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Los secretos masónicos que guarda el Palacio Egipcio de Medellín: ¿los conoce?

Thursday, 23 May 2024 by Exclusivo Colombia
Palacio egipcio.

Fernando Estrada, quien mandó a construir el Palacio, dirigía la logia masónica Sol de la Montaña. En los 80, otro masón, el pintor Camilo Isaza, dejó nuevas huellas masónicas de las que hoy poco de habla

En 1928 comenzó la construcción de la casa más excéntrica de Medellín. Fernando Estrada, un reconocido optómetra, se dio a la tarea de levantar un palacio egipcio, fastuoso, a pocas cuadras de la Basílica de Villanueva. Tardaron doce años para que el palacio estuviera completo, erguido absurdamente en el barrio Prado, cuando no existía la Avenida Oriental. 

La construcción del Palacio costó 50.000 pesos y propició las habladurías de la gente. Los vecinos pasaban por allí y veían en el frontis la cara de la hermosa reina Nefertiti, y en lo alto, apuntando al cielo, el mirador astronómico, de figura fálica, desafiante. Algunos pensaron que el palacio era un templo pagano consagrado a un dios maligno, o una abominación que pretendía desafiar a la Basílica Metropolitana. Lo llamaron “La casa del diablo”. Estaban muy lejos de la realidad. 

Palacio Egipcio
Palacio Egipcio de Medellín.

El palacio fue idea de Fernando Estrada, el optómetra que viajó a Francia a hacer sus estudios superiores y luego se obsesionó con el antiguo Egipto.  Durante su errancia europea, el optómetra cruzó el Mediterráneo y conoció Egipto, el añorado país de Kemi, de la hermosa Nefertiti. Junto al Nilo, presumiblemente, se deslumbró con la cultura que luego quiso replicar en Medellín. 

La construcción del palacio tenía mucho más que ver con la añoranza de una vieja religión que con una afrenta al catolicismo. Es cierto que Estrada lo levantó a unas cuadras de la Basílica, y también es verdad que él no era un hombre religioso, pero sí fue respetuoso. Hay fotos de Fernando Estrada en el atrio de la Basílica, tal vez después de una primera comunión o un bautizo. 

Palacio Egipcio
Pinturas con toques masónicos que dejó en las paredes Camilo Isaza.

Sobre el palacio egipcio se han escrito decenas de artículos de prensa. Basta dar una mirada en internet o en una hemeroteca para encontrar las descripciones de la casa o la historia del optómetra. Sin embargo, se ha comentado poco sobre los símbolo masones que guarda el palacio. A saber, Estrada era masón y hacía parte activa de una logia fundada en Antioquia. 

Volvamos a la época en la que el optómetra desembarcó de su periplo por Europa y Egipto. En 1930, después de décadas de poder conservador, el Partido Liberal, en cabeza de Alfonso López Pumarejo, llegaba de nuevo a ostentar la presidencia de la República. Entre los círculos más liberales había optimismo frente a una apertura política e intelectual. Se habló entonces de la secularización entre el Estado y la Iglesia, por ejemplo. 

Para esa época había dos logias masónicas en Antioquia: Sol de la Montaña y Sol de Oriente. La primera de ellas era dirigida por Fernando Estrada, la mente que maquinó el palacio egipcio en Medellín.

Palacio Egipcio
Las pinturas de Camilo Isaza tienen interesantes simbolismos.

El Palacio estuvo ligado a la masonería desde la construcción. Estrada delegó los diseños de la obra en Nel Rodríguez, también masón. La familia de Nel Rodríguez estaba ligada de vieja data con el espiritismo y la masonería. La erección del palacio egipcio significó un triunfo de los librepensadores de la época; la fálica torre apuntando al cielo, a los confines de Anubis, el guardián de las tumbas, fue un desafío para la sociedad antioqueña, tradicional y camandulera.

No en vano fue que los vecinos vieron en el excéntrico edificio un templo abominable. El palacio, por supuesto, tiene tantos detalles masones como relacionados con el antiguo Egipto. En el centro tiene un amplio corredor que representa la transición entre el mundo de los vivos y el de los muertos. El mosaico que forman las baldosas tiene mensajes encriptados. 

La pinturas masónicas

El Palacio fue heredado por los 14 hijos de Estrada, quien murió el 1 de septiembre de 1959. Los descendientes del optómetra vendieron el edificio a unos masones que lo tuvieron durante un tiempo. En la década del 80, no se sabe con precisión, otro masón, el pintor Camilo Isaza, dejó huellas en las paredes del palacio. 

Palacio Egipcio
Así se ve el interior del Palacio Egipcio.

Camilo fue una figura reconocida dentro de la escena artística local. Dicen los que lo conocieron que era un hombre de modales muy finos, aristocráticos, y que andaba en carros lujosos.  Cuentan que era “tremendamente culto” y muy sigiloso. Tan sigiloso era que Julio Londoño, compañero suyo de la Asociación de Artistas Colombianos, no se enteró nunca de que Isaza era masón.

Es muy probable que esa relación con la clase alta llevara al maestro Camilo a acercarse a la masonería. Fue un hombre abierto al mundo, con una cultura ecunémica; estudió en París y en Madrid. No es difícil imaginar a Camilo en los amplios salones, en los 80, trazando finamente las líneas sobre la pared. Las culturas confluyen bajo su creación, desde el antiguo Egipto hasta el Nuevo Mundo: en las pinturas se ven hombres y mujeres desnudos, de piel cobriza, que caminan entre cultivos de maíz. 

Palacio Egipcio
Fernando Estrada, quien mandó a levantar el Palacio, era masón.

Sobre Camilo Usanza hay poca información, pero afortunadamente se escribió un libro sobre su trabajo, que lleva por título Una obra atemporal. Ahí se compilan sus trabajos y se ve el virtuosismo alcanzado en el retrato. El escultor Salvador Arango, amigo suyo, cuenta que en Venezuela, en donde Camilo estuvo varios años, se perfeccionó como retratista. Allí inmortalizó a políticos y militares, consiguiendo una relativa fama.

En los murales de Isaza aparece Mozart tocando una flauta. Según Alberto Araque, el hombre que cuida el Palacio, esto es una alusión a los siete chakras del cuerpo. También aparecen hombres egipcios y fragmentos de un cielo estrellado. 

El Palacio es un templo de la masonería en Antioquia y poco se ha hablado de ello. Desde Fernando Estrada hasta Camilo Iasaza hay historias masónicas por descubrir.  

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Lectores a la hamaca: la historia de cómo transformaron una plaza de vicio en un centro de lectura en Santo Domingo Savio

Monday, 20 May 2024 by Exclusivo Colombia
Lectores a la Hamaca

Con libros y hamacas lograron cambiar la historia de una parte del barrio

El barrio La Torre es el último de Medellín. Está sobre el filo de la montaña, pegadito a Bello. La gente suele decir que es el último barrio de la ciudad. Pero allá, en cambio, dicen que es el primero, si se mira de norte a sur. Sobre La Torre se han dicho muchas cosas. En la prensa apareció una vez la historia sobre un cocodrilo que  supuestamente comía gente. Decía el artículo que “los muchachos” de los combos lo utilizaban para deshacerse de los cuerpos dejados por la guerra. 

Historias malas sobre el barrio, que hace parte de Santa Domingo y la Comuna 1, se han escrito por montones. Acá vamos a contar brevemente una historia diferente y en primera persona, cosa que no hacemos con frecuencia en Exclusivo Colombia. 

La Alcaldía de Medellín anunció, en mayo de 2021, que restauraría la biblioteca España. Yo fui a cubrir el anuncio de la administración sobre la biblioteca. Después de la rueda de prensa, recuerdo, apareció un hombre que se identificó como Mesa, a secas, sin nombre. Al darse cuenta de que yo era periodista, Mesa se me acercó y me explicó que estaba buscando recursos para un proyecto de fomento a la lectura. ¿Un proyecto cómo? Él me lo explicó…

En 2020, durante la pandemia, a Mesa, cuyo nombre de pila es Juan Carlos, tuvo una idea germinada gracias al ocio de las cuarentenas. Con una hamaca y unos cuantos libros se parchó en el mirador de Santo Domingo Savio, una gran plancha de cemento desde la que se columbra el Valle de Aburrá. Ese sitio era utilizado desde hacía tiempo por expendedores de drogas. Solo ahí, recuerda Mesa, había cuatro plazas de vicio. 

A Mesa lo miraron con recelo en un comienzo, pero él insistió en instalar la hamaca y leer un libro. Entonces, en medio del humo de la marihuana, empezó a invitar a otros. Así nació Lectores a la hamaca, un proyecto que, desde entonces, ha ido creciendo lenta pero constantemente. Hoy no hay rastro de las plazas de vicio que se habían apoderado de la terraza. Sí hay, en cambio, 7.000 libros, todos donados, de los que la comunidad puede disfrutar. 

Lectores a la Hamaca
Lectores a la Hamaca es más que un encuentro con los libros, es un símbolo de resistencia.

“Hoy tenemos un espacio recuperado, lleno de cultura. Los niños vienen y leen en las hamacas. Con libros y cultura logramos desplazar el vicio”, comenta Mesa, el líder del proyecto. 

Además de las hamacas y los libros, Mesa y sus ayudantes han emprendido otras labores tan loables como el fomento a la lectura. Desde hace unos meses se dieron a la tarea de mejorar 100 casas. La tarea es enorme, porque es muy costosa y requiere de voluntarios que donen mano de obra. Pero, sin rendirse, van en 25 casas mejoradas. 

En esa zona de Santo Domingo, que da con Bello, las casas son, en su mayoría, ranchos de lata construidos y tablas. Una de las beneficiadas es Floripina, una mujer de 74 años a la que le quedan pocas pretensiones en la vida. No quiere volver al Chocó, su tierra natal, a menos de que la azote un “castigo divino”, y ya no puede hacer pasteles, con los que se ganaba la vida, porque le operaron los ojos y el humo le sienta mal. Solo quiere vivir en su casa, tranquila, y que las goteras la dejen dormir. Ese sueño, por lo menos, lo logró de la mano de Mesa. 

Lo más triste es que el proyecto no ha contado nunca con apoyo institucional. Los libros y las hamacas los han donado personas naturales y empresarios, lo mismo con los materiales para rehacer las casas maltrechas. “Hacemos un llamado para que esta alcaldía nos ayude. Aunque hemos iniciado unos acercamientos, no han prosperado. Siempre es lo mismo: promesas y promesas”, reclama Mesa. 

Lectores a la Hamaca es más que un espacio de encuentro con la literatura. Las hamacas y los libros terminan siendo símbolos de resistencia de un barrio olvidado, estigmatizado, que quiere cambiar su realidad. Es, también, una manera de llevar a los muchachos por otros caminos.  

Medellín fue la ciudad de los 6.809 homicidios en un solo año, la de los bombazos, la del miedo sin fin. Fueron años aciagos los que atravesó la ciudad, una urbe que había crecido a la fuerza en un valle interandino, próspero y muy fértil. Nadie se hubiera imaginado que la apacible villa de comienzos de siglo habría de convertirse en una trinchera de la guerra, del horror. Pero, así como tocó el infierno, se levantó, y aunque no volvió a ser la de antes, tomó un rumbo inesperado. Eso explica bien el surgimiento de Lectores a la Hamaca y procesos similares que han surgido en varias comunas. 

La cultura fue para muchos un escape de la realidad que vivía la ciudad. Hay muchas de esas alternativas que sobreviven hasta el día de hoy. Es cierto que Medellín no es un remanso de paz. El año pasado cerró con 389 homicidios. La cifra es absurdamente más baja en comparación con el triste récord de 1991, pero una vida humana perdida es una tragedia para toda una sociedad. 

Lectores a la Hamaca
En la foto, la comunidad de Caucasia acercándose al proyecto.

Volviendo a Lectores a la Hamaca, Mesa ha logrado extender el proyecto a otros lugares necesitados de cambios sociales y culturales. Es una especie de franquicia que en otras regiones ha contado con apoyo del sector público, cosa que paradójicamente no ha pasado en Medellín. 

Ya hay un Lectores a la Hamaca en El Aro, en Ituango, la tierra de Mesa; también hay uno en construcción en las comunidades indígenas El Pando y La Jagua, de Caucasia. Mesa sueña con que sus lectores se conviertan en una comunidad enorme, una comunidad con unas perspectivas de vida diferentes a las ofrecidas por el conflicto armado y la pillería. 

Medellín, aunque tenga mucho por mejorar, no es la de antes, la de los años aciagos y la zozobra infinita. Y si es así es gracias a su gente, que se ha juntado para, desde las esquinas, decirle no a la guerra. Solo un arma ha empuñado toda esa gente: la cultura. 

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El sombrerón: espantos y brujerías del viejo Medellín

Thursday, 16 May 2024 by Exclusivo Colombia
El sombrerón

Un hombre ataviado con ruana negra y acompañado de dos perros encadenados se pasea por Medellín los viernes en la noche

“¡El sombrerón! ¡El espanto y el horror de los medellinenses!”. 

Volvamos al siglo XIX, un par de décadas después de terminado el proceso de Independencia.  Era Medellín entonces un pueblito recién designado capital de Antioquia. 

Entre 1837 y 1839, dice la creencia popular, por ciertas calles del centro anduvo un personaje extraño, que aparecía en las noches de los viernes, pasadas las 8. En la crónica Espantos y Brujerías del Viejo Medellín, de Eladio Gónima, se hace una breve, pero rica descripción de ese personaje. 

El cronista nos dice que todos hablaban del sombrerón, pero nadie sabía realmente quién era o cómo se veía. Lo que sí estaba claro es que su figura causaba espanto y escarmiento en los habitantes del viejo Medellín. Así se nos describe al que es quizá el espectro más propio y abominable de la capital de Antioquia: 

“Al decir de las gentes, el Sombrerón estaba constituido de esta manera: una como figura de hombre con ruana negra, un gran sombrero, siempre jinete en una mula negra encasquillada (herrada) de los cuatro remos, llevando a lado y lado cogidos con gruesas cadenas, dos enormes perros negros, y acompañado de un fuerte viento que le servía de vanguardia”. 

Al Sombrerón se le añadieron luego otras debilidades, como perseguir a los juerguistas que bebían y jugaban en las noches. Este espanto, como la mayoría que anduvieron por las montañas de Antioquia, tiene interpretaciones diferentes en otras latitudes. En Bogotá también hubo uno como el nuestro; en Guatemala, el nobel de Literatura Miguel Ángel Asturias lo incluyó dentro de sus Leyendas de Guatemala. 

Eso no debe causar extrañeza ni causar demérito sobre la figura del sombrerón. Los mitos de América se constituyeron sobre los prejuicios de los conquistadores que, por ejemplo, aseguraron haber visto tribus de mujeres amazonas, luchadoras. Llegaron a estas tierras con sus mitos de la era grecolatina y los adaptaron. Los indígenas y los negros africanos, traídos como mano de obra esclava, hicieron su parte y aportaron sus mitos y creencias. 

Crónica sobre el Sombrerón
Esta es la crónica sobre el Sombrerón, está en el libro El periodismo en Antioquia, una recopilación de Juan José Hoyos.

Una buena muestra de ello es el personaje Pedro Rimales, que varía de nombre según el país de América Latiana. En México y Chile, por ejemplo, lleva el nombre de Pedro Ardimales. Es un personaje que llegó al continente heredado de la tradición literaria popular de España y fue adaptado a cada región. 

Pero volvamos al Sombrerón, lo que nos ocupa en este breve recuento. Dice el cronista que el espanto parecía venir de fuera de la ciudad, es decir, pareciera que su intención era entrar al pueblo únicamente a causar miedo y escarmiento entre los vecinos. “El endriago como que tenía su habitación fuera de la ciudad porque venía siempre del Camellón de la Alameda (Colombia) y nunca por otra calle”, relata la crónica. 

A diferencia de la Madremonte y otras leyendas, sobre el Sombrerón se da poco contexto. No se conocen los motivos de sus apariciones nocturnas, ni por qué anda vestido de negro y con dos perros encadenados. No hay una historia que justifique su presencia en la ciudad. Sí se sabía, por lo que nos cuenta Gónima, el recorrido que el espanto emprendía cada ocho días: 

“Llegaba al galope a la esquina de San Juan de Dios, cruzaba unas veces sobre la derecha y seguía en línea recta hasta encontrar la calle de detrás del Convento del Carmen, y llegaba a la Plazuela San Roque donde se volvía humo; otras veces continuaba su carrera hasta la Plaza, cruzaba por la calle del Comercio (Palacé), y llegaba a la Plazuela, y buenas noches”. 

Nótese que la descripción no dice explícitamente que el Sombrerón atemorizara a la gente, pero sí dice cómo se convertía en humo, al mejor estilo de un espanto abominable, para perderse en la noche y solo aparecer al siguiente viernes. 

La crónica de Gónima termina de manera humorística y dando entrada a la posibilidad de que el Sombrerón tuviera la complicidad de otros espantos: 

“Parece que en las inmediaciones del Convento tendría el Sr. Espanto su lugar de descanso ya preparado por algún otro parecido a él, con puerta abierta, bien juntada, pues nadie había oído que se abriera o cerrara”. 

Antioquia, tierra de mitos

El Sombrerón no es el único mito antioqueño. Hay mucho más, y más reconocidos, como la Madremonte, el cura sin cabeza y la rodillona. En su mayoría, son personajes que aparecen en otras culturas del continente. En Mitos y leyendas de Antioquia la Grande, libro del Javier Ocampo López, se hace un detallado recuento de cómo estas figuras míticas fueron tan importantes en la colonización antioqueña del siglo XIX. 

Un personaje muy pintoresco es el de la vieja comilona, una mujer que aparecía cuando los peones de las minas y las fincas se arrimaban a los fogones a calentar su comida. Lo llamativo de la vieja es que es inofensiva, se limita a acercarse al fuego y coger con sus manos las brasas y comerse los plátanos asados. 

Dabeiba
Esta es una representación de la diosa Dabeiba, adorada por los Catíos.

Son decenas de personajes los que se pueden nombrar, pero tal vez ninguno con la riqueza de la diosa Dabeiba, quien enseñó a los catíos a sembrar y hacer canastos, a vivir en sociedad. Vivía la diosa en lo que hoy conocemos como la subregión del Occidente, entre el Paramillo y Urabá, donde llegaron los conquistadores españoles a dejar una estela de sangre en 1538. Aunque arrasaron con casi todo, no pudieron borrar de la memoria a la diosa. 

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Diego Armando, el artista de Junín que hace arte con la magia de sus pies

Saturday, 11 May 2024 by Exclusivo Colombia
Diego Armando

Historia de un retratista que hace su trabajo con elos pies

Junín, con su pasado bohemio, reminiscencia de un esplendor perdido, se convirtió en los últimos años en refugio de artistas callejeros. Sobre una banca de madera se sienta todos los días el juglar sabanero Plutarco Urrutia, un hombre de 83 años que aún interpreta el acordeón; también está “Fernando Tiza”, un hábil dibujante que hace enormes retratos sobre el pavimento. 

Pero hay un artista que llama la atención. Se llama Diego Armando Usme, nacido en Barrancabermeja y criado en Bucaramanga y Bogotá. Diego Armando es pintor, especialista en retratos. Pero no es un pintor cualquiera. Nació sin manos y, aunque su familia quería que fuera abogado, él se inclinó por el arte desde muy joven. Con los dedos de los pies sostiene el pincel hábilmente; con el pie izquierdo sostiene el papel y con el derecho traza las líneas de expresión y borra cuando hay un error o queda inconforme con una línea. 

Ni siquiera sabe explicar qué lo primero que retrató, o cuándo lo hizo, porque es algo tan natural, tan inevitable, que lo extraño sería no hacerlo. 

Diego Armando va todas las tardes a Junín. Llegó a Medellín hace muchos años por invitación de una hermana. Pese a eso, su acento contrasta con el de sus clientes, que van pidiendo retratos mientras arrastran las eses. Diego, en cambio, dice “Mompi”, un término capitalino que estuvo en auge a comienzos de este siglo, pero que ya se olvidó. 

El pintor se sienta en un taburete pequeño, sin espaldar, y se pasa ahí la tarde, en medio del río de gente que va cambiando de sentido según la hora. En la tarde de un jueves retrata a un chamán de pelo largo. Del celular, que también manipula con los pies, ve los detalles que luego plasma en el papel. Es un retrato difícil por la cantidad de detalles de los collares que cuelgan del cuello del chamán. 

Cada tanto, el artista se detiene para ofrecer los retratos. Hay dos opciones. La primera, que el cliente se siente frente al pintor unos quince minutos. Debe estarse quieto para que el artista logre captar el ángulo de la boca, el enarcamiento de las cejas, el largor de las orejas.  La segunda opción es más costosa, porque el trabajo es más preciso. En esta, el cliente envía una foto para que Diego Armando la emule. 

Este trabajo es más demorado. Son tres días los que pasa el artista dando forma con sus pies al retrato. ¿Qué es lo más difícil? Para Diego Armando nada es difícil, solo es cuestión de concentrarse. Es algo natural, que simplemente pasa. 

Diego Armando ha pasado por muchas academias de arte. En Bogotá aprendió la técnica. Siempre tuvo el apoyo de la familia. Su madre, cuenta, también tenía vena artística, aunque no se dedicó a ello de manera profesional. Él, en cambio, asumió el arte como una manera de vida, quizá la única posible. 

El artista solía trabajar detrás del Palacio de la Cultura, cerca de la Plaza Botero, pero de ahí lo sacaron los funcionarios de Espacio Público. Por eso tuvo que irse a Junín, de donde también han tratado de moverlo. Afortunadamente para él, el ensañamiento de las autoridades ha sido con los cantantes que amplifican sus voces con bafles y no con él, un pintor que pasa en silencio la mayor parte del día. 

Los retratos que hace Diego Armando son precisos. Los hay en color y en blanco y negro, como el cliente lo prefiera. Son cientos de retratos los que ha hecho Diego Armando en su vida. Desde hace años tiene el apoyo de la Fundación de Pintores con la Mano y con el Pie, una organización que brinda ayuda y crea una red de artistas que nacieron con discapacidades. 

Diego Armando
Diego Armando va a Junín todos los días en la tarde.

Diego Armando nunca se ha sentido impedido o menos capaz; el arte es algo natural en su vida, algo como comer o secarse el sudor de la frente. 

Si alguien llegara a decirle dudar de su talento, podría responder con los versos que el compositor Adolfo Pacheco inmortalizó en una canción que grabó Diomedes Díaz en el álbum Ganó el Folclor: 

Pero usted como un reptil

agorero y ponzoñoso

dice que no pinto hermoso

que valgo un maravedí

Métase donde se meta

usted me respeta a mí

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El atrio de la catedral Metropolitana está convertido en dormidero y extendedero de ropa

Thursday, 09 May 2024 by Exclusivo Colombia
Basílica Metropolitana

Las puertas de la iglesia permanecen cerradas por cuestiones de seguridad

Las campanas doblan a las 3:45 de la tarde y la caterva de palomas se eleva al cielo. Las puertas de la Catedral Metropolitana están cerradas casi todo el día, salvo en la mañana y al caer la tarde, cuando se celebra misa.  Recostados en las puertas enormes, dormidos o alucinando, hay cuatro hombres harapientos, desorbitados, que cargan consigo costales de basura y ropa mugrosa.

Uno de ellos, descamisado, soñoliento, dice que van a abrir las puertas para la misa de 12. Pero si van a ser las 4 de la tarde, por Dios. El hombre está acostado en el atrio, junto a una de las enormes puertas. Alrededor suyo hay basura desperdigada: cajetillas de cigarrillo, botellas plásticas, pedazos de tela, el empaque de unos condones. Al hombre lo sobrevuelan varias moscas. 

—Ah, es que yo hago arte— dice el hombre, que toma un pedazo de tela y lo dobla. —¿Sí ve?—. 

Es en realidad un muchacho. A pesar de la mugre, su piel es tersa, juvenil. Dice que la Policía lo levanta cada tanto de ese lugar. Él, junto a los otros durmientes, vuelven una y otra vez al mismo lugar, con pipa de bazuco en mano.

En otra de las puertas frontales hay tres hombres. Dos están sentados, pidiendo plata a quien pase, y el otro está dormido y con la cabeza metida dentro de una caja de cartón. ¿Qué es un atrio de una iglesia si las puertas están cerradas? El atrio de la Metropolitana, la iglesia más importante de Medellín, está en el limbo, de espaldas a Dios. 

Basílica Metropolitana
Esta imagen se repite todos los días, peses a que la policía levanta a las personas que allí duermen.

Antes de que doblen las campanas, un hombre menudo llega al atrio. De un morral saca camisetas, medias y pantalones y los extiende sobre las bancas del atrio. ¿Está vendiendo ropa? No, responde, la estoy secando. Dice que vive muy cerca del parque y que lleva la ropa a una lavandería. Como no tenía dónde secarla, un día vio que alguien más extendía la suya en las escalas de las Basílica. Entonces emuló el ejemplo. 

No es el único que tiene esa costumbre. Con el cierre de las puertas y el deterioro del Parque Bolívar, el atrio se convirtió en un espacio sin uso y quedó a merced de lo que quieran hacer con él. Eso no está mal, dirá algún transeúnte con razón. Más bien, es el reflejo del caos que es Medellín. 

Hay otro hombre que también extiende su ropa mientras cose un pantalón militar. Sobre el cielo se cierne una nube negra que oscurece la tarde. Las palomas, que se cuentan por cientos, están inquietas. “Ellas presienten las lluvia”, dice otro hombre que está sentado más allá del que cose su pantalón. Una tormenta está por desatarse. 

Cuchilleros y el cierre de las puertas 

Lo que pasa en la Basílica no es nuevo. Conocidas son las historias de que los ladrillos están socavados porque los han raspado para mezclar su ripio con bazuco. El extinto periódico El Mundo publicó un artículo en 2019 en el que se cuenta la historia de una riña dentro de la catedral. En plena misa irrumpió un hombre con una navaja y detrás de él dos energúmenos lanzando palos y piedras. 

El de la navaja imploró al cura que lo ayudara, que esos dos hombres lo iban a matar. La persecución llegó hasta un ala de la catedral y ahí desembocó en una garrotera memorable. Así lo cuenta el artículo de El Mundo:

“Batalla campal, con golpes, taburetes que volaban y gritos que espantaban el silencio, aunque apenas unos segundos después ingresaron los agentes de la Policía para controlar la situación. Gresca que, de acuerdo al relato de los trágicos actores, se originó porque el de la navaja había atracado y herido a uno de los dos hombres que fueron tras él. En medio de los nervios y la incredulidad, el padre pudo terminar la ofrenda”.

Después de eso se decidió que era mejor cerrar las puertas durante el día. A los portones tuvieron que forrarlos en láminas de hierro para que la madera original no se siguiera corrompiendo con el ácido de los orígenes. Es una estampa desoladora la del atrio vacío, solo ocupado a ratos por los durmientes y sus chiros. 

Basílica Metropolitana
Como el atrio está inutilizado y las puertas de la iglesia cerradas, algunos aprovechan para extender la ropa ahí.

La Metropolitana, en un principio llamada Basílica de Villanueva, es la más grande en el mundo construida con ladrillos: un millón doscientos mil. Fue inaugurada en 1931, cuando la ciudad vivía un esplendor y en las esquinas del centro se abrían cafés y teatros al mejor estilo de la Belle Époque. 

“A la hora de la canónica de vísperas, cuando el sol calcina afuera, entro a la iglesia catedral en pos de los signos. Basílica Metropolitana de Villanueva la llaman los viejos; los jóvenes, que jamás la han visto, pasan de largo sin saber”. 

La anterior es una descripción de Fernando Vallejo en la novela El fuego secreto, una oda a la primera juventud. El protagonista, Fernando, entra a la catedral y se pregunta por sus secretos: 

“¿Qué habrá en ella y en sus anexos socavones de sombra abovedada? ¿El templo subterráneo de un secreto?”. 

El recorrido del protagonista termina en una suerte de premonición de lo que sería el futuro de la Basílica de Villanueva: 

“Único fiel en la nave mayor, en su última banca, enciendo el pequeño cigarro que traigo, ya forjado, en el bolsillo de la camisa. Y en las volutas caprichosas del humo de los hachidis, humo imperecedero, humo inefable, asciende hacia las altas bóvedas mi imploración, mi súplica”. 

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La puerta rosa, el rinconcito que esconde los tesoros ocultos de Aranjuez

Tuesday, 07 May 2024 by Exclusivo Colombia
La puerta rosa

Es un café-repostería en el que se habla de literatura, repostería y arte

Julio y Paula. Julio es pintor y muralista. Paula es repostera, escritora y cineasta. Julio y Paula son católicos y hablan de Dios con devoción. Viven en la comuna 4, Aranjuez, un barrio mítico por su literatura y por que allí estuvo, muchos años ha, el primer “loquero” de Medellín. La casa de Julio y Paula cuenta la historia del barrio, de los escritores que crecieron en esas calles faldudas. Pero primero vamos con la historia.  

Julia y Paula eran profesores. Ambos llevaban a cuestas veinte años de docencia, pero la pandemia, como a tantos otros, les cambió la vida. Paula estaba sin trabajo y, para ayudar en la economía doméstica, empezó a vender postres. Hizo canelés de Burdeos, una de sus especialidades, y dio de probar a los vecinos. La aprobación fue unánime. 

Paula ha tenido una vida prolífica. Empezó una carrera de Agronomía que no terminó; hizo una licenciatura en español-inglés, luego estudió cine y dirigió un documental que fue exhibido en Francia en 1998. Estuvo en París ese año y sintió una conexión con la ciudad, como si volviera a un pasado desconocido. Luego, caminando por los azares de la vida, lo entendió: su mamá (biológica) era francesa. Esa es otra historia, pero Paula hace hincapié en ello para explicar el porqué de su pasión por la repostería francesa. 

Julio es artista y gestor cultural. Es un hombre afable, de buen humor. Es muralista, guía turístico y buen conversador. Mientras Paula lee un diccionario gastronómico de Alexánder Dumas, Julio sirve un café y bromea; después, ceñudo, diserta sobre los talentos que Dios les dio. La pareja es muy católica y tiene inclinaciones monásticas.De hecho, la repostería moderna, dice ella, nació en los monasterios franceses y españoles. 

La puerta rosa
Los murales que hay en La puerta rosa son de autoría de Julio.

Libros, postres, murales, café, catolicismo. Todo parece inconexo, imposible de amalgamar. Sin embargo, cada cosa está puesta en su lugar en La puerta rosa, el café-repostería que la pareja abrió en 2021 para ofrecer, en primer lugar, los canales de Paula. 

Esa fue la idea inicial. En el frontis de la casa abrieron el negocio, muy pequeño, pero que pronto ganó popularidad. Los clientes no solo disfrutaban del café y un canelé francés, sino que hablaban con Julio y Paula y discurrían sobre los monasterios franceses o sobre literatura. ¿Cómo no iban a hablar de lo que los apasiona? Julio dice que Dios les dio unos talentos. Él es bueno para tender puentes, para conectar personas y hacer crecer proyectos. Ella es buena para rastrear el origen de los postres que prepara. No aprovechar esos talentos y compartilo con los demás sería un acto egoísta. 

A La puerta rosa, atraídos por el café y las conversaciones cálidas, llegaron colectivos de artistas, directivos de empresas. Un día, cuenta Julio, apareció el periodista gastronómico Lorenzo Villegas, que les hizo un programa de radio. La popularidad de su casa-café-repostería creció después de eso. Fue tanto así que otro día, sin previo aviso, llegó David Escobar, el director de Comfama. También los ha visitado Víctor Gaviria y el escritor Juan José Hoyos, quien además es de Aranjuez. 

El camino, sin embargo, no ha estado exento de dificultades. Hubo un tiempo en el que Julio y Paula perdieron el rumbo. No sabían cuánto cobrar por su trabajo y se les armó un lío cuando llegaron las cuentas de los proveedores. El negocio se quebró, pero lograron sacarlo a flote lentamente. Entonces tuvieron que reestructurar el negocio y entender que solo ellos mismos podían darle valor a su trabajo. Y que el valor no está en la plata, que es solo un móvil para el fin. 

A la izquierda, el papá de Julio, quien atiende en el café, y la derecha la pareja artífice de La puerta rosa.

Turismo comunitario 

Julio y Paula entendieron que entre sus tareas debería estar la exaltación de la historia de la comuna 4. Por eso, en las paredes de La puerta rosa está retratado el Hospital Mental, antes Casa de los Enajenados y hoy biblioteca de Comfama, donde pasó muchos años Epifanio Mejía. Julio ha plasmado de varias maneras lo que para él es Aranjuez. En los murales aparecen los buses coloridos que suben por las faldas del barrio, los vendedores ambulantes, una mujer que toma una foto con una cámara análoga. 

De esa intención de recuperar la historia del barrio nació Expedición por Aranjuez, un recorrido turístico que comienza en el Jardín Botánico y pasa por las librerías del Planetario y del Museo Pedro Nel Gómez, y que luego sube a la biblioteca Comfama para terminar comiendo un postre en La puerta rosa. 

La idea es recorrer los archivos históricos de estos lugares de la comuna 4. Hay otro recorrido un tanto más pintoresco. Se llama Me trae cositas y es un viaje a la gastronomía popular, desde los raspados hasta solteritas. En el recorrido hay una parada donde una mujer que vende empanadas hace 45 años. 

La puerta rosa está abierta para todos. Basta con llamar y reservar el espacio para pasar un rato agradable conversando sobre lo que plazca con Julio y Paula. 

La puerta rosa
En La puerta rosa hay hasta arte religioso.

El lugar está en constante evolución. En unas semanas, espera la pareja, el espacio se transformará en un Pub. No será un lugar bulloso ni mucho menos, sino un remanso para comer platos típicos de la cocina europea y tomar vino y cervezas artesanales, como en los monasterios. El café, los talleres literarios y las demás ofertas se seguirán ofreciendo. 

La puerta rosa es un lugar sui generis, un abanico de posibilidades para los visitantes. Es la casa de Julio y Paula, pero las puertas están abiertas para todos.

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El presbítero homicida y el fusilado del puente de Guayaquil: dos oscuras historias de Medellín

Thursday, 02 May 2024 by Exclusivo Colombia
Fusilado

Exclusivo Colombia recuerda dos crímenes que estremecieron a la ciudad

Este artículo recupera dos historias que estremecieron a la vieja Medellín. La primera está perdida en los comienzos del siglo XVIII, mucho antes de la Independencia; la segunda, más conocida, sucedió en 1902, después de la Guerra de los Mil Días. Comencemos. 

Corría el año de 1702 cuando el presbítero Juan Sánchez de Vargas salió a pedir la limosna. Era un sábado, día habitual para recoger el diezmo. Cuenta el Cojo Benítez, el autor de El carnero de Medellín, que el cura pasó la Quebrada y llegó a la casa de Miguel Vásquez, que entonces vivía en casa de su suegro, Lucas Morales Bocanegra. 

El presbítero entró a la casa y se encontró con una mulata, la sirvienta. Cuenta el cronista que el cura le pidió candela y, parece, ella se negó, lo que desbordó la ira del religioso que empezó a maltratar a la mujer. 

Entonces entra en acción Gertrudis Morales, la mujer de Miguel Vásquez. Vásquez también se puso furioso y le dijo a Juan Sánchez que en su casa nadie gritaba más fuerte que él. Le dijo al cura que se fuera y que procurara no hacer escándalo. Aquella villa era afecta a los chismes, más si se trataba de un sacerdote y unos ciudadanos de cierta alcurnia. 

Pero el presbítero, en vez de acatar la orden de Miguel Vásquez, acometió el ataque. Así lo cuenta el cronista: 

“Volvió el rostro a la lancera y vio la espada de Miguel Vásquez y arrebatadamente la desnudó y le acometió tirándole una violenta estocada que le pasó de costado a costado, de suerte que el herido Miguel Vásquez, sólo pudo caminar quince pies adelante, pidiendo confesión, y cayó muerto”. 

El suceso del cura homicida estremeció a Medellín. No hay muchos detalles de qué pasó luego, pues en ese entonces no había imprenta ni periódicos en la villa. La crónica del Cojo, escrita para finales de ese siglo, se basó en los autos criminales de la época. Lo que sí cuenta el cronista es que a Juan Sánchez lo degradaron de la Orden, pero él, tozudo, fue hasta Roma a pedir indulgencia. 

Puente de Guayaquil
Tamayo fue fusilado en el puente de Guayaquil. Foto: León Francisco Ruiz.

La crónica del Cojo termina de una manera que ahora nos parece inusual: pidiendo a Dios y a sus hijos que no se olviden de él. El carnero de Medellín es una fuente ineludible para conocer a la Medellín anterepublicana. El libro, lo acepta el mismo autor, no está ordenado de manera cronológica. Por otra parte, la prosa es en ocasiones descuidada y no tiene un estilo propio como del que gozó El carnero santafereño de Juan Rodríguez Freyle. 

La ejecución de Tamayo 

La segunda historia de este artículo ocurrió exactamente 200 años después de la primera. El cronista que la dejó para la posteridad fue Enrique Gaviria Isaza, testigo de la ejecución. 

Jesús Ma Tamayo, el protagonista de la historia, se casó en 1894 con María Josefa Echavarría, una mujer pobre dedicada a los “oficios propios entre gentes de su clase”. Cuenta el cronista que el matrimonio pronto se convirtió en un suplicio para esa mujer: 

“Las frases de amor y las caricias se tornaron bien pronto para ella en insultos y en golpes, a los que de cerca siguió el completo abandono en el que la dejó su marido, sin motivo ninguno, porque la conducta de ella era intachable en todos sentidos”. 

Aunque el autor promete ser un “narrador insensible” y promete remitirse a los hechos, son bastantes las ocasiones en las que siente compasión por la pareja que describe. Pues bien, resulta que en 1898 volvió Tamayo de Remedios, hacia donde se había ido a trabajar. Llegó con palabras melosas, indica el cronista, y prometió a su mujer una nueva vida conyugal. Ella, conocedora de sus artimañas, lo tomó con recelo. 

Tamayo pidió una botella de vino en una tienda y tomó un trago, luego instó a su mujer a hacer lo propio. Cuenta el cronista que después de seguir caminando, Tamayo se quedó rezagado y, escondiéndose, vació estricnina en la botella de vino. Tal parece que el hombre había traído el veneno desde Remedios. 

Ella dudó en tomar, pero Tamayo la amenazó: “Si no se toma este trago tiene que morir en la punta del cuchillo”. La mujer tomó y él le dijo: “No habrás llegado al Bermejal cuando te estés torciendo”. 

La mujer sufrió unas horribles convulsiones y una agonía que, aunque corta, fue espantosa. Tamayo simuló estar afligido para no levantar sospechas, pero ella lo delató antes de morir: “Me mató Jesús con ese trago que me dio (…) Me mataste, Jesús; no le hace. Y fue para irte con Nepomucena; irés y te casarás con ella, pero en el Cielo nos veremos”. 

Tamayo fue acusado por el asesinato de su mujer y fue llevado a la capilla, donde lo esposaron. Fue condenado a morir fusilado. En la capilla redactó su testamento y repartió su patrimonio, que no constaba más que de una suma de dinero, sin fincas ni casas ni bienes raíces. 

Lo más valioso de la crónica, amén de las detalladas descripciones, es que el escritor fue a ver a Tamayo antes del fusilamiento. Así lo describe: 

“Hombre alto, robusto, de contextura recia, fisionomía nada atrayente; la cara, un si es no, es teñida de azulado del carete, de pómulos salientes, nariz chata y pequeña, boca grande y un algo sumida, frente ancha, ojos hundidos, mirada dura”. 

El cronista prefirió permanecer en silencio antes de importunar a Tamayo con sus preguntas de periodista. Pese a que prometió ser insensible, cuando sale de la visita al condenado se siente “triste, abatido, pesaroso de haberme metido allí”. 

El cronista rememora el estallido de los tambores y el penoso caminar del condenado hacia el patíbulo, que estaba en el puente de Guayaquil. Al condenado, que se acerca al cadalso con la cara pálida, le ofrecen un trago de aguardiente que se apura de inmediato. 

En la crónica se mencionan los nombres de todos los gendarmes que abrieron fuego contra Tamayo. “Una bala entró en el cuello y dejó al descubierto el hueso que llaman de la manzana”, narra el cronista. La ejecución de Tamayo pasaría a la historia como la primera del siglo XX en Medellín, justo después del fin de la Guerra de los Mil Días. 

Estos dos casos, con 200 años de diferencia, retratan la historia de la ciudad que habría de enfrascarse en una vorágine de muerte durante la segunda mitad del siglo XX. La crónica de Enrique Gaviria Isaza termina con una escena triste que de alguna manera redime a la villa: 

“La concurrencia al sangriento drama fue, para honor de Medellín, escasa y compuesta en su mayor parte, de mujerzuelas, de borrachines y de perdidos”.

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La mala hora de los vendedores de billetes en el centro, un oficio en vía de extinción

Monday, 29 April 2024 by Exclusivo Colombia
Billetes en La Playa

Solo quedan cinco de las decenas de venteros que solían ofrecer billetes, estampillas y modenas clásicas y del mundo

La avenida La Playa hace una curva entre Junín y la Plazuela Nutibara. En ese tramo, hace años, decenas de vendedores ofrecían billetes de las más variadas denominaciones; ansiosos coleccionistas hurgaban para encontrar joyas. Ahora estamos en 2024 y el mundo, aunque sigue siendo el mismo, ha cambiado para muchos de manera sustancial. De los vendedores de billetes y monedas solo quedan cinco, todos mayores de 60 años. 

De los cinco, varios están cansados de hablar con la prensa y con los curiosos que se acercan y no se deciden a comprar. Es una tarde gris y el cielo se desgaja en un aguacero que comienza con timidez, pero que de pronto adquiere matices de tormenta tropical. La gente pasa tratando de guarecerse de la lluvia, e ignora los billetes exhibidos. La numismática parece un hábito del pasado, anticuado, vetusto, como se ven hoy tantas otras cosas que antaño provocaron pasiones. 

Uno de los cinco se llama Bernardo, un hombre blanco, viejo, de ojos grises. Usa una imitación de un sombrero vueltiao y una camisa blanca. Todos los días llega al mismo punto, en la acera, y se sienta desde las 9 de la mañana hasta las 5 de la tarde en un banquillo de plástico. En la mano derecha, manchada ya por el paso de los años, sostiene billetes viejos, de la década del 70. Eson son baratos, cuestan 5.000 o 10.000 pesos, pero Bernardo cuenta que tiene unos verdaderamente escasos que puede vender en 2 millones de pesos. Es una lástima que nadie los quiera comprar, dice. 

Billetes
Entre los billetes hay ejemplares de Arabia Saudita y Jordania.

Otro de los cinco vendedores es Joseas Torres, de 70 años, desplazado. Joseas llegó hace 23 años de Alejandría, donde era jornalero. Cuando llegó a la ciudad, cansado de trabajar en el campo, se asentó en esa esquina del centro. Desde entonces, aunque no sabe aprender ni escribir, vende billetes. 

Joseas tiene una memoria visual prodigiosa. Como no sabe leer, identifica los billetes con solo verlos. Por ejemplo, muestra uno verde, con letras árabes, y explica que es de Arabia Saudita. Los hay de Honduras, de Argentina y de Jordania. Joseas sabe el año de expedición de cada billete, de memoria. 

Aunque esos billetes son relativamente escasos, cuestan 10.000 pesos. Joseas se los ha comprado a coleccionistas que llegan al centro a vender los billetes sobrantes de sus viajes por el mundo. También están los antiguos, esos sí más costosos, que datan de antes de la década del 70. Bernardo, por ejemplo, tiene uno de 1928 que cuesta dos millones de pesos. 

Hubo un tiempo, recuerdan los vendedores, en que los billetes fueron un buen negocio. “Acá venía la gente no solo a comprar billetes, sino películas, casetes, estampillas, de todo. La gente se amontonaba y no había ni por dónde caminar”, dice Joseas. 

Ahora, lamentan los vendedores, apenas alcanza para “conseguirse la comidita”. La fiebre por la numismática ha decaído. Muchos de los vendedores de antaño han muerto y la oferta cada vez es más escasa. Joseas, por ejemplo, no tiene otra opción de sustento: “Estaré acá hasta que Dios me lo permita”. 

Billetes
Este es uno de los billetes que ofrece Joseas.

Los vendedores de billetes hacen parte de los oficios venidos a menos. También están los vendedores de películas porno que se apostan sobre el pasaje Boyacá. Ya nadie compra esas películas que hasta hace unos años eran todo un fenómeno que despertaba afición. Los digitadores, con sus máquinas de escribir, también escasean y hoy quedan unos pocos aferrándose a unos pocos clientes. Ni hablar de los fotógrafos que se pasean por la Plaza Botero en tiempos de celulares y selfies. 

¿Hasta cuándo estarán los vendedores de billetes en el centro? Nadie lo sabe, pero lo cierto es que cada vez serán menos. Joseas estará allí, literalmente, hasta que la salud se lo permita. Una suerte parecida sufrirán los otros cuatro sobrevivientes.

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Fantasmas, electrochoques y locos célebres: la historia de la biblioteca de Aranjuez

Monday, 29 April 2024 by Exclusivo Colombia
Manicomio

La biblioteca Comfama de Aranjuez tiene una historia particular: fue el manicomio de Medellín durante 70 años.

Aranjuez cuentan historias de fantasmas. Es famosa la de un vigilante que hacía la guardia de la noche en la biblioteca Comfama de Aranjuez, el edificio donde funcionó el “loquero” de Medellín entre 1892 y 1960. Cuentan que el vigilante escuchó un ruido y, presuroso, subió las escaleras, temblando; las paredes parecieron cambiar de forma y entonces apareció una figura humana que emergió de la oscuridad. 

La figura le hizo una pregunta al vigilante y este, al escuchar la voz, bajó de nuevo las escaleras, corriendo, temiendo por su vida. 

Hay más historias, por supuesto. El edificio donde funciona la biblioteca Comfama tiene techos altos y gruesas paredes de ladrillos. Los ventanales alargados, enrejados, le dan un aire de prisión. No cuesta mucho imaginar el lugar a comienzos del siglo XX: una casona en la ladera, arriba de la ciudad, a donde iban a parar los “enajenados”. El interno más célebre fue Epifanio Mejía, el poeta melancólico que pasó 36 años dentro de esas paredes, caminando y componiendo poemas. Famosa es una frase suya que estremece por certera: 

“Todos estamos locos, / grita la loca / ¡Qué verdad tan amarga / dice su boca!”. 

Otro célebre huésped del loquero fue un hombre de Barbosa que mandó una carta al Vaticano para postularse como Papa de la iglesia de Roma. Su deseo era ocupar el lugar recién dejado por Pío XI. El hombre estuvo internado poco tiempo, pues se consideró que su locura era inofensiva. 

La historia 

Medellín fue un pueblo pequeño y agricultor durante el siglo XIX. Era un lugar acogedor, envuelto entre montañas, sumamente católico. En esta centuria se inauguró el primer cementerio, el San Lorenzo, por allá en 1828. Antes de eso, a los muertos se les enterraba en las iglesias, pero la descomposición de los cuerpos supuso un problema de salud pública que se solucionó con la creación de camposantos abiertos y amplios.  

En el siglo XIX hubo locos famosos. Los enfermos mentales caminaban entonces por las calles, libres, y cometían los disparates que muchos celebraban. Entre los enfermos célebres estuvo la “Loca Dolores”, la mujer que le gritaba a Epifanio Mejía que “ todos estamos locos”. 

Pero comenzaron a llegar ideas de Europa sobre los tratamientos a las personas “enajenadas”. Las maneras de tratar los males mentales han sido muchas, pasando desde el aislamiento de los enfermos en islas hasta inyecciones de trementina para controlar delirios. 

Manicomio.
Así se ve hoy la bilbioteca de Comfama.

Con el fin de dar un tratamiento a los enfermos, el Estado de Antioquia ordenó, en 1875, la creación de una “Casa de alienados”, lo que sería el primer hospital mental del departamento. 

Los primeros años del hospital estuvieron llenos de problemas. Entre ellos, la precariedad. Así lo explica el artículo Alienismo, manicomio y psiquiatría en Medellín (1920-1946): 

“La creación de este hospital presentó  dificultades en cuanto a la atención de los pacientes;  sus condiciones económicas, el personal de atención, el acceso a medicamentos y los recursos de sostenibilidad eran precarios. La segunda mitad del siglo XIX fue importante por el movimiento que se dio en el orden de la ciudad, una de las situaciones más apremiantes fue la creación del Manicomio Departamental, dando cabida al loco y marcando con trazo no y seguro el ingreso a la modernidad”. 

El hospital se trasladó a Aranjuez en 1892 para ofrecer un espacio más adecuado para los internos. La “casa de los locos” había estado en Pichincha, en Maracaibo con Girardot y en la Playa con Córdoba. 

La historia de la Casa de los Enajenados, ya en Aranjuez donde hoy está la biblioteca de Comfama, cambió en 1920, cuando a la dirección llegó el médico Lázaro Uribe Cálad. En El alienista del manicomio: Lázara Uribe Cálad, la investigadora Liliana Toro cuenta que el director tuvo una estrecha relación con las Carmelitas Descalzas, orden que donó buena parte de los recursos para el funcionamiento del hospital. Las hermanas, además, tuvieron roles administrativos. 

La dirección de Uribe Cálad fue importante por varias razones. Bajo su mando se comenzaron a registrar las historias clínicas de los pacientes. En su administración, además, se hicieron denuncias constantes del estado del manicomio, en particular del hacinamiento de pacientes. Esto se sumaba a la mala calidad del agua que llevó a que varios pacientes murieran de diarrea. 

Uribe Cálad era alienista y en sus terapias, además de inyecciones de trementina, incluyó electrochoques. Entre los pacientes había los que sufrían de manías, como una monja de 34 años que ingresó por un delirio místico provocado por sus obsesiones religiosas. En el manicomio había casos extraños como el que cita Toro en su investigación: 

Manicomio
Entrada del hospital mental en el siglo pasado. Archivo Histórico de Antioquia.

“En 1933 ingresó un hombre de 48 años con diagnóstico de confusión mental con excitación, tenía perturbaciones mentales consistentes en la manía de pagar grandes deudas con monedas de cinco centavos, creyendo que valían cinco pesos oro y que se las habían regalado las ánimas, por lo cual se consideraba millonario”. 

El hospital mental funcionó en Aranjuez hasta la década del 60, cuando la Gobernación sugirió que los pacientes necesitaban de espacios más amplios y acordes a sus necesidades. Desde entonces el Hospital Mental se trasladó a Bello, donde funciona hoy. 

La casona de Aranjuez, por donde pasearon Epifanio Mejía y el doctor Uribe Calad, tuvo varias vocaciones hasta que Comfama la compró en 1995. 

Aunque ahora es un lugar sosegado e ideal para entregarse a la lectura, cada tanto se habla de los fantasmas del pasado. En Aranjuez se cuentan historias de horror que incluyen pacientes erráticos que deambulan por los pasillos de lo que fue la Casa de Enajenados de Antioquia. 

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Fantasmas, electrochoques y locos célebres: la historia de la biblioteca de Aranjuez

Thursday, 25 April 2024 by Exclusivo Colombia
Manicomio

La biblioteca Comfama de Aranjuez tiene una historia particular: fue el manicomio de Medellín durante 70 años.

En Aranjuez cuentan historias de fantasmas. Es famosa la de un vigilante que hacía la guardia de la noche en la biblioteca Comfama de Aranjuez, el edificio donde funcionó el “loquero” de Medellín entre 1892 y 1960. Cuentan que el vigilante escuchó un ruido y, presuroso, subió las escaleras, temblando; las paredes parecieron cambiar de forma y entonces apareció una figura humana que emergió de la oscuridad. 

La figura le hizo una pregunta al vigilante y este, al escuchar la voz, bajó de nuevo las escaleras, corriendo, temiendo por su vida. 

Hay más historias, por supuesto. El edificio donde funciona la biblioteca Comfama tiene techos altos y gruesas paredes de ladrillos. Los ventanales alargados, enrejados, le dan un aire de prisión. No cuesta mucho imaginar el lugar a comienzos del siglo XX: una casona en la ladera, arriba de la ciudad, a donde iban a parar los “enajenados”. El interno más célebre fue Epifanio Mejía, el poeta melancólico que pasó 36 años dentro de esas paredes, caminando y componiendo poemas. Famosa es una frase suya que estremece por certera: 

“Todos estamos locos, / grita la loca / ¡Qué verdad tan amarga / dice su boca!”. 

Otro célebre huésped del loquero fue un hombre de Barbosa que mandó una carta al Vaticano para postularse como Papa de la iglesia de Roma. Su deseo era ocupar el lugar recién dejado por Pío XI. El hombre estuvo internado poco tiempo, pues se consideró que su locura era inofensiva. 

La historia 

Medellín fue un pueblo pequeño y agricultor durante el siglo XIX. Era un lugar acogedor, envuelto entre montañas, sumamente católico. En esta centuria se inauguró el primer cementerio, el San Lorenzo, por allá en 1828. Antes de eso, a los muertos se les enterraba en las iglesias, pero la descomposición de los cuerpos supuso un problema de salud pública que se solucionó con la creación de camposantos abiertos y amplios.  

En el siglo XIX hubo locos famosos. Los enfermos mentales caminaban entonces por las calles, libres, y cometían los disparates que muchos celebraban. Entre los enfermos célebres estuvo la “Loca Dolores”, la mujer que le gritaba a Epifanio Mejía que “ todos estamos locos”. 

Pero comenzaron a llegar ideas de Europa sobre los tratamientos a las personas “enajenadas”. Las maneras de tratar los males mentales han sido muchas, pasando desde el aislamiento de los enfermos en islas hasta inyecciones de trementina para controlar delirios. 

Manicomio.
Así se ve hoy la bilbioteca de Comfama.

Con el fin de dar un tratamiento a los enfermos, el Estado de Antioquia ordenó, en 1875, la creación de una “Casa de alienados”, lo que sería el primer hospital mental del departamento. 

Los primeros años del hospital estuvieron llenos de problemas. Entre ellos, la precariedad. Así lo explica el artículo Alienismo, manicomio y psiquiatría en Medellín (1920-1946): 

“La creación de este hospital presentó  dificultades en cuanto a la atención de los pacientes;  sus condiciones económicas, el personal de atención, el acceso a medicamentos y los recursos de sostenibilidad eran precarios. La segunda mitad del siglo XIX fue importante por el movimiento que se dio en el orden de la ciudad, una de las situaciones más apremiantes fue la creación del Manicomio Departamental, dando cabida al loco y marcando con trazo no y seguro el ingreso a la modernidad”. 

El hospital se trasladó a Aranjuez en 1892 para ofrecer un espacio más adecuado para los internos. La “casa de los locos” había estado en Pichincha, en Maracaibo con Girardot y en la Playa con Córdoba. 

La historia de la Casa de los Enajenados, ya en Aranjuez donde hoy está la biblioteca de Comfama, cambió en 1920, cuando a la dirección llegó el médico Lázaro Uribe Cálad. En El alienista del manicomio: Lázara Uribe Cálad, la investigadora Liliana Toro cuenta que el director tuvo una estrecha relación con las Carmelitas Descalzas, orden que donó buena parte de los recursos para el funcionamiento del hospital. Las hermanas, además, tuvieron roles administrativos. 

La dirección de Uribe Cálad fue importante por varias razones. Bajo su mando se comenzaron a registrar las historias clínicas de los pacientes. En su administración, además, se hicieron denuncias constantes del estado del manicomio, en particular del hacinamiento de pacientes. Esto se sumaba a la mala calidad del agua que llevó a que varios pacientes murieran de diarrea. 

Uribe Cálad era alienista y en sus terapias, además de inyecciones de trementina, incluyó electrochoques. Entre los pacientes había los que sufrían de manías, como una monja de 34 años que ingresó por un delirio místico provocado por sus obsesiones religiosas. En el manicomio había casos extraños como el que cita Toro en su investigación: 

Manicomio
Entrada del hospital mental en el siglo pasado. Archivo Histórico de Antioquia.

“En 1933 ingresó un hombre de 48 años con diagnóstico de confusión mental con excitación, tenía perturbaciones mentales consistentes en la manía de pagar grandes deudas con monedas de cinco centavos, creyendo que valían cinco pesos oro y que se las habían regalado las ánimas, por lo cual se consideraba millonario”. 

El hospital mental funcionó en Aranjuez hasta la década del 60, cuando la Gobernación sugirió que los pacientes necesitaban de espacios más amplios y acordes a sus necesidades. Desde entonces el Hospital Mental se trasladó a Bello, donde funciona hoy. 

La casona de Aranjuez, por donde pasearon Epifanio Mejía y el doctor Uribe Calad, tuvo varias vocaciones hasta que Comfama la compró en 1995. 

Aunque ahora es un lugar sosegado e ideal para entregarse a la lectura, cada tanto se habla de los fantasmas del pasado. En Aranjuez se cuentan historias de horror que incluyen pacientes erráticos que deambulan por los pasillos de lo que fue la Casa de Enajenados de Antioquia.  

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