Contrastes de San Ignacio: cultura, libros, lectura…Licor y peleas callejeras
Aunque la plazuela es agradable y muchos pasan allí horas de ocio, preocupan el consumo de drogas y las riñas, que se han vuelto constantes
La tarde es tranquila en la Plazuela San Ignacio, centro de Medellín. Las ceibas centenarias ofrecen sombra a quienes juegan ajedrez. Un hombre lee el periódico El Tiempo, y va pasando las páginas con tranquilidad; una vendedora ambulante ojea El Colombiano, y habla sobre la situación de los vendedores. La plazuela no va al mismo ritmo de otros parques del centro, donde el desorden es la ley. Sin embargo, cada vez con más frecuencia, hay episodios que arrebatan la tranquilidad del sector.
San Ignacio está lleno de contrastes. Es sede del claustro San Ignacio de Comfama, que a finales del año pasado fue remodelado y hoy tiene un agradable teatro que acoge a los visitantes. Comfama, desde que se hizo con el claustro en 2003, ha tratado de recuperar el espacio público y de convertirlo en un espacio para todos, donde hay música, lectura, café, ajedrez y tertulia.
Y el resultado es evidente. Las mesas de ajedrez están llenas en un miércoles por la tarde. Son hombres de mediana edad los que pasan las horas allí jugando, haciendo chistes, tomando tinto. Son asiduos asistentes que van consiguiendo compañeros de juego que con el tiempo pueden convertirse en amigos.

La tranquilidad bohemia de San Ignacio contrasta con una realidad cada vez más apremiante: el consumo de licor y las riñas. Esos son problemas que llevan décadas y ninguna administración ha podido controlar, pero quienes pasan las horas en la plazuela, bajo la sombra de las ceibas o jugando ajedrez, pueden dar fe de que las cosas han desmejorado.
Gloria Inés Giménez es una vendedora de tinto y dulces en San Ignacio, donde lleva 37 años. En ese tiempo ha tenido oportunidad de ver de todo, como se podrá imaginar el lector de este corta crónica. Gloria está convencida de que la plazuela está pasando por sus peores días.
En primer lugar, dice Gloria, la administración de Daniel Quintero no hizo un trabajo juicioso con el control del espacio público, por el contrario, hubo una explosión de ventas callejeras con y sin permiso que hoy complican la convivencia en calles y parques. Por otro lado, dice la vendedora, lo que la actual alcaldía de Federico Gutiérrez ha llamado la intervención de la Plaza Botero ha tenido coletazos en San Ignacio.
Gutiérrez ordenó retirar las vallas que la administración anterior había utilizado para circundar el parque. También se dio la orden de recuperar buena parte del espacio que está debajo del viaducto del metro, muy ocupado por ventas irregulares. Así que vendedores informales y habitantes de calle que pasaban allí sus horas se desperdigaron por el centro.
Como lo contó Exclusivo Colombia en una nota anterior, muchas de esas personas fueron a dar al Parque Bolívar, donde está la Basílica Metropolitana.
Pues bien, Gloria dice que lo mismo está pasando en San Ignacio y alega que no hay personal de Espacio Público ni de la Policía:

“Han llegado acá y ellos se conocen entre ellos. Entonces van llegando y los otros los reciben, los abrazan, y un rato después están peleando”, comenta la vendedora, que continúa: “Por cualquier cosa pelean y sacan cuchillos. El otro día quedé en la mitad de la pelea y casi me tumban la chaza”.
Esa realidad se hace palpable con solo estar un rato en la Plazuela. Junto a la iglesia hay un hombre desarrapado que duerme sobre el suelo. En una de las bancas hay dos hombres más que toman de una botella de licor, que guardan en un maletín, e inhalan cocaína. Luego se limpian la nariz.
San Ignacio es un reflejo de lo que es Medellín. Esa plazuela, muchos no lo saben, resguarda buena parte de la historia de la ciudad. A finales del siglo XVIII, como lo confirma Luis Javier Villegas en un artículo recopilado en la enciclopedia Historia de Medellín, el visitador Juan Antonio Mon y Valverde encontró a la provincia de Antioquia en estado de “atraso y abandono”. Lo que más resaltó el visitador fue que, pese a que las dinámicas sociales crecían, no había establecimientos educativos y se carecía de una “escuela de primeras letras”
Luego de ires y venires administrativos se dio la orden de construir esa escuela en 1803. Ese sería el inicio de la Universidad de Antioquia.
El claustro se convirtió, durante la Guerra de Independencia, en acuartelamiento de los realistas; luego fueron los republicanos quienes lo usaron de trinchera. Más tarde, en ese mismo siglo de sucesivas guerras civiles, sirvió de escondite durante el conflicto de los Supremos.
La iglesia pasó de manos de los franciscano a los jesuitas, y por eso se adoptó el nombre de San Ignacio de Loyola. Cuentan también los cronistas de comienzos del siglo XX que muy del claustro se reunían los 13 panidas, el grupo de jóvenes intelectuales rebeldes que incluso protagonizaron una sonada pelea en ese sector.
San Ignacio es reflejo de lo que es y ha sido Medellín. Los que asisten a jugar ajedrez y los vendedores ambulantes esperan que la cultura se imponga ante el desorden que se avizora. Hacen un llamado urgente a la Alcaldía.
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Reminiscencias de ayer: los músicos que se inventaron las parrandas en el Parque Berrío
El conjunto Los Auténticos del Ritmo tocan varios géneros, desde boleros hasta rancheras
En Tik Tok hay decenas de videos de parrandas en el Parque Berrío, el más tradicional de Medellín. Las parejas van dando salticos, bailando de un lado a otro, mientras en la parte frontal, con amplificador, los músicos tocan temas parranderos o tropicales. Con el tiempo, la fiesta se convirtió en tradición, y es como si un fandango espontáneo se tomara el parque por un rato. Pero, ¿cuál es el origen de esta particular tradición?
Los bailes en el Parque Berrío son relativamente recientes. La historia la cuenta Darío García, el líder del grupo Los Auténticos del Ritmo. Darío llegó a Medellín hace 17 años, aunque no recuerda la fecha con precisión. Venía de Santa Bárbara, en el Suroeste de Antioquia. Sin saber muy bien cómo, fue a dar al parque y se sentó en sus bancas, buscando algo por hacer, pensando, con algo de ansiedad, qué sería de su futuro en la ciudad.
Los primeros días se sintió un extraño. No lo volteaban a mirar. Él, en cambio, veía que en el parque tocaban algunos músicos, pues en aquellos tiempos abundaban. Fue trabando conversaciones con los vecinos del parque, y desde entonces comenzó a hacerse un nombre.

Darío dice hoy, casi dos décadas después de eso, que es muy popular en el Parque Berrío. Allí llega todos los días, el pantalón bien ajustado, la camisa roja del conjunto, el sombrero ladeado sobre su cabeza. Su habla es lenta, engolada, con grandes énfasis en las eses. “Yo fui el que se inventó las parrandas en el parque. Eso después lo hicieron otros y lo llevaron a otros parques, pero eso nació aquí”, dice Darío.
Orgulloso, tocándose el sombrero, Darío cuenta que hace unos siete años tuvo la idea de poner a bailar a la gente. “Un día cualquiera me hice debajo de una de las palmeras del parque y comencé a tomar música parrandera. Empezamos con dos mujeres y un hombre que bailaban y dieron el ejemplo. Entonces fue creciendo hasta que llegaban 40 o 50 personas”, cuenta el músico.
<iframe width=”560″ height=”315″ src=”https://www.youtube.com/embed/3n4-JngbiuA?si=KvFKU9YZA6z2pyjh” title=”YouTube video player” frameborder=”0″ allow=”accelerometer; autoplay; clipboard-write; encrypted-media; gyroscope; picture-in-picture; web-share” allowfullscreen></iframe>Hay que decir que, si bien los bailes son recientes, los músicos del parque y del centro de la ciudad hacen parte de una tradición más antigua. Medellín ha sido una ciudad musical, y prueba de ello es que en la segunda mitad del siglo pasado fue el epicentro discográfico del país. Desde hace varias décadas los músicos han deambulado por el centro, de Bolívar a Berrío, de San Antonio a San Ignacio, ofreciendo bambucos, pasillos o canciones de música tropical.
<blockquote class=”tiktok-embed” cite=”https://www.tiktok.com/@hidroituango/video/7308397621201128709″ data-video-id=”7308397621201128709″ style=”max-width: 605px;min-width: 325px;” > <section> <a target=”_blank” title=”@hidroituango” href=”https://www.tiktok.com/@hidroituango?refer=embed”>@hidroituango</a> <p>Musica en vivo Parque de Berrio medellin " El Ventarron"</p> <a target=”_blank” title=”♬ sonido original – #HeraldoDelNorte #HidroItuango” href=”https://www.tiktok.com/music/sonido-original-HeraldoDelNorte-HidroItuango-7308397685183810310?refer=embed”>♬ sonido original – #HeraldoDelNorte #HidroItuango</a> </section> </blockquote> <script async src=”https://www.tiktok.com/embed.js”></script>Hoy son pocos los músicos que quedan. Darío y los Auténticos del Ritmo son reminiscencias de una ciudad que ha mutado en otra. Eso se hace evidente en la edad de los músicos, casi todos mayores de 60 años, y del público, también por la misma edad. “Nosotros somos el único grupo que queda acá de manera permanente en el Parque Berrío. Estamos de lunes a sábados acá, tocando de todo, desde tropicales hasta pasillos. Hay músicos que vienen, pero independientes, no se quedan acá, pero nosotros nos quedamos acá solos”, cuenta el músico.

Darío recuerda que cuando llegó había un “grupo bajo cada una de las palmeras del parque”. Por eso, dicen él y sus compañeros del grupo, la idea es no dejar morir la tradición de escuchar música en Berrío, el más importante de los parques de Medellín. “Tenemos que preservar esto, porque la música es cultura y la música no puede morir.
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Homenaje e historia de Gisela Ardila, la matrona de las tinteras del Parque Berrío
En el parque, donde estuvo 25 años, le hicieron un sentido homenaje
Gisela estuvo siempre ahí, bajo la sombrilla, cubriéndose del sol y la lluvia. Todos esos años la pasó sentada, abanicándose, alzando la voz. Siempre estuvo en pie de lucha, consiguiendo una cosa y la otra para sus compañeras. Más de una vez tuvo que enojarse y pararse en la raya para defender a las suyas, para evitar que les pasaran por encima.
Cuentan en el parque que Gisela se empezó a quejar de un dolor que le oprimía el pecho. Con estoicismo se mantuvo en su lugar, siempre luchando, con la planilla de las tinteras y los termos en las manos. Un día no pudo ir a trabajar y a las demás les informaron que la matrona de las tinteras estaba hospitalizada. Más de dos semanas estuvo en cama, muy decaída en los últimos días, hasta que su vida terminó.
Después de estar ahí 25 años, su ausencia se siente con ardor. María Ospina, una de las 430 tinteras que conforman Asotintos, dice que el Parque Berrío está de luto. “Mire cómo se ve el parque, cómo se siente la tristeza, la soledad”, dice, recordando a Gisela, a quien conoció hace 20 años.
María llegó desplazada de Abejorral y, por el azar, fue a dar al parque Berrío. Ahí conoció a Gisela, que entonces tenía una pequeña chaza en la que vendía dulces, cigarrillos y tinto. Una mañana trabaron conversación y desde entonces se hicieron amigas; pero, más que una amistad, era una relación de protección, de ayuda. “Doña Gisela fue como una mamá para mí. Ella nos daba consejos, nos conseguía cositas. En la pandemia tocó muchas puertas y a muchas nos dio mercados”, recuerda María.

Gisela fue la que soñó con que las tinteras del parque Berrío, mujeres en su mayoría cabeza de hogar, tuvieran condiciones dignas de trabajo. Aunque llevaban años vendiendo café, andaban sin garantías, sin agremiarse, y eran víctimas de un machismo agresivo, cuando no de la Policía y Espacio Público, porque ni siquiera tenían permiso para vender.
María recuerda que el parque se salió de control hace unos años. Sin autoridad, los alrededores de la estatua de Pedro Justo Berrío se atiborraron de chazas en las que se vendía licor desde la mañana hasta la noche. Las borracheras venían acompañadas de baile, de desorden, de peleas en las que se blandían cuchillos y machetes.
“Entonces doña Gisela, que tenía un temperamento muy fuerte, se tuvo que enojar con esa gente y puso la cara para que esto mejorara”, dice María. Sus hijas, las más de 400 tinteras que pasan los días deambulando en el parque, resguardándose del solo bajo la sombra de las palmeras, dicen que ahora la tarea es mantener el legado de Gisela.
Y es que gracias a esa mujer que pasó miles de horas en el parque, bajo las sombrillas, las vendedoras de tinto formaron Asotintos, una agremiación y sindicato que, con el paso de los años, no solo se ganó el respeto en el parque, sino que consiguió respaldos para hacer realidad los sueños de las 430 mujeres.

Asotintos tiene un local desde hace siete meses. Está detrás de la Candelaria. Es un espacio pequeño, humeante, donde todos los días hacen olladas enteras de café humeante, bien negro, pero con panela, que los transeúntes van consumiendo en el transcurso de mañana y tarde.
Ese fue un paso importantísimo para las tinteras, pues ahora no tienen que estar comprándole el café a terceros. Son cientos de termos de tinto los que se venden todos los días; ni siquiera ellas pueden calcular la cantidad, o al menos estimarla.
Gracias al sueño de Gisela y de muchas otras compañeras, dice María, muchas de las tinteras han tenido acceso a formación técnica y empresarial. La Corporación Interactuar y el Club Rotario de Medellín hicieron una alianza para formarlas y ofrecerles mejores oportunidades.
En ese proceso surgió otro sueño: construir un acopio para distribuir los centenares de termos repletos de café. Gisela se fue con ese sueño en mente, recuerda María, la última de las tinteras que habló con ella, la matrona afable de sonrisa amplia que pasaba las horas bajo la sombrilla.
Con su muerte, el sindicato quedó acéfalo y aturdido. Entre las tinteras reina la incertidumbre, pero una cosa tienen clara y es que Asotintos, en honor a Gisela y a las que siguen luchando en este mundo, debe continuar.
Por eso, este viernes 26 de enero se hizo un sentido homenaje a la matrona en el parque Berrío. Con música, un altar, globos y aplausos se despidió a Gisela. Ella se había hecho inseparable de ese lugar. En 2021, el metro de Medellín expuso una foto suya en los bajos de la estación. Gisela aparece con una blusa roja, sonriendo con amplitud, con dos termos de tinto y una planilla en sus manos.

“Por más de 25 años doña Gisela Ardila vendió tintos en Parque Berrío. En todos estos años trabajó por la dignidad y el bienestar laboral de las mujeres tinteras, quienes se unieron para crear Asotintos, una asociación que integra a más de 400 mujeres”. Con este mensaje, el metro se despidió de la matrona de los tintos.
Aunque Gisela ya no está, seguro quedará en la memoria colectiva la figura de aquella mujer afable, a veces un tanto regañona, que pasó miles de horas vendiendo tintos y tramando un sueños que ahora es sueño de más de 400 personas.
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El Hotel Nutibara tiene una nueva vida con café bohemio en su terraza: esta es la historia
La idea es recuperar el sector y darle vida al hotel, ícono de la “Belle Époque” de Medellín en el siglo XX.
La tarde es cálida y el sol se filtra entre las palmeras. El bochorno agobiante no se siente en el tercer piso del Hotel Nutibara, en cambio, la brisa es fresca, envolvente, evocadora. Desde la terraza se ve el metro, que pasa raudo, el Palacio de la Cultura, y se columbran las montañas del occidente. Abajo, sobre el pavimento caliente, caminan miles de personas con rumbos azarosos. Arriba la vida va más lento, más apacible.
Esa pequeña descripción encierra lo que es La Dolce Vita, el café recién inaugurado en el mítico Hotel Nutibara. La historia del café, donde se ofrecen cocteles exóticos, panadería fina y cafés gourmet, no es menor.
Andrés Angarita es el gerente del Nutibara y, desde que llegó al cargo, se dio a la tarea de recuperar ese ícono de la ciudad que fue inaugurado en 1940, después de la pequeña Belle Époque que vivió Medellín en los años 30, pero que con las décadas decayó como lo hizo todo el centro, y sobre su reputación se cirnió una nube oscura.

En el Nutibara estuvo Jorge Eliécer Gaitán en 1947, un año antes de su asesinto, y se tomó una foto en la terraza, muy de cachaco él, muy posudo, con la Basílica Metropolitana de fondo; unas décadas después se alojó Pelé allí, y conocidas son las anécdotas y los cuentos de un Zubeldía que caminaba por los pasillos y por el Lobby, a veces hablando de fútbol, otras veces de hípica.
Pero el hotel, como todo el centro, sufrió la presión de una ciudad que se desbordó, en la que se enquistó la violencia. El nuevo milenio ha sido malo para el hotel. Andrés, el gerente, cuenta una anécdota que retrata muy bien cómo la fama se vino a menos. Para los conciertos de Carol G, a comienzos de diciembre de 2023, la ocupación del hotel fue del 100 por ciento. La gente llamaba a reservar y tenían que decirle, con pena, que todas las habitaciones estaban vendidas.
Pero muchos llegaron y se aterraron con los alrededores del hotel: habitantes de calle, drogadicción, cerros de basuras, un ruido ensordecedor. Muchos se negaron a dormir allí, donde hace muchos años durmieron el rey Pelé y el negro Gaitán. “La ocupación cayó hasta el 75 por ciento por la gente que decidió irse, y eso es muy triste, porque nosotros trabajamos por el centro, pero nos queda imposible, como privados, manejar el tema del espacio público, de los venteros sin permiso, del perifoneo”, cuenta el gerente del hotel.
La administración de Quintero prometió mucho con el centro, pero los resultados, a la vista de todos, fueron más que pobres. El gerente dice que con la administración actual, la de Federico Gutiérrez, ya tuvieron varias reuniones para hablar de la importancia de recuperar el centro, en especial el centro histórico, que encierra la Plaza Botero, el Parque Berrío y el Hotel Nutibara.
La Dolce Vita
La obsesión de Andrés Angarita ha sido recuperar el sector, que vuelvan a florecer los restaurantes, los cafés especializados, las cafeterías finas. En ese empeño llevó una idea a la junta: convertir la terraza del tercer piso del hotel en un café gourmet. Los dueños le dijeron que no debían ampliar la línea de negocios y que lo mejor era arrendar el lugar para que un tercero lo operara.
Entonces Andrés, con la terquedad por recuperar el centro y el hotel, decidió invertir él mismo en el café. Consiguió un administrador, un mostrador para exponer los productos, y un chef que se encargó de la coctelería. “La idea es ofrecer un lugar diferente, que no se venda el mismo tinto, sino un café gourmet, un cocktail con ingredientes exóticos. Es darle vida de nuevo al centro”, comenta el gerente.

Esta no es la única iniciativa de ese tipo. Desde hace unos meses, algunos restaurantes de Provenza han abierto sucursales en Plaza Botero. Es una apuesta por ofrecer, de nuevo, espacios de esparcimiento sanos en un lugar en el que la explotación sexual, el ruido y las drogas lo conquistaron todo.
El café Dolce Vita abrió este 20 de enero a las 2:00 de la tarde y promete darle nueva vida al Nutibara, que durante tantos años agonizó en medio de un ambiente convulso y decadente.
El horario del café es de 9 a 9 todos los días, pero los fines de semana será hasta más tarde, pues la intención también es darle vida nocturna al sector. Los fines de semana habrá música en vivo, toda clase de música, desde rock a son cubano. Será una reminiscencia de los tiempos ya pretéritos en que Lucho Bermúdez y su orquesta amenizaban las noches en el Hotel Nutibara.
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El robo de una perrita que terminó en persecución policial, extorsión y falso secuestro
Esta historia deja reflexiones sobre el aumento de delitos sensibles en la ciudad
Siete horas de angustia vivió Laura Acosta. Todo comenzó el pasado 2 de enero, a las 7:46 de la mañana, en Itagüí. Ese día, con el letargo del año nuevo, empezó con el pie izquierdo. A la hora señalada, un carro negro pasó por el gimnasio Oasis, propiedad de Laura y su novio. Nadie notó la presencia del vehículo. El conductor, supieron después, se bajó con naturalidad y, en un descuido de segundos, aprovechó para llevarse a Brandy, la perrita de Laura. Entonces comenzó una persecución que tomó rumbos inesperados.
Al papá de Laura, que estaba en el gimnasio, una vecina le advirtió que un hombre había subido a Brandy a un Chevrolet negro. La mujer recordaba el número de la placa del vehículo, pero no las letras. Con esa información llamaron a la Policía, que empezó a monitorear las cámaras de seguridad para hacer seguimiento al carro, pero en un punto perdieron el rastro y la zozobra se acrecentó.
Desesperada, Laura subió un video a Instagram contando el robo de su mascota. De inmediato comenzó a recibir llamadas y mensajes. A las 9:00 de la mañana, solo dos horas después de que el carro negro se paseara por el gimnasio, un hombre se comunicó con Laura y, de una manera convincente, le dijo que tenía a Brandy en su poder. Dijo que no quería extorsionarla para devolver a la perra, pero que su situación económica era compleja. Sus palabras, recuerda Laura, sonaron convincentes.
Finalmente, después de muchos ambages, el hombre dijo que necesitaba que le hicieran una transferencia por 800.000 pesos para devolver a Brandy. Dio más señas, que en el momento no parecieron extrañas: que dos personas fueran por la mascota al parque de Itagüí, y que allí hicieran la transferencia. Otra vez, el hombre hablaba con ambages, pero sonaba tan convincente, y Laura estaba tan desesperada, que era la tabla de salvación a la que había que aferrarse.

Antes de las 10 de la mañana estaban ella y su papá en el parque de Itagüí, como lo había indicado el hombre que decía tener a Brandy. “Ahí nos hizo una llamada y nos conectamos los tres y nos empezó a dar indicaciones”, cuenta Laura. El hombre, del otro lado de la línea, le dijo a Laura que fuera dos cuadras abajo del parque. “La llamada estaba aislada, nos dimos cuenta después, y yo no escuchaba lo que le decían a mi papá. A él lo mandaron para otro lado”, sigue Laura con su relato.
De manera paralela, mientras los dos estaban siguiendo indicaciones en el parque de Itagüí, el hermano de Laura salió a buscar al carro negro en el que habían subido a Brandy. Ya sabían, gracias a la Policía, que el conductor había tomado hacia la loma de los Zuleta, también en Itagüí. Él mismo fue a buscarlo y lo encontró.
“Otra vez, el hombre hablaba con ambages, pero sonaba tan convincente, y Laura estaba tan desesperada, que era la tabla de salvación a la que había que aferrarse”.
Pero volvamos con Laura y su papá, que quedaron en el parque de Itagüí. Del otro lado de la línea, el hombre comenzó a presionar para que se hiciera la transferencia. “Entonces dijo que tenía retenido a mi papá y que tenía que entregarle la plata para que lo liberaran con la perrita. Ahí me entró la desconfianza”, cuenta Laura.
Siguiendo el instinto, invadida por el miedo y nublada, Laura le contó lo que estaba pasando a un policía que por allí patrullaba. Por las cámaras de seguridad buscaron a su papá, indicando cómo iba vestido, y se dieron cuenta de que no lo habían secuestrado. Era una estratagema del hombre del otro lado de la línea, un extorsionador que nada tenía que ver con Brandy, cuyo único “mérito” fue haber visto la publicación de Laura en redes sociales.
Acá vuelve el hermano de Laura a la historia. Una vez localizó el carro negro, llamó a la Policía y entonces se desató una persecución hasta el barrio Boston de Medellín. A Brandy la habían llevado a un criadero y ahí, sin escrúpulos, la habían vendido a otra persona. De nuevo, la Policía comenzó la persecución hasta el barrio Manrique, donde encontraron al comprador.
Brandy volvió a casa pasadas las 2:00 de la tarde, después de siete horas de angustias, de un supuesto secuestro, de un intento de extorsión y una persecución a través de las cámaras.
La historia de Brandy no es una mera anécdota. La extorsión es un delito en aumento en Medellín y el Valle de Aburrá. Aunque en este caso no hubo secuestro, bien pudo haberlo en el parque de Itagüí. Laura bien dice que en esta historia se cometieron dos delitos diferentes. Primero, el hombre que pasó en el carro y se robó a Brandy; segundo, la extorsión perpetrada por quienes vieron la publicación de Instagram.
“La historia de Brandy no es una mera anécdota. La extorsión es un delito en aumento en Medellín y el Valle de Aburrá”.
Solo el año pasado (hasta el 25 de diciembre) se denunciaron en Medellín 831 casos de extorsión, 183 más que en el año anterior. Es decir, el delito incrementó en un 28%. Eso sin mencionar que los secuestros se aumentaron en un 60%.
El caso de la persona que se llevó a Brandy, y que al parecer trabaja en una plataforma de transporte, está en conocimiento de la Policía. A Laura le preocupa que esta persona siga por ahí trabajando en su carro, merodeando y al acecho.
Laura accedió a contar esta historia a Exclusivo Colombia para dejar constancia de una situación que le puede pasar a cualquiera en el valle de Aburrá.
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¿En manos de quién está la seguridad de Medellín?

Manuel Villa Mejía es abogado, especialista en economía, con perfil de administrador, no obstante, hoy está al frente de la seguridad en la ciudad más compleja del país.
En las primeras dos semanas de 2024 en Medellín han aumentado en casi un 50% frente a las mismas dos semanas de enero de 2023, no obstante, la diferencia es de cuatro casos, las cifras son aún muy cortas como para determinar una tendencia estadística, como la que muestra el Sistema de Información para la Seguridad y la Convivencia.
No obstante, en estas semanas, al frente de la Secretaría de Seguridad y Convivencia se encuentra un abogado, mano derecha del Alcalde Federico Gutiérrez. Manuel Villa Mejía, quien fue Secretario privado del popular “Fico” en su primera alcaldía, jefe de la campaña presidencial del mismo y uno de los fundadores del partido “Creemos”, es el séptimo Secretario de Seguridad y Convivencia en la historia de la ciudad, con antecesores que han dejado marcas muy importantes, el más reciente, el Brigadier General (RA) José Gerardo Acevedo Ossa, que en medio de la más polémica e impopular alcaldía de la historia, deja las cifras más bajas de homicidios en Medellín en 40 años.




Pero el Secretario Villa Mejía no está solo. El recién nombrado Subsecretario Operativo de esta Secretaría es nada más y nada menos que el Brigadier General (RA) Pablo Ferney Ruiz Garzón, excomandante de la Policía Metropolitana mal recordado por el incidente de la captura de alias “Manolo”, presunto abusador de varios niños en un jardín de “Buen Comienzo”, que se entregó en la Estación de Policía de Yarumal tras ser intensamente buscado, pero que por un error en el informe policial, el General Ruiz, dijo públicamente que se había capturado tras la persecución de las autoridades.
Sepultado el incidente, literalmente tras la muerte de “Manolo” en la cárcel, el General Ruiz vuelve a la ciudad y con los movimientos de las primeras semanas de enero, es innegable que hay un interés por mostrar resultados rápidamente.
En 12 días, según cifras de la Secretaría de Seguridad, Fueron dispuestos más de 150 uniformados para la realización de planes especiales de registro, control y solicitud de antecedentes, implementando 6 puestos de control diarios en articulación con Secretaría de Seguridad y Secretaría de Movilidad en más de 23 puntos estratégicos de la ciudad.
Además, se han realizado intervenciones especiales en la Plaza Botero, en el Parque Lleras y en 5 comunas. Se desplegó una actividad con pocos antecedentes para el control del orden público en Manrique, Aranjuez, en el Centro de Medellín, se intervino el Skate Park de la 4 Sur y hasta se reforzó con el Ejército la vigilancia en los corredores de ingreso y salida de la ciudad. Por lo menos, en el comienzo, la “escoba barre bien”.
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¿Qué cambió en Botero con el retiro de las vallas? Crónica de una tarde en la plaza
Hay 24 agentes de policía custodiando el lugar. Se han visto personas durmiendo en las zonas verdes.
Once días han pasado desde que la Alcaldía de Medellín, ahora liderada por Federico Gutiérrez, levantó las vallas que durante diez meses rodearon la Plaza Botero. Con una mirada rápida, sin mayor detalle, se puede concluir que todo sigue igual desde el retiro de las cercas: la prostitución se mantiene junto a la iglesia de La Veracruz, los turistas siguen llegando en bermudas, y en una esquina siguen poniendo las mismas canciones de Diomedes.
Hay que escudriñar un poco más, hablar con los venteros que pasan las horas bajo el sol, para notar sutiles diferencias. Lo primero que se nota al llegar es la amplitud. La entrada se ve extrañamente amplia sin las vallas. El acceso es ilimitado a la plaza, que además es un espacio público, hay que decirlo. En una tarde de miércoles, bajo los rayos del sol, una veintena de personas hacen corrillo, gritan, celebrando un juego callejero.
Las paredes exteriores de la iglesia, que recuerdan a las ciudades amuralladas del Caribe, sirven de asiento para mujeres jóvenes y viejas, flacas y barrigonas, con dientes y desdentadas, que descansan bajo la sombra esperando clientes. Fuman, tranquilas, y se cruzan de piernas, haciendo chistes a veces procaces.
Ni las vallas ni el retiro de ellas cambió en absoluto las dinámicas de la prostitución y la explotación sexual en los alrededores de Botero. Cuando se le pregunta a la gente por ese tema, miran de soslayo, escurriéndose en la conversación, y dicen que “sigue lo mismo de siempre”.
“La prostitución se mantiene junto a la iglesia de La Veracruz, los turistas siguen llegando en bermudas, y en una esquina siguen poniendo las mismas canciones de Diomedes”.
Y es que el problema del centro, como muchas veces lo ha dicho Jorge Mario Puerta, director de Corpocentro, es que no se atacan los problemas de raíz. Como ha pasado en otras zonas, se arregla la infraestructura, se instalan bancas y mesas, pero los problemas sociales continúan o se agravan. Eso pasó en Botero, y basta una mirada para darse cuenta de ello.
Hablan los venteros
Jorge Arias, un vendedor ambulante asociado a Asobotero, dice que la plaza se siente tranquila, que está “una chimba”. Hasta ahora, pasados once días del retiro de las vallas, dice que la calma se ha mantenido. Y es cierto, los turistas se toman fotos en las 23 esculturas de Fernando Botero, caminan con despreocupación.
La estrategia de la alcaldía de Gutiérrez ha sido controlar el espacio público y poner policías para que vigilen el parque. Bajo los árboles, huyendo del sol de la tarde, los patrulleros levantan a los habitantes de calle que deciden meterse a dormir en los jardines. “Ellos intentan meterse, pero de una los quitan. Uf, eso ha pasado cada rato”, dice uno de los vendedores.
Pero otros no son tan optimistas. Román Agudelo, uno de los fotógrafos que pasa los días enteros en Botero, dice que, pese a la presencia de la Policía, ya se han presentado robos. “Hace unas horas robaron una bicicleta de esas de motor, de un gringo. Cuando llamaron a los policías, el ladrón ya se había volado, porque ahora sin vallas se van mucho más fácil”, comenta el fotógrafo.
Son 24 los policías que están patrullando la plaza durante el día. La presencia es constante, hay que decirlo, pero el temor de los comerciantes es que a la larga se relaje la vigilancia y el desorden vuelva. Agudelo no es optimista: “Le doy dos meses a esto para que vuelvan a meterse y esto acá esté oliendo a mierda otra vez”.
Aunque los comerciantes están de acuerdo con las vallas, buena parte de la ciudad criticó la medida y la tomó como un derecho de admisión a un espacio público que debe ser de todos. La estrategia de cerrar el espacio público se trasladó al parque Lleras, en El Poblado, con pocos resultados y muchas críticas.

Los alrededores
La plaza cerrada se convirtió en un oasis. Mientras en los interiores había pocos vendedores ambulantes y el espacio se veía limpio y seguro, los alrededores, por donde la gente camina para entrar a la plaza, bullían en medio del ruido ensordecedor, la invasión del espacio público, el consumo y la venta de drogas.
A la Plaza Botero la rodean los barrios Estación Villa y La Candelaria. En ambos los homicidios se incrementaron un 20% y un 12% respectivamente durante 2023, cuando las vallas estuvieron puestas. En el caso de los hurtos, se presentó una situación similar. Solo en el barrio La Candelaria, según el SISC, se documentaron 3.765 casos de hurto, un aumento del 18.5%, y en Estación Villa, se produjeron 616 casos, un aumento del 7.5%.
Durante el cierre, además, los alrededores se llenaron de ventas ambulantes irregulares. Eso aumentó el tránsito de personas y la suciedad. El CAI de la Policía, que está bajo el metro, se convirtió en un baño público maloliente, lleno de charcos de orines rancios y mosquitos.
La realidad hoy es diferente. Esa zona fue despejada en los primeros días de la nueva administración y hoy se puede caminar por allí con tranquilidad. Pero pasó lo mismo que con las vallas: los problemas se movieron solo unos metros. Bajo el viaducto, junto a los murales de Pedro Nel Gómez, están arrumados todos los venteros que fueron removidos de sus espacios.
La zona se convirtió en un verdadero tumulto en el que vendedores con permiso y sin él aprovechan el espacio. Se hizo tan intransitable como la parte que lindaba con las vallas.
Es pronto para sacar soluciones sobre el retiro de las vallas, pero una cosa queda clara: con o sin ellas, los problemas siguen ahí, moviéndose apenas unos metros.
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La historia de los muertos ilustres y olvidados del cementerio San Pedro
Dejaron obras literarias y arquitectónicas, pero hoy poco visitan sus tumbas y están cayendo en el olvido.
El cementerio San Pedro no está rodeado de cipreses sombríos, como en los poemas, ni sus alrededores son campos desiertos o tristes. Está en medio de la ciudad, sembrado con pinos y palmeras que le dan cierto aire de tropicalidad. Desde la rotonda central, donde descansan los muertos ilustres, se ve la comuna Nororiental, que destella antes del atardecer.
Hay placas de mármol suntuosas, muy barrocas, que recuerdan a personas encumbradas de la historia de la ciudad. Casi en el centro está Pedro Justo Berrío, en cuyo honor se bautizó el parque más emblemático de Medellín. Muy cerca de allí está Jorge Isaacs, autor de María, la novela romántica de América. Hasta ese lugar llegaron sus restos en 1904, nueve años después de su muerte. Pero esa es otra historia.
El ilustre recién llegado es don Tomás Carrasquilla, el del Ánima sola. Después de 35 años, cuando fue sacado para llevarlo a la Basílica Metropolitana, volvió al San Pedro el 19 de abril de 2023, en las manos de Gustavo Álvarez Guardiazábal. Su tumba está coronada por un busto en el que resalta la cara seria, aunque de mirada irónica, del escritor.
Pero esta pequeña crónica no es para mencionar a los muertos que todos llegan buscando. En el cementerio hay 44.000 posesiones, es decir, osarios, cenizarios y bóvedas. No todos están llenos, por supuesto, y cada tanto se hacen exhumaciones. El cálculo es que en el cementerio hay 30.000 cuerpos. Hay galerías llenas de personas jóvenes, cuyas vidas se truncaron por la violencia o accidentes de tránsito. Muertos nacidos en 2005, que apenas estaban empezando a vivir.

El director ejecutivo del San Pedro, Juan José Restrepo, ha dicho varias veces que en el cementerio está la historia de la ciudad. Y no es una exageración.
Detrás de la rotonda, una de las galerías donde reposan los muertos más antiguos, está Fernando Estrada, un optómetra que dejó un singular legado a la ciudad. Estrada se fue a estudiar a París, y de allí viajó a Egipcio, donde se maravilló con la historia antigua. Se convirtió en un entusiasta egiptólogo y volvió a Medellín en la década del 20. Empeñado en construir algo como lo que había visto, se lanzó a la quijotesca construcción de un palacio egipcio en el barrio Prado de Medellín.
Pero Estrada guardaba otro misterio: era masónico. De hecho, dirigía una secta, Sol de la Montaña. El palacio fue tomado como una afrenta por los católicos, que tenían a poca distancia la Basílica Metropolitana; lo cierto es que Estrada era respetuoso de la religión, pero no escondía su pensamiento masónico.
Otro muerto ilustre que ha ido perdiendo visitantes es Juan de Dios de María Uribe, conocido como el Indio Uribe, nacido en Andes en 1859. El indio murió en 1900, es apenas lógico que su recuerdo, con el pasar de más de un siglo, se haya ido diluyendo. Uribe fue liberal en una tierra de conservadores, y su pluma era panfletaria, pero apasionada y genuina. Está enterrado en la sección laica del cementerio, donde fueron llegando ateos como él, pero también putas y suicidas. Su tumba es diferente a las que la circundan: está como empotrada en la pared, como vertical.
Es lógico que el furor del periodista y pensador del siglo XIX haya decaído, pero la ciudad debe voltear los ojos, reconocerse en sus personajes, y el Indio es un espejo de lo que ha sido y no ha sido la sociedad antioqueña.
Menos inexplicable es el olvido de un muerto muy reciente, conocido por casi todos, que llegó al cementerio en 2019. Se trata de Jota Mario Valencia Yepes, el popular conductor de televisión. Jota Mario nació en Medellín en 1959 y murió en Cartagena. Uno de sus tíos era fundador de los almacenes Ley, que por mucho tiempo fueron emblema en la ciudad. El presentador hoy descansa junto a su tío.
Así recuerdan en el cementerio a ese hombre del entretenimiento:
“Hoy Jota Mario, hace parte de los hombres y las mujeres aquí enterrados, que caminaron y actuaron sobre esta tierra transformándola, enriqueciéndola, creando y compartiendo cultura. Su lucha o proyecto de vida se ha convertido en nuestro patrimonio: un legado diverso, transmitido a los descendientes mediante la evocación de su materialidad funeraria, expresada en nombres, familias, fechas, símbolos, epitafios; obras artísticas, arquitectónicas y mausoleos, erigidos como emblemas”.

Si el lector de esta crónica tiene fresco el nombre de Jota Mario, tal vez no tenga tan presente el de Clementina Trujillo, recordada como la “gran dama de la industria y el comercio antioqueño”. Pese a su legado, la tumba no es suntuosa, sino más bien común, con el retrato de una virgen. Está en la galería San Vicente y una foto descolorida es el único arreglo que tiene.
Sin embargo, hace parte importante de la historia de Antioquia. Su biógrafo, Agustín Jaramillo, cuenta que Clementina nació “mujer, mulata, pobre y fea”, es decir, con todo en su contra (para la sociedad de la época) y aún así logró convertirse en una empresaria exitosa. Fue la fundadora de la cadena de almacenes Primavera, símbolo antioqueño hasta la década de los 90, y también creó la Fábrica de Camisas Primavera.
A través de las historias de los habitantes del San Pedro se entiende un poco el devenir de Medellín y Antioquia. Guerras civiles, desengaños, traiciones, reconocidas obras literarias, casas discográficas exitosas, todo está ahí, en el cementerio donde crecen los pinos y las palmeras, a espaldas de la comuna nororiental.
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Jairo pintó los 125 pueblos de Antioquia y fundó el museo del carbón en Amagá
El pintor tardó 40 años en retratar todos los municipios del departamento. Esta es su historia
Jairo Franco cuenta historias que se bifurcan. Teje anécdotas olvidadas, como una pelea entre conservadores y liberales en el parque de Amagá.
—Oiga, pues, se les acabaron las balas de escopeta y se acercaron para darse con machete.
Jairo dice que tiene memoria desde 1955. En 1962, cuando tenía 15 años, pintó la iglesia de Amagá, el primero de los 125 municipios que retrató durante 40 años. Pero esa es otra historia que se bifurca en varias aventuras de juventud.
Tiene un programa en radio y otro de televisión. Cuenta lo que muchos olvidaron y el lema es que no son historias de oídas, sino vividas por él mismo, como una suerte de Heródoto del Suroeste
—Yo trabajo desde los ocho años—dice Jairo, sin necesidad de escudriñar demasiado sus recuerdos—. Trapeé cantinas, cargué parva para las veredas, hacía dibujos por un centavo.
Pero esta corta crónica se centra en los últimos 22 años de su vida. Es la historia de una terquedad, de un empeño inquebrantable. En 2001, Jairo presentó un proyecto a la administración municipal. En unas hojas impresas, muy seguro de sí, radicó la idea del Museo del Carbón. Justificó la importancia de tener un lugar que contara cómo se extrae este material, paso a paso, y su lugar en la historia y la cultura del municipio. Pero no le prestaron atención.
En 2004 envió una carta a Aníbal Gaviria, entonces gobernador, haciendo la misma petición. Hizo una maqueta del museo, manejada con controles y movimiento. Todavía la conserva, pero ya no es más que un trasto viejo, polvoriento, ignorado.

Jairo sigue contando las historias que se bifurcan:
—Trabajé entre 1966 y 1969 en la mina San Fernando—dice, atropellando las palabras—. Ahí vi morir a un compañero. Le cayó encima una roca de una tonelada. Cuando la roca cayó, empecé a llamarlo, pero no me contestaba—toma un poco de aire—. Entonces me monté encima de la roca y di la vuelta. Ahí me di cuenta de que él estaba debajo.
Jairo buscó otro trabajo menos riesgoso. El 20 de octubre de 1969 entró a Coltejer, donde se convirtió en un pesebrista de fama. Para esa época ya había pintado muchos de los 125 municipios de Antioquia. Estudió Bellas Artes seis años, becado por la empresa. Se casó, tuvo hijos. Pero esas son otras historias que se bifurcan.
El inicio de los 2000 llegó con la idea del museo. Administración por administración, sin falta, radicó el proyecto, con la terquedad del que sabe que algún día vencerá. Le dijeron que sí, que la maqueta se haría realidad. Concejales y políticos le prometieron ayuda para financiar el museo. Pero, en sus palabras, “político es político”.
En ese tiempo, aunque pensando en el museo del carbón, terminó de pintar los pueblos de Antioquia. También hizo maquetas de los lugares emblemáticos de Amagá. Con orgullo muestra una versión a escala del viejo teatro, con cada una de las butacas en miniatura, y la casa de Belisario Betancur, con paredes color pastel y techos declinados. Pero Jairo se recuperó y terminó de pintar los 125 pueblos. El último fue Caucasia. Ya no tenía el ímpetu de la juventud, ni de la soltería en búsqueda de aventuras. Lo que sí le había quedado, como encarnado en lo más profundo, era la idea del museo del carbón, que siguió presentando a las administraciones de 2016 y 2020.

Como no recibió ayuda, la rectora de la Normal Superior de Amagá, Flor Ángela Urrego, le ofreció un espacio para, al fin, hacer el museo. Jairo, con la paciencia de siempre, y ya con siete décadas a cuestas, comenzó a pintar las paredes. De un lado el ferrocarril, donde su papá fue funcionario. Al frente, un paisaje de la mina San Fernando en la década del 60, cuando trabajó allí y vio morir a un compañero.
Sobre una de las paredes del museo están escritos, con la letra de Jairo, los nombres de las 86 personas que murieron en la tragedia de 1977.
—Por las bandas que transportan el carbón sacaban los cuerpos, muchos mutilados. Oiga, sacaban brazos, cabezas.
El museo tiene maquetas muy precisas, con movimiento, que explican el proceso de extracción del carbón. Hay obreros en miniatura que pican las rocas negras, y sus caras son vívidas. Pero el gran atractivo del museo está por hacerse. Con ayuda de la mina San Fernando, se construirá una mina natural, de 40 metros de profundidad. Los visitantes se subirán a los coches y descenderán dentro de la tierra, como si de verdad fueran mineros en un socavón.
Jairo solo espera cumplir este sueño, y que dios le dé vida para verlo terminado. A los visitantes les contará historias olvidadas, de conservadores y liberales, novias de la juventud; historias que se bifurcan.
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¿Y este cerro de basura en la 13? Una bomba de tiempo amenaza a la comuna
Cerca de 1’600.000 personas visitaron la comuna 13 durante 2022, según la Alcaldía de Medellín.
En la comuna 13 pasaron muchas cosas buenas después de la guerra. Una relativa paz, aunque amenazada por los combos de siempre, se esparció sobre las colinas de Las Independencias, Antonio Nariño, El Salado y los demás barrios. En 2011 se inauguraron las escaleras eléctricas y la comuna sufrió un éxito inusitado, impensando en los años que la ley la ponían los milicianos y los bandidos.
Muchas cosas cambiaron en la 13. Las casas de Las Independencias fueron ampliadas por sus dueños, quienes tumbaron paredes y construyeron terrazas, levantaron muros y empotraron barras. El barrio es irreconocible para alguien que lo haya visitado antes de la construcción de las escaleras eléctricas.
Pero como suele suceder en la vida, con la bonanza vinieron también los problemas. Con la proliferación de negocios, y por ende de dólares, aumentó la deserción escolar. “Los muchachos ya no querían ir al colegio por estar pidiendo plata. Han pasado muchas cosas malas acá”, comentó un líder social.
La foto que acompaña a este artículo es una muestra de un problema más que le surge a la comuna. El año pasado, según cifras de la Alcaldía de Medellín, 1’663.461 personas visitaron la comuna 13 en 2022. Es decir, el promedio mensual fue de 138.622. Todos esos turistas por la comuna tomándose fotos, escuchando las atrocidades de la guerra, de los desaparecidos tras la Operación Orión. También van tomando cerveza, comiendo paletas, tomando agua en botellas plásticas, comprando dulces o arepas de queso que vienen sobre platos de icopor.
Los residuos generados por esa cantidad de gente son desmesurados. En las mañanas, antes de que pase el camión de recolección, las bolsas de basura se acumulan infamemente, una encima de la otra, formando montañas de desperdicios inmundos, una podredumbre a la vista de todos.
“En las mañanas, antes de que pase el camión de recolección, las bolsas de basura se acumulan infamemente, una encima de la otra, formando montañas de desperdicios inmundos, una podredumbre a la vista de todos”.
En los primeros días de diciembre de este 2023 pasó algo que debe llamar la atención. Una mañana, el camión de Emvarias se demoró más de lo habitual para llegar a la zona. Cuando al fin hizo presencia, después de las 9:00 de la mañana, no lo dejaron entrar. La comuna quedó llena de basura, como se ve en la foto que acompaña a este artículo.
Decenas de bolsas malolientes, repletas de residuos reciclables y orgánicos que se pudrían bajo el sol, quedaron en toda la entrada de los turistas. Lo que debe hacer ruido no es que la basura haya quedado a la vista de los extranjeros, que con impresión miraban la montaña de podredumbre, sino la gestión de los residuos en una barrio que pasó de ser periférico a un gran centro de comercio.
Ahora, la pregunta es quién detuvo al carro de basuras para que no entrara. El líder de la zona comentó que los comerciantes que se hacen en el espacio público ya tenían sus chazas montadas cuando el carro llegó. Entonces, envalentonados, le dijeron que no podía pasar, porque primero es el comercio.
El conductor de Emvarias tuvo que tornarse entre las calles estrechas y dejar la basura ahí, junto a las escaleras, a la vista de todos.
Exclusivo Colombia consultó el tema con Emvarias. Desde la oficina de prensa respondieron que lo de ese día fue un caso particular. En efecto, los comerciantes no dejaron que el carro entrara. La empresa, por su parte, hace un llamado sobre la producción de residuos en la zona.
Basta con dar una pasada en la tarde para ver cómo latas vacías de cerveza, con residuos ya rancios por dentro, descansan en los contenedores al lado de desperdicios de arepas de queso, de hamburguesas, que a la vez se van descomponiendo al sol, esperando la llegada del carro. No hay gestión alguna de los residuos, ni pedagogía para reciclar y separar. No, todo el mundo, como pasa en todos los barrios de Medellín, hay que decirlo, saca la basura sin separar, contaminando todo y dando un festín a ratas y gallinazos. Y metiendo más presión al relleno sanitario, por demás.
Como se dijo al comienzo de esta nota, los beneficios del turismo en la comuna 13 son enormes, pero por eso no puede dejar de señalarse lo que no está bien. En 2021, el cronista Miguel Osorio publicó para El Colombiano un informe en el que se denunciaba cómo el ruido y la multitud de turistas había cambiado para siempre la vida en el sector. Una mujer que atendía un pequeño bar contaba, consternada, que no podía salir en pijama de su casa, que había perdido la privacidad.
“No puedo salir en pijama porque de inmediato me toman fotos y salgo en redes sociales”, dijo la mujer en su momento.
El mencionado líder de la zona se queja de que las administraciones poco han hecho por componer el desborde de la comuna 13. Hace rato hay quejas por venta de drogas y supuestos planes para extranjeros en los que se incluyen drogas.
El exceso de basura es un nuevo campanazo sobre lo que pasa en la 13.
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