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El sombrerón: espantos y brujerías del viejo Medellín

Thursday, 16 May 2024 by Exclusivo Colombia
El sombrerón

Un hombre ataviado con ruana negra y acompañado de dos perros encadenados se pasea por Medellín los viernes en la noche

“¡El sombrerón! ¡El espanto y el horror de los medellinenses!”. 

Volvamos al siglo XIX, un par de décadas después de terminado el proceso de Independencia.  Era Medellín entonces un pueblito recién designado capital de Antioquia. 

Entre 1837 y 1839, dice la creencia popular, por ciertas calles del centro anduvo un personaje extraño, que aparecía en las noches de los viernes, pasadas las 8. En la crónica Espantos y Brujerías del Viejo Medellín, de Eladio Gónima, se hace una breve, pero rica descripción de ese personaje. 

El cronista nos dice que todos hablaban del sombrerón, pero nadie sabía realmente quién era o cómo se veía. Lo que sí estaba claro es que su figura causaba espanto y escarmiento en los habitantes del viejo Medellín. Así se nos describe al que es quizá el espectro más propio y abominable de la capital de Antioquia: 

“Al decir de las gentes, el Sombrerón estaba constituido de esta manera: una como figura de hombre con ruana negra, un gran sombrero, siempre jinete en una mula negra encasquillada (herrada) de los cuatro remos, llevando a lado y lado cogidos con gruesas cadenas, dos enormes perros negros, y acompañado de un fuerte viento que le servía de vanguardia”. 

Al Sombrerón se le añadieron luego otras debilidades, como perseguir a los juerguistas que bebían y jugaban en las noches. Este espanto, como la mayoría que anduvieron por las montañas de Antioquia, tiene interpretaciones diferentes en otras latitudes. En Bogotá también hubo uno como el nuestro; en Guatemala, el nobel de Literatura Miguel Ángel Asturias lo incluyó dentro de sus Leyendas de Guatemala. 

Eso no debe causar extrañeza ni causar demérito sobre la figura del sombrerón. Los mitos de América se constituyeron sobre los prejuicios de los conquistadores que, por ejemplo, aseguraron haber visto tribus de mujeres amazonas, luchadoras. Llegaron a estas tierras con sus mitos de la era grecolatina y los adaptaron. Los indígenas y los negros africanos, traídos como mano de obra esclava, hicieron su parte y aportaron sus mitos y creencias. 

Crónica sobre el Sombrerón
Esta es la crónica sobre el Sombrerón, está en el libro El periodismo en Antioquia, una recopilación de Juan José Hoyos.

Una buena muestra de ello es el personaje Pedro Rimales, que varía de nombre según el país de América Latiana. En México y Chile, por ejemplo, lleva el nombre de Pedro Ardimales. Es un personaje que llegó al continente heredado de la tradición literaria popular de España y fue adaptado a cada región. 

Pero volvamos al Sombrerón, lo que nos ocupa en este breve recuento. Dice el cronista que el espanto parecía venir de fuera de la ciudad, es decir, pareciera que su intención era entrar al pueblo únicamente a causar miedo y escarmiento entre los vecinos. “El endriago como que tenía su habitación fuera de la ciudad porque venía siempre del Camellón de la Alameda (Colombia) y nunca por otra calle”, relata la crónica. 

A diferencia de la Madremonte y otras leyendas, sobre el Sombrerón se da poco contexto. No se conocen los motivos de sus apariciones nocturnas, ni por qué anda vestido de negro y con dos perros encadenados. No hay una historia que justifique su presencia en la ciudad. Sí se sabía, por lo que nos cuenta Gónima, el recorrido que el espanto emprendía cada ocho días: 

“Llegaba al galope a la esquina de San Juan de Dios, cruzaba unas veces sobre la derecha y seguía en línea recta hasta encontrar la calle de detrás del Convento del Carmen, y llegaba a la Plazuela San Roque donde se volvía humo; otras veces continuaba su carrera hasta la Plaza, cruzaba por la calle del Comercio (Palacé), y llegaba a la Plazuela, y buenas noches”. 

Nótese que la descripción no dice explícitamente que el Sombrerón atemorizara a la gente, pero sí dice cómo se convertía en humo, al mejor estilo de un espanto abominable, para perderse en la noche y solo aparecer al siguiente viernes. 

La crónica de Gónima termina de manera humorística y dando entrada a la posibilidad de que el Sombrerón tuviera la complicidad de otros espantos: 

“Parece que en las inmediaciones del Convento tendría el Sr. Espanto su lugar de descanso ya preparado por algún otro parecido a él, con puerta abierta, bien juntada, pues nadie había oído que se abriera o cerrara”. 

Antioquia, tierra de mitos

El Sombrerón no es el único mito antioqueño. Hay mucho más, y más reconocidos, como la Madremonte, el cura sin cabeza y la rodillona. En su mayoría, son personajes que aparecen en otras culturas del continente. En Mitos y leyendas de Antioquia la Grande, libro del Javier Ocampo López, se hace un detallado recuento de cómo estas figuras míticas fueron tan importantes en la colonización antioqueña del siglo XIX. 

Un personaje muy pintoresco es el de la vieja comilona, una mujer que aparecía cuando los peones de las minas y las fincas se arrimaban a los fogones a calentar su comida. Lo llamativo de la vieja es que es inofensiva, se limita a acercarse al fuego y coger con sus manos las brasas y comerse los plátanos asados. 

Dabeiba
Esta es una representación de la diosa Dabeiba, adorada por los Catíos.

Son decenas de personajes los que se pueden nombrar, pero tal vez ninguno con la riqueza de la diosa Dabeiba, quien enseñó a los catíos a sembrar y hacer canastos, a vivir en sociedad. Vivía la diosa en lo que hoy conocemos como la subregión del Occidente, entre el Paramillo y Urabá, donde llegaron los conquistadores españoles a dejar una estela de sangre en 1538. Aunque arrasaron con casi todo, no pudieron borrar de la memoria a la diosa. 

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Diego Armando, el artista de Junín que hace arte con la magia de sus pies

Saturday, 11 May 2024 by Exclusivo Colombia
Diego Armando

Historia de un retratista que hace su trabajo con elos pies

Junín, con su pasado bohemio, reminiscencia de un esplendor perdido, se convirtió en los últimos años en refugio de artistas callejeros. Sobre una banca de madera se sienta todos los días el juglar sabanero Plutarco Urrutia, un hombre de 83 años que aún interpreta el acordeón; también está “Fernando Tiza”, un hábil dibujante que hace enormes retratos sobre el pavimento. 

Pero hay un artista que llama la atención. Se llama Diego Armando Usme, nacido en Barrancabermeja y criado en Bucaramanga y Bogotá. Diego Armando es pintor, especialista en retratos. Pero no es un pintor cualquiera. Nació sin manos y, aunque su familia quería que fuera abogado, él se inclinó por el arte desde muy joven. Con los dedos de los pies sostiene el pincel hábilmente; con el pie izquierdo sostiene el papel y con el derecho traza las líneas de expresión y borra cuando hay un error o queda inconforme con una línea. 

Ni siquiera sabe explicar qué lo primero que retrató, o cuándo lo hizo, porque es algo tan natural, tan inevitable, que lo extraño sería no hacerlo. 

Diego Armando va todas las tardes a Junín. Llegó a Medellín hace muchos años por invitación de una hermana. Pese a eso, su acento contrasta con el de sus clientes, que van pidiendo retratos mientras arrastran las eses. Diego, en cambio, dice “Mompi”, un término capitalino que estuvo en auge a comienzos de este siglo, pero que ya se olvidó. 

El pintor se sienta en un taburete pequeño, sin espaldar, y se pasa ahí la tarde, en medio del río de gente que va cambiando de sentido según la hora. En la tarde de un jueves retrata a un chamán de pelo largo. Del celular, que también manipula con los pies, ve los detalles que luego plasma en el papel. Es un retrato difícil por la cantidad de detalles de los collares que cuelgan del cuello del chamán. 

Cada tanto, el artista se detiene para ofrecer los retratos. Hay dos opciones. La primera, que el cliente se siente frente al pintor unos quince minutos. Debe estarse quieto para que el artista logre captar el ángulo de la boca, el enarcamiento de las cejas, el largor de las orejas.  La segunda opción es más costosa, porque el trabajo es más preciso. En esta, el cliente envía una foto para que Diego Armando la emule. 

Este trabajo es más demorado. Son tres días los que pasa el artista dando forma con sus pies al retrato. ¿Qué es lo más difícil? Para Diego Armando nada es difícil, solo es cuestión de concentrarse. Es algo natural, que simplemente pasa. 

Diego Armando ha pasado por muchas academias de arte. En Bogotá aprendió la técnica. Siempre tuvo el apoyo de la familia. Su madre, cuenta, también tenía vena artística, aunque no se dedicó a ello de manera profesional. Él, en cambio, asumió el arte como una manera de vida, quizá la única posible. 

El artista solía trabajar detrás del Palacio de la Cultura, cerca de la Plaza Botero, pero de ahí lo sacaron los funcionarios de Espacio Público. Por eso tuvo que irse a Junín, de donde también han tratado de moverlo. Afortunadamente para él, el ensañamiento de las autoridades ha sido con los cantantes que amplifican sus voces con bafles y no con él, un pintor que pasa en silencio la mayor parte del día. 

Los retratos que hace Diego Armando son precisos. Los hay en color y en blanco y negro, como el cliente lo prefiera. Son cientos de retratos los que ha hecho Diego Armando en su vida. Desde hace años tiene el apoyo de la Fundación de Pintores con la Mano y con el Pie, una organización que brinda ayuda y crea una red de artistas que nacieron con discapacidades. 

Diego Armando
Diego Armando va a Junín todos los días en la tarde.

Diego Armando nunca se ha sentido impedido o menos capaz; el arte es algo natural en su vida, algo como comer o secarse el sudor de la frente. 

Si alguien llegara a decirle dudar de su talento, podría responder con los versos que el compositor Adolfo Pacheco inmortalizó en una canción que grabó Diomedes Díaz en el álbum Ganó el Folclor: 

Pero usted como un reptil

agorero y ponzoñoso

dice que no pinto hermoso

que valgo un maravedí

Métase donde se meta

usted me respeta a mí

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El atrio de la catedral Metropolitana está convertido en dormidero y extendedero de ropa

Thursday, 09 May 2024 by Exclusivo Colombia
Basílica Metropolitana

Las puertas de la iglesia permanecen cerradas por cuestiones de seguridad

Las campanas doblan a las 3:45 de la tarde y la caterva de palomas se eleva al cielo. Las puertas de la Catedral Metropolitana están cerradas casi todo el día, salvo en la mañana y al caer la tarde, cuando se celebra misa.  Recostados en las puertas enormes, dormidos o alucinando, hay cuatro hombres harapientos, desorbitados, que cargan consigo costales de basura y ropa mugrosa.

Uno de ellos, descamisado, soñoliento, dice que van a abrir las puertas para la misa de 12. Pero si van a ser las 4 de la tarde, por Dios. El hombre está acostado en el atrio, junto a una de las enormes puertas. Alrededor suyo hay basura desperdigada: cajetillas de cigarrillo, botellas plásticas, pedazos de tela, el empaque de unos condones. Al hombre lo sobrevuelan varias moscas. 

—Ah, es que yo hago arte— dice el hombre, que toma un pedazo de tela y lo dobla. —¿Sí ve?—. 

Es en realidad un muchacho. A pesar de la mugre, su piel es tersa, juvenil. Dice que la Policía lo levanta cada tanto de ese lugar. Él, junto a los otros durmientes, vuelven una y otra vez al mismo lugar, con pipa de bazuco en mano.

En otra de las puertas frontales hay tres hombres. Dos están sentados, pidiendo plata a quien pase, y el otro está dormido y con la cabeza metida dentro de una caja de cartón. ¿Qué es un atrio de una iglesia si las puertas están cerradas? El atrio de la Metropolitana, la iglesia más importante de Medellín, está en el limbo, de espaldas a Dios. 

Basílica Metropolitana
Esta imagen se repite todos los días, peses a que la policía levanta a las personas que allí duermen.

Antes de que doblen las campanas, un hombre menudo llega al atrio. De un morral saca camisetas, medias y pantalones y los extiende sobre las bancas del atrio. ¿Está vendiendo ropa? No, responde, la estoy secando. Dice que vive muy cerca del parque y que lleva la ropa a una lavandería. Como no tenía dónde secarla, un día vio que alguien más extendía la suya en las escalas de las Basílica. Entonces emuló el ejemplo. 

No es el único que tiene esa costumbre. Con el cierre de las puertas y el deterioro del Parque Bolívar, el atrio se convirtió en un espacio sin uso y quedó a merced de lo que quieran hacer con él. Eso no está mal, dirá algún transeúnte con razón. Más bien, es el reflejo del caos que es Medellín. 

Hay otro hombre que también extiende su ropa mientras cose un pantalón militar. Sobre el cielo se cierne una nube negra que oscurece la tarde. Las palomas, que se cuentan por cientos, están inquietas. “Ellas presienten las lluvia”, dice otro hombre que está sentado más allá del que cose su pantalón. Una tormenta está por desatarse. 

Cuchilleros y el cierre de las puertas 

Lo que pasa en la Basílica no es nuevo. Conocidas son las historias de que los ladrillos están socavados porque los han raspado para mezclar su ripio con bazuco. El extinto periódico El Mundo publicó un artículo en 2019 en el que se cuenta la historia de una riña dentro de la catedral. En plena misa irrumpió un hombre con una navaja y detrás de él dos energúmenos lanzando palos y piedras. 

El de la navaja imploró al cura que lo ayudara, que esos dos hombres lo iban a matar. La persecución llegó hasta un ala de la catedral y ahí desembocó en una garrotera memorable. Así lo cuenta el artículo de El Mundo:

“Batalla campal, con golpes, taburetes que volaban y gritos que espantaban el silencio, aunque apenas unos segundos después ingresaron los agentes de la Policía para controlar la situación. Gresca que, de acuerdo al relato de los trágicos actores, se originó porque el de la navaja había atracado y herido a uno de los dos hombres que fueron tras él. En medio de los nervios y la incredulidad, el padre pudo terminar la ofrenda”.

Después de eso se decidió que era mejor cerrar las puertas durante el día. A los portones tuvieron que forrarlos en láminas de hierro para que la madera original no se siguiera corrompiendo con el ácido de los orígenes. Es una estampa desoladora la del atrio vacío, solo ocupado a ratos por los durmientes y sus chiros. 

Basílica Metropolitana
Como el atrio está inutilizado y las puertas de la iglesia cerradas, algunos aprovechan para extender la ropa ahí.

La Metropolitana, en un principio llamada Basílica de Villanueva, es la más grande en el mundo construida con ladrillos: un millón doscientos mil. Fue inaugurada en 1931, cuando la ciudad vivía un esplendor y en las esquinas del centro se abrían cafés y teatros al mejor estilo de la Belle Époque. 

“A la hora de la canónica de vísperas, cuando el sol calcina afuera, entro a la iglesia catedral en pos de los signos. Basílica Metropolitana de Villanueva la llaman los viejos; los jóvenes, que jamás la han visto, pasan de largo sin saber”. 

La anterior es una descripción de Fernando Vallejo en la novela El fuego secreto, una oda a la primera juventud. El protagonista, Fernando, entra a la catedral y se pregunta por sus secretos: 

“¿Qué habrá en ella y en sus anexos socavones de sombra abovedada? ¿El templo subterráneo de un secreto?”. 

El recorrido del protagonista termina en una suerte de premonición de lo que sería el futuro de la Basílica de Villanueva: 

“Único fiel en la nave mayor, en su última banca, enciendo el pequeño cigarro que traigo, ya forjado, en el bolsillo de la camisa. Y en las volutas caprichosas del humo de los hachidis, humo imperecedero, humo inefable, asciende hacia las altas bóvedas mi imploración, mi súplica”. 

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La puerta rosa, el rinconcito que esconde los tesoros ocultos de Aranjuez

Tuesday, 07 May 2024 by Exclusivo Colombia
La puerta rosa

Es un café-repostería en el que se habla de literatura, repostería y arte

Julio y Paula. Julio es pintor y muralista. Paula es repostera, escritora y cineasta. Julio y Paula son católicos y hablan de Dios con devoción. Viven en la comuna 4, Aranjuez, un barrio mítico por su literatura y por que allí estuvo, muchos años ha, el primer “loquero” de Medellín. La casa de Julio y Paula cuenta la historia del barrio, de los escritores que crecieron en esas calles faldudas. Pero primero vamos con la historia.  

Julia y Paula eran profesores. Ambos llevaban a cuestas veinte años de docencia, pero la pandemia, como a tantos otros, les cambió la vida. Paula estaba sin trabajo y, para ayudar en la economía doméstica, empezó a vender postres. Hizo canelés de Burdeos, una de sus especialidades, y dio de probar a los vecinos. La aprobación fue unánime. 

Paula ha tenido una vida prolífica. Empezó una carrera de Agronomía que no terminó; hizo una licenciatura en español-inglés, luego estudió cine y dirigió un documental que fue exhibido en Francia en 1998. Estuvo en París ese año y sintió una conexión con la ciudad, como si volviera a un pasado desconocido. Luego, caminando por los azares de la vida, lo entendió: su mamá (biológica) era francesa. Esa es otra historia, pero Paula hace hincapié en ello para explicar el porqué de su pasión por la repostería francesa. 

Julio es artista y gestor cultural. Es un hombre afable, de buen humor. Es muralista, guía turístico y buen conversador. Mientras Paula lee un diccionario gastronómico de Alexánder Dumas, Julio sirve un café y bromea; después, ceñudo, diserta sobre los talentos que Dios les dio. La pareja es muy católica y tiene inclinaciones monásticas.De hecho, la repostería moderna, dice ella, nació en los monasterios franceses y españoles. 

La puerta rosa
Los murales que hay en La puerta rosa son de autoría de Julio.

Libros, postres, murales, café, catolicismo. Todo parece inconexo, imposible de amalgamar. Sin embargo, cada cosa está puesta en su lugar en La puerta rosa, el café-repostería que la pareja abrió en 2021 para ofrecer, en primer lugar, los canales de Paula. 

Esa fue la idea inicial. En el frontis de la casa abrieron el negocio, muy pequeño, pero que pronto ganó popularidad. Los clientes no solo disfrutaban del café y un canelé francés, sino que hablaban con Julio y Paula y discurrían sobre los monasterios franceses o sobre literatura. ¿Cómo no iban a hablar de lo que los apasiona? Julio dice que Dios les dio unos talentos. Él es bueno para tender puentes, para conectar personas y hacer crecer proyectos. Ella es buena para rastrear el origen de los postres que prepara. No aprovechar esos talentos y compartilo con los demás sería un acto egoísta. 

A La puerta rosa, atraídos por el café y las conversaciones cálidas, llegaron colectivos de artistas, directivos de empresas. Un día, cuenta Julio, apareció el periodista gastronómico Lorenzo Villegas, que les hizo un programa de radio. La popularidad de su casa-café-repostería creció después de eso. Fue tanto así que otro día, sin previo aviso, llegó David Escobar, el director de Comfama. También los ha visitado Víctor Gaviria y el escritor Juan José Hoyos, quien además es de Aranjuez. 

El camino, sin embargo, no ha estado exento de dificultades. Hubo un tiempo en el que Julio y Paula perdieron el rumbo. No sabían cuánto cobrar por su trabajo y se les armó un lío cuando llegaron las cuentas de los proveedores. El negocio se quebró, pero lograron sacarlo a flote lentamente. Entonces tuvieron que reestructurar el negocio y entender que solo ellos mismos podían darle valor a su trabajo. Y que el valor no está en la plata, que es solo un móvil para el fin. 

A la izquierda, el papá de Julio, quien atiende en el café, y la derecha la pareja artífice de La puerta rosa.

Turismo comunitario 

Julio y Paula entendieron que entre sus tareas debería estar la exaltación de la historia de la comuna 4. Por eso, en las paredes de La puerta rosa está retratado el Hospital Mental, antes Casa de los Enajenados y hoy biblioteca de Comfama, donde pasó muchos años Epifanio Mejía. Julio ha plasmado de varias maneras lo que para él es Aranjuez. En los murales aparecen los buses coloridos que suben por las faldas del barrio, los vendedores ambulantes, una mujer que toma una foto con una cámara análoga. 

De esa intención de recuperar la historia del barrio nació Expedición por Aranjuez, un recorrido turístico que comienza en el Jardín Botánico y pasa por las librerías del Planetario y del Museo Pedro Nel Gómez, y que luego sube a la biblioteca Comfama para terminar comiendo un postre en La puerta rosa. 

La idea es recorrer los archivos históricos de estos lugares de la comuna 4. Hay otro recorrido un tanto más pintoresco. Se llama Me trae cositas y es un viaje a la gastronomía popular, desde los raspados hasta solteritas. En el recorrido hay una parada donde una mujer que vende empanadas hace 45 años. 

La puerta rosa está abierta para todos. Basta con llamar y reservar el espacio para pasar un rato agradable conversando sobre lo que plazca con Julio y Paula. 

La puerta rosa
En La puerta rosa hay hasta arte religioso.

El lugar está en constante evolución. En unas semanas, espera la pareja, el espacio se transformará en un Pub. No será un lugar bulloso ni mucho menos, sino un remanso para comer platos típicos de la cocina europea y tomar vino y cervezas artesanales, como en los monasterios. El café, los talleres literarios y las demás ofertas se seguirán ofreciendo. 

La puerta rosa es un lugar sui generis, un abanico de posibilidades para los visitantes. Es la casa de Julio y Paula, pero las puertas están abiertas para todos.

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El presbítero homicida y el fusilado del puente de Guayaquil: dos oscuras historias de Medellín

Thursday, 02 May 2024 by Exclusivo Colombia
Fusilado

Exclusivo Colombia recuerda dos crímenes que estremecieron a la ciudad

Este artículo recupera dos historias que estremecieron a la vieja Medellín. La primera está perdida en los comienzos del siglo XVIII, mucho antes de la Independencia; la segunda, más conocida, sucedió en 1902, después de la Guerra de los Mil Días. Comencemos. 

Corría el año de 1702 cuando el presbítero Juan Sánchez de Vargas salió a pedir la limosna. Era un sábado, día habitual para recoger el diezmo. Cuenta el Cojo Benítez, el autor de El carnero de Medellín, que el cura pasó la Quebrada y llegó a la casa de Miguel Vásquez, que entonces vivía en casa de su suegro, Lucas Morales Bocanegra. 

El presbítero entró a la casa y se encontró con una mulata, la sirvienta. Cuenta el cronista que el cura le pidió candela y, parece, ella se negó, lo que desbordó la ira del religioso que empezó a maltratar a la mujer. 

Entonces entra en acción Gertrudis Morales, la mujer de Miguel Vásquez. Vásquez también se puso furioso y le dijo a Juan Sánchez que en su casa nadie gritaba más fuerte que él. Le dijo al cura que se fuera y que procurara no hacer escándalo. Aquella villa era afecta a los chismes, más si se trataba de un sacerdote y unos ciudadanos de cierta alcurnia. 

Pero el presbítero, en vez de acatar la orden de Miguel Vásquez, acometió el ataque. Así lo cuenta el cronista: 

“Volvió el rostro a la lancera y vio la espada de Miguel Vásquez y arrebatadamente la desnudó y le acometió tirándole una violenta estocada que le pasó de costado a costado, de suerte que el herido Miguel Vásquez, sólo pudo caminar quince pies adelante, pidiendo confesión, y cayó muerto”. 

El suceso del cura homicida estremeció a Medellín. No hay muchos detalles de qué pasó luego, pues en ese entonces no había imprenta ni periódicos en la villa. La crónica del Cojo, escrita para finales de ese siglo, se basó en los autos criminales de la época. Lo que sí cuenta el cronista es que a Juan Sánchez lo degradaron de la Orden, pero él, tozudo, fue hasta Roma a pedir indulgencia. 

Puente de Guayaquil
Tamayo fue fusilado en el puente de Guayaquil. Foto: León Francisco Ruiz.

La crónica del Cojo termina de una manera que ahora nos parece inusual: pidiendo a Dios y a sus hijos que no se olviden de él. El carnero de Medellín es una fuente ineludible para conocer a la Medellín anterepublicana. El libro, lo acepta el mismo autor, no está ordenado de manera cronológica. Por otra parte, la prosa es en ocasiones descuidada y no tiene un estilo propio como del que gozó El carnero santafereño de Juan Rodríguez Freyle. 

La ejecución de Tamayo 

La segunda historia de este artículo ocurrió exactamente 200 años después de la primera. El cronista que la dejó para la posteridad fue Enrique Gaviria Isaza, testigo de la ejecución. 

Jesús Ma Tamayo, el protagonista de la historia, se casó en 1894 con María Josefa Echavarría, una mujer pobre dedicada a los “oficios propios entre gentes de su clase”. Cuenta el cronista que el matrimonio pronto se convirtió en un suplicio para esa mujer: 

“Las frases de amor y las caricias se tornaron bien pronto para ella en insultos y en golpes, a los que de cerca siguió el completo abandono en el que la dejó su marido, sin motivo ninguno, porque la conducta de ella era intachable en todos sentidos”. 

Aunque el autor promete ser un “narrador insensible” y promete remitirse a los hechos, son bastantes las ocasiones en las que siente compasión por la pareja que describe. Pues bien, resulta que en 1898 volvió Tamayo de Remedios, hacia donde se había ido a trabajar. Llegó con palabras melosas, indica el cronista, y prometió a su mujer una nueva vida conyugal. Ella, conocedora de sus artimañas, lo tomó con recelo. 

Tamayo pidió una botella de vino en una tienda y tomó un trago, luego instó a su mujer a hacer lo propio. Cuenta el cronista que después de seguir caminando, Tamayo se quedó rezagado y, escondiéndose, vació estricnina en la botella de vino. Tal parece que el hombre había traído el veneno desde Remedios. 

Ella dudó en tomar, pero Tamayo la amenazó: “Si no se toma este trago tiene que morir en la punta del cuchillo”. La mujer tomó y él le dijo: “No habrás llegado al Bermejal cuando te estés torciendo”. 

La mujer sufrió unas horribles convulsiones y una agonía que, aunque corta, fue espantosa. Tamayo simuló estar afligido para no levantar sospechas, pero ella lo delató antes de morir: “Me mató Jesús con ese trago que me dio (…) Me mataste, Jesús; no le hace. Y fue para irte con Nepomucena; irés y te casarás con ella, pero en el Cielo nos veremos”. 

Tamayo fue acusado por el asesinato de su mujer y fue llevado a la capilla, donde lo esposaron. Fue condenado a morir fusilado. En la capilla redactó su testamento y repartió su patrimonio, que no constaba más que de una suma de dinero, sin fincas ni casas ni bienes raíces. 

Lo más valioso de la crónica, amén de las detalladas descripciones, es que el escritor fue a ver a Tamayo antes del fusilamiento. Así lo describe: 

“Hombre alto, robusto, de contextura recia, fisionomía nada atrayente; la cara, un si es no, es teñida de azulado del carete, de pómulos salientes, nariz chata y pequeña, boca grande y un algo sumida, frente ancha, ojos hundidos, mirada dura”. 

El cronista prefirió permanecer en silencio antes de importunar a Tamayo con sus preguntas de periodista. Pese a que prometió ser insensible, cuando sale de la visita al condenado se siente “triste, abatido, pesaroso de haberme metido allí”. 

El cronista rememora el estallido de los tambores y el penoso caminar del condenado hacia el patíbulo, que estaba en el puente de Guayaquil. Al condenado, que se acerca al cadalso con la cara pálida, le ofrecen un trago de aguardiente que se apura de inmediato. 

En la crónica se mencionan los nombres de todos los gendarmes que abrieron fuego contra Tamayo. “Una bala entró en el cuello y dejó al descubierto el hueso que llaman de la manzana”, narra el cronista. La ejecución de Tamayo pasaría a la historia como la primera del siglo XX en Medellín, justo después del fin de la Guerra de los Mil Días. 

Estos dos casos, con 200 años de diferencia, retratan la historia de la ciudad que habría de enfrascarse en una vorágine de muerte durante la segunda mitad del siglo XX. La crónica de Enrique Gaviria Isaza termina con una escena triste que de alguna manera redime a la villa: 

“La concurrencia al sangriento drama fue, para honor de Medellín, escasa y compuesta en su mayor parte, de mujerzuelas, de borrachines y de perdidos”.

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La mala hora de los vendedores de billetes en el centro, un oficio en vía de extinción

Monday, 29 April 2024 by Exclusivo Colombia
Billetes en La Playa

Solo quedan cinco de las decenas de venteros que solían ofrecer billetes, estampillas y modenas clásicas y del mundo

La avenida La Playa hace una curva entre Junín y la Plazuela Nutibara. En ese tramo, hace años, decenas de vendedores ofrecían billetes de las más variadas denominaciones; ansiosos coleccionistas hurgaban para encontrar joyas. Ahora estamos en 2024 y el mundo, aunque sigue siendo el mismo, ha cambiado para muchos de manera sustancial. De los vendedores de billetes y monedas solo quedan cinco, todos mayores de 60 años. 

De los cinco, varios están cansados de hablar con la prensa y con los curiosos que se acercan y no se deciden a comprar. Es una tarde gris y el cielo se desgaja en un aguacero que comienza con timidez, pero que de pronto adquiere matices de tormenta tropical. La gente pasa tratando de guarecerse de la lluvia, e ignora los billetes exhibidos. La numismática parece un hábito del pasado, anticuado, vetusto, como se ven hoy tantas otras cosas que antaño provocaron pasiones. 

Uno de los cinco se llama Bernardo, un hombre blanco, viejo, de ojos grises. Usa una imitación de un sombrero vueltiao y una camisa blanca. Todos los días llega al mismo punto, en la acera, y se sienta desde las 9 de la mañana hasta las 5 de la tarde en un banquillo de plástico. En la mano derecha, manchada ya por el paso de los años, sostiene billetes viejos, de la década del 70. Eson son baratos, cuestan 5.000 o 10.000 pesos, pero Bernardo cuenta que tiene unos verdaderamente escasos que puede vender en 2 millones de pesos. Es una lástima que nadie los quiera comprar, dice. 

Billetes
Entre los billetes hay ejemplares de Arabia Saudita y Jordania.

Otro de los cinco vendedores es Joseas Torres, de 70 años, desplazado. Joseas llegó hace 23 años de Alejandría, donde era jornalero. Cuando llegó a la ciudad, cansado de trabajar en el campo, se asentó en esa esquina del centro. Desde entonces, aunque no sabe aprender ni escribir, vende billetes. 

Joseas tiene una memoria visual prodigiosa. Como no sabe leer, identifica los billetes con solo verlos. Por ejemplo, muestra uno verde, con letras árabes, y explica que es de Arabia Saudita. Los hay de Honduras, de Argentina y de Jordania. Joseas sabe el año de expedición de cada billete, de memoria. 

Aunque esos billetes son relativamente escasos, cuestan 10.000 pesos. Joseas se los ha comprado a coleccionistas que llegan al centro a vender los billetes sobrantes de sus viajes por el mundo. También están los antiguos, esos sí más costosos, que datan de antes de la década del 70. Bernardo, por ejemplo, tiene uno de 1928 que cuesta dos millones de pesos. 

Hubo un tiempo, recuerdan los vendedores, en que los billetes fueron un buen negocio. “Acá venía la gente no solo a comprar billetes, sino películas, casetes, estampillas, de todo. La gente se amontonaba y no había ni por dónde caminar”, dice Joseas. 

Ahora, lamentan los vendedores, apenas alcanza para “conseguirse la comidita”. La fiebre por la numismática ha decaído. Muchos de los vendedores de antaño han muerto y la oferta cada vez es más escasa. Joseas, por ejemplo, no tiene otra opción de sustento: “Estaré acá hasta que Dios me lo permita”. 

Billetes
Este es uno de los billetes que ofrece Joseas.

Los vendedores de billetes hacen parte de los oficios venidos a menos. También están los vendedores de películas porno que se apostan sobre el pasaje Boyacá. Ya nadie compra esas películas que hasta hace unos años eran todo un fenómeno que despertaba afición. Los digitadores, con sus máquinas de escribir, también escasean y hoy quedan unos pocos aferrándose a unos pocos clientes. Ni hablar de los fotógrafos que se pasean por la Plaza Botero en tiempos de celulares y selfies. 

¿Hasta cuándo estarán los vendedores de billetes en el centro? Nadie lo sabe, pero lo cierto es que cada vez serán menos. Joseas estará allí, literalmente, hasta que la salud se lo permita. Una suerte parecida sufrirán los otros cuatro sobrevivientes.

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Fantasmas, electrochoques y locos célebres: la historia de la biblioteca de Aranjuez

Monday, 29 April 2024 by Exclusivo Colombia
Manicomio

La biblioteca Comfama de Aranjuez tiene una historia particular: fue el manicomio de Medellín durante 70 años.

Aranjuez cuentan historias de fantasmas. Es famosa la de un vigilante que hacía la guardia de la noche en la biblioteca Comfama de Aranjuez, el edificio donde funcionó el “loquero” de Medellín entre 1892 y 1960. Cuentan que el vigilante escuchó un ruido y, presuroso, subió las escaleras, temblando; las paredes parecieron cambiar de forma y entonces apareció una figura humana que emergió de la oscuridad. 

La figura le hizo una pregunta al vigilante y este, al escuchar la voz, bajó de nuevo las escaleras, corriendo, temiendo por su vida. 

Hay más historias, por supuesto. El edificio donde funciona la biblioteca Comfama tiene techos altos y gruesas paredes de ladrillos. Los ventanales alargados, enrejados, le dan un aire de prisión. No cuesta mucho imaginar el lugar a comienzos del siglo XX: una casona en la ladera, arriba de la ciudad, a donde iban a parar los “enajenados”. El interno más célebre fue Epifanio Mejía, el poeta melancólico que pasó 36 años dentro de esas paredes, caminando y componiendo poemas. Famosa es una frase suya que estremece por certera: 

“Todos estamos locos, / grita la loca / ¡Qué verdad tan amarga / dice su boca!”. 

Otro célebre huésped del loquero fue un hombre de Barbosa que mandó una carta al Vaticano para postularse como Papa de la iglesia de Roma. Su deseo era ocupar el lugar recién dejado por Pío XI. El hombre estuvo internado poco tiempo, pues se consideró que su locura era inofensiva. 

La historia 

Medellín fue un pueblo pequeño y agricultor durante el siglo XIX. Era un lugar acogedor, envuelto entre montañas, sumamente católico. En esta centuria se inauguró el primer cementerio, el San Lorenzo, por allá en 1828. Antes de eso, a los muertos se les enterraba en las iglesias, pero la descomposición de los cuerpos supuso un problema de salud pública que se solucionó con la creación de camposantos abiertos y amplios.  

En el siglo XIX hubo locos famosos. Los enfermos mentales caminaban entonces por las calles, libres, y cometían los disparates que muchos celebraban. Entre los enfermos célebres estuvo la “Loca Dolores”, la mujer que le gritaba a Epifanio Mejía que “ todos estamos locos”. 

Pero comenzaron a llegar ideas de Europa sobre los tratamientos a las personas “enajenadas”. Las maneras de tratar los males mentales han sido muchas, pasando desde el aislamiento de los enfermos en islas hasta inyecciones de trementina para controlar delirios. 

Manicomio.
Así se ve hoy la bilbioteca de Comfama.

Con el fin de dar un tratamiento a los enfermos, el Estado de Antioquia ordenó, en 1875, la creación de una “Casa de alienados”, lo que sería el primer hospital mental del departamento. 

Los primeros años del hospital estuvieron llenos de problemas. Entre ellos, la precariedad. Así lo explica el artículo Alienismo, manicomio y psiquiatría en Medellín (1920-1946): 

“La creación de este hospital presentó  dificultades en cuanto a la atención de los pacientes;  sus condiciones económicas, el personal de atención, el acceso a medicamentos y los recursos de sostenibilidad eran precarios. La segunda mitad del siglo XIX fue importante por el movimiento que se dio en el orden de la ciudad, una de las situaciones más apremiantes fue la creación del Manicomio Departamental, dando cabida al loco y marcando con trazo no y seguro el ingreso a la modernidad”. 

El hospital se trasladó a Aranjuez en 1892 para ofrecer un espacio más adecuado para los internos. La “casa de los locos” había estado en Pichincha, en Maracaibo con Girardot y en la Playa con Córdoba. 

La historia de la Casa de los Enajenados, ya en Aranjuez donde hoy está la biblioteca de Comfama, cambió en 1920, cuando a la dirección llegó el médico Lázaro Uribe Cálad. En El alienista del manicomio: Lázara Uribe Cálad, la investigadora Liliana Toro cuenta que el director tuvo una estrecha relación con las Carmelitas Descalzas, orden que donó buena parte de los recursos para el funcionamiento del hospital. Las hermanas, además, tuvieron roles administrativos. 

La dirección de Uribe Cálad fue importante por varias razones. Bajo su mando se comenzaron a registrar las historias clínicas de los pacientes. En su administración, además, se hicieron denuncias constantes del estado del manicomio, en particular del hacinamiento de pacientes. Esto se sumaba a la mala calidad del agua que llevó a que varios pacientes murieran de diarrea. 

Uribe Cálad era alienista y en sus terapias, además de inyecciones de trementina, incluyó electrochoques. Entre los pacientes había los que sufrían de manías, como una monja de 34 años que ingresó por un delirio místico provocado por sus obsesiones religiosas. En el manicomio había casos extraños como el que cita Toro en su investigación: 

Manicomio
Entrada del hospital mental en el siglo pasado. Archivo Histórico de Antioquia.

“En 1933 ingresó un hombre de 48 años con diagnóstico de confusión mental con excitación, tenía perturbaciones mentales consistentes en la manía de pagar grandes deudas con monedas de cinco centavos, creyendo que valían cinco pesos oro y que se las habían regalado las ánimas, por lo cual se consideraba millonario”. 

El hospital mental funcionó en Aranjuez hasta la década del 60, cuando la Gobernación sugirió que los pacientes necesitaban de espacios más amplios y acordes a sus necesidades. Desde entonces el Hospital Mental se trasladó a Bello, donde funciona hoy. 

La casona de Aranjuez, por donde pasearon Epifanio Mejía y el doctor Uribe Calad, tuvo varias vocaciones hasta que Comfama la compró en 1995. 

Aunque ahora es un lugar sosegado e ideal para entregarse a la lectura, cada tanto se habla de los fantasmas del pasado. En Aranjuez se cuentan historias de horror que incluyen pacientes erráticos que deambulan por los pasillos de lo que fue la Casa de Enajenados de Antioquia. 

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Fantasmas, electrochoques y locos célebres: la historia de la biblioteca de Aranjuez

Thursday, 25 April 2024 by Exclusivo Colombia
Manicomio

La biblioteca Comfama de Aranjuez tiene una historia particular: fue el manicomio de Medellín durante 70 años.

En Aranjuez cuentan historias de fantasmas. Es famosa la de un vigilante que hacía la guardia de la noche en la biblioteca Comfama de Aranjuez, el edificio donde funcionó el “loquero” de Medellín entre 1892 y 1960. Cuentan que el vigilante escuchó un ruido y, presuroso, subió las escaleras, temblando; las paredes parecieron cambiar de forma y entonces apareció una figura humana que emergió de la oscuridad. 

La figura le hizo una pregunta al vigilante y este, al escuchar la voz, bajó de nuevo las escaleras, corriendo, temiendo por su vida. 

Hay más historias, por supuesto. El edificio donde funciona la biblioteca Comfama tiene techos altos y gruesas paredes de ladrillos. Los ventanales alargados, enrejados, le dan un aire de prisión. No cuesta mucho imaginar el lugar a comienzos del siglo XX: una casona en la ladera, arriba de la ciudad, a donde iban a parar los “enajenados”. El interno más célebre fue Epifanio Mejía, el poeta melancólico que pasó 36 años dentro de esas paredes, caminando y componiendo poemas. Famosa es una frase suya que estremece por certera: 

“Todos estamos locos, / grita la loca / ¡Qué verdad tan amarga / dice su boca!”. 

Otro célebre huésped del loquero fue un hombre de Barbosa que mandó una carta al Vaticano para postularse como Papa de la iglesia de Roma. Su deseo era ocupar el lugar recién dejado por Pío XI. El hombre estuvo internado poco tiempo, pues se consideró que su locura era inofensiva. 

La historia 

Medellín fue un pueblo pequeño y agricultor durante el siglo XIX. Era un lugar acogedor, envuelto entre montañas, sumamente católico. En esta centuria se inauguró el primer cementerio, el San Lorenzo, por allá en 1828. Antes de eso, a los muertos se les enterraba en las iglesias, pero la descomposición de los cuerpos supuso un problema de salud pública que se solucionó con la creación de camposantos abiertos y amplios.  

En el siglo XIX hubo locos famosos. Los enfermos mentales caminaban entonces por las calles, libres, y cometían los disparates que muchos celebraban. Entre los enfermos célebres estuvo la “Loca Dolores”, la mujer que le gritaba a Epifanio Mejía que “ todos estamos locos”. 

Pero comenzaron a llegar ideas de Europa sobre los tratamientos a las personas “enajenadas”. Las maneras de tratar los males mentales han sido muchas, pasando desde el aislamiento de los enfermos en islas hasta inyecciones de trementina para controlar delirios. 

Manicomio.
Así se ve hoy la bilbioteca de Comfama.

Con el fin de dar un tratamiento a los enfermos, el Estado de Antioquia ordenó, en 1875, la creación de una “Casa de alienados”, lo que sería el primer hospital mental del departamento. 

Los primeros años del hospital estuvieron llenos de problemas. Entre ellos, la precariedad. Así lo explica el artículo Alienismo, manicomio y psiquiatría en Medellín (1920-1946): 

“La creación de este hospital presentó  dificultades en cuanto a la atención de los pacientes;  sus condiciones económicas, el personal de atención, el acceso a medicamentos y los recursos de sostenibilidad eran precarios. La segunda mitad del siglo XIX fue importante por el movimiento que se dio en el orden de la ciudad, una de las situaciones más apremiantes fue la creación del Manicomio Departamental, dando cabida al loco y marcando con trazo no y seguro el ingreso a la modernidad”. 

El hospital se trasladó a Aranjuez en 1892 para ofrecer un espacio más adecuado para los internos. La “casa de los locos” había estado en Pichincha, en Maracaibo con Girardot y en la Playa con Córdoba. 

La historia de la Casa de los Enajenados, ya en Aranjuez donde hoy está la biblioteca de Comfama, cambió en 1920, cuando a la dirección llegó el médico Lázaro Uribe Cálad. En El alienista del manicomio: Lázara Uribe Cálad, la investigadora Liliana Toro cuenta que el director tuvo una estrecha relación con las Carmelitas Descalzas, orden que donó buena parte de los recursos para el funcionamiento del hospital. Las hermanas, además, tuvieron roles administrativos. 

La dirección de Uribe Cálad fue importante por varias razones. Bajo su mando se comenzaron a registrar las historias clínicas de los pacientes. En su administración, además, se hicieron denuncias constantes del estado del manicomio, en particular del hacinamiento de pacientes. Esto se sumaba a la mala calidad del agua que llevó a que varios pacientes murieran de diarrea. 

Uribe Cálad era alienista y en sus terapias, además de inyecciones de trementina, incluyó electrochoques. Entre los pacientes había los que sufrían de manías, como una monja de 34 años que ingresó por un delirio místico provocado por sus obsesiones religiosas. En el manicomio había casos extraños como el que cita Toro en su investigación: 

Manicomio
Entrada del hospital mental en el siglo pasado. Archivo Histórico de Antioquia.

“En 1933 ingresó un hombre de 48 años con diagnóstico de confusión mental con excitación, tenía perturbaciones mentales consistentes en la manía de pagar grandes deudas con monedas de cinco centavos, creyendo que valían cinco pesos oro y que se las habían regalado las ánimas, por lo cual se consideraba millonario”. 

El hospital mental funcionó en Aranjuez hasta la década del 60, cuando la Gobernación sugirió que los pacientes necesitaban de espacios más amplios y acordes a sus necesidades. Desde entonces el Hospital Mental se trasladó a Bello, donde funciona hoy. 

La casona de Aranjuez, por donde pasearon Epifanio Mejía y el doctor Uribe Calad, tuvo varias vocaciones hasta que Comfama la compró en 1995. 

Aunque ahora es un lugar sosegado e ideal para entregarse a la lectura, cada tanto se habla de los fantasmas del pasado. En Aranjuez se cuentan historias de horror que incluyen pacientes erráticos que deambulan por los pasillos de lo que fue la Casa de Enajenados de Antioquia.  

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Plutarco, el juglar sabanero que fue famoso y hoy deambula por las calles de Medellín

Saturday, 20 April 2024 by Exclusivo Colombia
Plutarco Urrutia

Tiene 83 años y está recogiendo plata para ir a México, donde sus canciones aún suenan

Plutarco Urrutia escucha dos perros en su cabeza. Uno ladra grueso y el otro  fino. Los escucha por la mañana, y a veces también canta un gallo o una paloma. Dice que eso le sucede porque hace muchos años, él no puede recordar cuántos, le echaron una brujería para enloquecerlo y dejarlo en la calle. Nada quedó de la fama de antaño, de sus canciones que se pegaron en la radio. La maldición lo dejó en la calle, cuenta, y por eso vende sus discos en Junín, sentado sobre una banca de madera y recostado sobre el acordeón.

Plutarco, tocayo del historiador romano, nació en Montelíbano cuando no existía el departamento de Córdoba. Tiene 83 años, aunque le gusta decir que tiene 70. No es capaz de organizar su vida cronológicamente, pero sí recuerda la juventud, la amistad con Alejo Durán y la llegada a Medellín, a los 20 años. 

Sentado sobre la banca de Junín, Plutarco recuerda destellos de su vida. Hay que hablarle fuerte porque ha perdido buena parte de la audición. Sin embargo, aún ejecuta bien el acordeón y canta en el tono correcto. 

Plutarco pasa todas las mañanas a Junín
Plutarco pasa todas las mañanas en Junín

—¿Cuándo aprendió a tocar el acordeón? 

—¿Qué? 

Cuando no escucha, Plutarco estira la cabeza. Lleva un sombrero vueltiao y una camisa blanca, estilo guayabera. 

—Aprendí a los catorce años porque mi tío José Domingo me dijo que tenía que ser un acordeonero famoso. 

La infancia del músico transcurrió entre Montelíbano, Ayapel y Caucasia.

—En Caucasia dormí dos años con una prima, jaja. 

Cuando hace un chiste, Plutarco se lleva las manos a la cara, como tratando de ocultar los ojos. Vacila un momento y luego ríe con amplitud, mostrando los dientes e inclina el cuerpo contra el respaldo. 

—Ya me voy, mañana vuelvo a las ocho de la mañana—, dice el músico. 

—Espere, pero cuénteme la historia. 

—¿Qué? 

Y Plutarco continúa con su juventud. Trabajó en la finca de un familiar. Vuelve a la infancia y recuerda que la abuela les pegaba con un palo. Entre todos los nietos, que eran muchísimos, la anciana se ensañaba con él; en parte, reconoce ahora, tiene que ver con que era inquieto y andaba “metido en todo”. 

Plutarco Urrutia
Una de las grabaciones de Plutarco y su conjunto.

Plutarco no menciona a sus padres, que ya murieron. En cambio, habla de José Domingo, el tío que le sentenció el futuro como acordeonero. 

—El tío fue bueno conmigo, ufff—se lanza un poco hacia atrás, y sigue recordando: — Si gracias a él me quité de encima un maleficio que me hicieron. 

—¿Un maleficio de qué? 

—¿Qué? 

Y Plutarco vuelve a sus años mozos. A los veinte llegó a Medellín. Se recuerda alegre, parrandero y tomador de trago. En ese tiempo conoció a Miguel Durán, un ícono del vallenato sabanero. Pero Miguel, dice Plutarco, no se amañó en Medellín por el frío y volvió a la costa. Él, en cambio, se radicó en la ciudad y comenzó a tocar en parrandas. 

Plutarco es un juglar en todo el sentido de la palabra. Él compone las canciones, las interpreta y toca el acordeón. Es de origen campesino, si bien no de las tierras del Cacique Upar o del Magdalena Grande, sí de las sabanas de Córdoba que antaño hicieron parte de Bolívar. Creció en un ambiente rural, propicio para la creación.  Suyas son canciones parranderas, cumbias y “paseitos” con letras picaronas. Una, por ejemplo, habla del hoyo soplador de San Andrés y de su fuerza. 

—Me dijeron que la canción era muy vulgar—dice Plutarco. Ríe y se lleva las manos a la cara, cubriéndose los ojos—. Oiga, y hay otra que dice que llegando a Montería no hay hombre que no lo pida ni mujer que no lo dé. 

Plutarco vuelve a su vida azarosamente y cuenta que fue amigo de Alejo Durán, el primer rey vallenato. Dice que lo conoció antes de coronarse. También fue amigo de Náfer, el hermano de Alejo que grabó con Diomedes Herencia Vallenata en 1976. En Planeta Rica conoció a Enrique Díaz, apodado el Tigre de María la Baja, un hombre parrandero que legó al vallenato de canciones legendarias como La caja negra y Vida parrandera. 

Sin una relación posible, Plutarco vuelve sobre el maleficio que, dice, le echó una mujer con la que tuvo tres hijos. En total, regó por el mundo catorce criaturas, no recuerda con cuántas mujeres. Algunos de sus vástagos viven en Estados Unidos y otros en Medellín, pero lamenta que ninguno le ayude. 

—Entonces esa mujé me echó una maldición y me dio una tontina en la cabeza. No podía ni caminar. 

Plutarco
Plutarco Urrutia en su paso por Monterrey.

José Domingo, el tío que le sentenció el amor por la música, lo llevó donde una bruja en Cartagena. La hechicera le pidió a Plutarco una muestra de orina para la contra. Además de que no podía caminar, escuchaba el ladrido de los perros en su cabeza; cuando tocaba el acordeón oía mal el tono y cantaba erráticamente, tanto que la gente le silbaba. 

—Esa mujé de Cartagena me alivió, pero todavía escucho a los dos perros. 

Con 83 años, Plutarco está reuniendo plata para viajar a México. Allá, dice, canciones como Buscando a Patricia todavía suenan en la radio. Cree que en Monterrey tendrá más oportunidades de tocar y de recibir el reconocimiento que merece su vida musical. En la carrera Junín vende sus discos, grabados ya hace muchos años, y espera que le lleguen las regalías por las canciones. Hubo un tiempo en que la fama, con su abrazo efímero y quimérico, lo cobijó sobre su regazo, pero eso parece ya parte de una vida pasada y perdida.  

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Odontología, consultorio médico, cantinas y hasta juguetes sexuales: las ofertas poco conocidas de la Plaza Minorista

Wednesday, 17 April 2024 by Exclusivo Colombia
Plaza Minorista

Un recorrido por la plaza popular más grande de Medellín

Un paso dentro de la plaza y el olfato anula a los demás sentidos. Huele a pescado, a carne cruda, legumbres, frutas y queso; a inciensos, a plantas aromáticas. Una vez se sosiega la nariz, los ojos se posan sobre las yucas y los ñames cáscaras ásperas, sobre los pescados de pieles tornasoladas. La Minorista es un mercado de lo absoluto. 

En un rincón de la plaza, en el bloque central, hay una miscelánea muy bien surtida. La atiende un hombre calvo, bajo, de pocas palabras, quien explica que la variedad de productos se debe a la variedad misma de la gente que frecuenta la plaza. En este negocio se venden dulces, cuadernos, peluches que van desde los 13.000 hasta los 180.000 pesos. 

Uno de los mostradores tiene lo impensado: juguetes sexuales. Hay dildos y penes de plástico; lubricantes y vaginas de goma. El hombre que regenta el lugar dice, con vaguedad, que la oferta de juguetes sexuales comenzó cuando alguien preguntó por ellos. “Hay que ofrecer lo que la gente pide”, dice el hombre, lacónico. ¿Pero, sí se venden? Dice que sí, que se los van llevando con lentitud, pero se venden. 

Es el único negocio en toda la plaza que vende juguetes sexuales. A muy pocos metros de allí se ofrecen frutas, verduras y pescado. El contraste es casi inverosímil, pero, para el hombre que atiende, es apenas normal, una cuestión de oferta y demanda. 

Muy cerca del estante con juguetes sexuales está uno de los negocios más representativos de la Minorista: el restaurante Aquí paró Lucho. Dicen los que saben que ahí se come la mejor paella de Medellín. La hacen todos los viernes y la gente llega por montones.  El restaurante es especialista en platos mediterráneos y típicos de la comida criolla colombiana. 

Plaza Minorista
Así se ve el interior de la odontología de la Plaza Minorista.

El restaurante lo fundó Luis Fernando Díaz, oriundo de Cartago, y quien vivió un tiempo en España. En el país ibérico se interesó por la gastronomía y, después de volver a Colombia, emprendió la creación de varios restaurantes, hasta dar con el definitivo en el primer piso de la Minorista. Aunque Luis Fernando murió en 2012, su hermana Fabiola continuó el legado de ofrecer un restaurante gourmet en un lugar popular. Su filosofía es que la buena comida no tenía que estar encerrada en una calle de estrato 25, ni en una milla de oro rodeada por carros de alta gama. 

El restaurante tiene una enorme demanda y es una de las razones por la que muchos visitan la plaza Minorista. Pese a estar en un lugar popular, ajetreado y muy transitado, las mesas están bien dispuestas con amplios manteles y los meseros, con elegancia, atienden a los comensales. 

Pero la plaza tiene más sorpresas. En el segundo piso hay una sucesión de bares que abren a las 9:00 de la mañana y cierran en la tarde. Son frecuentados por campesinos o coteros que terminan temprano sus labores y se sientan a tomarse unas cervezas o unos aguardientes. 

En una de esas cantinas atiende Sebastián Muñoz, un joven manager de cantantes de reguetón. Es el encargado de administrar el local, servir los tragos y poner la música. Un hombre le pide que ponga la música de Olimpo Cárdenas, mientras enciende un cigarrillo.  Se toma una Pilsen y explica que es campesino, de Palmitas, y que por eso le gustan esas canciones viejas. 

En los bares de la Minorista, como en muchas otras partes del centro, atienden mujeres jóvenes que alientan a los clientes a beber más. Se sientan con ellos y charlan largos ratos, escuchando con paciencia las historias del que está bebiendo. Las tabernas están muy cerca entre sí y por eso a veces se hacen indistinguibles las canciones populares y los vallenatos, los dos géneros que más suenan. 

Plaza Minorista
El anuncio de la odontología de Maicol Pérez.

Pero el negocio más extraño en la Minorista, y a la vez uno de los más exitosos, es la odontología de Maicol Pérez, un especialista de la Universidad CES que en su infancia fue cotero y creció en la plaza. Hoy es el dentista de quienes cargan bultos a diario. Con precios bajos ha cautivado a una larga clientela. 

Entrar al consultorio de Maicol es como adentrarse en un mundo diferente dentro de la plaza. La puerta es de vidrio y al entrar se agradece el sosiego que ofrece el aire acondicionado. El espacio es amplio y bien dividido, pulcro, con paredes blancas en las que resalta una frase de Charles Chaplin. 

Las paredes y los vidrios refulgen; en la parte superior hay televisores que ayudan a que el paciente pase el rato. Maicol saluda con afabilidad y pregunta al cliente cuál es su música favorita. Quien se recuesta en la silla, abriendo la boca para que le metan los instrumentos, olvida que está en una plaza de mercado que huele a la mezcla de todos los frutos conocidos. 

Plaza Minorista
Ya hay un consultorio mpedico en toda la plaza Minorista.

La aventura de Maicol en La Minorista, que comenzó hace año y medio, propició la llegada de otro médico. En la parte central, cerca a las oficinas de la administración, un doctor abrió su consultorio, un pequeño cubículo donde atiende a las personas de la plaza, muchas de ellas con enfermedades de riesgo como obesidad o hipertensión. Ofrece, por supuesto, tarifas a la medida para que la gente pueda acceder a sus servicios. Más que un producto comercial, Maicol y el médico ofrecen un servicio social en un lugar en el que se necesita mucha ayuda. 

En La Minorista es posible encontrar todo, desde la fruta más exótica hasta un diseño de sonrisa, desde una olla a presión hasta animales vivos. O un dildo, si es del gusto.

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