Algunos secretos del cementerio Universal de Medellín
Además de cientos de cuerpos sin identificar, el cementerio cuenta buena parte de la historia reciente de la ciudad
La historia de las ciudades puede rastrearse a través de sus cementerios. Esta premisa parece un lugar común, y en cierta medida lo es, pero hay que mirar las historias en detalle, con casuística, para desentrañar hechos que están en las profundidades.
Medellín inauguró su primer cementerio en 1828, dos siglos después de su fundación. ¿Cómo es que enterraban a los muertos antes de esto? ¿Qué hacían con los cuerpos? ¿O es que de plano, como en el cuento de Carrasquilla, la muerte se había tomado un descanso? Lo último es una hipérbole, por supuesto, pero resolvamos la duda.
En Medellín no hubo cementerios hasta entrado el siglo XIX porque hasta la fecha los muertos eran enterrados en las iglesias. Así lo disponían las normas hasta que a comienzos del XIX, justo antes de la emancipación de España, desde la península Ibérica llegó una orden perentoria: había que construir cementerios fuera de las iglesias para enterrar a los muertos. Los Borbones, que estaban ahora en el poder, introdujeron este dentro de los tantos cambios que pusieron patas arriba al Nuevo Mundo.
La razón, en realidad, era práctica. Las iglesias se habían llenado de ratas y la descomposición de los cuerpos amenazaba a la salud pública. En 1928, entonces, se inauguró el cementerio San Lorenzo, conocido desde 1840, se puso en funcionamiento el San Pedro, como el “cementerio de los pobres”.
Pero, ¿dónde entra el Universal en esta ecuación? Hay que esperar hasta la entrada del siglo XX, que llegó con ideas más liberales. Como los cementerios estaban bajo el dominio de la iglesia, estaba prohibido enterrar a suicidas y prostitutas. Influidos por ideas más modernas, algunos alegaban que no era justo que esas personas no pudieran reposar eternamente en un lugar digno.

En 1930, con el gobierno del liberal Enrique Olaya Herrera, se llegó a un acuerdo para que la Iglesia donara terrenos en los que podrían ser inhumados los laicos y personas no católicas. Era un logro impensado en el siglo XIX, pero que llegaba cuando la ciudad crecía y emulaba a las metrópolis europeas y norteamericanas.
El asunto, sin embargo, no fue tan expedito. Luis Alfonso Rendón, en su tesis para la Facultad de Ciencias Humanas de la U de A, expresa que en 1934 se abrió el concurso para la creación del cementerio municipal. La promesa era construir un lugar amplio en el que cupieran todos. El concurso de arquitectura lo ganó Pedro Nel Gómez, quien diseñó un cementerio ambicioso, con portales barrocos y amplios jardines. Pero en 1951, el alcalde de la ciudad, Luis Peláez, pidió al arquitecto que le entregara los planos del cementerio. Para ello le dio un plazo de tres meses.
Pedro Nel, dice en la tesis de Rendón, entregó finalmente los planos el 15 de diciembre de 1951 y entonces comenzó, al fin, la construcción del primer cementerio universal de Medellín. Ya en otras ciudades habían aparecido estos espacios laicos en los que no se precisaba que el muerto tuviera alguna condición.

La guerra en la ciudad
La historia del Universal fue relativamente calma hasta la década de los 80, cuando las violencia convulsionó a Medellín. Cuenta un sepulturero que vivió esa época que la fila de cadáveres a enterrar era eterna. En un solo día, contó, podían inhumar a 40 personas, la gran mayoría víctimas de la violencia que se había enquistado en la ciudad y que, aunque en otras proporciones, continúa hoy rondando, amenazando, en los barrios.
En ese lapso llegaron decenas de cuerpos sin identificar que fueron enterrados como NN. Hoy, para darles dignidad, se les llama Cuerpo No Identificado. Basta dar un recorrido para darse cuenta de la cantidad de bóvedas sin nombre alguno, rudimentariamente marcadas en el cemento fresco.
El estado del cementerio es deplorable desde hace años. Algunas de las bóvedas están mal selladas y las moscas que se aprovechan de la descomposición salen de la oscuridad para sobrevolar y molestar a los visitantes.
La Alcaldía de Daniel Quintero anunció en 2021 prometió darle una nueva cara al cementerio, y anunció que invertiría 2.000 millones de pesos en reparaciones. Literalmente, con muertos y todo, el Universal se estaba cayendo. El panorama no cambió demasiado, y hoy es notable la sensación de desolación al caminar por las bóvedas y el patio central.
Para la misma época del anuncio de la alcaldía, la JEP impuso medidas cautelares sobre el cementerio, pues se teme, como bien se dijo atrás, que bajo tierra y en las bóvedas reposan decenas de cuerpos no identificados. Asociaciones de víctimas de la comuna 13 están pendientes del proceso, pues creen que hay muchos cuerpos allí de personas asesinadas en los tiempos más duros de la guerra y en la Operación Orión.
Otra de las extrañezas del cementerio Universal es que recibió un ingente trasteó de muertos que reposaban en el San Lorenzo, que fue cerrado y hoy permanece vacío, sin un solo muerto entre sus bóvedas. Fue un trasteo poco típico, casi un hito de la ciudad.
Al igual que el San Lorenzo, el Universal ha sido víctima de la llamada magia negra. Una crónica de El Tiempo, publicada en 2005, cuenta lo siguiente:
“Pocas de las tumbas del panteón, situado en la zona noroccidental del cementerio, se escaparon de los rituales de magia negra. “Lo más impactante fue que dentro de las bóvedas vimos sábanas tendidas como si alguien hubiera dormido allí -contó Ovidio Prisco, un pintor que participó en la limpieza-. Se tomaron el trabajo de subir a los nichos más altos y prender velas en ellos”.
Según los relatos que le dieron al cronista, por el cementerio habían visto a unas mujeres jóvenes muy bellas que fumaban tabacos de una manera extraña.
Son muchas historias extrañas, escabrosas y tristes que están relacionadas con el cementerio Universal, el que ayudó a la ciudad, al fin, a entrar en la Modernidad en cuanto a descanso eterno se refiere.
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Hace cien años: la aventura de traer dos aviones Fokker a Medellín
Esta es la historia de un viaje accidentado que dio inicio a una nueva era de la aviación en la ciudad
Viajar desde el aeropuerto Olaya es una experiencia agradable para la mayoría: no hay que ir a Rionegro ni pasar por ningún túnel, y el despegue y el aterrizaje ofrecen una vista memorable de la ciudad. Desde un avión que se levanta con rumbo a Urabá, por ejemplo, los pasajeros ven alejarse la pista y ante sus ojos aparecen los edificios de Conquistadores. Luego, la quebrada La Iguaná, que baja desde el occidente, y entonces el avión se encauza hacia el occidente para cruzar el río Cauca.
Pero este relato no tiene que ver con las apreciaciones de un viaje cotidiano desde el aeropuerto de Medellín, sino con una aventura de hace exactamente 100 años, cuando la empresa Scadta, hoy Avianca, trajo dos aviones Fokker de la Primera Guerra Mundial. No fueron los primeros aviones que llegaron a la ciudad, pues en 1913 sobrevoló la ciudad. Fue tal la impresión que la prensa de la época creó una campaña de expectativa sobre el suceso.
“(El avión) recorrió vertiginosamente los primeros treinta o cuarenta metros en el declive del prado, para levantarse con cierta pausa y majestad, con las ondulaciones suaves de una ave enorme, hasta alcanzar una altura de quinientos o seiscientos metros. Iba ya al Occidente del río. Tomó luego la dirección noroeste y sobre los espléndidos campos de Guayabal, Belén, América, Robledo y Belencito, hasta acercarse a Itagüí al regreso, dejó oír el martilleo potente del motor, anunciando a los labriegos espantados la prodigiosa conquista, por el ingenio humano, del espacio infinito”.
Esas líneas corresponden a la edición del 27 de enero del periódico La Organización.

Pero ya hemos dicho que este relato tiene que ver con la traída de los dos aviones Fokker. El relato de la aventura quedó inmortalizado en una crónica del Coronel José Ignacio Forero, quien escribió un libro sobre los inicios de la aviación en Colombia. La crónica sobre el viaje a Medellín está incluida en el libro El periodismo en Antioquia, una compilación de Juan José Hoyos.
En 1924, entonces, a dos hombres les dan la tarea de traer dos aviones desde Barranquilla. Los responsables de esa tarea fueron Ferruccio Guicciardi, un piloto italiano, y el Coronel Forero, el cronista.
El coronel nos cuenta que luego de varias pruebas, el primero de los aviones, bautizado “Medellín”, estuvo listo para hacer el viaje hasta la capital de Antioquia el 15 de diciembre de 1924.
El cronista nos cuenta que despegaron de Barranquilla y bordearon el litoral. Luego viraron y se fueron adentrando en el interior siguiendo al río Magdalena. El viaje estuvo bien hasta que pasaron por Calamar, Bolívar, cuando el avión, dice el cronista, empezó a “estornudar”. Aunque trataron de arreglarlo, se vieron en la tarea de buscar una pista para aterrizar de emergencia.
El piloto italiano, al fin, encontró un terreno junto al río y descendió el avión. Por suerte, cuenta el coronel, un tubo oxidado ayudó a detener a la aeronave.
Piloto y copiloto estuvieron cinco días en Calamar hasta que el avión estuvo reparado. Entonces volvieron a Barranquilla y planearon de nuevo el viaje a Medellín. El cronista nos cuenta que estos aviones tenían un tanque muy pequeño que había que retanquear. El tiempo máximo de vuelo era de dos horas y media.
El 20 de diciembre salieron hacia Medellín. La ruta tenía contemplado hacer una parada en Puerto Wilches, Santander, otro pueblo ribereño, para aprovisionar combustible y seguir el viaje hacia el interior. El Coronel, con sencillez y gracia, cuenta que el tanque se acabó cuando estaban llegando a Puerto Wilches y entonces empezó a “echar ojo” a un lugar despejado para repetir lo hecho en Calamar. Lo lograron otra vez, gracias a unos árboles que detuvieron la nave. Los dos salieron ilesos.
El despegue tampoco fue fácil. Como nadie en el pueblo los ayudó, los dos tripulantes tuvieron que cortar los árboles que les impedían levantar vuelo. Así nos lo cuenta el Coronel:
“Sin amilanarnos, pero tampoco en el colmo de la felicidad por esta serie de menudos pero graves contratiempos, nos pusimos, Guicciardi y yo, a cortar espinos en un largo trayecto, tolerando un largo calor infernal hasta que literalmente no pudimos más. Derrotados por aquella temperatura insoportable y sin siquiera esperar a que los parches pegados se secaran, reanudamos el vuelo hacia Medellín, pensando en que solo faltaría que se nos rompiese una hélice contra algún espino al levantar el vuelo”.

Pero las penalidades no terminaron. Los parches que le habían puesto al avión se comenzaron a despegar y la gasolina se acabó de nuevo. Por fortuna, el piloto indicó que ya estaban sobrevolando Medellín, donde un “gentío” los esperaba a un lado de un potrero de la finca El Guayabal, donde hoy está el aeropuerto Olaya Herrera.
El aterrizaje fue brusco, pues la pista era muy corta, y el cronista cuenta que se dio un golpe en la cabeza que lo puso a “ver estrellas”. Una vez en tierra, el Coronel queda con la misión de que el dueño de la finca, Jesús Sierra, les arrendara un potrero que se pudiera utilizar como pista. Al comienzo, el dueño se negó. El Coronel nos dice: “Y lo curioso es que en forma parecida pensaban por la época la mayoría de los colombianos para quienes eran más importante las vacas que los aviones”.
Finalmente, convencen al dueño de la finca. Después, al Coronel lo espera otra misión más inverosímil que la vivida. En un caballo de la empresa Scadta emprende un viaje a Manizales, que dura cuatro días. ¿La razón? Hoy cuesta imaginarlo:
“Sencillamente se trataba de localizar mangas de emergencia o planadas para nuestros vuelos Medellín-Manizales-Cali”.
Con el éxito de la empresa se abrió la ruta aérea comercial hacia el sur del país. El viajero que sale hoy del Olaya no se imagina cómo comenzó la historia de ese aeropuerto que alguna vez fue un potrero que los aviones invadieron.
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La historia del barrio que construyeron debajo del puente de la Madre Laura
Hay casas de dos pisos, comedor comunitario y se han establecido normas de convivencia
En Medellín se mencionan lugares que no aparecen en los mapas. Son nombres populares, creados por el ingenio de la gente. Uno de ellos, bautizado en honor a su pasado infausto, es la Curva del Diablo, en Moravia. En los años ochenta y noventa, y aún en el nuevo milenio, el sitio fue un “tiradero” de cadáveres. Los bandidos aprovechaban la soledad y la oscuridad del lugar para dejar a sus víctimas.
Basta con un dar un vistazo rápido a la prensa para encontrar noticias como la siguiente, publicada escuetamente en El Colombiano en 2012: “Cuatro cadáveres fueron arrojados desde una camioneta Hilux en el sector conocido como La Curva del Diablo, en el barrio Moravia de Medellín.De acuerdo con la información preliminar, las autoridades recibieron el reporte a las 3:00 de la madrugada de hoy y al acudir al sitio encontraron los cuerpos de tres hombres y una mujer”.
El sector de La Curva cambió cuando se inauguró el puente Madre Laura, en 2016, una mole que conecta a Aranjuez con Castilla. Una de las plataformas del puente, al lado oriental, da sobre la Curva en mención. Pues bien, esta historia tiene que ver con lo que ha ocurrido bajo esa ala del puente.
Resulta que en 2016, como ya había pasado, se quemaron decenas de casas construidas sobre el morro de Moravia, que está a todo el frente del puente. El morro está sobre el viejo basurero de Medellín, un terreno irregular que emana gases de la descomposición de los residuos. Eso, sumado a que las casas fueron levantadas sin permisos, y con conexiones ilegales, aumenta el riesgo de incendios y cortocircuitos.

Muchos se quedaron sin más que la ropa que llevaban puesta. Sin casa ni una alternativa posible, se metieron debajo del único techo disponible: el puente Madre Laura. Los primeros empezaron a construir ranchos de tablas y lonas. Con los días fueron llegando más personas, incluso algunas que no venían de Moravia, sino de otros barrios o municipios de Antioquia. Pero todos con algo en común: la necesidad y el desarraigo.
Una de las primeras en llegar fue Yamile, una mujer joven, separada, con hijos por criar. Yamile vivió bajo el puente hasta 2019, cuando la Policía, con una orden judicial, llegó a sacarlos. Entonces todos se fueron a rodar por la calle. Pasaron dos meses por fuera, deambulando, y volvieron cuando la Policía dejó de custodiar el puente. Ahí comenzó una nueva ola de población, ahora construyendo casas con mejores materiales.
Desde entonces, con muchos problemas, la gente se ha mantenido bajo el puente. Varios vecinos contaron que para ocupar el barrio tuvieron que tener el permiso de “los de la vuelta”, como eufemísticamente se llama al poder criminal que maneja los barrios en Medellín. Pues bien, con el favor de los de la vuelta, comenzaron a construir casas en material.
La de José Alejandro Obando, por ejemplo, tiene dos pisos. En la parte trasera, un balcón, lo que ahora llaman deck, de madera, que tiene una vista sobre el río Medellín y el metro. La casa de José Alejandro tiembla cada tanto, como un barco en altamar, y el que no esté acostumbrado se puede marear. Él dice que eso pasa porque la casa está construida como una bisagra del puente, una zapata que vibra con el paso de los carros.
En el barrio viven ahora unas 120 personas y se han creado normas, como en cualquier comunidad. Por ejemplo, los niños no pueden estar por fuera después de las 9:00 de la noche. El vecindario tiene unas zonas comunes donde ubicaron unos muebles roñosos y desvencijados; en ese espacio, por ejemplo, está prohibido tomar licor o consumir drogas.

Muchos de los hombres trabajan en el río, sacando arena para las construcciones. Es un trabajo extenuante, porque tienen que sacar decenas de bultos para que valga la pena. Aguantan el sol de frente y el reflejo sobre el agua, que hiere los ojos, y se exponen a una creciente súbita. Hablando del río, el barrio tiene un baño comunitario. Es un inodoro pequeño, casi pegado al piso, que desagua directamente al río.
El vecindario tiene un corredor central. A cada lado, entre el río y el puente, hay puertas de madera de las que cuelgan pesados candados y cadenas de metal. Una de las sorpresas que se lleva el visitante es que el barrio, con lo informal y su extraña historia, tiene conformado un comedor comunitario para los niños. La comida se las dona la fundación cristiana “Transformación”, que comenzó a ayudarles en la pandemia. La idea es generar un cambio de mentalidad en los niños y que no repitan los errores de sus papás. El desayuno se sirve sin falta a las ocho y media de la mañana.

Otra de las reglas de la comunidad es que no se pueden alquilar casas, como pasa en otros barrios de invasión de Medellín. Tampoco se aceptan nuevas construcciones. Son los que están y punto. Estas reglas, por supuesto, tienen el visto bueno de los de la vuelta, que desde Moravia se encargan de vigilar y dar el beneplácito.
El vecindario toma el agua de los tubos del acueducto y la luz de los postes de energía. El año pasado, EPM los desconectó a la energía y muchos perdieron la comida que tenían en la nevera, porque tienen neveras y lavadoras. Sin embargo, ninguna de las tres administraciones que han pasado por la Alpujarra desde la construcción del barrio ha logrado sacarlos. Ellos dicen que tienen derecho a vivir allí, bajo techo, aunque este sea un puente.
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A que no conocía esta historia: la sala de cine que funciona en una capilla del centro de Medellín
La sala ofrece películas para adultos y niños
Pocos edificios de Medellín cuentan tan íntegramente la historia como el claustro de San Ignacio. Ahí, frente a las ceibas que ahora son centenarias, nació la Universidad de Antioquia rayando el siglo XIX; unos años después, el claustro fue refugio de los ejércitos que se batían contra los españoles. Un siglo más tarde, en la plazuela del frente hubo una insólita pelea del grupo de los Panidas, incluido León de Greiff.
San Ignacio está lleno de contrastes. Es sede del claustro San Ignacio de Comfama, que a finales del año pasado fue remodelado y hoy tiene un agradable teatro que acoge a los visitantes. Comfama, desde que se hizo con el claustro en 2003, ha tratado de recuperar el espacio público y de convertirlo en un espacio para todos, donde hay música, lectura, café, ajedrez y tertulia.
La tranquilidad bohemia de San Ignacio contrasta con una realidad cada vez más apremiante: el consumo de licor y las riñas. Esos son problemas que llevan décadas y ninguna administración ha podido controlar, pero quienes pasan las horas en la plazuela, bajo la sombra de las ceibas o jugando ajedrez, pueden dar fe de que las cosas han desmejorado en el último año.
Pese a esa realidad exterior, las cosas son muy distintas dentro del claustro. Hay sosiego: las paredes gruesas y los terminados barrocos del siglo XIX crean un espejismo, un remanso dentro de la ciudad frenética que palpita afuera.

Además de decenas de cursos de cocina, escritura, danza y cuanta actividad cultural sae pueda imaginar, el claustro abrió hace poco una sala de cine. Se podría decir, sin lugar a equívocos, que es la sala de cine con más historia de la ciudad. También es la sala más particular: funciona en la capilla del claustro, un espacio bicentenario. No hay que olvidar que el claustro fue regentado por los franciscanos durante el siglo XIX y en el XX pasó a manos de los jesuitas, quienes le pusieron el nombre de su patrono.
El claustro fue, en realidad, una necesidad apremiante para la creciente villa que entraba al siglo XIX. Para entonces, la villa de Medellín, situada entre el camino del Cauca y el Magdalena sobre un valle pródigo, empezaba a ganar población y a reñir con Santa Fe de Antioquia, para entonces capital de la provincia. En 1826, finalmente, Medellín ganaría el pulso por convertirse en capital y centro económico de la región.
Decíamos que la construcción del claustro fue una necesidad porque a finales del siglo XVIII, como lo confirma Luis Javier Villegas en un artículo recopilado en la enciclopedia Historia de Medellín, el visitador Juan Antonio Mon y Valverde encontró a la provincia de Antioquia en estado de “atraso y abandono”. Lo que más resaltó el visitador fue que, pese a que las dinámicas sociales crecían, no había establecimientos educativos y se carecía de una “escuela de primeras letras”
Luego de ires y venires administrativos se dio la orden de construir esa escuela en 1803. Ese sería el inicio de la Universidad de Antioquia.
El claustro se convirtió, durante la Guerra de Independencia, en acuartelamiento de los realistas; luego fueron los republicanos quienes lo usaron de trinchera. Más tarde, en ese mismo siglo de sucesivas guerras civiles, sirvió de escondite durante el conflicto de los Supremos.

Esos acontecimientos parecen muy lejanos ahora que el claustro es un apacible centro de la cultura operado por Comfama. La caja de compensación planteó una ambiciosa remodelación del claustro. El proyecto se dividió en cuatro etapas y ya terminó la primera de ellas. Ahora, el que entra al edificio se encuentra con un amplio teatro que contrasta con los acabados decimonónicos de los corredores. En total, es una inversión de unos 57.000 millones de pesos, algo sin precedentes.
Pero volvamos a la sala de cine. Proyectar una película no es un acto mecánico. El proyector, como dice Fernando Vallejo, es el inventor de un mundo. El mencionado escritor antioqueño narra cómo se veían películas a mediados del siglo XX. El narrador nos cuenta que, precisamente, las proyectaban en una iglesia, la del Sufragio. Vaya coincidencia:
“Estamos en el cine parroquial de la iglesia del Sufragio; una sala baja sin declive en que apretados cabrán quinientos niños y sueltos meten mil, mil demonios endemoniados ensordeciendo, correteando, saltando por entre las largas bancas de madera que ya no resisten una tromba más con tempestad. Persecuciones, gritos, carreras, todos se creen el Zorro y ninguno quiere morir”.
Vallejo después llama al cine, con su preciosismo retórico, “el recinto mágico”. Que Comfama haya abierto una sala de cine en el centro de Medellín no es una noticia menor. Hace décadas que declinaron los cinemas que dieron vida al centro: el Lido, el Cine Centro, el Ópera Dux, el Cid, el Radio City… Las salas de hoy están en centros comerciales, aisladas de la ciudad. Lo de Comfama es devolverle al centro un pedazo de su historia, de su esplendor perdido, arrebatado.
En la capilla de San Ignacio se proyectan películas para todos, desde cine arte hasta para los niños. Si quiere conocer la programación entre a https://www.comfama.com/cultura-y-ocio/agenda/programacion-cinema-comfama/
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El mercado de lo absurdo: recorrido por los negocios callejeros más insólitos del centro de Medellín
Barberías, mini mercados y almacenes de ropa ocupan el espacio público
En Medellín hay unos 35.000 venteros, según la Alcaldía. La mayoría está en el centro, en las plazas y parques, sobre calles y carreras. En los últimos años, dicen los datos oficiales, los vendedores ambulantes se triplicaron. El desempleo, la pandemia y la necesidad empujó a mucha gente a la calle, a la intemperie. Este es un corto recorrido por esos miles de puestos callejeros que hay en el centro de Medellín.
Los bajos de la estación Berrío están llenos de ventas de jeans, zapatos, camisetas. Es cierto que desde hace años llegaron los vendedores, pero desde hace uno o dos años los negocios se hicieron más masivos. Ya no son pequeños puestos de gorras, sino verdaderos locales comerciales al aire libre. Dicen en los alrededores que hay personas con plata que se han hecho con hasta doce puestos callejeros. La mercancía para surtir no es nada barata.
Un poco más al norte, cruzando la plaza Botero, aparece la avenida de Greiff y el Hotel Nutibara. Pasando la calle está el viaducto del metro y comienza un verdadero mercado de lo absurdo. El corredor central bajo el metro está tomado desde ese punto hasta la estación Prado. Los venteros que llevan más tiempo allí dicen que son unas 1.200 familias las que viven de esa economía callejera.

El primer tramo del viaducto, justo después del hotel Nutibara, está repleto de carretillas en las que se ofrecen limones, yucas, ñames y cuantos frutos y legumbres tropicales se pueda imaginar. A la par, sucede lo que en muchas otras partes del centro: jíbaros se camuflan entre la multitud. Pregonando, aplaudiendo, pasa un muchacho ofreciendo marihuana, “rocas” y pepas. No es el único, más adelante hay otros que venden “blones apanados” y pastillas de clonazepam.
En ese mismo trayecto hay un par de ventas que, por lo menos, generan inquietud. La primera es la de los mini mercados ambulantes. Son carretillas pequeñas, que se arrastran, cargadas con bolsas de arroz, maíz, pastas, sal, panela, azúcar, fríjoles cargamanto, huevos. Su aparición también es relativamente reciente y puede explicarse gracias al aumento de la población flotante del centro de Medellín.
Según la corporación Cívica Corpocentro, por la comuna 10, el centro de la ciudad, pasan 1,2 millones de personas todos los días. Miles de medellinenses, colombianos y extranjeros recorren las intrincadas calles del centro en busca de alguna curiosidad de poco valor, o de un banco para hacer una diligencia. La gente sabe que en el centro se puede conseguir casi cualquier cosa, por descabellado que parezca.

Ahora vamos con otra venta singular. Sobre mantas se ofrecen pastillas y medicinas. No está claro cuál es el origen de los medicamentos ni si fueron adquiridos de manera legal. Son como pequeñas farmacias en la calle, sin boticario o farmacéutico.
Un poco más al norte, llegando a la estación Prado, aparecen más negocios. Los más grandes y bien montados son los de venta de ropa. Allí se pueden comprar camisetas en muy buen estado por 10.000.
Uno de los puestos es atendido por Giovanny, un hombre grueso, de ojos claros, que antaño tuvo un local en el destruido Bazar de los Puentes y que hoy tiene un almacén de ropa improvisado sobre la acera. Los pantalones de dril también cuestan 10.000 pesos. ¿Por qué tan baratos? Son de segunda, pero están buenos, dice Giovanny.
Los venteros de ropa se surten de personas que llegan hasta el lugar para vender prendas que ya no usan. Ellos las evalúan y piden 5.000 o 7.000 pesos. Luego las exhiben como si de un almacén de ropa se tratase. Este negocio también ha crecido bastante en los últimos años. Giovanni dice que el auge se debe a que la ropa se vende más fácil que los celulares, por ejemplo. Él solía venderlos, pero con frecuencia tenía problemas con los clientes y los funcionarios de la Alcaldía.

Detrás de los almacenes de ropa hay un negocio más insólito: barberías al aire libre. Están hechas de pequeños toldos plásticos puestos sobre los andenes. Tienen escritorios desvencijados en los que reposan las máquinas y las cuchillas. Uno de los barberos, que dice expresamente que no le tomen fotos, dice que el corte cuesta 10.000 y que en un día atienden a unas quince personas. Las barberías abren doce horas al día, desde las ocho de la mañana.
La mayoría de venteros viven en habitaciones cercanas, donde cobran 25.000 la noche. Su descanso sobre una cama depende de las ventas durante el día.
El mercado de lo absurdo se hace más masivo en tanto más cerca está de la estación Prado. En ese sector venden desde herramientas hasta computadores viejos, PlayStation, zapatos y juguetes sexuales. En uno de los puestos, por ejemplo, ofrecen unos dildos y en otro, junto a unos tenis, hay un plug anal.
Nadie parece sorprenderse de porque las barberías linden con los almacenes de ropa o que se ofrezcan juguetes sexuales al lado de juegos de video.
Son los contrastes del centro de Medellín a los que nos hemos acostumbrado.
Pedro II: la historia del papa antioqueño que despachaba desde Barbosa
Su nombre de pila era Antonio Hurtado y una crónica de la época retrata su alocada empresa de montar un Vaticano en Antioquia.
La historia de Pedro II, el papa de Barbosa, se ha contado varias veces, pero quizá no lo suficiente. En ella convergen lo pintoresco y lo simbólico. Es un cuadro muy particular de un “orate” que a ratos parece más que cuerdo.
El primer relato del papa de Barbosa data de 1939. Es una crónica en primera persona del periodista Juan Roca, escrita en clave humorística. La historia comienza con el trayecto entre Medellín y Barbosa, amenizado por la voz de la actriz cubana Dalia Iñuiguez, que acompañó al cronista a conocer al papa de Barbosa.
Así relata el cronista el viaje hasta el municipio del norte:
“Es que Barbosa, arcádico pueblillo antioqueño, oloroso a boñiga y vestido con la greda bermeja de los tejares, hay un vaticano y en él radica un orate que reclama para sí la silla pontificia”.
El orate es Antonio Hurtado, un dentista empírico que fue al seminario pero nunca se ordenó. En 1939, año de publicación de la crónica, murió Pío XI; al enterarse, Hurtado envió cartas al vaticano para postularse como reemplazo del papa recién fallecido. Nunca recibió respuesta, entonces él mismo se coronó Sumo Pontífice de la Iglesia Católica y convirtió su casa en el Vaticano antioqueño.
Para asumir como tal, se mandó a hacer dos anillos y a confeccionar trajes papales. La crónica de la visita a Barbosa continúa con la llegada al pueblo. El periodista y sus acompañantes se dan cuenta de que la torre principal de la iglesia tiene un hueco que causó la caída de un rayo. El papa de Barbosa les explica que el rayo era una protesta contra el vaticano por la posesión de Pacelli como Pío XII.
El papa de Barbosa vivía en una mansión grande adornada con cuadros religiosos. El papa recibe a sus visitantes con la bendición y los hace pasar. Luego se sienta en una silla grande que rechina. Entonces explica que es una silla dúplex, que lunes, miércoles y viernes sirve para sacar muelas y los demás días es silla pontificia.

El periodista pregunta al papa que desde hacía cuánto lo había asaltado la vocación. La respuesta deja perplejos a los escuchas:
“Hace tres años, nada más —dice el papa—. Es decir, este es el tercer año de mi candidatura. Pero me combate. Pío XI enfermó hace dos años y yo desde aquí le sostuve la existencia, porque era muy santo”.
Ante la sorpresa del periodista y sus acompañantes, el papa continúa y discurre de cuestiones teológicas:
“Sus encíclicas (de Pío XI) son geniales y trabaja mucho por la paz de la grey. Pero como yo sabía que estaba sufriendo demasiado, ordené desde aquí que muriera tranquilamente y se fue hacia Dios. Como era natural, yo debía reemplazarlo, pero en Roma no sé qué les está pasando. Mi misión es clarísima. Soy el creador de nuevos sacramentos”.
El papa les cuenta que, además de repartir bendiciones y sacar muelas, escribe un semanario que se llama “El Emanuel”. En él, el Sumo Pontífice de Barbosa dice que instruye sobre las cosas de la fe y probar que él, y no Pío XII, era el elegido para posarse sobre el trono de Pedro. El papa vuelve a la carga y dice: “Algún día seré reconocido por todas las potencias y consagrado. Ahora apenas tengo la adhesión de este rebaño”.
La conversación se hace más extraña cuando el periodista pregunta a Hurtado por su nombre de consagración. El papa responde que se llama Pedro II. El cronista se sorprende y le dice que eso es grave y peligroso. Hurtado responde que eligió ese nombre porque, según las profecías de Malaquías, cuando sea consagrado un papa con el nombre de Pedro II se acabará el mundo.
Luego de leer un pasaje de la biblia, Pedro II se adentra en un monólogo mucho más inquietante:
“Que yo soy el papa, porque yo soy la bestia. Voy a comprobarlo”.
Pero, así como discurre en esos comentarios de “orate”, el Sumo Pontífice de Barbosa opina sobre personajes de la vida política colombiana. Cuando el periodista le pregunta por Laureano Gómez, exige silencio y ruega no ofender su mansión con nombre tan “pecaminoso”. Más incisivo se vuelca sobre Fernando Gómez Martínez, quien fuera director del diario El Colombiano y gobernador de Antioquia:
“Dígale usted a Fernando Gómez Martínez, que ahora se dice a sí mismo maestro, no sé de qué, que no tiemble ante las excomuniones que le tira Laureano. Que yo siempre lo apoyo y que desde aquí lo bendigo, pero con la izquierda”.
El periodista y sus acompañantes salen del Vaticano, donde hay un cúmulo de curiosos que los observan y los ven salir pontificados. Emprenden el camino a Medellín y a mitad del viaje se les pinchan las cuatro llantas del carro.
“Mal agüero nos ha dado el papa de Barbosa”, dice la actriz Dalia.

La vida del papa
Sobre el papa de Barbosa hay un libro titulado Noticias de Pedro II, escrito por Víctor Bustamante. En el libro se cuentan decenas de curiosidades sobre la vida de este hombre excéntrico que se autoproclamó papa.
Con los años, el Vaticano de Barbosa creció hasta emplear a 25 personas. El papa era riguroso y despedía al que pronunciara una mala palabra. Según una crónica escrita por Luis Alberto Miño para El Tiempo, publicada en 2005, el papa se tomó en serio su celibato y nunca se le conoció novia, mujer o amante.
En el Vaticano antioqueño daba rienda a sus excentricidades:
“Con el paso de los años, Pedro II comenzó a hablar de que hacía milagros. En su periódico escribía que curaba a personas de cáncer y hacía caminar niños minusválidos. Por su fama regional, Pedro II atendía desde borrachos, a los que les mandaba con sus empleadas el anillo para que se lo besaran y no tener que recibirlos, hasta personas ilustres como la poetisa cubana María Dalia Iñiguez, la actriz Libertad Lamarque y a Alfonso López”.
Al papa de Barbosa lo excomulgaron y a sus procesiones, a las que acudían sus seguidores, las atacaban con piedras. Fue memorable su rencilla con el padre Jesús Antonio Arias. El párroco, con ayuda del alcalde Enrique Bedoya, logró una orden policial para llevar al papa a Medellín al hospital mental. Luego de una evaluación lo dejaron ir, alegando que no era peligroso y solo sufría de un delirio místico.
El papa de Barbosa murió en 1955, a los 63 años. Sus huesos todavía están en una pequeña bóveda del cementerio de Barbosa.
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Indigante: se cumplen 10 años del desalojo del Bazar de los puentes y 70 venteros han muerto esperando la reubicación
Desde 2014, esperando una solución que nunca llega, han muerto 70 venteros
Este 14 de junio se cumplen diez años desde que la alcaldía de Aníbal Gaviria desmontó el Bazar de los Puentes. El argumento de la administración fue que las plataformas A y B, donde estaban los venteros, se habían convertido en una “olla de vicio”. Aunque en el operativo de desmonte fueron capturadas 30 personas, no se incautó droga. Hoy, en donde solía estar el bazar, se pregonea a cielo abierto: “marihuana, rocas, pepas, clonazepán”.
Pero vamos por partes. El llamado bazar estaba ubicado en las losas superiores del deprimido de la Avenida Oriental. Se instaló allí un pequeño centro comercial popular al que llegaron venteros que estaban regados por todo el centro. Estas personas venían del comercio informal en calles y parques y encontraron allí, por lo menos, un lugar bajo techo y seguro para subsistir.
Fue en 1999 que se construyó el bazar con pequeños módulos para los vendedores ambulantes. Con el tiempo, como todo ese sector de la ciudad, fue decayendo y se hundió en las dinámicas sociales como la venta de drogas. Sin embargo, acabar con el bazar no fue una solución, como es posible concluir luego de pasar por los bajos de la estación Prado.
Los venteros se vieron obligados a vender sus variados productos en otro lugar. La administración de Gaviria no les dio ninguna solución. Desde entonces, 420 personas se asentaron bajo el viaducto del metro en la estación Prado, para guarecerse de la lluvia, y crearon el mercado más extraño que tiene la ciudad. En el bazar es posible conseguir ropa de segunda, ollas, martillos, celulares y juguetes sexuales.
Pero lo pintoresco que pueda parecer el lugar se desvanece cuando uno mira la realidad social. María Eugenia Valencia, líder de los venteros, ha estado en Prado desde 2014, cuando cambió su vida. Desde entonces han pasado tres administraciones (Gaviria, Federico Gutiérrez y Daniel Quintero) sin que ninguna haya pasado de las promesas a la acción.
Y lo más grave de que no se haya construido un nuevo bazar —como se prometió en cada administración— es que el problema se creció. María Eugenia dice que si en 2014 eran 420 venteros, ahora son por lo menos 1.200. Sus cálculos tienen sentido. En el lapso de diez años se avino una pandemia con resultados desastrosos en cuanto a niveles de pobreza, y eso sin contar con la presión que ha metido desde 2015 la diáspora venezolana.
“Llevamos diez años bajo el agua, con la contaminación de los carros. Federico dijo que iba a hacer algo y nunca nos ayudó. Quintero dijo que tenía 8.000 millones de pesos y finalmente no supimos qué pasó”, dice María Eugenia.
En efecto, la primera administración de Gutiérrez diseñó unos módulos para ubicar a 250 venteros, pero la idea quedó en el papel. La administración Quintero le dio muchas vueltas al asunto y también terminó en nada. Primero, el entonces subsecretario de Espacio Público Yorman Benítez dijo a los venteros que tenían un presupuesto de 8.000 millones de pesos para rehacer el bazar.

Sin embargo, después de unos estudios se determinó que la plataforma no podía soportar estructuras muy pesadas, como las que se habían diseñado, y entonces hubo que comenzar de cero. De manera paralela, la gerente del Centro, Mónica Pabón, anunció que sobre las plataformas, dada la imposibilidad de construir, se harían placas deportivas para jugar fútbol y voleibol. La justificación fue que con estos espacios se podría darle una nueva vida al sector.
Y es que las plataformas, ante la ausencia de control, fueron invadidas desde hace tiempo talleres improvisados y habitantes de calle. Es tal la inseguridad que una vez a un comensal, que almorzaba en uno de los restaurantes del sector, le robaron la carne del almuerzo. No es chiste.
La intervención anunciada por la Gerencia del Centro nunca se hizo, pero lo más llamativo fue que en 2023, año de elecciones, Quintero sacó de la manga la idea de retirar las losas completas, es decir, dejar otra vez a la Avenida Oriental destapada. ¿Y el bazar? Se prometió construirlo donde están los venteros hoy, en los bajos de la estación Prado.
Ninguna de las dos cosas se hizo, por supuesto, pero hay un agravante en cuanto al retiro de las losas. El Plan de Desarrollo 2020-2024 prometía construir un pequeño Parques del Río sobre las losas, cosa que no se cumplió. ¿Por qué el exalcalde salió con una idea en el cuarto año de su mandato que daba al traste con un proyecto incluido en su propio Plan de Desarrollo?
Más allá de esos líos administrativos sin resolver, lo más preocupante de esto es el drama humano. María Eugenia dice que a hoy son unos 70 compañeros expulsados del bazar que han muerto durante estos diez años: “Se han enfermado acá por la contaminación. Estamos expuestos a todos los riesgos, a la lluvia, al peligro. Van 70 compañeros muertos y nada que nos dan una solución”.
La mayoría de venteros son mayores de 60 viven del diario. Hoy no saben qué va a pasar durante esta administración. Su posición nunca ha sido la de sentarse a esperar. María Eugenia ya perdió la cuenta de a cuántas reuniones ha ido con los sucesivos funcionarios encargados. “Ya hemos hablado con algunos concejales de este periodo y tenemos reuniones programadas con la alcaldía. Esperamos que ahora sí nos cumplan”, dice.
Los ánimos de los venteros, sin embargo, están por el suelo. Muchos se echaron al dolor y comentan que van a morir allí, bajo el viaducto del metro. Lo cierto es que el panorama hoy es desalentador. Cada día llegan más personas en busca del sustento diario y las esperanzas de una solución se hacen remotas.
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La Bastilla de ayer y de hoy: de “refugio de poetas y novelistas” a pasaje de bares, apuestas y meseras “conversadoras”
Recuerdos del viejo café, donde Tomás Carrasquilla tomaba tinto. Estampa del pasaje hoy
Los bares de La Bastilla son un buen refugio para la lluvia. Afuera, un aguacero que tuerce los árboles. Pero adentro es agradable: el mesero sirve cafés humeantes y tragos de aguardiente. En el computador se reproduce una lista de vallenatos llorones que remite a otras ciudades, a tierras más cálidas. Es un viernes frío, torrencial, que evoca los tiempos idos.
El nombre del pasaje es la herencia del Café La Bastilla, fundado en ese sitio en 1920. El café se convirtió prontamente en sitio de encuentro de los intelectuales de la ciudad. Las charlas sobre literatura, historia o política se amenizaban tomando café o algún aguardiente que servía para avivar los argumentos.
En el libro La ciudad y sus cronistas, una compilación hecha por Miguel Escobar Calle, está incluida una crónica que, desde su título, muestra la vocación de ese lugar: La Bastilla, refugio de novelistas y poetas. El autor nos dice que “nunca fue un café atiborrado ni ruidoso. En diez años de frecuentar nunca estuvo repleto y jamás vacío”.

Ya no existe el café y de la bohemia de entonces no queda nada. Solo hay una fila de cantinas en las que se vende tinto y trago. Las meseras son mujeres jóvenes cuyo objetivo es sentarse a charlar con los clientes, casi todos pensionados, y animarlos a que tomen más tinto, más cerveza o más aguardiente. En algunas cantinas hay computadores para hacer apuestas deportivas, de partidos de fútbol, el reemplazo contemporáneo de la hípica.
Uno de los recuerdos más vividos de la vieja Bastilla está plasmado en una crónica de Tulio González Vélez, un joven de Titiribí que va una tarde al café y se encuentra allí con Tomás Carrasquilla. El autor hace una descripción novelesca del encuentro:
“El maestro se encuentra sentado en una mesa del “Café La Bastilla”, en ese momento solo concurrido por él, allí en un rincón umbroso, entrando, a la derecha, del enorme espejo de molduras doradas en el que gustan contemplarse los jóvenes buenos mozos de Medellín”.
La presencia del escritor no es casualidad, pues no en balde el periodista antes mencionado llamó a la Bastilla el refugio de novelistas y poetas. Por allí también pasó Miguel Ángel Osorio, el eterno Porfirio, antes de irse a su periplo por Centroamérica y México.
Pero Medellín se metió pronto en una vorágine de “progreso” que acabó con casi todo. El cronista que habla del refugio de novelistas cuenta que se fue unos años para Bogotá y que al volver no encontró rastro de lo que dejó:

“¿Cuánto duró La Bastilla del viejo Medellín, con su vieja casa propia, su especial ambiente, su andén de ladrillo rojo y sus pesadas puertas de madera, cuando dejé de verla y frecuentarla después de diez años de amable cotidianidad, para irme a Bogotá a ingresar a la redacción de El Espectador?”
A paso seguido, logra darse una respuesta que, en parte, trata de aliviar la pena por esa infausta pérdida:
“No lo sé. Mi villa Bienamada, la de los juveniles sueños y la dulce aventura vital, ambiciosa y romántica, tomó de repente un ritmo de progreso y transformación que nunca igualó ciudad alguna de Colombia”.
Pero volvamos a esta tarde de un viernes frío de 2024. El aguacero ha amainado y algunas personas caminan por el pasaje. La Bastilla fue remodelada durante la administración anterior de Federico Gutiérrez. Para entonces, el sector estaba tomado por los “chirrincheros”, grupos de hombres que pasaban horas sobre los andenes tomando licor hasta la inconsciencia y jugando juegos de azar.
En la remodelación se invirtieron 2.236 millones de pesos. Se cambiaron las losas y en general se embelleció el lugar. En su momento, con gran entusiasmo, los comerciantes se imaginaron que la nueva Bastilla sería un espacio cultural, con recitales de poesía y obras de teatro. Eso no pasó nunca, porque una cosa es la construcción de cemento y otra es transformar las maneras de habitar un lugar.
En su momento también se dijo que las cantinas cambiarían su oferta y ofrecerían cafés especiales, con cartas un poco esnob. Eso no pasó, y hoy sigue siendo el lugar de encuentro de pensionados que lee El Colombiano y escucha a Los Panchos. Y está muy bien que así sea, a decir verdad.
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En Itagüí están construyendo una vía con neumáticos: ¿funcionará?
El proyecto se hace posible gracias a un acuerdo entre el municipio y la Universidad de Medellín
En Itagüí están a punto de terminar una vía inusual. A simple vista parece normal, pero por dentro lleva innovaciones que podrían cambiar la manera en la que se aprovechan los recursos en Colombia. Pero, ¿qué dorar la píldora? ¿Qué es lo que hace a esta calle diferente a las demás? Sencillo: el pavimento está hecho de materiales reciclados, como llantas y neumáticos, que de otra manera habrían terminado en rellenos sanitarios o contaminando algún campo.
Es cierto que no es la primera vez que se construye una vía en Colombia con materiales reciclados. En 2022, la Alcaldía de Medellín anunció que una de las calles adyacentes a La Alpujarra sería pavimentada con plástico reciclado. Algo similar se hizo también entre Santa Marta y La Guajira. Sabiendo que esas tierras son claves para mantener el equilibrio natural, pues están entre el mar Caribe y la Sierra Nevada, el Gobierno Nacional se dio a la tarea de buscar alternativas que ayudaran a alivianar la carga de residuos plásticos en la zona.
Ahora bien, el caso de Itagüí es particular porque emplea una técnica diferente a las demás. La técnica para utilizar los neumáticos se desarrolló en la Universidad de Medellín y se conoce como Sistema de Refuerzo Geotécnico con Neumáticos Usados. Ya se ha utilizado con éxito, según la universidad, en la construcción de varios andenes dentro del campus universitario.
¿Cómo se da, entonces, la unión entre la universidad y el municipio? Da la casualidad de que el secretario de Movilidad, Sebastián Zuleta, es estudiante de la maestría en Ingeniería Civil de la universidad. En el campus ha tenido un socio en la investigación, el profesor Mario Santiago Hernández. Entre los dos se propusieron la creación de este desarrollo no solo innovador, sino útil para el medio ambiente.

La calle en cuestión está entre la diagonal 40 y la carrera 47, que se están cimentando con tres materiales diferentes modificados y reciclados en la estructura de pavimentos: asfalto reciclado, mallas de geoceldas y geoceldas con material reciclado de llantas de neumáticos. Este desarrollo ya fue patentado por la universidad.
El secretario de Movilidad indicó que el trabajo no terminará una vez la calle esté en funcionamiento. Como es un desarrollo reciente, hay que ver el comportamiento del pavimento para determinar si más tarde podrá ser usado en extensiones más grandes de vías:
“Tendremos un análisis profundo de lo que son estas modificaciones y estos métodos alternativos constructivos que le puedan ayudar a construir y a contribuir a la edificación de nuevas vías y de nuevos pavimentos dentro de la ciudad de Itagüí y que nos genere un costo-beneficio para todos los ciudadanos”, precisó el secretario.
Y es que el asunto es determinar la cantidad de carga que este pavimento puede resistir. En términos prácticos, los neumáticos lo que hacen es amarrar el suelo y eso es favorable para la construcción. En palabras más sencillas, amalgama más el pavimento y lo hace más compacto.
Hasta ahora, según la Alcaldía de Itagüí y la Universidad de Medellín, las mediciones han sido positivas. “Las tres técnicas nos están dando resultados muy satisfactorios, en particular la del sistema de confinamiento con neumáticos que es la de mayor interés y está generando unas respuestas muy interesantes, muy acordes a la vía, que nos van a garantizar que la vía perdure y en su vida útil nos dé un buen funcionamiento”, expresó el docente de la UdeMedellín.
Y es que una de las cosas que más se tiene en cuenta en cuanto a vías es el tiempo útil. Una de las quejas más frecuentes de los usuarios tiene que ver con las vías que, pese a que fueron repavimentadas, a los pocos meses ya muestran huecos o hundimientos que representan un peligro para los conductores. Esto depende del nivel de carga al que se someta la vía, por supuesto, y por eso las pruebas son tan importantes.

En otras latitudes se han puesto en marcha proyectos para aprovechar residuos como el plástico dándoles un segundo uso. Uno de los males del siglo XXI, y que hoy por hoy tiene amenazado a nuestro planeta, tiene que ver con la producción desmedida de plásticos que, en el mejor de los casos, va a dar a un relleno sanitario, pero que en muchas otras ocasiones termina en parajes rurales como bosques o, incluso peor, en los ríos o los océanos.
Un país pionero en buscar soluciones sostenibles ha sido Países Bajos. Como su territorio está al nivel del mar, ha visto cómo el aumento de la marea lo ha venido cercando y reduciendo. Eso obliga a que las carreteras tengan que ampliarse y modificarse cada 20 años, por ejemplo. De esa necesidad surgió la idea de construir carreteras con materiales reciclables que, además de darle un segundo uso al plástico, se acomodan mejor a las características del suelo.
Este modelo, que ha sido exitoso, se está intentando replicar en otras partes del mundo. La idea es loable, por supuesto, pero habrá que esperar los resultados para saber sin efecto hacia allá camina el futuro de las carreteras.
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Los secretos masónicos que guarda el Palacio Egipcio de Medellín: ¿los conoce?
Fernando Estrada, quien mandó a construir el Palacio, dirigía la logia masónica Sol de la Montaña. En los 80, otro masón, el pintor Camilo Isaza, dejó nuevas huellas masónicas de las que hoy poco de habla
En 1928 comenzó la construcción de la casa más excéntrica de Medellín. Fernando Estrada, un reconocido optómetra, se dio a la tarea de levantar un palacio egipcio, fastuoso, a pocas cuadras de la Basílica de Villanueva. Tardaron doce años para que el palacio estuviera completo, erguido absurdamente en el barrio Prado, cuando no existía la Avenida Oriental.
La construcción del Palacio costó 50.000 pesos y propició las habladurías de la gente. Los vecinos pasaban por allí y veían en el frontis la cara de la hermosa reina Nefertiti, y en lo alto, apuntando al cielo, el mirador astronómico, de figura fálica, desafiante. Algunos pensaron que el palacio era un templo pagano consagrado a un dios maligno, o una abominación que pretendía desafiar a la Basílica Metropolitana. Lo llamaron “La casa del diablo”. Estaban muy lejos de la realidad.

El palacio fue idea de Fernando Estrada, el optómetra que viajó a Francia a hacer sus estudios superiores y luego se obsesionó con el antiguo Egipto. Durante su errancia europea, el optómetra cruzó el Mediterráneo y conoció Egipto, el añorado país de Kemi, de la hermosa Nefertiti. Junto al Nilo, presumiblemente, se deslumbró con la cultura que luego quiso replicar en Medellín.
La construcción del palacio tenía mucho más que ver con la añoranza de una vieja religión que con una afrenta al catolicismo. Es cierto que Estrada lo levantó a unas cuadras de la Basílica, y también es verdad que él no era un hombre religioso, pero sí fue respetuoso. Hay fotos de Fernando Estrada en el atrio de la Basílica, tal vez después de una primera comunión o un bautizo.

Sobre el palacio egipcio se han escrito decenas de artículos de prensa. Basta dar una mirada en internet o en una hemeroteca para encontrar las descripciones de la casa o la historia del optómetra. Sin embargo, se ha comentado poco sobre los símbolo masones que guarda el palacio. A saber, Estrada era masón y hacía parte activa de una logia fundada en Antioquia.
Volvamos a la época en la que el optómetra desembarcó de su periplo por Europa y Egipto. En 1930, después de décadas de poder conservador, el Partido Liberal, en cabeza de Alfonso López Pumarejo, llegaba de nuevo a ostentar la presidencia de la República. Entre los círculos más liberales había optimismo frente a una apertura política e intelectual. Se habló entonces de la secularización entre el Estado y la Iglesia, por ejemplo.
Para esa época había dos logias masónicas en Antioquia: Sol de la Montaña y Sol de Oriente. La primera de ellas era dirigida por Fernando Estrada, la mente que maquinó el palacio egipcio en Medellín.

El Palacio estuvo ligado a la masonería desde la construcción. Estrada delegó los diseños de la obra en Nel Rodríguez, también masón. La familia de Nel Rodríguez estaba ligada de vieja data con el espiritismo y la masonería. La erección del palacio egipcio significó un triunfo de los librepensadores de la época; la fálica torre apuntando al cielo, a los confines de Anubis, el guardián de las tumbas, fue un desafío para la sociedad antioqueña, tradicional y camandulera.
No en vano fue que los vecinos vieron en el excéntrico edificio un templo abominable. El palacio, por supuesto, tiene tantos detalles masones como relacionados con el antiguo Egipto. En el centro tiene un amplio corredor que representa la transición entre el mundo de los vivos y el de los muertos. El mosaico que forman las baldosas tiene mensajes encriptados.
La pinturas masónicas
El Palacio fue heredado por los 14 hijos de Estrada, quien murió el 1 de septiembre de 1959. Los descendientes del optómetra vendieron el edificio a unos masones que lo tuvieron durante un tiempo. En la década del 80, no se sabe con precisión, otro masón, el pintor Camilo Isaza, dejó huellas en las paredes del palacio.

Camilo fue una figura reconocida dentro de la escena artística local. Dicen los que lo conocieron que era un hombre de modales muy finos, aristocráticos, y que andaba en carros lujosos. Cuentan que era “tremendamente culto” y muy sigiloso. Tan sigiloso era que Julio Londoño, compañero suyo de la Asociación de Artistas Colombianos, no se enteró nunca de que Isaza era masón.
Es muy probable que esa relación con la clase alta llevara al maestro Camilo a acercarse a la masonería. Fue un hombre abierto al mundo, con una cultura ecunémica; estudió en París y en Madrid. No es difícil imaginar a Camilo en los amplios salones, en los 80, trazando finamente las líneas sobre la pared. Las culturas confluyen bajo su creación, desde el antiguo Egipto hasta el Nuevo Mundo: en las pinturas se ven hombres y mujeres desnudos, de piel cobriza, que caminan entre cultivos de maíz.

Sobre Camilo Usanza hay poca información, pero afortunadamente se escribió un libro sobre su trabajo, que lleva por título Una obra atemporal. Ahí se compilan sus trabajos y se ve el virtuosismo alcanzado en el retrato. El escultor Salvador Arango, amigo suyo, cuenta que en Venezuela, en donde Camilo estuvo varios años, se perfeccionó como retratista. Allí inmortalizó a políticos y militares, consiguiendo una relativa fama.
En los murales de Isaza aparece Mozart tocando una flauta. Según Alberto Araque, el hombre que cuida el Palacio, esto es una alusión a los siete chakras del cuerpo. También aparecen hombres egipcios y fragmentos de un cielo estrellado.
El Palacio es un templo de la masonería en Antioquia y poco se ha hablado de ello. Desde Fernando Estrada hasta Camilo Iasaza hay historias masónicas por descubrir.
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