La mala hora de los vendedores de billetes en el centro, un oficio en vía de extinción
Solo quedan cinco de las decenas de venteros que solían ofrecer billetes, estampillas y modenas clásicas y del mundo
La avenida La Playa hace una curva entre Junín y la Plazuela Nutibara. En ese tramo, hace años, decenas de vendedores ofrecían billetes de las más variadas denominaciones; ansiosos coleccionistas hurgaban para encontrar joyas. Ahora estamos en 2024 y el mundo, aunque sigue siendo el mismo, ha cambiado para muchos de manera sustancial. De los vendedores de billetes y monedas solo quedan cinco, todos mayores de 60 años.
De los cinco, varios están cansados de hablar con la prensa y con los curiosos que se acercan y no se deciden a comprar. Es una tarde gris y el cielo se desgaja en un aguacero que comienza con timidez, pero que de pronto adquiere matices de tormenta tropical. La gente pasa tratando de guarecerse de la lluvia, e ignora los billetes exhibidos. La numismática parece un hábito del pasado, anticuado, vetusto, como se ven hoy tantas otras cosas que antaño provocaron pasiones.
Uno de los cinco se llama Bernardo, un hombre blanco, viejo, de ojos grises. Usa una imitación de un sombrero vueltiao y una camisa blanca. Todos los días llega al mismo punto, en la acera, y se sienta desde las 9 de la mañana hasta las 5 de la tarde en un banquillo de plástico. En la mano derecha, manchada ya por el paso de los años, sostiene billetes viejos, de la década del 70. Eson son baratos, cuestan 5.000 o 10.000 pesos, pero Bernardo cuenta que tiene unos verdaderamente escasos que puede vender en 2 millones de pesos. Es una lástima que nadie los quiera comprar, dice.

Otro de los cinco vendedores es Joseas Torres, de 70 años, desplazado. Joseas llegó hace 23 años de Alejandría, donde era jornalero. Cuando llegó a la ciudad, cansado de trabajar en el campo, se asentó en esa esquina del centro. Desde entonces, aunque no sabe aprender ni escribir, vende billetes.
Joseas tiene una memoria visual prodigiosa. Como no sabe leer, identifica los billetes con solo verlos. Por ejemplo, muestra uno verde, con letras árabes, y explica que es de Arabia Saudita. Los hay de Honduras, de Argentina y de Jordania. Joseas sabe el año de expedición de cada billete, de memoria.
Aunque esos billetes son relativamente escasos, cuestan 10.000 pesos. Joseas se los ha comprado a coleccionistas que llegan al centro a vender los billetes sobrantes de sus viajes por el mundo. También están los antiguos, esos sí más costosos, que datan de antes de la década del 70. Bernardo, por ejemplo, tiene uno de 1928 que cuesta dos millones de pesos.
Hubo un tiempo, recuerdan los vendedores, en que los billetes fueron un buen negocio. “Acá venía la gente no solo a comprar billetes, sino películas, casetes, estampillas, de todo. La gente se amontonaba y no había ni por dónde caminar”, dice Joseas.
Ahora, lamentan los vendedores, apenas alcanza para “conseguirse la comidita”. La fiebre por la numismática ha decaído. Muchos de los vendedores de antaño han muerto y la oferta cada vez es más escasa. Joseas, por ejemplo, no tiene otra opción de sustento: “Estaré acá hasta que Dios me lo permita”.

Los vendedores de billetes hacen parte de los oficios venidos a menos. También están los vendedores de películas porno que se apostan sobre el pasaje Boyacá. Ya nadie compra esas películas que hasta hace unos años eran todo un fenómeno que despertaba afición. Los digitadores, con sus máquinas de escribir, también escasean y hoy quedan unos pocos aferrándose a unos pocos clientes. Ni hablar de los fotógrafos que se pasean por la Plaza Botero en tiempos de celulares y selfies.
¿Hasta cuándo estarán los vendedores de billetes en el centro? Nadie lo sabe, pero lo cierto es que cada vez serán menos. Joseas estará allí, literalmente, hasta que la salud se lo permita. Una suerte parecida sufrirán los otros cuatro sobrevivientes.
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Fantasmas, electrochoques y locos célebres: la historia de la biblioteca de Aranjuez
La biblioteca Comfama de Aranjuez tiene una historia particular: fue el manicomio de Medellín durante 70 años.
Aranjuez cuentan historias de fantasmas. Es famosa la de un vigilante que hacía la guardia de la noche en la biblioteca Comfama de Aranjuez, el edificio donde funcionó el “loquero” de Medellín entre 1892 y 1960. Cuentan que el vigilante escuchó un ruido y, presuroso, subió las escaleras, temblando; las paredes parecieron cambiar de forma y entonces apareció una figura humana que emergió de la oscuridad.
La figura le hizo una pregunta al vigilante y este, al escuchar la voz, bajó de nuevo las escaleras, corriendo, temiendo por su vida.
Hay más historias, por supuesto. El edificio donde funciona la biblioteca Comfama tiene techos altos y gruesas paredes de ladrillos. Los ventanales alargados, enrejados, le dan un aire de prisión. No cuesta mucho imaginar el lugar a comienzos del siglo XX: una casona en la ladera, arriba de la ciudad, a donde iban a parar los “enajenados”. El interno más célebre fue Epifanio Mejía, el poeta melancólico que pasó 36 años dentro de esas paredes, caminando y componiendo poemas. Famosa es una frase suya que estremece por certera:
“Todos estamos locos, / grita la loca / ¡Qué verdad tan amarga / dice su boca!”.
Otro célebre huésped del loquero fue un hombre de Barbosa que mandó una carta al Vaticano para postularse como Papa de la iglesia de Roma. Su deseo era ocupar el lugar recién dejado por Pío XI. El hombre estuvo internado poco tiempo, pues se consideró que su locura era inofensiva.
La historia
Medellín fue un pueblo pequeño y agricultor durante el siglo XIX. Era un lugar acogedor, envuelto entre montañas, sumamente católico. En esta centuria se inauguró el primer cementerio, el San Lorenzo, por allá en 1828. Antes de eso, a los muertos se les enterraba en las iglesias, pero la descomposición de los cuerpos supuso un problema de salud pública que se solucionó con la creación de camposantos abiertos y amplios.
En el siglo XIX hubo locos famosos. Los enfermos mentales caminaban entonces por las calles, libres, y cometían los disparates que muchos celebraban. Entre los enfermos célebres estuvo la “Loca Dolores”, la mujer que le gritaba a Epifanio Mejía que “ todos estamos locos”.
Pero comenzaron a llegar ideas de Europa sobre los tratamientos a las personas “enajenadas”. Las maneras de tratar los males mentales han sido muchas, pasando desde el aislamiento de los enfermos en islas hasta inyecciones de trementina para controlar delirios.

Con el fin de dar un tratamiento a los enfermos, el Estado de Antioquia ordenó, en 1875, la creación de una “Casa de alienados”, lo que sería el primer hospital mental del departamento.
Los primeros años del hospital estuvieron llenos de problemas. Entre ellos, la precariedad. Así lo explica el artículo Alienismo, manicomio y psiquiatría en Medellín (1920-1946):
“La creación de este hospital presentó dificultades en cuanto a la atención de los pacientes; sus condiciones económicas, el personal de atención, el acceso a medicamentos y los recursos de sostenibilidad eran precarios. La segunda mitad del siglo XIX fue importante por el movimiento que se dio en el orden de la ciudad, una de las situaciones más apremiantes fue la creación del Manicomio Departamental, dando cabida al loco y marcando con trazo no y seguro el ingreso a la modernidad”.
El hospital se trasladó a Aranjuez en 1892 para ofrecer un espacio más adecuado para los internos. La “casa de los locos” había estado en Pichincha, en Maracaibo con Girardot y en la Playa con Córdoba.
La historia de la Casa de los Enajenados, ya en Aranjuez donde hoy está la biblioteca de Comfama, cambió en 1920, cuando a la dirección llegó el médico Lázaro Uribe Cálad. En El alienista del manicomio: Lázara Uribe Cálad, la investigadora Liliana Toro cuenta que el director tuvo una estrecha relación con las Carmelitas Descalzas, orden que donó buena parte de los recursos para el funcionamiento del hospital. Las hermanas, además, tuvieron roles administrativos.
La dirección de Uribe Cálad fue importante por varias razones. Bajo su mando se comenzaron a registrar las historias clínicas de los pacientes. En su administración, además, se hicieron denuncias constantes del estado del manicomio, en particular del hacinamiento de pacientes. Esto se sumaba a la mala calidad del agua que llevó a que varios pacientes murieran de diarrea.
Uribe Cálad era alienista y en sus terapias, además de inyecciones de trementina, incluyó electrochoques. Entre los pacientes había los que sufrían de manías, como una monja de 34 años que ingresó por un delirio místico provocado por sus obsesiones religiosas. En el manicomio había casos extraños como el que cita Toro en su investigación:

“En 1933 ingresó un hombre de 48 años con diagnóstico de confusión mental con excitación, tenía perturbaciones mentales consistentes en la manía de pagar grandes deudas con monedas de cinco centavos, creyendo que valían cinco pesos oro y que se las habían regalado las ánimas, por lo cual se consideraba millonario”.
El hospital mental funcionó en Aranjuez hasta la década del 60, cuando la Gobernación sugirió que los pacientes necesitaban de espacios más amplios y acordes a sus necesidades. Desde entonces el Hospital Mental se trasladó a Bello, donde funciona hoy.
La casona de Aranjuez, por donde pasearon Epifanio Mejía y el doctor Uribe Calad, tuvo varias vocaciones hasta que Comfama la compró en 1995.
Aunque ahora es un lugar sosegado e ideal para entregarse a la lectura, cada tanto se habla de los fantasmas del pasado. En Aranjuez se cuentan historias de horror que incluyen pacientes erráticos que deambulan por los pasillos de lo que fue la Casa de Enajenados de Antioquia.
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Fantasmas, electrochoques y locos célebres: la historia de la biblioteca de Aranjuez
La biblioteca Comfama de Aranjuez tiene una historia particular: fue el manicomio de Medellín durante 70 años.
En Aranjuez cuentan historias de fantasmas. Es famosa la de un vigilante que hacía la guardia de la noche en la biblioteca Comfama de Aranjuez, el edificio donde funcionó el “loquero” de Medellín entre 1892 y 1960. Cuentan que el vigilante escuchó un ruido y, presuroso, subió las escaleras, temblando; las paredes parecieron cambiar de forma y entonces apareció una figura humana que emergió de la oscuridad.
La figura le hizo una pregunta al vigilante y este, al escuchar la voz, bajó de nuevo las escaleras, corriendo, temiendo por su vida.
Hay más historias, por supuesto. El edificio donde funciona la biblioteca Comfama tiene techos altos y gruesas paredes de ladrillos. Los ventanales alargados, enrejados, le dan un aire de prisión. No cuesta mucho imaginar el lugar a comienzos del siglo XX: una casona en la ladera, arriba de la ciudad, a donde iban a parar los “enajenados”. El interno más célebre fue Epifanio Mejía, el poeta melancólico que pasó 36 años dentro de esas paredes, caminando y componiendo poemas. Famosa es una frase suya que estremece por certera:
“Todos estamos locos, / grita la loca / ¡Qué verdad tan amarga / dice su boca!”.
Otro célebre huésped del loquero fue un hombre de Barbosa que mandó una carta al Vaticano para postularse como Papa de la iglesia de Roma. Su deseo era ocupar el lugar recién dejado por Pío XI. El hombre estuvo internado poco tiempo, pues se consideró que su locura era inofensiva.
La historia
Medellín fue un pueblo pequeño y agricultor durante el siglo XIX. Era un lugar acogedor, envuelto entre montañas, sumamente católico. En esta centuria se inauguró el primer cementerio, el San Lorenzo, por allá en 1828. Antes de eso, a los muertos se les enterraba en las iglesias, pero la descomposición de los cuerpos supuso un problema de salud pública que se solucionó con la creación de camposantos abiertos y amplios.
En el siglo XIX hubo locos famosos. Los enfermos mentales caminaban entonces por las calles, libres, y cometían los disparates que muchos celebraban. Entre los enfermos célebres estuvo la “Loca Dolores”, la mujer que le gritaba a Epifanio Mejía que “ todos estamos locos”.
Pero comenzaron a llegar ideas de Europa sobre los tratamientos a las personas “enajenadas”. Las maneras de tratar los males mentales han sido muchas, pasando desde el aislamiento de los enfermos en islas hasta inyecciones de trementina para controlar delirios.

Con el fin de dar un tratamiento a los enfermos, el Estado de Antioquia ordenó, en 1875, la creación de una “Casa de alienados”, lo que sería el primer hospital mental del departamento.
Los primeros años del hospital estuvieron llenos de problemas. Entre ellos, la precariedad. Así lo explica el artículo Alienismo, manicomio y psiquiatría en Medellín (1920-1946):
“La creación de este hospital presentó dificultades en cuanto a la atención de los pacientes; sus condiciones económicas, el personal de atención, el acceso a medicamentos y los recursos de sostenibilidad eran precarios. La segunda mitad del siglo XIX fue importante por el movimiento que se dio en el orden de la ciudad, una de las situaciones más apremiantes fue la creación del Manicomio Departamental, dando cabida al loco y marcando con trazo no y seguro el ingreso a la modernidad”.
El hospital se trasladó a Aranjuez en 1892 para ofrecer un espacio más adecuado para los internos. La “casa de los locos” había estado en Pichincha, en Maracaibo con Girardot y en la Playa con Córdoba.
La historia de la Casa de los Enajenados, ya en Aranjuez donde hoy está la biblioteca de Comfama, cambió en 1920, cuando a la dirección llegó el médico Lázaro Uribe Cálad. En El alienista del manicomio: Lázara Uribe Cálad, la investigadora Liliana Toro cuenta que el director tuvo una estrecha relación con las Carmelitas Descalzas, orden que donó buena parte de los recursos para el funcionamiento del hospital. Las hermanas, además, tuvieron roles administrativos.
La dirección de Uribe Cálad fue importante por varias razones. Bajo su mando se comenzaron a registrar las historias clínicas de los pacientes. En su administración, además, se hicieron denuncias constantes del estado del manicomio, en particular del hacinamiento de pacientes. Esto se sumaba a la mala calidad del agua que llevó a que varios pacientes murieran de diarrea.
Uribe Cálad era alienista y en sus terapias, además de inyecciones de trementina, incluyó electrochoques. Entre los pacientes había los que sufrían de manías, como una monja de 34 años que ingresó por un delirio místico provocado por sus obsesiones religiosas. En el manicomio había casos extraños como el que cita Toro en su investigación:

“En 1933 ingresó un hombre de 48 años con diagnóstico de confusión mental con excitación, tenía perturbaciones mentales consistentes en la manía de pagar grandes deudas con monedas de cinco centavos, creyendo que valían cinco pesos oro y que se las habían regalado las ánimas, por lo cual se consideraba millonario”.
El hospital mental funcionó en Aranjuez hasta la década del 60, cuando la Gobernación sugirió que los pacientes necesitaban de espacios más amplios y acordes a sus necesidades. Desde entonces el Hospital Mental se trasladó a Bello, donde funciona hoy.
La casona de Aranjuez, por donde pasearon Epifanio Mejía y el doctor Uribe Calad, tuvo varias vocaciones hasta que Comfama la compró en 1995.
Aunque ahora es un lugar sosegado e ideal para entregarse a la lectura, cada tanto se habla de los fantasmas del pasado. En Aranjuez se cuentan historias de horror que incluyen pacientes erráticos que deambulan por los pasillos de lo que fue la Casa de Enajenados de Antioquia.
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Plutarco, el juglar sabanero que fue famoso y hoy deambula por las calles de Medellín
Tiene 83 años y está recogiendo plata para ir a México, donde sus canciones aún suenan
Plutarco Urrutia escucha dos perros en su cabeza. Uno ladra grueso y el otro fino. Los escucha por la mañana, y a veces también canta un gallo o una paloma. Dice que eso le sucede porque hace muchos años, él no puede recordar cuántos, le echaron una brujería para enloquecerlo y dejarlo en la calle. Nada quedó de la fama de antaño, de sus canciones que se pegaron en la radio. La maldición lo dejó en la calle, cuenta, y por eso vende sus discos en Junín, sentado sobre una banca de madera y recostado sobre el acordeón.
Plutarco, tocayo del historiador romano, nació en Montelíbano cuando no existía el departamento de Córdoba. Tiene 83 años, aunque le gusta decir que tiene 70. No es capaz de organizar su vida cronológicamente, pero sí recuerda la juventud, la amistad con Alejo Durán y la llegada a Medellín, a los 20 años.
Sentado sobre la banca de Junín, Plutarco recuerda destellos de su vida. Hay que hablarle fuerte porque ha perdido buena parte de la audición. Sin embargo, aún ejecuta bien el acordeón y canta en el tono correcto.

—¿Cuándo aprendió a tocar el acordeón?
—¿Qué?
Cuando no escucha, Plutarco estira la cabeza. Lleva un sombrero vueltiao y una camisa blanca, estilo guayabera.
—Aprendí a los catorce años porque mi tío José Domingo me dijo que tenía que ser un acordeonero famoso.
La infancia del músico transcurrió entre Montelíbano, Ayapel y Caucasia.
—En Caucasia dormí dos años con una prima, jaja.
Cuando hace un chiste, Plutarco se lleva las manos a la cara, como tratando de ocultar los ojos. Vacila un momento y luego ríe con amplitud, mostrando los dientes e inclina el cuerpo contra el respaldo.
—Ya me voy, mañana vuelvo a las ocho de la mañana—, dice el músico.
—Espere, pero cuénteme la historia.
—¿Qué?
Y Plutarco continúa con su juventud. Trabajó en la finca de un familiar. Vuelve a la infancia y recuerda que la abuela les pegaba con un palo. Entre todos los nietos, que eran muchísimos, la anciana se ensañaba con él; en parte, reconoce ahora, tiene que ver con que era inquieto y andaba “metido en todo”.

Plutarco no menciona a sus padres, que ya murieron. En cambio, habla de José Domingo, el tío que le sentenció el futuro como acordeonero.
—El tío fue bueno conmigo, ufff—se lanza un poco hacia atrás, y sigue recordando: — Si gracias a él me quité de encima un maleficio que me hicieron.
—¿Un maleficio de qué?
—¿Qué?
Y Plutarco vuelve a sus años mozos. A los veinte llegó a Medellín. Se recuerda alegre, parrandero y tomador de trago. En ese tiempo conoció a Miguel Durán, un ícono del vallenato sabanero. Pero Miguel, dice Plutarco, no se amañó en Medellín por el frío y volvió a la costa. Él, en cambio, se radicó en la ciudad y comenzó a tocar en parrandas.
Plutarco es un juglar en todo el sentido de la palabra. Él compone las canciones, las interpreta y toca el acordeón. Es de origen campesino, si bien no de las tierras del Cacique Upar o del Magdalena Grande, sí de las sabanas de Córdoba que antaño hicieron parte de Bolívar. Creció en un ambiente rural, propicio para la creación. Suyas son canciones parranderas, cumbias y “paseitos” con letras picaronas. Una, por ejemplo, habla del hoyo soplador de San Andrés y de su fuerza.
—Me dijeron que la canción era muy vulgar—dice Plutarco. Ríe y se lleva las manos a la cara, cubriéndose los ojos—. Oiga, y hay otra que dice que llegando a Montería no hay hombre que no lo pida ni mujer que no lo dé.
Plutarco vuelve a su vida azarosamente y cuenta que fue amigo de Alejo Durán, el primer rey vallenato. Dice que lo conoció antes de coronarse. También fue amigo de Náfer, el hermano de Alejo que grabó con Diomedes Herencia Vallenata en 1976. En Planeta Rica conoció a Enrique Díaz, apodado el Tigre de María la Baja, un hombre parrandero que legó al vallenato de canciones legendarias como La caja negra y Vida parrandera.
Sin una relación posible, Plutarco vuelve sobre el maleficio que, dice, le echó una mujer con la que tuvo tres hijos. En total, regó por el mundo catorce criaturas, no recuerda con cuántas mujeres. Algunos de sus vástagos viven en Estados Unidos y otros en Medellín, pero lamenta que ninguno le ayude.
—Entonces esa mujé me echó una maldición y me dio una tontina en la cabeza. No podía ni caminar.

José Domingo, el tío que le sentenció el amor por la música, lo llevó donde una bruja en Cartagena. La hechicera le pidió a Plutarco una muestra de orina para la contra. Además de que no podía caminar, escuchaba el ladrido de los perros en su cabeza; cuando tocaba el acordeón oía mal el tono y cantaba erráticamente, tanto que la gente le silbaba.
—Esa mujé de Cartagena me alivió, pero todavía escucho a los dos perros.
Con 83 años, Plutarco está reuniendo plata para viajar a México. Allá, dice, canciones como Buscando a Patricia todavía suenan en la radio. Cree que en Monterrey tendrá más oportunidades de tocar y de recibir el reconocimiento que merece su vida musical. En la carrera Junín vende sus discos, grabados ya hace muchos años, y espera que le lleguen las regalías por las canciones. Hubo un tiempo en que la fama, con su abrazo efímero y quimérico, lo cobijó sobre su regazo, pero eso parece ya parte de una vida pasada y perdida.
Odontología, consultorio médico, cantinas y hasta juguetes sexuales: las ofertas poco conocidas de la Plaza Minorista
Un recorrido por la plaza popular más grande de Medellín
Un paso dentro de la plaza y el olfato anula a los demás sentidos. Huele a pescado, a carne cruda, legumbres, frutas y queso; a inciensos, a plantas aromáticas. Una vez se sosiega la nariz, los ojos se posan sobre las yucas y los ñames cáscaras ásperas, sobre los pescados de pieles tornasoladas. La Minorista es un mercado de lo absoluto.
En un rincón de la plaza, en el bloque central, hay una miscelánea muy bien surtida. La atiende un hombre calvo, bajo, de pocas palabras, quien explica que la variedad de productos se debe a la variedad misma de la gente que frecuenta la plaza. En este negocio se venden dulces, cuadernos, peluches que van desde los 13.000 hasta los 180.000 pesos.
Uno de los mostradores tiene lo impensado: juguetes sexuales. Hay dildos y penes de plástico; lubricantes y vaginas de goma. El hombre que regenta el lugar dice, con vaguedad, que la oferta de juguetes sexuales comenzó cuando alguien preguntó por ellos. “Hay que ofrecer lo que la gente pide”, dice el hombre, lacónico. ¿Pero, sí se venden? Dice que sí, que se los van llevando con lentitud, pero se venden.
Es el único negocio en toda la plaza que vende juguetes sexuales. A muy pocos metros de allí se ofrecen frutas, verduras y pescado. El contraste es casi inverosímil, pero, para el hombre que atiende, es apenas normal, una cuestión de oferta y demanda.
Muy cerca del estante con juguetes sexuales está uno de los negocios más representativos de la Minorista: el restaurante Aquí paró Lucho. Dicen los que saben que ahí se come la mejor paella de Medellín. La hacen todos los viernes y la gente llega por montones. El restaurante es especialista en platos mediterráneos y típicos de la comida criolla colombiana.

El restaurante lo fundó Luis Fernando Díaz, oriundo de Cartago, y quien vivió un tiempo en España. En el país ibérico se interesó por la gastronomía y, después de volver a Colombia, emprendió la creación de varios restaurantes, hasta dar con el definitivo en el primer piso de la Minorista. Aunque Luis Fernando murió en 2012, su hermana Fabiola continuó el legado de ofrecer un restaurante gourmet en un lugar popular. Su filosofía es que la buena comida no tenía que estar encerrada en una calle de estrato 25, ni en una milla de oro rodeada por carros de alta gama.
El restaurante tiene una enorme demanda y es una de las razones por la que muchos visitan la plaza Minorista. Pese a estar en un lugar popular, ajetreado y muy transitado, las mesas están bien dispuestas con amplios manteles y los meseros, con elegancia, atienden a los comensales.
Pero la plaza tiene más sorpresas. En el segundo piso hay una sucesión de bares que abren a las 9:00 de la mañana y cierran en la tarde. Son frecuentados por campesinos o coteros que terminan temprano sus labores y se sientan a tomarse unas cervezas o unos aguardientes.
En una de esas cantinas atiende Sebastián Muñoz, un joven manager de cantantes de reguetón. Es el encargado de administrar el local, servir los tragos y poner la música. Un hombre le pide que ponga la música de Olimpo Cárdenas, mientras enciende un cigarrillo. Se toma una Pilsen y explica que es campesino, de Palmitas, y que por eso le gustan esas canciones viejas.
En los bares de la Minorista, como en muchas otras partes del centro, atienden mujeres jóvenes que alientan a los clientes a beber más. Se sientan con ellos y charlan largos ratos, escuchando con paciencia las historias del que está bebiendo. Las tabernas están muy cerca entre sí y por eso a veces se hacen indistinguibles las canciones populares y los vallenatos, los dos géneros que más suenan.

Pero el negocio más extraño en la Minorista, y a la vez uno de los más exitosos, es la odontología de Maicol Pérez, un especialista de la Universidad CES que en su infancia fue cotero y creció en la plaza. Hoy es el dentista de quienes cargan bultos a diario. Con precios bajos ha cautivado a una larga clientela.
Entrar al consultorio de Maicol es como adentrarse en un mundo diferente dentro de la plaza. La puerta es de vidrio y al entrar se agradece el sosiego que ofrece el aire acondicionado. El espacio es amplio y bien dividido, pulcro, con paredes blancas en las que resalta una frase de Charles Chaplin.
Las paredes y los vidrios refulgen; en la parte superior hay televisores que ayudan a que el paciente pase el rato. Maicol saluda con afabilidad y pregunta al cliente cuál es su música favorita. Quien se recuesta en la silla, abriendo la boca para que le metan los instrumentos, olvida que está en una plaza de mercado que huele a la mezcla de todos los frutos conocidos.

La aventura de Maicol en La Minorista, que comenzó hace año y medio, propició la llegada de otro médico. En la parte central, cerca a las oficinas de la administración, un doctor abrió su consultorio, un pequeño cubículo donde atiende a las personas de la plaza, muchas de ellas con enfermedades de riesgo como obesidad o hipertensión. Ofrece, por supuesto, tarifas a la medida para que la gente pueda acceder a sus servicios. Más que un producto comercial, Maicol y el médico ofrecen un servicio social en un lugar en el que se necesita mucha ayuda.
En La Minorista es posible encontrar todo, desde la fruta más exótica hasta un diseño de sonrisa, desde una olla a presión hasta animales vivos. O un dildo, si es del gusto.
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Las impensables reliquias del museo de Alirio, un tesoro que pronto abrirá sus puertas en el centro de Medellín
Carros clásicos, neveras, pianolas, gramófonos, cámaras y cientos de artículos forman parte de la colección
El centro de Medellín guarda muchos secretos. Uno de ellos, hasta ahora muy bien guardado, es el museo de Alirio Tavera, un coleccionista que lleva 40 años recuperando carros y restaurando cuanta antigüedad llegue a sus manos, desde rockolas de los locos años 20 hasta neveras, pianos y revistas.
El museo, que todavía no abre sus puertas al público, queda en la calle Bolivia, entre Palacé y Venezuela. Para más señas, está a una cuadra del parque Bolívar. El museo de Alirio está camuflado por una puerta enorme con pinturas en aerosol. Cuando alguien toca la puerta, esta se abre solo un poco, deslizándose, y desde adentro se escuchan los ladridos de tres perros, los custodios de las reliquias.
Alirio hace pasar a los invitados con afabilidad. Y ofrece un café, “un muy buen café”, que sirve en un pocillo grande, al estilo gringo. La primera impresión del visitante es la de entrar en otro tiempo. Es el siglo XX el que aparece ante sus ojos: decenas de publicidades de empresas gringas, rockolas como las que aparecen en las películas, muebles espaciosos y abullonados que recuerdan a Pulp fiction. Hay neveras por todas partes, aparatosas y pesadas, que hay que desconectar una vez a la semana para que no hagan escarcha. “No son no frost”, dice Alirio.
El dueño del museo encierra a los perros en un cuarto para que no interrumpan la conversación. Luego cuenta que comenzó a coleccionar hace 40 años, cuando en las manos suyas y de su familia cayó una carroza funeraria de comienzos de siglo. Alirio y un hermano habían recibido la herencia familiar del negocio de las funerarias, y por eso alguien les ofreció esa reliquia. Aunque después la vendieron, a Alirio le picó la curiosidad por las antigüedades.

Por eso, un tiempo después, compró un Ford modelo 56. Entonces empezó, casi sin darse cuenta, a comprar y vender carros viejos, modeludos, de colas largas y colores pastel. De algunos de ellos quedan partes. Los muebles del museo son los frontales y las traseras de viejos Cadillacs o Caprices, donde hace muchos años se sentaron los conductores y los pasajeros.
Algunos de esos coches han sido utilizados para ser algo más que sillas. Alirio, en un arrebato de imaginación, convirtió uno en una mesa de billar. El visitante puede ver el carro como cortado a la mitad, recubierto con la suavidad del paño. Es un objeto extraño que de inmediato llama la atención. En la parte trasera, donde estaba el portaequipaje, tiene un cajón para guardar los palos y las bolas.
El museo de Alirio tiene dos pisos. En el primero está la sala con las neveras, los muebles-carro y el billar. También hay carros antiguos y clásicos en perfecto estado. La joya de la corona, por decirlo así, es un coche funerario modelo 1929, único en Colombia. El coche, un Studebaker Superior Westminster, llegó al país por el puerto de Santa Marta. Alirio dice que solo se fabricaron 248 unidades de ese modelo.
El coche, pese a sus 95 años a cuesta, conserva sus piezas en su estado original. Alirio se sube, le abre el capó, que se desliza hacia los lados, y le echa un poco de aceite y gasolina. Después se sube a la cabina y, sin demasiado esfuerzo, presiona el acelerador y acciona la llave. El carro, en un estertor mecánico, se enciende y tiembla ruidosamente. ¡Funciona a la perfección!
En el museo de Alirio todo funciona, desde los carros hasta un fonógrafo de finales del siglo XIX. ¿Cómo es que todas esas cosas tan disímiles han llegado a este taller en el centro de Medellín? La respuesta es sencilla: la pasión y la tozudez de Alirio. Al coleccionista le escriben cada tanto para ofrecerle neveras, pianos, rockolas, libros, discos de vinilo y cuanta vejez se pueda imaginar.

Junto al coche funerario hay otras piezas de valor como un Chevrolet Impala 1959, una ambulancia Pontiac 1952 y un Chevrolet Bel Air 1966. Son carros, por decirlo, de un barroquismo que ya no se ve en la industria: largas colas, finos acabados, tableros elegantes. Los colores, dice Alirio, tienen muchos matices y abarcan una escala muy grande, no como los de hoy que casi todos son grises, blancos o negros.
El panorama es muy distinto en el piso superior del museo. Al subir las escaleras se encuentra el visitante con un amplio salón revestido de madera, lustroso, como de antaño. Hay una colección de libros sobre la guerra contra el narcotráfico de los años 80, una valiosa donación que hizo un familiar de Alirio. Entre los títulos aparecen Palacio sin máscara, La historia de las guerras y Crónicas que matan.
Si el primer piso es una oda al mercado gringo del siglo pasado, con sus reflectores y sus colores estridentes, el segundo es un sosegado espacio de cultura, con gramófonos, cámaras, libros y revistas. El objeto más preciado, quizá, es una pianola de la década del 30. En apariencia es un piano normal, al que Alirio, sentado, le saca unas notas.

Pero oculta una sorpresa. Alirio abre una portezuela e introduce un papel parecido a un papiro. Es un rollo que la pianola comienza a reproducir y se hace la magia. Las teclas se mueven solas y los engranajes dan mil vueltas. Es como si alguien estuviera interpretando el piano frenéticamente. “Esto yo solo lo había visto en una película de la época, es una cosa impresionante”, dice Alirio. En ese momento aparece un hombre cercano al coleccionista, y se acerca a ver el engranaje, maravillado. No cuesta mucho recordar las películas del viejo Oeste, de borracheras y tiroteos en cantinas donde las pianolas, como la que tiene Alirio, interpretan una canción que puede ser tan triste como vertiginosa.
Ahora bien, ¿es posible visitar este museo de lo impredecible? Por ahora no está abierto al público. Alirio ha venido organizando el lugar para recibir visitantes. Aún faltan detalles, pero la idea es que máximo, en tres meses, se abran las puertas de este tesoro del centro de Medellín.
Los visitantes podrán tomarse un café o una cerveza y maravillarse con la magia de la pianola; o sentarse en los muebles de un Cadillac en el que alguna vez paseó una familia. Dos o tres meses, sí, dice Alirio, ya es momento de abrir esto al mundo.
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El declive de Boyacá, la ‘callecita de la pornografía’ en el centro de Medellín
El internet ha acabado con la distribución de pornografía. Los negocios han tomado otros rumbos
Sus clientes lo llaman el “flaco”. Todavía vende películas porno para DVD, pese a que ya casi nadie las compra. Hubo un tiempo, recuerda el flaco, en que el pasaje Boyacá era todo pornografía. Los puestos callejeros se sucedían con películas de sexo lésbico o de “paisitas”, las más apetecidas por los pensionados. Los clientes se amontonaban y, excitados, revolcaban los puestos en búsqueda de algo que satisficiera su lujuria. A veces pasaban señores renegando, tapando los ojos de sus hijos.
El esplendor del porno en el pasaje Boyacá es pasado. Hoy quedan dos o tres puestos que lo ofrecen. El “calvo”, compañero del flaco, ahora vende tenis para ayudarse. El flaco ha tenido que hacer lo propio con unas cucharas de palo, un negocio en el que está incursionando.
“Esto ya no da para vivir. Si no fuera por una hija que me ayuda, aguanto hambre”, dice el flaco.
El pasaje es en realidad una parte de la calle Boyacá, una de las principales del pueblo provinciano y en extremo católico que fue Medellín en los siglos XVIII y XIX. Está detrás de la iglesia Nuestra Señora de la Candelaria, la primera parroquia que tuvo la ciudad. Cuesta imaginar que ese pedazo de la calle, hoy tan populoso, fue ayer el paso obligado de los comerciantes, los mineros y los ricos de la época que llegaban los domingos al encuentro con su Señor.
El pasaje es hoy un mercado de lo absurdo. Como el porno ya no es solicitado, los venteros tuvieron que recurrir a otros negocios. Miguel Calle, por ejemplo, montó un pequeño taller de gafas. Hace diez años dejó de vender porno. “Lo hice porque, además de que ya no se vendía igual, es como conseguir plata mal habida. Nos iba bien, claro, pero así mismo gastábamos”, dice.

En sus buenas épocas, recuerda Miguel, llegaban hombres, casi todos entrados en años, a preguntar por porno “de sardinas”, es decir, de menores de edad, lo que se configura como un delito. La policía daba ronda por el lugar y les hacía guardar las películas: “Era una persecución constante. Todo el tiempo nos tocaba guardar la mercancía o movernos para otro lugar. Aún así seguían llegando clientes”.
Lo raro del desuso de la pornografía es que, según los mismos venteros, comenzó con la pandemia. Hasta antes de las cuarentenas, pese al avance del internet, las películas pornográficas seguían siendo bastante solicitadas. El flaco y el calvo lamentan que el negocio se haya venido a menos, pero no entienden por qué justo después de la pandemia.
Aunque la pornografía no es un negocio rentable en el pasaje Boyacá, sí que lo es en el mundo. Se estima que en internet hay 4,2 millones de sitios pornográficos. El más conocido en Pornhub, el gigante canadiense que se ha visto en serios aprietos por permitir que en la plataforma se subieran contenido con menores de edad o no consensuados. Se estima que en Estados Unidos hay unas 40 millones de personas que visitan sitios porno con regularidad y, de ellas, 12 millones consideran que tienen un problema de adicción.
Pero volvamos a Boyacá. Por esta calle pasó, a comienzos del siglo XX, el grupo de los Panidas, los jóvenes poetas liderados por León de Greiff. Ese grupo es recordado por una célebre pelea en la iglesia de San Ignacio. En Boyacá tomaban tinto y aguardiente y se adentraban en discusiones literarias y políticas.

Hoy, después del languidecimiento del porno, el pasaje Boyacá es un mercado de lo absurdo. Lo que más se vende, dice Miguel, es veneno. En muchos de los puestos se exhiben venenos para ratas y cucarachas; exhiben botellas llenas de un líquido blanquecino que bien podría confundirse con suero costeño. Hay otros, también blancos, que tienen forma de bola. Uno más llamativo viene en un tarro diminuto y se llama Sicario, lo adorna la imagen de un ratón con una pistola y pantalones de pana.
Hay venenos tan fuertes que inundan el aire del lugar. Los ojos, que lagrimean, se resienten ante ese olor penetrante que se expande como en algún momento se expandieron las portadas de las películas de porno.
Pero hay más negocios, por supuesto. Lucho es un relojero que llegó al pasaje hace 32 años. Nunca ha querido incursionar con otro negocio, aunque mucho se lo han recomendado. No, lo de él es el tiempo, sentarse bajo la sombrilla que incrementa el calor, y trabajar en la filigrana que es un reloj de pulsera. Ese negocio también ha decaído. “Esto está malo. Uno por ahí pone una pila o arregla una correa, pero es muy duro. No hay clientes como antes”, se lamenta Lucho.
También hay quienes venden lociones y memorias usb con música. La puerta lateral de la iglesia, que da hacia el pasaje, se mantiene cerrada desde la pandemia. Para Miguel es una ironía que antes, cuando se vendía porno de todo tipo, el templo tuviera su puerta abierta, y en cambio ahora, cuando casi se erradicaron esas películas lascivas, esté clausurado.
El flaco reconoce que pronto tendrá que dejar de vender porno. Por eso, desde hace un mes, tiene a la venta unas cucharas de palo que hacen un contraste extraño con las carátulas de mujeres perniabiertas y despelucadas. Como la mayoría de los venteros, el flaco es un hombre mayor que vive en las laderas de Medellín. Con lo que gana en su negocio, que es muy poco, compró un lote en Vallejuelos, un barrio de invasión. Les dio tres millones de pesos a los bandidos para que le entregaran el pedazo de tierra demarcado por una cinta.
El porno no da para más, dice el flaco, triste; sus ojos se ven cansados, ausentes, como perdidos en un tiempo ido, irrecuperable.
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Medellín se llenó de mtotaxistas digitales: ¿cómo trabajan? ¿Es retable?
Un conductor de una aplicación nos cuenta en detalle cómo es su día y cómo se trabaja con estas plataformas en Medellín
El pasado 28 de febrero murió una joven mujer en un accidente de tránsito en Medellín. Los medios reportaron que iba como parrillera en una moto que había pedido a través de una aplicación. De inmediato se habló del auge de estas aplicaciones. En la ciudad es cada vez más habitual que la gente tome este transporte, que además es absurdamente más barato y más rápido que un taxi o un carro. Según la empresa Picap, el ahorro en tiempo de sus usuarios es de un 60 por ciento en comparación con un viaje en carro.
En Exclusivo Colombia hablamos largamente con un conductor de Didi Moto, otra de las empresas que, pese a ser ilegal, prestan el servicio de moto taxi en Medellín.
El conductor es un hombre de mediana edad, experto en ventas y con larga trayectoria en empresas privadas. Prefiere no dar su nombre, pero relata en detalle cómo es manejar moto ocho o más horas en el valle de Aburrá.
Nuestro protagonista trabajó hasta hace seis meses en una empresa, hasta que le desmejoraron las condiciones laborales y no tuvo de otra que irse. Empezó a mandar hojas de vida, pero se encontró con un obstáculo que no había calculado: su edad. En un proceso de selección, sin ningún tacto, le dijeron que era muy viejo; coloquialmente, muy cucho, y que para ese cargo estaban buscando hombres jóvenes, de máximo 35 años.
Acababa de comprar una moto. Un amigo le dijo que se metiera a Didi y él contestó, con ingenuidad, que no tenía carro. El amigo lo convenció de que Didi Moto podía ser una posibilidad. Y así, un día, más movido por la necesidad de moverse que otra cosa, salió desde Titiribí, donde vive, a recorrer las calles de Medellín. No fue fácil adaptarse a manejar desde las 6:00 de la mañana, cuando el frío agarrota los dedos, hasta terminar en la tarde, a veces bajó un sol abrasador o una lluvia insolente.
¿Es rentable?
Picap dice que sus conductores pueden hacerse hasta 4.5 millones en un mes, es decir, casi tres salarios mínimos. Suena atractivo, claro, pero no se menciona que hay que correr el riesgo de andar por las calles de una ciudad hostil con los motociclistas. El año pasado, por ejemplo, murieron 149 motociclistas en Medellín.
Didi, por su parte, advierte que sus conductores pueden ganarse 3,5 millones. Nuestro conductor dice que eso es demasiado y que tal vez algunos logren esa cantidad, pero trabajando más de 12 horas al día: “El problema es que las carreras son demasiado baratas. Por ejemplo, yo cojo una carrera que dura 20 minutos, pero a eso le tengo que sumar el tiempo de llegada para recoger al usuario y la espera, pues muchas veces lo hacen esperar a uno. Termina siendo una carrera de 40 minutos por la que uno cobra 4.600 pesos”.
Según el periódico La República, estas aplicaciones prestan servicio a unas ocho millones de personas en el país. Lo que más influye, claro, es el costo de las carreras, que muchas veces es irrisorio. “Una vez hice un viaje desde Plaza Mayor a la 65 y, cuando descargué al pasajero, el sistema me indicó que el costo era de 920 pesos”, dice nuestro entrevistado.
¿Entonces, cuántas carreras hay que hacer en un día para librar los gastos de la moto y sacar algo de ganancias? El conductor dice hay que darle parejo desde la mañana y tomar la mayor cantidad de viajes posibles. Muchas veces son más de treinta y hay que echar mano a unos bonos de ayuda que las empresas ofrecen a sus afiliados.
Hay que decir, también, que para trabajar con estas plataformas no se necesita más que una moto, una licencia de conducción y un SOAT vigente. “No es más. Uno manda los papeles por internet y en menos de 48 horas le dicen que ya puede empezar a trabajar”, dice el conductor.
El trabajo en estas plataformas, hay que decirlo sin ambages, es igual al que hacen muchos mototaxistas en los pueblos. Trabajan igual, llevando gente de un lado a otro en una moto, optando por un sustento de vida que haga frente al desempleo y la falta de oportunidades. Estos conductores, al igual que los mototaxistas, son informales y las empresas ni siquiera les piden seguridad social. En caso de accidentes, las empresas se lavan las manos y los dejan solos: “En un accidente se jode uno, porque lo pueden demandar y esto es ilegal”.
Aún sabiendo esos riesgos, nuestro conductor decide salir cada mañana a recorrer las calles en busca de usuarios. ¿Por qué lo sigue haciendo, a sabiendas del riesgo tan alto y los réditos tan bajos? La respuesta es la falta de oportunidades para una persona mayor de 50 años: “Yo sigo buscando trabajo, pero no se me ha dado. Esto es muy duro, de verdad, y las plataformas no valoran a los conductores. Los precios son demasiado bajos y se privilegia únicamente al usuario”.
“Hágale rápido”
Además del beneficio económico, los usuarios apelan a las motos por la rapidez. “El servicio se mueve mucho por la mañana. Lo piden principalmente mujeres que van de afán y exigen que uno vaya rápido”, comenta el conductor.
Como dice el dicho, de todo se ve en la viña del señor. Nuestro entrevistado ha tenido que transportar a universitarios y a personas de más de 70 años. Una vez le pidieron un servicio con perro a bordo, y así lo hizo. Muchos usuarios entablan conversación con el conductor, como si de un taxi se tratara, y hacen que el viaje sea más agradable.
Es tal el auge de estas plataformas que en Medellín ya hay un gremio de mototaxistas. Entre ellos se identifican y desayunan con frecuencia en una panadería por la carrera 65, cerca a la Terminal del Sur: “Hay algunos que hablan mucho y dicen que ya se van para la casa, que se hicieron tanta plata. Es como en todos los gremios, hay gente aburridora”.
Sobre el nuevo gremio, dice nuestro conductor, hay un estigma. Cuenta que algunos usuarios son groseros o despectivos:“Consideran al conductor como algo inferior (…) aunque también hay que decir que algunos colegas van mal presentados, con motos mal tenidas y cascos sucios”.
La clave del éxito, dice el conductor, tiene que ver con la atención al usuario. Por ejemplo, lavar el casco cada dos o tres horas; para ello carga siempre un trapo húmedo con Soflán. “Hay que ser profesional en lo que sea que uno haga”, agrega.
Medellín, sin pensarlo y gracias a las tecnologías, se llenó de mototaxistas, algo impensado hace 10 o 15 años. Hay un nuevo gremio, con necesidades insatisfechas, que seguro seguirá creciendo a la par del caos vial de la ciudad.
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Caso Posadita: el macabro descuartizamiento que aterró a Medellín en el siglo pasado
Repasamos uno de los crímenes más sonados y recordados de la ciudad
La periodista Luz María Montoya encontró a Abel Antonio Saldarriaga “Posadita” en 2011. Para entonces, el hombre se había convertido en un anciano apacible, madrugador, que se dedicaba a “contemplar la vida” desde un barrio popular de la ciudad. Dar con el paradero de Posadita no fue fácil. Habían pasado 43 años del asesinato de Ana María Agudelo, la joven ascensorista del edificio Fabricato. Ese anciano inofensivo, que vivía de las artesanías, fue el culpable del crimen más recordado de Medellín durante el siglo XX.
Desde el crimen del Aguacatal, horrible masacre cometida en 1870, la ciudad no se estremecía de tal manera ante un crimen. Medellín fue en el siglo XIX un pueblo pequeño, rural, tranquilo y conservador en extremo. Para 1842, cuando se inauguró el cementerio San Pedro, en el valle vivían 9.140 personas, cuenta el cronista Enrique Echavarría. El resto del siglo pasaría sin mayores sobresaltos hasta la matanza de seis personas en El Aguacatal, caso que ya contamos en detalle en Exclusivo Colombia.
Ahora nos adentramos en el crimen por antonomasia del siglo XX. Cuando la periodista Montoya le preguntó a Posadita por el asesinato de 1968, él alegó, de nuevo, que era inocente. “Diga que no me acuerdo de nada”, le dijo a la periodista.

Posadita estuvo preso once años, aunque su condena fue por veinte años. Cuentan los rumores y los recortes de prensa que el caso fue tan mediático que la familia del inculpado tuvo que irse a una casa rural durante el juicio por temor a un linchamiento. Por el contrario, muchos tomaron a Posadita como un personaje digno de respeto, casi una celebridad.
Se cuenta también que el condenado estuvo unos años en la cárcel de Gorgona, en el Pacífico, quizá soportando la humedad y el calor en las celdas vaporosas de la isla. En 1982 recuperó la libertad y desde entonces se convirtió en una leyenda, un fantasma que dejó una estela de dolor a la familia de Ana María.
La entrevista con Pasadita en 2011 apareció en el periódico Centrópolis. Al ver la publicación, la hermana de Ana María, Norela, decidió hablar del asesinato de su hermana. Con dolor dijo que le gustaría tener al frente a Posadita y responder unas cuantas cosas sobre su inocencia. “Quisiera ver a Posadita, tenerlo al frente mío y preguntarle qué pasó, por qué hizo lo que hizo”, dijo Norela Centrópolis.
Los hechos
Ana María desapareció el 13 de octubre de 1968. La joven, reconocida por la hermosura de sus 23 años, era la ascensorista del edificio Fabricato, símbolo de la industria textil del siglo pasado. Ese día fue con su hermana y su mamá al centro. Estando allí pensó en pasar por el Fabricato para recoger su uniforme, y así lo hizo.
En el edificio estaba Posadita, el encargado de oficios varios. El asunto es que Ana María nunca llegó de vuelta, y su hermana y su madre se quedaron esperándola sin tener respuesta alguna sobre su paradero.
Entonces se regó la noticia de la desaparición y con ello corrieron los rumores. Se dijo con insistencia, tal vez con mala fe, que no había de qué preocuparse porque la muchacha se había volado con algún novio. El suceso apareció en la prensa, pero solo fue doce días después cuando la macabra realidad vino a estremecer a la ciudad.
Las historias de la época dicen que Posadita estaba enamorado de Ana María. Ella un día le pidió que limpiara unos vidrios de su casa, pues él hacía ese tipo de servicios. Estando en la casa, recordó Norela en la entrevista con Centrópolis, Ana María dijo, en presencia de Posadita, que se había comprometido a ir al altar con un hombre. Dicen que el aseador no soportó eso y desde entonces comenzó a odiar a la ascensorista.
En el edificio notaron un hedor unos días después de la desaparición. Era el rancio olor de la descomposición de la carne. Aunque rastrearon el origen del olor insoportable, fue difícil dar con él. Algunos dijeron que, tal vez, una rata había muerto en los ductos. Se cuenta, tal vez como hipérbole, que unos gallinazos, como zopilotes que cargan funestas noticias, sobrevolaron el edificio.
El día doce, número tan simbólico, encontraron la cabeza de Ana. En el ducto del aire acondicionado fueron encontrando más trozos de carne de lo que fuera el cuerpo de la joven y bella ascensorista. En su momento se dijo que fueron en total 100 partes las encontradas en varias partes del edificio.
Don Upo, el popular cronista rojo de El Colombiano, tal vez el más célebre reportero del siglo, contó así lo sucedido en un artículo de 1971:
“De las cien partes en que teóricamente dividieron los médicos legistas el cuerpo de la víctima, solo fueron halladas 81, pues algunas porciones fueron posiblemente arrojadas por los inodoros, o sacadas del edificio”.
No se sabe qué fue de la vida de Posadita. Quizás terminó en el anonimato en una comuna de Medellín, pero el crimen no ha sido olvidado.
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Así es la exigente vida dentro del templo hare krishna del centro de Medellín
Estuvimos con los seguidores de Krishna para contar cuáles son sus creencias y cómo viven su fe
Es domingo de Ramos y el centro de Medellín está vacío. A la iglesia de La Veracruz, tan gastada ya por el paso de los años, llegan algunos feligreses a cuentagotas. En la Plaza Botero sí hay gente: turistas, prostitutas, borrachos. En un negocio suena El culpable soy yo, de Diomedes. En ese momento, entre todo lo mundano que habita la plaza, aparece un grupo de personas extrañamente ataviadas, con túnicas naranjas y las cabezas rapadas.
Los que están en la plaza, que fuman cigarrillos y toman cerveza, se quedan mirando al grupo, que ahora toca tambores y baila. Son hare krishna y van por las calles de Medellín cantando al señor, pero no al del frente, el de la Veracruz, que está atado a una cruz. No, su señor se llama Krishna y tiene forma humana.
Los hare krishnas, es decir, quienes reconocen en Krishna el ser supremo, celebran, justamente cuando en el calendario cristiano es Domingo de Ramos, su año nuevo. No es 2024 el año que están recibiendo, sino el 5532. Por eso cantan y bailan por el Parque Berrío, donde un hombre interpreta Sin saber qué me espera y decenas de personas bailan escuchando música parrandera. Son los contrastes insospechados que permite el centro de Medellín.
Hace 5532, dice el predicador, Krishna vino al mundo. Los hare krishnas creen que el mundo material, el que habitamos, está lleno de tentaciones y de dolor. La prioridad en la vida es servir a Krishna y no provocar dolor. Esto segundo es un imposible, reconocen. Por eso la doctrina es estricta en que la alimentación debe ser vegetariana. Nada de pescados, pollo, mucho menos carne de res. Los animales son amigos, no comida, dicen.
Mientras los fieles entran a la Veracruz, los hare krishna hacen lo propio en el templo, que está exactamente al frente de la iglesia católica. La tarde del domingo se hace gris, un tanto melancólica. Afuera siguen sonando vallenatos de Diomedes, uno tras otro, mientras los seguidores de Krisha se quitan los zapatos y se hincan, implorando, para comenzar la ceremonia de año nuevo.
Pero, antes de iniciar, se van rotando unos cocos. “Agítelo junto a su oído, escuche el agua que tiene adentro, y pida un deseo”, comenta uno de los asistentes.

El movimiento hare krishna llegó a Medellín en los 80. Este es una manifestación religiosa reciente, surgida en el siglo pasado. El templo hace parte de la Sociedad Internacional para la conciencia de Krishna (Iskcon por sus siglas en inglés). La sociedad ha ido creando templos en todo el mundo para despertar lo que ellos llaman la conciencia de Krishna.
Para los hinduistas, Krishna es uno de los avatares de Vishnú, el dios supremo, pero los hare krishna lo consideran la manifestación suprema y última de Dios. El movimiento no ha estado exento de problemas. En Alemania, por ejemplo, se le consideró una secta. Y, lo que es más grave, se han documentado denuncias de abusos sexuales y físicos dentro de las comunidades.
Algunas ramas del hinduismo también critican al movimiento Iskcon, pues consideran que, más que una religión, se asemejan más a las tendencias “nueva era”, en las que toman doctrinas del cristianismo y otras creencias para formar un sincretismo extraño.
La vida en el templo
Jhon Hurtado es un seguidor de Krishna que vive, literalmente, para su dios. Tiene 23 años, aunque aparenta más, y dice que ha vivido muchas cosas. Conoció el movimiento hace siete años. Estaba en la Marina, prestando servicio, cuando sintió el llamado de Dios y desde entonces decidió dedicar su vida a él.
Jhon es una de las 11 personas que viven en el templo, en todo el centro de Medellín. Afuera, las noches son tenebrosas; transcurren en medio de peleas a cuchillo, gemidos, gritos, bazuco. Adentro, en cambio, dice Jhon, es todo lo contrario. ¿Por qué, teniendo una percepción tan conservadora, fundaron el templo en semejante olla? El seguidor de Krishna responde sin titubear: porque acá hay una urgencia de espiritualidad.
Mientras sus compañeros montan un altar con la imagen de Krishna, John explica que hay cuatro condiciones básicas para hacer parte del movimiento. Primero, nada de alcohol, café, té, drogas u hongos; segundo, no tener sexo ilícito, es decir, que no sea con la esposa (o esposo) y cuyo fin no sea procrear; tercero, y sin ninguna dilación, no participar en juegos de azar; cuarto, quizá lo más importante, llevar una vida vegetariana.

Eso no son sacrificios, dice Jhon, porque todo lo hace por Krishna. La ceremonia de año nuevo incluye un baile y danza para honrar a Krishna. En medio del jolgorio, algunos servidores ofrecen flores aromáticas. También pasan con un candelabro encendido, ante lo cual el creyente se inclina, como tomando la llama, para luego llevar las manos a la cabeza.
La vida en el templo, cuenta Jhon, es de disciplina. Él no lo llama trabajo, sino servicio, y obviamente es para Krishna. Las once personas se acuestan todos los días a las nueve de la noche, pero eso depende de qué tanto servicio haya. A veces van a la cama pasadas las diez.
Se levantan a las tres y media de la mañana, sin falta, para comenzar la primera oración del día que, por supuesto, incluye baile y canto para Krishna. “Esta es una vida muy bonita, de amor. Todo el servicio lo hacemos por Krishna y por eso lo hacemos con amor”.
Jhon trabaja en el restaurante Govindas, que está en el tercer piso del edificio que ocupan los seguidores de Krishna. Comienza turno a las ocho de la mañana, varias horas ya después de haberse despertado, y sirve como mesero, lavando ollas, limpiando, barriendo, hasta las cinco de la tarde. A las seis en punto es el último canto a dios.
Cuesta trabajo imaginarse una vida así en pleno centro de Medellín, donde el relajamiento es regla general.
Afuera del templo, a la hora en que cae el sol, los borrachos siguen fumando cigarrillos, matando el tiempo, mientras los feligreses salen de la iglesia de Cristo. Es el centro de Medellín.
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