas lagunas es muy fácil. Basta con un par de preguntas en el parque para tener señas de cómo llegar. En Youtube y Tiktok hay decenas de videos de personas que, de manera subrepticia, han ido a las lagunas y cuentan su experiencia. Aunque en La Unión hacen énfasis en que el ingreso al lugar está prohibido, poco puede hacerse contra el auge y la masificación de las redes.
Un periodista de Exclusivo Colombia estuvo en La Unión un sábado de diciembre para comprobar cómo está la situación. Una persona muy conocida en el pueblo, que tiene cierta influencia social, contó que la moda por las lagunas azules comenzó
“Un campesino de la zona, que estaba sacando papas de la tierra, dijo que la llegada de gente es permanente y que la vigilancia, pese a que la alcaldía ha dicho estar atenta, es nula”.
gracias a las redes sociales. “Eso lleva mucho tiempo acá en el pueblo, pero nadie iba. Alguna vez, a alguien le dio por publicarlo en redes y se volvió tendencia. Ahora todo el mundo pregunta para ir por allá”, dijo esa persona.
Las llamadas lagunas no son más que un pozo residual de la extracción de caolinita o caolín, un material arcilloso que se utiliza para la producción de cerámica. Las minas de La Unión son propiedad de Sumicol, una empresa del grupo Corona que extrae el caolín como materia prima. En términos sencillos, los lagos son parte residual del proceso industrial, por eso son de un color azul inusual.
No es raro que las lagunas, que en realidad son pozos, llamen la atención. En Antioquia hay poco río de aguas cristalina; la mayoría de ríos y quebradas del departamento arrastran una gran cantidad de residuos y materia orgánica, lo que les da una coloración oscura, más bien café. Por eso se explica el auge de las lagunas de La Unión.
El suelo cerca a la laguna es arcilloso y por eso alguien puede quedar atrapado.
El problema es que no son naturales y el riesgo de estar cerca de ellas es grande. Sumicol ha sacado videos y comunicados de prensa advirtiendo sobre los riesgos de entrar sin permiso a la zona minera, pero las advertencias han caído estériles en las fértiles tierras de las redes sociales.
El mayor riesgo es que alguien quiera entrar a los pozos. Estos parecen inofensivos, y sus aguas azul turquesa invitan a un baño. Pero es solo un espejismo. El agua es muy profunda y el terreno es arcilloso. El peligro es que alguien se pasee cerca del agua, donde el suelo es blando, y quede atrapado. Estos suelos, explicaron desde Sumicol a Exclusivo Colombia, están por lo general saturados de agua, lo que explica la textura blanda. Cuando hace sol y la temperatura aumenta, el terreno se solidifica y la persona que camine sobre él puede quedar atrapada.
“Hacemos un llamado a todas las personas a respetar los límites y abstenerse de ingresar ilegalmente a nuestras instalaciones. Cabe destacar que cualquier infracción de esta norma legal puede acarrear graves consecuencias legales”, dice Sumicol en un comunicado para advertir sobre las consecuencias de entrar subrepticiamente al predio.
La laguna está a 10 minutos del parque de La Unión. Hay que tomar una carretera destapada que tiene huecos enormes, por donde pasan volquetas con material. Aunque hay decenas de letreros que advierten que el lote es de propiedad privada y no se debe invadir, no hay nadie que esté pendiente de la entrada. Hay un alambre de púas que ha sido separado a la fuerza.
Más adelante, en una carretera pendiente, hay piedras amontonadas para impedir el paso de carros y motos. Pero todo es en vano. Un campesino de la zona, que estaba sacando papas de la tierra, dijo que la llegada de gente es permanente y que la vigilancia, pese a que la alcaldía ha dicho estar atenta, es nula.
En efecto, en la mañana de ese sábado decembrino había varios grupos de turistas en torno al pozo de aguas azules. Sin restricción, las personas paseaban cerca del agua. Una mujer joven, incluso, estaba en plena sesión de fotos.
Sin restricciones y sin conciencia de la gente, además de la publicidad de las redes sociales, es posible que las visitas a la laguna azul terminen en una tragedia en algún momento.
Murió a los 67 años en el centro de Medellín. Dejó un gran legado en la cultura envigadeña.
Gonzalo Correa salió de su casa sigilosamente, con el maletín colgado. Nadie lo sintió. Su ausencia fue notada por sus tres hermanas: María Elena, Luz Marina y Ángela María. Sabían que él estaba débil, que le costaba moverse, que su estado de ánimo venía golpeado. Por eso se preocuparon de ver su cuarto vacío, pero no se dieron cuenta de que también faltaba el maletín, donde echaba los libros. De haberlo notado se habrían alarmado más, porque eso significaba que así, sin fuerzas, se había ido lejos.
Gonzalo no volvió esa noche a casa. Una llamada confirmó la noticia: murió a las 2:10 de la tarde en el parque San Antonio, en el centro de Medellín. Las tres hermanas supieron después que Gonzalo había ido al centro a comprar libros, objetos por los que profesó un amor ciego, casi inmaculado.
En la habitación del difunto encontraron un libro abierto, de cubierta negra, a doble columna. Tenía encima, puestas con cuidado, las gafas del lector. Un separador había dejado el libro abierto en la página 1119, en el capítulo titulado De Madrid a Nápoles. Fue esa la última lectura de Gonzalo, las obras completas de Pedro Antonio de Alarcón. Los días postreros del lector fueron lentos y se los pasó en el balcón, sentado sobre un viejo taburete de madera, fumando un cigarrillo tras otro, y leyendo mucho.
Los hermanos de Gonzalo encontraron así el libro que él estaba leyendo el día en que murió.
La noticia se esparció por Envigado, donde Gonzalo se había convertido en una leyenda de la cultura. La familia, con los padres y los siete hermanos, llegó al municipio el 9 de diciembre de 1972, provenientes de Caldas, Antioquia. Curiosamente, Gonzalo abrió la librería El Ocio, que luego se convertiría en un ícono envigadeño, otro 9 de diciembre, pero de 1980.
Las hermanas recuerdan que, estando en el colegio, Gonzalo se interesó por los caramelos. Entonces comenzó su amor por el papel: libros, periódicos, cartillas, panfletos, álbumes. En esa época descubrió su talento para la pintura. Hacía caricaturas de personajes políticos, imitando a los caricaturistas de El Colombiano, y se convirtió en un gran admirador de Van Gogh.
En 1976, recuerdan las hermanas, Gonzalo se fue a Londres para vivir la aventura europea; quería llenarse más de cultura, rodearse de artistas, tertuliar en los cafés bohemios. Pero la aventura terminó muy pronto, apenas unos días después de llegar a la ciudad de la bruma. Un lío de la persona que lo había llevado a Europa forzó al fin del sueño, y la tristeza llenó el alma sensible de Gonzalo. Fue un golpe duro, que lo llenó de amarga frustración.
De todas maneras, recuerdan las tres hermanas, siguió dibujando en su casa, en Envigado. La primera sede del Ocio era pequeña, bajo unas escaleras, un lugar muy estrecho y atiborrado de libros. Si alguien quería entrar a ver un libro, recuerdan las hermanas, él tenía que salirse para dar espacio. Norman, uno de sus hermanos, había aportado 32.000 pesos para montar la pequeña librería que, con el tiempo, se convertiría en ícono.
Buena parte del éxito de El Ocio tenía que ver con las cualidades del dueño. Gonzalo conseguía libros escasos, joyas muy difíciles de encontrar, y poco le importaba la plata. Era desprendido, casi o nada le importaba el billete. Si el cliente tenía menos de lo que costaba el libro, él lo entregaba porque la satisfacción, el fin último para él, era el gozo del lector.
Gonzalo sufría de crisis de depresión, recuerdan las tres hermanas. Cuando caía en una, regalaba los libros y dejaba de leer, algo impensable. Unas semanas antes de morir dijo, sin quejarse, que estaba triste, deprimido, y que no había vuelto a leer. En una de esas crisis regaló todas las pinturas y caricaturas que había hecho. Así también terminó, después de muchos años, la librería El Ocio, porque ya se sentía débil y cansado, pero nunca dejó el oficio.
Hermanos y hermanas de Gonzalo en la habitación del fallecido. Al fondo, sus libros.
En un carrito que fungía como librería recorría las calles de Envigado, huyendo de los funcionarios de Espacio Público que lo perseguían. Las hermanas recuerdan que llegaba furioso a la casa, indignado, porque le quitaban la mercancía. No era que perdiera mucha plata, como podría pensarse, sino que el destino de esos libros, de esos codiciados tesoros, quedaba velado, en incertidumbre, y los lectores se privaban del gozo y la aventura.
El asunto terminó con la decomisación del carro, que nunca volvió a ver. Eso provocó una tristeza enorme en el corazón de Gonzalo, que ya no tenía en dónde llevar los libros por las calles de Envigado. Aunque no se repuso del todo de ese golpe, siguió cambiando títulos y ofreciendo sus joyas, pero ahora las llevaba en un pequeño maletín, el mismo que se terció el día en que murió.
Gonzalo influyó mucho en sus clientes y, a fuerza de ejemplo y pasión, abrió el camino para nuevos libreros. Su cuñada Ángela es la dueña de El Ocio #2, en el barrio Mesa. La librería funciona en una casona vieja, laberíntica, de gruesas paredes, en la que se suceden las habitaciones, todas llenas de libros hasta el techo. Hay para todos los gustos, libros rarísimos y otros clásicos. “Todo se lo debo a Gonzalo que me enseñó el oficio. Él fue un intelectual, vivía con un libro en la mano, esa es la enseñanza que deja, de amor por la lectura”, dice Ángela.
La habitación de Gonzalo está intacta, coronada por cientos de libros. Sobre el suelo están las obras completas de Balzac, en una edición de Aguilar muy bien cuidada. La familia aún no sabe qué hacer con los libros. Las hermanas miran los innumerables ejemplares, levantándolos del suelo, y evocan la historia de Gonzalo, el librero más querido de Envigado.
Exclusivo Colombia habló con Joaquín Guillén, el mejor amigo del cantante, quien reveló los famosos números de la suerte.
Este 22 de diciembre se cumplen 10 años de la muerte de Diomedes Díaz. La fecha no es una mera curiosidad o una efeméride, sino un momento casi sagrado para los seguidores del cantante, que desde días antes se preparan para homenajearlo. “La gente ama a Diomedes”, dice Clara, una vendedora de loterías del barrio Castilla. ¿Qué tiene que ver Clara con que Diomedes cumpla un año más de muerto?
La relación existe porque sobre la figura del cantante se cirnió un mito. Diomedes murió el 22 de diciembre de 2013, luego de dar un concierto en Barranquilla. En la mañana llegó a su casa de Valledupar y se acostó a dormir. El ídolo de multitudes, ícono de la música vallenata, no despertó de ese sueño.
Cada año, con el natalicio o el aniversario de la muerte, miles de colombianos se lanzan a las apuestas. Combinan el día de nacimiento del cantante o el número de la tumba. A Clara, la vendedora de loterías y chances de Castilla le preguntaron ya por los números de Diomedes, y eso que todavía faltan varios días para el 22 de diciembre.
Los titulares de prensa cada tanto reseñan que ganaron los “números de Diomedes”. El 13 de mayo de este 2023, por ejemplo, la Lotería de Santander premió al 2257, una conjugación del año en que nació el cantante y el día en que murió. El 27 de mayo de este mismo año hubo 6.000 ganadores en Risaralda con otro número asociado al llamado Cacique de la Junta.
La historia se hace más curiosa cuando se menciona que Joaquín Guillén, amigo de la infancia de Diomedes y por muchos años su Manager, revela los “números de la suerte” en la antesala de las ocasiones especiales. Guillén dice que su compadre se le aparece en sueños y le dicta los números para que “ayude a la gente”. El ex manager se ha encargado de mantener viva la memoria del cantante en estos diez años.
Por esa razón, Exclusivo Colombia habló con Guillén, quien contó algunas anécdotas con el Cacique y, de paso, reveló los “números de la suerte”.
Diomedes junto a su amigo Joaquín Guillén. Foto: Cortesía.
El testimonio de Joaco
Joaco conoció al Cacique a comienzos del 70. Eran niños provincianos, pobres, que pasaban los fines de semana en una finca cercana al río Badillo. Diomedes, con carisma, se hizo amigo de la familia Guillén. “Él se ganó a mi papá porque era muy dispuesto. Nosotros éramos pobres, pero él era más pobre que nosotros. Era un muchacho con ambiciones”, relata.
Joaco y Diomedes se retiraron del colegio al mismo tiempo, en tercero de bachillerato. Desde entonces frecuentaron las parrandas que se organizaban en Valledupar. Donde había fiesta, ahí estaban ellos. Rogaban para que Diomedes pudiera cantar al menos una de sus canciones. En esa época, Diomedes se visionaba como compositor y su sueño era que Jorge Oñate y Poncho Zuleta le grabaran sus canciones. Aunque sabía que tenía un talento enorme, un don con el que había sido ungido, no se imaginaba como cantante.
De algunas parrandas los echaron, cuenta Joaco, y en otras ni siquiera dejaron que Diomedes se subiera a la tarima. Cuando cantaba, desafinaba, se ponía nervioso, pero la gente respondía alegre y se acercaba a ver a ese muchacho flaco, mal trajeado, que confiaba en sus capacidades.
Diomedes grabó su primer LP, Herencia Vallenata, en 1976, justo en Medellín. El disco fue un fracaso porque Diomedes, de los nervios, se tomó una botella de aguardiente antioqueño. La situación del cantante empeoró gracias a una indigestión que le provocó una bandeja paisa y, con medicinas, trataron de pararle una diarrea que casi no lo deja grabar.
El resto de la historia ya se conoce: Diomedes ídolo de multitudes, carismático, polémico, errático, muerto.
En el parque central de La Junta hay una estatua gigante de Diomedes. Foto: redes sociales.
Celebración en Medellín
En Medellín se conmemorarán los 10 años de la muerte de Diomedes. A la ciudad vendrá Joaco Guillén, el mejor amigo del cantante. La celebración será en el bar Cacique, en la 70, entre la noche del 21 y la madrugada del 22 de diciembre. Guillén contará las anécdotas del ídolo popular, sus enredos con mujeres, sus excesos y sus virtudes.
Y, por supuesto, revelará algunos números de la suerte para jugar la lotería el 22, cuando se cumpla una década sin el cantante de Carrizal. Joaco soltó algunos de los números de la suerte para los seguidores del Cacique y de Exclusivo Colombia. Estos son:
Todos los números tienen que ver con fechas especiales de Diomedes. Como la fanaticada del Cacique es grande, hay que correr a las casas de apuestas antes de que los bloqueen.
Hablamos con voceadores y vendedores de prensa para saber cómo se mueve hoy el negocio.
Nidia Elena Jaramillo no sabe leer ni contar plata. Sin embargo, trabaja vendiendo la prensa y ofrece los periódicos según las fotografías de la portada. Hace 20 años se dedica a ese oficio en la avenida La Playa, a todo el frente del Edificio Coltejer. Doña Nidia es optimista, pese a todas las dificultades: tiene más de 70 años y las rodillas le duelen, le apremian. Aunque hay veces que no consigue siquiera los pasajes, dice que es la que más vende prensa en el centro.
Caminar por el centro de Medellín es encontrarse con negocios de lo más diverso. En el pasaje Boyacá, muy cerca de Doña Nidia, hay vendedores de matarratas, un líquido blanco, viscoso, envasado en botellas de gaseosa; también están los que ofrecen películas porno de carátulas explícitas, a veces grotescas. El centro es un mercado de lo absurdo, donde casi todo se puede conseguir, obviando el sexo y las drogas.
El Colombiano es el diario tradicional que más se vende.
Entre esa amalgama de productos está la prensa. Los mejores días de los periódicos pasaron hace al menos dos décadas. Con la llegada de internet se vaticinó la desaparición de los diarios, aunque hubo quien alegó, con cierta razón, que estos habían sobrevivido a la aparición de la radio y la televisión y que una vez más saldrían adelante.
Y es cierto que no han desaparecido, pero sí agonizan. En julio de 2020, en plena pandemia, el periódico El Mundo anunció que cerraría “temporalmente”, aunque pasados tres años no volvió a abrir sus puertas. El medio había sufrido muchos reveses en los últimos años. Con esto, la ciudad quedó con un solo diario regional, El Colombiano, fundado hace 111 años.
Los venteros de prensa del centro son casi todos voceadores de El Colombiano que ofrecen ese diario junto con el Q’hubo, un periódico más popular que también ha perdido en ventas. Doña Nidia dice que no es lo de antes, y se queja de que cada vez le entregan periódicos más cortos y eso la gente lo resiente.
“Hay gente que llega acá y se queja porque los periódicos están muy corticos”, dice Doña Nidia mientras le echa una ojeada a un ejemplar: “Mire, haga la cuenta de cuántas páginas tiene y se da cuenta por qué la gente ya no compra tanto”.
A Nidia le entregan el periódico a las 4:00 de la mañana, un compañero suyo le hace el favor de recibirlo, pues ella “está coja” y espera que se lo lleven, a las 6:00 de la mañana, a la esquina de la Playa con Junín. Es la única vendedora de prensa que se queda hasta la noche.
“Toda la vida he vendido la prensa y me ha ayudado a vivir, no voy a vender otra cosa que no sea la prensa”
La jornada es larga, larguísima para una persona con sus años a cuestas. No lleva almuerzo porque no siempre le alcanza con lo que gana, pero, por fortuna, una compañera de una chaza vecina le comparte del suyo. Nidia dice que no se va hasta que no vende todos los periódicos que le entregaron. No es raro que se quede hasta las 9:00 de la noche ahí, haciendo fuerza para vender hasta el último ejemplar.
Aunque Doña Nidia no se queja, de los entresijos de sus palabras brota tristeza e impotencia. Se sabe enferma, mayor, pobre. “Pero me sueño comprando una casa, quiero tener mi espacio”, dice.
Doña Nidia se reconoce como la “voceadora que más vende”, y sus colegas la conocen y la respetan. Ella trata de ayudarlos porque ellos viven lo mismo: algunos están enfermos y salen a la calle a rebuscársela con un negocio que no tiene futuro. ¿Será posible que los periódicos impresos se dejen de editar? Es probable que ello ocurra, pero doña Nidia no piensa en ello ni concibe vender otra cosa. “Toda la vida he vendido la prensa y me ha ayudado a vivir, no voy a vender otra cosa que no sea la prensa”, sentencia.
Cerca al parque San Antonio está María Marta Arboleda, que tiene un quiosco de prensa desde hace 35 años. María Marta no es voceadora, sino que vende todos los diarios de circulación nacional: El Tiempo, El Espectador, La República. También ofrece revistas que, hay que decirlo, se venden incluso menos que los periódicos.
“Antes se vendía mucho la prensa, sí, pero ahora es muy malo, es muy poco lo que podemos hacer. Algunas veces nos quedamos mi esposo y yo sin los pasajes, y vivimos en Castilla”, comenta la vendedora de prensa.
El quiosco abre desde bien temprano en la mañana, al rayar el día, y se cierra en la tarde, pero eso no garantiza el éxito. Hay días en que solo se venden cuatro periódicos, y la cosa tiende a empeorar, se teme María Marta, pero, como Doña Nidia, no ha pensado ejercer otro oficio al de vender prensa, y ahí seguirá.