Historia del escabroso crimen que estremeció a Medellín en el siglo XIX
Seis personas fueron asesinadas en 1873 en Medellín, el primer gran crimen que se recuerda en la ciudad
La noche del martes 2 de diciembre fue una noche sumamente clara, escribiría el cronista. Era el año de 1873 y Medellín era un pueblo pequeño, a medio camino entre los valle del Cauca y del Magdalena. Los hechos que narra Francisco de Paula Muñoz, el cronista, ocurren en el Aguacatal, en el viejo camino de Medellín a Envigado. Aunque la narración comienza con la noche apacible, cercana a plenilunio, en la que el viento corría sin agitar el follaje, se va adentrando en el crimen que más estremeció a la ciudad en el siglo XIX.
Esa noche clara, Manuel Antonio Botero sintió un quejido en casa de sus vecinos, los Echeverri. Nunca supo a qué horas oyó el lamento, pero debía haber sido de madrugada, pues hacía rato se había dormido. Aunque se sobresaltó un poco, no le dio mayor importancia y siguió durmiendo.
Al otro día fue a casa de los Echeverri, a 100 metros de la suya. Quería preguntar cómo habían pasado la noche y averiguar el origen de aquel quejido de medianoche. Pero nadie le abrió. En cambio, notó que una pequeña mancha de sangre, como pincelada, se había incrustado en la puerta exterior.

Desde la ventana, cuenta el cronista, el señor Botero vio que sus vecinos dormían en la sala, sobre el suelo. No pudo precisar cuántas personas yacían, y de inmediato se fue para Medellín a dar la alerta.
En el Crimen del Aguacatal, como lo nombró la prensa de ese entonces, murieron seis personas. Medellín era una ciudad tranquila, provinciana, que crecía a la vera de un río que iba retorciéndose en sus meandros. Cuenta el cronista que, una vez inspeccionado el lugar y levantados los cuerpos, los llevaron a Medellín para procedcer con el entierro.
“Se leía la consternación en todos los semblantes y no se desprendía de la multitud más que el murmullo de los comentarios y algunas expresiones de conmiseración y de lástima”, escribía el cronista.
Ahora, entrado el siglo XXI, cuesta imaginar a la muchedumbre caminando lento, bajo el cielo posiblemente encapotado, con carruajes que arrastran seis ataúdes. Medellín se convirtió, cien años después, en una máquina de guerra y de muerte. En 1991, el año más violento en su historia, fueron asesinadas 8.954, es decir, 24 muertos al día. Las cavas de Medicina Legal no daban abasto y la gente se acostumbró a la muerte.
Pero cien años antes, en 1873, nadie estaba habituado al horror con el que habían matado a la familia Echeverri. Fueron seis las víctimas: Virginia Álvarez, de 36 años; su esposo, Melitón Escovar, de 48; Sinforiano Escovar, de 22 años e hijo del matrimonio; Juana Echeverri, de 63 años y madre de Virginia; Teresa Ramírez, de 15 años, y María Ana Marulanda, de unos 36 años, la sirvienta que llevaba 15 días trabajando en la casa.
Cuenta el cronista Muñoz que el presbítero Francisco Naranjo, capellán de la iglesia de San Blas, fue el primero en entrar a la casa. El sacerdote notó que Teresa todavía no estaba muerta. Le preguntó si quería recibir los santos óleos, pero la moribunda no contestó. Entonces, con ayuda de dos testigos, la volteó para darle la extremaunción. A paso seguido le dio un trago de aguapanela y la llevó a la cama, donde murió.

Como el caso estremeció a Medellín, los periódicos publicaban sucesivos artículos y las habladurías se apoderaron del pueblo-ciudad. Buena parte de los aldeanos culparon del asesinato a Melitón, el padre de la familia. Melitón había sido vigoroso y trabajador en la juventud, pero una fiebre le había dejado un problema mental al que llamaron “locura”.
La ciudad, entonces, se dividió en dos, los que creían a Melitón culpable y los que abogaban por su inocencia.
Así pasó un tiempo hasta que las autoridades comenzaron a sospechar de Daniel Escobar, un primo de la familia que, supuestamente, había ido a cobrarle una plata a Sinforiano.
Escovar negó su participación en la masacre, pero, después de dos semanas de interrogatorios, relató que se trabó en una pelea con Sinforiano por la plata que le debía. Entonces agarró un hacha y, con furia, dio con Sinforiano en el suelo y siguió con los demás miembros de la familia.
Escovar luego cambió de versión y dijo que los asesinatos los había cometido porque iba a robar unas joyas de la familia. Las autoridades nunca creyeron que hubiera cometido el crimen sin ayuda de nadie más, pero él no dio su brazo a torcer.
Dice la leyenda que Escovar se fugó de la cárcel y se fue a vivir a Urrao, donde se casó y se convirtió en un padre “ejemplar”.
Mucho antes de las rencillas del narcotráfico, de los enmaletados, de los desmembrados y los carrobomba, Medellín se estremeció por un asesinato infame. Nadie previó la vorágine de violencia que envolvería a la ciudad durante el siglo venidero.
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La vida de los pocos campesinos que aún cultivan en la comuna 13 de Medellín
Historia de Janeth y Alfredo, una familia que mantiene las costumbres del campo en la comuna 13
La casa de Janeth y Alfredo es de tapia; las paredes son gruesas y centenarias. Alfredo recuerda que, según le contaron, sus antecesores levantaron esa casa hace 150 años. Ahí nacieron su papá, él y sus hijos. A finales del siglo XIX no había llegado el primer carro a la ciudad, no se había construido la Basílica Metropolitana, el río Medellín tenía meandros y el Parque Berrío era una plaza de estilo español. Todos esos cambios, más la masificación de la urbe, el estallido de la violencia y la construcción del metro, a finales del siglo XX, los ha visto la casa de Jhaneth y Alfredo desde lo más alto de la comuna 13.
Jhaneth y Alfredo viven en Medellín, pero son campesinos. Se levantan a las 5:00 de la mañana, cuando el viento sopla frío, y con los primeros rayos de sol encienden el fogón de leña. Jhaneth amasa y asa las arepas, mientras Alfredo le da vuelta a los cultivos, no vaya a ser que una helada los echara a perder durante la noche.
Toman chocolate con leche, ideal para el frío de la mañana. La casa centenaria está a 2.000 metros sobre el nivel del mar, muy por encima del valle. Desde el balcón, adornado con flores de tierra fría, se columbra el valle: el estadio y la unidad deportiva, el cerro Nutibara, el Parque Explora.

Pero arriba, en la casa de Janeth y Alfredo, el ruido es un rumor lejano de la ciudad. Hasta la parte alta de Belencito, el sector Travesías El Morro, solo se escuchan las guacharacas que graznan sobre los campos. Hasta esa parte no suben carros, ni buses, ni siquiera motos. Para llegar a la casa hay que subir calles empinadas y escaleras inclinadas.
La pareja es una reminiscencia de una ciudad que ya no existe. Sobre la comuna 13 se habla demasiado, pero siempre sobre lo mismo: la operación Orión, las escaleras eléctricas, el grafitur. Es muy poco, en cambio, lo que se dice de la parte rural de la comuna, donde viven Janeth y Alfredo en su casa de tapia y paredes gruesísimas, donde levantan pollos y siembran coles.
Ellos también son habitantes de la famosa comuna 13. Vivieron el horror de la Operación Orión y el aciago final de los 90. Alfredo, apoyado sobre una de las viejas paredes de la casa, recuerda que las balaceras eran frecuentes y que tenían que meterse bajo las camas. Pasaban hasta cuatro horas ahí, inmóviles, esperando que la recia balacera menguara.
En las noches, recuerdan Janeth y Alfredo, los milicianos pasaban por los campos. Surcaban las tierras que ellos cultivaban, que sus abuelos y bisabuelos habían conseguido y mantenido durante siglo y medio. Nada podían hacer ellos, una familia de campesinos, frente a esos jóvenes indómitos que atravesaban la tierra con sangre, saliva y balas.

La comuna 13 vivió su peor época a finales de los 90 y a comienzos de los 2000. Para entonces, los paramilitares, con la anuencia de algunos mandos militares, decidieron tomarse la comuna 13 al costo que fuera. La convicción era sacar a las milicias de las guerrillas que desde hacía unos años se habían apoderado de las calles, las terrazas y las plazas de vicio.
El culmen de los años más infaustos llegó el 16 de octubre de 2002, cuando se perpetró la Operación Orión, que dejó 71 personas asesinadas por los paramilitares y 92 desaparecidos, según datos de la Corporación Jurídica Libertad.
¿Qué había pasado? ¿En qué locura colectiva se había subido la ciudad? ¿Qué era ese baño de sangre? ¿Cómo entender que la apacible ciudad de comienzos de los 30 se hubiera transformado en esa vorágine de violencia?
Esa transformación se vivió también allá arriba, donde se difumina la frágil frontera entre campo y cuidad. Janeth y Alfredo, que están tan lejos de la ciudad para algunas cosas, sintieron en carne propia esa debacle social sin precedentes.

A medida que se va subiendo por las calles de Belencito Corazón, las casas se comienzan a espaciar y aparecen parcelas verdes, barrancos y quebradas. Se escuchan los graznidos de las guacharacas y el cantar de los gallos. Es un mundo diferente, que parece más reciente y bondadoso.
En ese mundo se conocieron Janeth y Alfredo hace muchos años, no recuerdan ni cuántos. Janeth, que es buena conversadora y bromista, cuenta la historia: su mamá era amiga de la familia de Alfredo. Cuando ella nació, él tenía 17 años.
—Yo la conocí cuando ella gateaba—dice Alfredo, y se ríe.
Aunque se conocieran de toda la vida, él era tímido y no se animaba a llevar las conversaciones por otros rumbos. Hasta que un día, borracho, le propuso matrimonio. Janeth se quedó muda, pero le dijo que hablara con la mamá de ella, la futura suegra, para que le diera el visto bueno. Pactaron que así se hiciera el siguiente miércoles.
Pero Alfredo no aguantó y fue el martes a pedir la mano. Sin parapetos, con naturalidad campesina, se fueron a vivir juntos y formaron un hogar con tres hijas.

En Medellín, según la alcaldía, hay 50.000 campesinos. Están principalmente asentados en los cinco corregimientos, pero también en las laderas de la ciudad, donde se confunde lo urbano y lo rural. Se estima que son 12.000 las familias que aún viven del campo, como Janeth y Alfredo, que venden en Belencito sus arvejas, coles y fríjoles.
Su vida se parece más a las de las zonas remotas de Antioquia, aunque están a 20 minutos del centro de Medellín. No reciben ningún apoyo oficial y su vida sería más difícil si no fuera por la fundación Dame la Mano, que desde hace un tiempo los apoya.
Están lejos de las escaleras eléctricas, de los grafitis y los reflectores de las cámaras, pero son habitantes de la comuna 13 y se definen como tal. Que nadie les diga que no son los campesinos de la 13.
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Historias de la comuna 13: la fundación que cambió para siempre a Belencito Corazón
Hoy son 250 los niños que reciben a diario en la fundación Dame la Mano
Corría el año de 1984 cuando Lucía Londoño, por una invitación, llegó a la parte alta del barrio Belencito Corazón. Para entonces se estaban poblando las laderas occidentales de la ciudad. Desplazados de los pueblos de Antioquia y otros departamentos llegaban por montones a la ciudad y, como podían, levantaban casas de tablas y lonas, muy precarias. Abundaban las necesidades y el dolor se podía palpar. Entonces Lucía pensó que había que hacer algo con urgencia.
Ese fue el comienzo de Dame la Mano, la fundación que Lucía creó y que este 14 de febrero cumple 40 años. Muchas cosas han pasado desde ese lejano año de 1984. Las casas ahora son, en su mayoría, y en buena medida gracias a la fundación, de material y están bien cimentadas. El barrio, aunque periférico y en lo alto de las colinas occidentales, tiene buenas vías de acceso y transporte público. No es el vecindario de casas de cartón de hace 40 años, pero las necesidades continúan.

Dame la Mano fue creciendo y ahora tiene una sede grande, llena de salones amplios y modernos. Está dividida en dos partes, una para los niños y otra para los adultos. Son 250 niños de entre 0 y 5 años que llegan todas las mañanas a recibir un buen desayuno y una jornada de juegos y recreación.
Es un laberinto de salones. Eso se debe, explica la directora de la fundación, Paula Andrea Vargas, a que el crecimiento de la infraestructura ha sido paulatino. Dame la Mano se ha ido expandiendo y así ha tenido que comprar las casas aledañas para adecuarlas. Quien no conoce se confunde ante la cantidad de salas. En la mañana, la mayoría está llena de niños alegres que, con música o con actividades manuales, bailan y saltan.
Uno de los salones principales es el comedor. Está junto a la cocina que también acondicionó la fundación. Antes, cuenta la directora, un tercero les llevaba la comida de los niños, pero prepararla en el lugar garantiza la calidad y la frescura de los alimentos.
No es fácil atender a los 250 niños que todos los días llegan a la fundación. Los retos logísticos no son menores. Por eso, la directora cuenta que tienen que hacer pasar a los niños por grupos, pues el comedor no es lo suficientemente grande para atenderlos a todos. “Lo que hacemos para garantizar que todos coman es pasarlos de a grupos con las profesoras. Acá están desde las 8 de la mañana y les brindamos un espacio completo y seguro. Por eso separamos la parte de los adultos, que tiene otra entrada y así garantizamos la protección de los niños”, dice Vargas.

Viviendas dignas
Hace cuatro décadas, la fundación se puso manos a la obra para mejorar las viviendas del barrio Belencito. Para entonces, casi todas eran de madera. La galería histórica muestra a las familias de la época frente a fachadas precarias, apenas construidas con lo necesario.
Cuarenta años después, Dame la Mano sigue mejorando las casas de los habitantes del barrio. La fundación tiene un programa de vivienda digna que, cada año, entrega cuatro o seis casas propias, bien equipadas, para residentes del sector.
Son varias las condiciones que deben cumplir los interesados para lograr la ayuda. Lo principal es que tengan propiedad legal del lote donde se construirá la casa. Muchas veces hay un rancho que debe echarse abajo para levantar la nueva morada. La otra condición es que el lote no esté en una zona de alto riesgo, algo común en un lugar pendiente, sobre la ladera y que está surcado por quebradas.
Una de las beneficiarias de este programa fue Blanca Quintero, una mujer que está en la fundación desde sus inicios. Blanquita, como le dicen de cariño, recibió ayuda de la propia Lucía y, como se ganó la confianza de todos, luego se le dio empleo en la cocina y hoy está a punto de pensionarse.
Blanquita tenía el lote pelado y el sueño eterno de vivir en una casa propia. Dame la Mano le hizo el milagrito, como se dice, y en un par de semanas llegará a su nueva casa, una agradable vivienda bien dotada, de fachada verde, donde descansará una vez reciba la pensión y pueda descansar después de más de 40 años de trabajo.

Educación para todos
En Dame la Mano hay espacio para todos. Los adultos mayores, que generalmente viven en condiciones complicadas, reciben ayudas de parte de la fundación.
Pero otra de las líneas más importantes tiene que ver con la formación gratuita de jóvenes que, gracias a un convenio con el Sena, pueden formarse en varios programas relacionados con la industria textil, recursos humanos y la función de auxiliar administrativo. La directora cuenta que más del 80% de los jóvenes que han pasado por los programas están empleados en empresas que les abren sus puertas.
Los cuarenta años de Dame la Mano marcan la historia de la Belencito Corazón y la comuna 13. Otro habría sido el discurrir del barrio sin la fundación.
Si desea aportar o donar a la fundación, puede hacerlo a través de las líneas 604 434 45 71, 604 250 08 01 o al WhatsApp 305 370 51 70. En la página de la fundación www.damelamanofundacion.org también puede encontrar información al respecto.
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Damián, el argentino aventurero que abrió una guardería y hospital de plantas en Aranjuez
Ave de Paraíso, el nombre del proyecto, queda al frente de la cancha Ana Frank, en Aranjuez
—¿Querés un carajillo?—pregunta Damián—. Acá hacemos ocho clases de carajillos, todos con diferentes licores. ¿Querés uno, eh?
Damián es argentino y vive en Aranjuez, no la ciudad española, sino la comuna 4 de Medellín. Dio mil vueltas antes de anclarse allí. Antes anduvo en buses que cruzaban toda la Argentina. Viajó de sur a norte, de la Patagonia a Misiones, entrando en cada una de las bibliotecas públicas de los pueblos más recónditos. Pero ya antes había vivido en Río de Janeiro, a donde llegó sin hablar una palabra de portugués. En la vieja capital imperial trabajó en un restaurante, donde le prepararon una piecita, un refugio para esconderse como migrante ilegal y menor de edad.
—Te voy a hacer un carajillo con un licor especial—Damián toma una botella y la enseña—, es un trago vikingo. Vas a probar un carajillo muy particular.
Mientras el café hierve y se filtra, Damián cuenta historias que fluyen y se ramifican. Después de trabajar varios años en una empresa de transporte, estuvo en Chile compartiendo con una comunidad autónoma, cerrada, que sembraba su propia comida. Cada persona se dedicaba a una labor diaria, bien podía ser lavar los platos o sembrar maíz, e iba rotando cada día hasta completar 30 actividades diferentes.
—Mirá—dice Damián, estirando la mano con el carajillo humeante.

Las historias del argentino se bifurcan. Comienzan en San Francisco, su ciudad natal en la provincia de Córdoba, y pasan a La Paz, la capital de Bolivia. En esa ciudad, que está a 3.600 metros sobre el nivel del mar, conoció a Maira, su pareja actual y quien lo arrastró hasta Aranjuez. Maira es colombiana, artista plástica.
El carajillo vikingo, humeante, baja por la garganta y deja un sabor agradable, acaso frutal. Damián guarda buenos recuerdos de La Paz, una ciudad que, pese al frío, recuerda por la calidez humana y el trato cercano de la gente.
—En Bolivia hay 30 lenguas indígenas que persisten—, dice Damián, que camina apoyándose en un bastón. Una caída en la mañana lo dejó adolorido y bromea con que estuvo a punto de matarse—. Cristóbal Colón no descubrió América, era más bien un pirata, un delincuente al que la reina (Isabel) ya no aguantaba, ¿cierto?
Damián diserta sobre la historia de América y arguye que varios milenios antes de 1492 hubo un comercio entre pueblos americanos y africanos.

Luego del discurso americanista, Damián vuelve a su vida y cuenta que, además de botánico empírico, es escritor. Aunque ahora escribe sobre plantas, en el pasado publicó una novela de ciencia ficción. Sabiendo que la gente lee muy poco, y bastante decepcionado por ello, pensó en una manera singular y atractiva de vender el libro.
Estaba en La Paz y salió a la calle con un megáfono. Se ubicó en una esquina concurrida y anunció que un día después, en ese mismo punto, iba a estar regalando gaseosa y sánguches.
Los vecinos fueron llegando y él y Maira repartieron los sánguches. Una vez la gente se sentó y comenzó a comer, les pidió el favor de quedarse.
—Les dije que era la presentación de un libro y que escucharan de qué se trataba. Así presenté mi novela, La Atlántida de las Bermudas, de una saga que se llama Mi Viaje a Otro Mundo.
Damián hace una pausa en la vasta conversación. Charla con un cliente que llega a pedir unas cervezas y hace bromas muy a menudo. Es un mamagallista, como dicen en la Costa, y disfruta vacilar con los vecinos.
Por un chiste, precisamente, nació Ave de Paraíso, el curioso emprendimiento que montó en 2020 con Maira. Corría el tiempo lento de la pandemia, de las horas alargadas, y el argentino y su pareja veían pasar los días monótonos de Aranjuez: las motos raudas que pasan, los equipos de sonido que traquean reguetón y vallenato. Entonces se dieron cuenta de que un lote en el barrio, que se había convertido en un basurero y nido de ratas, había sido desalojado por el inquilino.
Pensaron en un sueño mutuo, un vivero que pronto tomó proporciones impensables. Luego de los días enteros de sacar basura y adecuar el lugar, un vecino pasó y preguntó qué iban a hacer en ese espacio. Damián, bromeando, le dijo, socarronamente:
—Vamos a montar una guardería de plantas.
—Listo, entonces esta semana le traigo unas para que me las cuide.
El vecino se lo tomó en serio y unos días después llevó sus plantas. Damián, sin chistar, las recibió y entonces el comentario de que habían abierto una guardería de plantas se esparció por Aranjuez. A Ave del Paraíso comenzaron a llegar plantas, algunas marchitas, y ahí el vivero se convirtió en clínica.
—Si alguien tiene una planta en mal estado—dice Damián, ahora recostado sobre un sofá—, la trae y yo le hago un diagnóstico. Le digo si se puede recuperar y empiezo a trabajar: le cambio la tierra, le echo abono, le corto las hojas. Con paciencia se va recuperando.
El cliente, como si el paciente hubiera salido de cuidados intensivos, siente un alivio al ver de nuevo las hojas verdes y vigorosas.
Damián no es botánico, pero en su vida errante ha aprendido de todo un poco. Hoy habla con propiedad sobre especies y tipos de flores, sobre el periodo de las floraciones o el abono adecuado para un arbusto, pero hubo un día remoto en que fundó la primera empresa de programación de la ciudad de San Francisco, Córdoba. Otro día, perdido en un pasado sepultado por nuevos oficios, trabajó en la cocina de un restaurante y fue oficinista.
Ave de Paraíso es muchas cosas más que un vivero. Maira da talleres de cerámica los sábados y la arcilla se cuece en hornos modernos, de gran calidad. La pareja ha ofrecido tres festivales de cine, uno de ellos sobre la violencia en América Latiana. Hasta el propio Víctor Gaviria se ha pasado por allí durante las proyecciones.
—Ave de Paraíso es un espacio para la música. Cada tanto hacemos festivales con raperos, rockeros, música reggae. Es un oasis para el ruido, un remanso abierto para todo el barrio.

Es tanto así que algunas veces han llegado a tomarse unas cervezas personas que tienen rencillas por fuera, y entonces de miran feo, se tratan con hostilidad. Damián sirve de mediador y los conmina a vivir en paz. En Ave de Paraíso no hay espacio para la violencia.
La vida errante de Damián ancló en Medellín y allí permanecerá unos años más. Después hay otros sueños, también movidos por la aventura, que hablan de un bus-cocina que recorrerá los Andes, los valles y los desiertos de nuestra América, pero para ello habrá que esperar. El presente está hecho de plantas, música, cultura y paz.
—¿Querés otro carajillo, eh?
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Contrastes de San Ignacio: cultura, libros, lectura…Licor y peleas callejeras
Aunque la plazuela es agradable y muchos pasan allí horas de ocio, preocupan el consumo de drogas y las riñas, que se han vuelto constantes
La tarde es tranquila en la Plazuela San Ignacio, centro de Medellín. Las ceibas centenarias ofrecen sombra a quienes juegan ajedrez. Un hombre lee el periódico El Tiempo, y va pasando las páginas con tranquilidad; una vendedora ambulante ojea El Colombiano, y habla sobre la situación de los vendedores. La plazuela no va al mismo ritmo de otros parques del centro, donde el desorden es la ley. Sin embargo, cada vez con más frecuencia, hay episodios que arrebatan la tranquilidad del sector.
San Ignacio está lleno de contrastes. Es sede del claustro San Ignacio de Comfama, que a finales del año pasado fue remodelado y hoy tiene un agradable teatro que acoge a los visitantes. Comfama, desde que se hizo con el claustro en 2003, ha tratado de recuperar el espacio público y de convertirlo en un espacio para todos, donde hay música, lectura, café, ajedrez y tertulia.
Y el resultado es evidente. Las mesas de ajedrez están llenas en un miércoles por la tarde. Son hombres de mediana edad los que pasan las horas allí jugando, haciendo chistes, tomando tinto. Son asiduos asistentes que van consiguiendo compañeros de juego que con el tiempo pueden convertirse en amigos.

La tranquilidad bohemia de San Ignacio contrasta con una realidad cada vez más apremiante: el consumo de licor y las riñas. Esos son problemas que llevan décadas y ninguna administración ha podido controlar, pero quienes pasan las horas en la plazuela, bajo la sombra de las ceibas o jugando ajedrez, pueden dar fe de que las cosas han desmejorado.
Gloria Inés Giménez es una vendedora de tinto y dulces en San Ignacio, donde lleva 37 años. En ese tiempo ha tenido oportunidad de ver de todo, como se podrá imaginar el lector de este corta crónica. Gloria está convencida de que la plazuela está pasando por sus peores días.
En primer lugar, dice Gloria, la administración de Daniel Quintero no hizo un trabajo juicioso con el control del espacio público, por el contrario, hubo una explosión de ventas callejeras con y sin permiso que hoy complican la convivencia en calles y parques. Por otro lado, dice la vendedora, lo que la actual alcaldía de Federico Gutiérrez ha llamado la intervención de la Plaza Botero ha tenido coletazos en San Ignacio.
Gutiérrez ordenó retirar las vallas que la administración anterior había utilizado para circundar el parque. También se dio la orden de recuperar buena parte del espacio que está debajo del viaducto del metro, muy ocupado por ventas irregulares. Así que vendedores informales y habitantes de calle que pasaban allí sus horas se desperdigaron por el centro.
Como lo contó Exclusivo Colombia en una nota anterior, muchas de esas personas fueron a dar al Parque Bolívar, donde está la Basílica Metropolitana.
Pues bien, Gloria dice que lo mismo está pasando en San Ignacio y alega que no hay personal de Espacio Público ni de la Policía:

“Han llegado acá y ellos se conocen entre ellos. Entonces van llegando y los otros los reciben, los abrazan, y un rato después están peleando”, comenta la vendedora, que continúa: “Por cualquier cosa pelean y sacan cuchillos. El otro día quedé en la mitad de la pelea y casi me tumban la chaza”.
Esa realidad se hace palpable con solo estar un rato en la Plazuela. Junto a la iglesia hay un hombre desarrapado que duerme sobre el suelo. En una de las bancas hay dos hombres más que toman de una botella de licor, que guardan en un maletín, e inhalan cocaína. Luego se limpian la nariz.
San Ignacio es un reflejo de lo que es Medellín. Esa plazuela, muchos no lo saben, resguarda buena parte de la historia de la ciudad. A finales del siglo XVIII, como lo confirma Luis Javier Villegas en un artículo recopilado en la enciclopedia Historia de Medellín, el visitador Juan Antonio Mon y Valverde encontró a la provincia de Antioquia en estado de “atraso y abandono”. Lo que más resaltó el visitador fue que, pese a que las dinámicas sociales crecían, no había establecimientos educativos y se carecía de una “escuela de primeras letras”
Luego de ires y venires administrativos se dio la orden de construir esa escuela en 1803. Ese sería el inicio de la Universidad de Antioquia.
El claustro se convirtió, durante la Guerra de Independencia, en acuartelamiento de los realistas; luego fueron los republicanos quienes lo usaron de trinchera. Más tarde, en ese mismo siglo de sucesivas guerras civiles, sirvió de escondite durante el conflicto de los Supremos.
La iglesia pasó de manos de los franciscano a los jesuitas, y por eso se adoptó el nombre de San Ignacio de Loyola. Cuentan también los cronistas de comienzos del siglo XX que muy del claustro se reunían los 13 panidas, el grupo de jóvenes intelectuales rebeldes que incluso protagonizaron una sonada pelea en ese sector.
San Ignacio es reflejo de lo que es y ha sido Medellín. Los que asisten a jugar ajedrez y los vendedores ambulantes esperan que la cultura se imponga ante el desorden que se avizora. Hacen un llamado urgente a la Alcaldía.
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Reminiscencias de ayer: los músicos que se inventaron las parrandas en el Parque Berrío
El conjunto Los Auténticos del Ritmo tocan varios géneros, desde boleros hasta rancheras
En Tik Tok hay decenas de videos de parrandas en el Parque Berrío, el más tradicional de Medellín. Las parejas van dando salticos, bailando de un lado a otro, mientras en la parte frontal, con amplificador, los músicos tocan temas parranderos o tropicales. Con el tiempo, la fiesta se convirtió en tradición, y es como si un fandango espontáneo se tomara el parque por un rato. Pero, ¿cuál es el origen de esta particular tradición?
Los bailes en el Parque Berrío son relativamente recientes. La historia la cuenta Darío García, el líder del grupo Los Auténticos del Ritmo. Darío llegó a Medellín hace 17 años, aunque no recuerda la fecha con precisión. Venía de Santa Bárbara, en el Suroeste de Antioquia. Sin saber muy bien cómo, fue a dar al parque y se sentó en sus bancas, buscando algo por hacer, pensando, con algo de ansiedad, qué sería de su futuro en la ciudad.
Los primeros días se sintió un extraño. No lo volteaban a mirar. Él, en cambio, veía que en el parque tocaban algunos músicos, pues en aquellos tiempos abundaban. Fue trabando conversaciones con los vecinos del parque, y desde entonces comenzó a hacerse un nombre.

Darío dice hoy, casi dos décadas después de eso, que es muy popular en el Parque Berrío. Allí llega todos los días, el pantalón bien ajustado, la camisa roja del conjunto, el sombrero ladeado sobre su cabeza. Su habla es lenta, engolada, con grandes énfasis en las eses. “Yo fui el que se inventó las parrandas en el parque. Eso después lo hicieron otros y lo llevaron a otros parques, pero eso nació aquí”, dice Darío.
Orgulloso, tocándose el sombrero, Darío cuenta que hace unos siete años tuvo la idea de poner a bailar a la gente. “Un día cualquiera me hice debajo de una de las palmeras del parque y comencé a tomar música parrandera. Empezamos con dos mujeres y un hombre que bailaban y dieron el ejemplo. Entonces fue creciendo hasta que llegaban 40 o 50 personas”, cuenta el músico.
<iframe width=”560″ height=”315″ src=”https://www.youtube.com/embed/3n4-JngbiuA?si=KvFKU9YZA6z2pyjh” title=”YouTube video player” frameborder=”0″ allow=”accelerometer; autoplay; clipboard-write; encrypted-media; gyroscope; picture-in-picture; web-share” allowfullscreen></iframe>Hay que decir que, si bien los bailes son recientes, los músicos del parque y del centro de la ciudad hacen parte de una tradición más antigua. Medellín ha sido una ciudad musical, y prueba de ello es que en la segunda mitad del siglo pasado fue el epicentro discográfico del país. Desde hace varias décadas los músicos han deambulado por el centro, de Bolívar a Berrío, de San Antonio a San Ignacio, ofreciendo bambucos, pasillos o canciones de música tropical.
<blockquote class=”tiktok-embed” cite=”https://www.tiktok.com/@hidroituango/video/7308397621201128709″ data-video-id=”7308397621201128709″ style=”max-width: 605px;min-width: 325px;” > <section> <a target=”_blank” title=”@hidroituango” href=”https://www.tiktok.com/@hidroituango?refer=embed”>@hidroituango</a> <p>Musica en vivo Parque de Berrio medellin " El Ventarron"</p> <a target=”_blank” title=”♬ sonido original – #HeraldoDelNorte #HidroItuango” href=”https://www.tiktok.com/music/sonido-original-HeraldoDelNorte-HidroItuango-7308397685183810310?refer=embed”>♬ sonido original – #HeraldoDelNorte #HidroItuango</a> </section> </blockquote> <script async src=”https://www.tiktok.com/embed.js”></script>Hoy son pocos los músicos que quedan. Darío y los Auténticos del Ritmo son reminiscencias de una ciudad que ha mutado en otra. Eso se hace evidente en la edad de los músicos, casi todos mayores de 60 años, y del público, también por la misma edad. “Nosotros somos el único grupo que queda acá de manera permanente en el Parque Berrío. Estamos de lunes a sábados acá, tocando de todo, desde tropicales hasta pasillos. Hay músicos que vienen, pero independientes, no se quedan acá, pero nosotros nos quedamos acá solos”, cuenta el músico.

Darío recuerda que cuando llegó había un “grupo bajo cada una de las palmeras del parque”. Por eso, dicen él y sus compañeros del grupo, la idea es no dejar morir la tradición de escuchar música en Berrío, el más importante de los parques de Medellín. “Tenemos que preservar esto, porque la música es cultura y la música no puede morir.
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Homenaje e historia de Gisela Ardila, la matrona de las tinteras del Parque Berrío
En el parque, donde estuvo 25 años, le hicieron un sentido homenaje
Gisela estuvo siempre ahí, bajo la sombrilla, cubriéndose del sol y la lluvia. Todos esos años la pasó sentada, abanicándose, alzando la voz. Siempre estuvo en pie de lucha, consiguiendo una cosa y la otra para sus compañeras. Más de una vez tuvo que enojarse y pararse en la raya para defender a las suyas, para evitar que les pasaran por encima.
Cuentan en el parque que Gisela se empezó a quejar de un dolor que le oprimía el pecho. Con estoicismo se mantuvo en su lugar, siempre luchando, con la planilla de las tinteras y los termos en las manos. Un día no pudo ir a trabajar y a las demás les informaron que la matrona de las tinteras estaba hospitalizada. Más de dos semanas estuvo en cama, muy decaída en los últimos días, hasta que su vida terminó.
Después de estar ahí 25 años, su ausencia se siente con ardor. María Ospina, una de las 430 tinteras que conforman Asotintos, dice que el Parque Berrío está de luto. “Mire cómo se ve el parque, cómo se siente la tristeza, la soledad”, dice, recordando a Gisela, a quien conoció hace 20 años.
María llegó desplazada de Abejorral y, por el azar, fue a dar al parque Berrío. Ahí conoció a Gisela, que entonces tenía una pequeña chaza en la que vendía dulces, cigarrillos y tinto. Una mañana trabaron conversación y desde entonces se hicieron amigas; pero, más que una amistad, era una relación de protección, de ayuda. “Doña Gisela fue como una mamá para mí. Ella nos daba consejos, nos conseguía cositas. En la pandemia tocó muchas puertas y a muchas nos dio mercados”, recuerda María.

Gisela fue la que soñó con que las tinteras del parque Berrío, mujeres en su mayoría cabeza de hogar, tuvieran condiciones dignas de trabajo. Aunque llevaban años vendiendo café, andaban sin garantías, sin agremiarse, y eran víctimas de un machismo agresivo, cuando no de la Policía y Espacio Público, porque ni siquiera tenían permiso para vender.
María recuerda que el parque se salió de control hace unos años. Sin autoridad, los alrededores de la estatua de Pedro Justo Berrío se atiborraron de chazas en las que se vendía licor desde la mañana hasta la noche. Las borracheras venían acompañadas de baile, de desorden, de peleas en las que se blandían cuchillos y machetes.
“Entonces doña Gisela, que tenía un temperamento muy fuerte, se tuvo que enojar con esa gente y puso la cara para que esto mejorara”, dice María. Sus hijas, las más de 400 tinteras que pasan los días deambulando en el parque, resguardándose del solo bajo la sombra de las palmeras, dicen que ahora la tarea es mantener el legado de Gisela.
Y es que gracias a esa mujer que pasó miles de horas en el parque, bajo las sombrillas, las vendedoras de tinto formaron Asotintos, una agremiación y sindicato que, con el paso de los años, no solo se ganó el respeto en el parque, sino que consiguió respaldos para hacer realidad los sueños de las 430 mujeres.

Asotintos tiene un local desde hace siete meses. Está detrás de la Candelaria. Es un espacio pequeño, humeante, donde todos los días hacen olladas enteras de café humeante, bien negro, pero con panela, que los transeúntes van consumiendo en el transcurso de mañana y tarde.
Ese fue un paso importantísimo para las tinteras, pues ahora no tienen que estar comprándole el café a terceros. Son cientos de termos de tinto los que se venden todos los días; ni siquiera ellas pueden calcular la cantidad, o al menos estimarla.
Gracias al sueño de Gisela y de muchas otras compañeras, dice María, muchas de las tinteras han tenido acceso a formación técnica y empresarial. La Corporación Interactuar y el Club Rotario de Medellín hicieron una alianza para formarlas y ofrecerles mejores oportunidades.
En ese proceso surgió otro sueño: construir un acopio para distribuir los centenares de termos repletos de café. Gisela se fue con ese sueño en mente, recuerda María, la última de las tinteras que habló con ella, la matrona afable de sonrisa amplia que pasaba las horas bajo la sombrilla.
Con su muerte, el sindicato quedó acéfalo y aturdido. Entre las tinteras reina la incertidumbre, pero una cosa tienen clara y es que Asotintos, en honor a Gisela y a las que siguen luchando en este mundo, debe continuar.
Por eso, este viernes 26 de enero se hizo un sentido homenaje a la matrona en el parque Berrío. Con música, un altar, globos y aplausos se despidió a Gisela. Ella se había hecho inseparable de ese lugar. En 2021, el metro de Medellín expuso una foto suya en los bajos de la estación. Gisela aparece con una blusa roja, sonriendo con amplitud, con dos termos de tinto y una planilla en sus manos.

“Por más de 25 años doña Gisela Ardila vendió tintos en Parque Berrío. En todos estos años trabajó por la dignidad y el bienestar laboral de las mujeres tinteras, quienes se unieron para crear Asotintos, una asociación que integra a más de 400 mujeres”. Con este mensaje, el metro se despidió de la matrona de los tintos.
Aunque Gisela ya no está, seguro quedará en la memoria colectiva la figura de aquella mujer afable, a veces un tanto regañona, que pasó miles de horas vendiendo tintos y tramando un sueños que ahora es sueño de más de 400 personas.
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El Hotel Nutibara tiene una nueva vida con café bohemio en su terraza: esta es la historia
La idea es recuperar el sector y darle vida al hotel, ícono de la “Belle Époque” de Medellín en el siglo XX.
La tarde es cálida y el sol se filtra entre las palmeras. El bochorno agobiante no se siente en el tercer piso del Hotel Nutibara, en cambio, la brisa es fresca, envolvente, evocadora. Desde la terraza se ve el metro, que pasa raudo, el Palacio de la Cultura, y se columbran las montañas del occidente. Abajo, sobre el pavimento caliente, caminan miles de personas con rumbos azarosos. Arriba la vida va más lento, más apacible.
Esa pequeña descripción encierra lo que es La Dolce Vita, el café recién inaugurado en el mítico Hotel Nutibara. La historia del café, donde se ofrecen cocteles exóticos, panadería fina y cafés gourmet, no es menor.
Andrés Angarita es el gerente del Nutibara y, desde que llegó al cargo, se dio a la tarea de recuperar ese ícono de la ciudad que fue inaugurado en 1940, después de la pequeña Belle Époque que vivió Medellín en los años 30, pero que con las décadas decayó como lo hizo todo el centro, y sobre su reputación se cirnió una nube oscura.

En el Nutibara estuvo Jorge Eliécer Gaitán en 1947, un año antes de su asesinto, y se tomó una foto en la terraza, muy de cachaco él, muy posudo, con la Basílica Metropolitana de fondo; unas décadas después se alojó Pelé allí, y conocidas son las anécdotas y los cuentos de un Zubeldía que caminaba por los pasillos y por el Lobby, a veces hablando de fútbol, otras veces de hípica.
Pero el hotel, como todo el centro, sufrió la presión de una ciudad que se desbordó, en la que se enquistó la violencia. El nuevo milenio ha sido malo para el hotel. Andrés, el gerente, cuenta una anécdota que retrata muy bien cómo la fama se vino a menos. Para los conciertos de Carol G, a comienzos de diciembre de 2023, la ocupación del hotel fue del 100 por ciento. La gente llamaba a reservar y tenían que decirle, con pena, que todas las habitaciones estaban vendidas.
Pero muchos llegaron y se aterraron con los alrededores del hotel: habitantes de calle, drogadicción, cerros de basuras, un ruido ensordecedor. Muchos se negaron a dormir allí, donde hace muchos años durmieron el rey Pelé y el negro Gaitán. “La ocupación cayó hasta el 75 por ciento por la gente que decidió irse, y eso es muy triste, porque nosotros trabajamos por el centro, pero nos queda imposible, como privados, manejar el tema del espacio público, de los venteros sin permiso, del perifoneo”, cuenta el gerente del hotel.
La administración de Quintero prometió mucho con el centro, pero los resultados, a la vista de todos, fueron más que pobres. El gerente dice que con la administración actual, la de Federico Gutiérrez, ya tuvieron varias reuniones para hablar de la importancia de recuperar el centro, en especial el centro histórico, que encierra la Plaza Botero, el Parque Berrío y el Hotel Nutibara.
La Dolce Vita
La obsesión de Andrés Angarita ha sido recuperar el sector, que vuelvan a florecer los restaurantes, los cafés especializados, las cafeterías finas. En ese empeño llevó una idea a la junta: convertir la terraza del tercer piso del hotel en un café gourmet. Los dueños le dijeron que no debían ampliar la línea de negocios y que lo mejor era arrendar el lugar para que un tercero lo operara.
Entonces Andrés, con la terquedad por recuperar el centro y el hotel, decidió invertir él mismo en el café. Consiguió un administrador, un mostrador para exponer los productos, y un chef que se encargó de la coctelería. “La idea es ofrecer un lugar diferente, que no se venda el mismo tinto, sino un café gourmet, un cocktail con ingredientes exóticos. Es darle vida de nuevo al centro”, comenta el gerente.

Esta no es la única iniciativa de ese tipo. Desde hace unos meses, algunos restaurantes de Provenza han abierto sucursales en Plaza Botero. Es una apuesta por ofrecer, de nuevo, espacios de esparcimiento sanos en un lugar en el que la explotación sexual, el ruido y las drogas lo conquistaron todo.
El café Dolce Vita abrió este 20 de enero a las 2:00 de la tarde y promete darle nueva vida al Nutibara, que durante tantos años agonizó en medio de un ambiente convulso y decadente.
El horario del café es de 9 a 9 todos los días, pero los fines de semana será hasta más tarde, pues la intención también es darle vida nocturna al sector. Los fines de semana habrá música en vivo, toda clase de música, desde rock a son cubano. Será una reminiscencia de los tiempos ya pretéritos en que Lucho Bermúdez y su orquesta amenizaban las noches en el Hotel Nutibara.
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El robo de una perrita que terminó en persecución policial, extorsión y falso secuestro
Esta historia deja reflexiones sobre el aumento de delitos sensibles en la ciudad
Siete horas de angustia vivió Laura Acosta. Todo comenzó el pasado 2 de enero, a las 7:46 de la mañana, en Itagüí. Ese día, con el letargo del año nuevo, empezó con el pie izquierdo. A la hora señalada, un carro negro pasó por el gimnasio Oasis, propiedad de Laura y su novio. Nadie notó la presencia del vehículo. El conductor, supieron después, se bajó con naturalidad y, en un descuido de segundos, aprovechó para llevarse a Brandy, la perrita de Laura. Entonces comenzó una persecución que tomó rumbos inesperados.
Al papá de Laura, que estaba en el gimnasio, una vecina le advirtió que un hombre había subido a Brandy a un Chevrolet negro. La mujer recordaba el número de la placa del vehículo, pero no las letras. Con esa información llamaron a la Policía, que empezó a monitorear las cámaras de seguridad para hacer seguimiento al carro, pero en un punto perdieron el rastro y la zozobra se acrecentó.
Desesperada, Laura subió un video a Instagram contando el robo de su mascota. De inmediato comenzó a recibir llamadas y mensajes. A las 9:00 de la mañana, solo dos horas después de que el carro negro se paseara por el gimnasio, un hombre se comunicó con Laura y, de una manera convincente, le dijo que tenía a Brandy en su poder. Dijo que no quería extorsionarla para devolver a la perra, pero que su situación económica era compleja. Sus palabras, recuerda Laura, sonaron convincentes.
Finalmente, después de muchos ambages, el hombre dijo que necesitaba que le hicieran una transferencia por 800.000 pesos para devolver a Brandy. Dio más señas, que en el momento no parecieron extrañas: que dos personas fueran por la mascota al parque de Itagüí, y que allí hicieran la transferencia. Otra vez, el hombre hablaba con ambages, pero sonaba tan convincente, y Laura estaba tan desesperada, que era la tabla de salvación a la que había que aferrarse.

Antes de las 10 de la mañana estaban ella y su papá en el parque de Itagüí, como lo había indicado el hombre que decía tener a Brandy. “Ahí nos hizo una llamada y nos conectamos los tres y nos empezó a dar indicaciones”, cuenta Laura. El hombre, del otro lado de la línea, le dijo a Laura que fuera dos cuadras abajo del parque. “La llamada estaba aislada, nos dimos cuenta después, y yo no escuchaba lo que le decían a mi papá. A él lo mandaron para otro lado”, sigue Laura con su relato.
De manera paralela, mientras los dos estaban siguiendo indicaciones en el parque de Itagüí, el hermano de Laura salió a buscar al carro negro en el que habían subido a Brandy. Ya sabían, gracias a la Policía, que el conductor había tomado hacia la loma de los Zuleta, también en Itagüí. Él mismo fue a buscarlo y lo encontró.
“Otra vez, el hombre hablaba con ambages, pero sonaba tan convincente, y Laura estaba tan desesperada, que era la tabla de salvación a la que había que aferrarse”.
Pero volvamos con Laura y su papá, que quedaron en el parque de Itagüí. Del otro lado de la línea, el hombre comenzó a presionar para que se hiciera la transferencia. “Entonces dijo que tenía retenido a mi papá y que tenía que entregarle la plata para que lo liberaran con la perrita. Ahí me entró la desconfianza”, cuenta Laura.
Siguiendo el instinto, invadida por el miedo y nublada, Laura le contó lo que estaba pasando a un policía que por allí patrullaba. Por las cámaras de seguridad buscaron a su papá, indicando cómo iba vestido, y se dieron cuenta de que no lo habían secuestrado. Era una estratagema del hombre del otro lado de la línea, un extorsionador que nada tenía que ver con Brandy, cuyo único “mérito” fue haber visto la publicación de Laura en redes sociales.
Acá vuelve el hermano de Laura a la historia. Una vez localizó el carro negro, llamó a la Policía y entonces se desató una persecución hasta el barrio Boston de Medellín. A Brandy la habían llevado a un criadero y ahí, sin escrúpulos, la habían vendido a otra persona. De nuevo, la Policía comenzó la persecución hasta el barrio Manrique, donde encontraron al comprador.
Brandy volvió a casa pasadas las 2:00 de la tarde, después de siete horas de angustias, de un supuesto secuestro, de un intento de extorsión y una persecución a través de las cámaras.
La historia de Brandy no es una mera anécdota. La extorsión es un delito en aumento en Medellín y el Valle de Aburrá. Aunque en este caso no hubo secuestro, bien pudo haberlo en el parque de Itagüí. Laura bien dice que en esta historia se cometieron dos delitos diferentes. Primero, el hombre que pasó en el carro y se robó a Brandy; segundo, la extorsión perpetrada por quienes vieron la publicación de Instagram.
“La historia de Brandy no es una mera anécdota. La extorsión es un delito en aumento en Medellín y el Valle de Aburrá”.
Solo el año pasado (hasta el 25 de diciembre) se denunciaron en Medellín 831 casos de extorsión, 183 más que en el año anterior. Es decir, el delito incrementó en un 28%. Eso sin mencionar que los secuestros se aumentaron en un 60%.
El caso de la persona que se llevó a Brandy, y que al parecer trabaja en una plataforma de transporte, está en conocimiento de la Policía. A Laura le preocupa que esta persona siga por ahí trabajando en su carro, merodeando y al acecho.
Laura accedió a contar esta historia a Exclusivo Colombia para dejar constancia de una situación que le puede pasar a cualquiera en el valle de Aburrá.
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¿En manos de quién está la seguridad de Medellín?

Manuel Villa Mejía es abogado, especialista en economía, con perfil de administrador, no obstante, hoy está al frente de la seguridad en la ciudad más compleja del país.
En las primeras dos semanas de 2024 en Medellín han aumentado en casi un 50% frente a las mismas dos semanas de enero de 2023, no obstante, la diferencia es de cuatro casos, las cifras son aún muy cortas como para determinar una tendencia estadística, como la que muestra el Sistema de Información para la Seguridad y la Convivencia.
No obstante, en estas semanas, al frente de la Secretaría de Seguridad y Convivencia se encuentra un abogado, mano derecha del Alcalde Federico Gutiérrez. Manuel Villa Mejía, quien fue Secretario privado del popular “Fico” en su primera alcaldía, jefe de la campaña presidencial del mismo y uno de los fundadores del partido “Creemos”, es el séptimo Secretario de Seguridad y Convivencia en la historia de la ciudad, con antecesores que han dejado marcas muy importantes, el más reciente, el Brigadier General (RA) José Gerardo Acevedo Ossa, que en medio de la más polémica e impopular alcaldía de la historia, deja las cifras más bajas de homicidios en Medellín en 40 años.




Pero el Secretario Villa Mejía no está solo. El recién nombrado Subsecretario Operativo de esta Secretaría es nada más y nada menos que el Brigadier General (RA) Pablo Ferney Ruiz Garzón, excomandante de la Policía Metropolitana mal recordado por el incidente de la captura de alias “Manolo”, presunto abusador de varios niños en un jardín de “Buen Comienzo”, que se entregó en la Estación de Policía de Yarumal tras ser intensamente buscado, pero que por un error en el informe policial, el General Ruiz, dijo públicamente que se había capturado tras la persecución de las autoridades.
Sepultado el incidente, literalmente tras la muerte de “Manolo” en la cárcel, el General Ruiz vuelve a la ciudad y con los movimientos de las primeras semanas de enero, es innegable que hay un interés por mostrar resultados rápidamente.
En 12 días, según cifras de la Secretaría de Seguridad, Fueron dispuestos más de 150 uniformados para la realización de planes especiales de registro, control y solicitud de antecedentes, implementando 6 puestos de control diarios en articulación con Secretaría de Seguridad y Secretaría de Movilidad en más de 23 puntos estratégicos de la ciudad.
Además, se han realizado intervenciones especiales en la Plaza Botero, en el Parque Lleras y en 5 comunas. Se desplegó una actividad con pocos antecedentes para el control del orden público en Manrique, Aranjuez, en el Centro de Medellín, se intervino el Skate Park de la 4 Sur y hasta se reforzó con el Ejército la vigilancia en los corredores de ingreso y salida de la ciudad. Por lo menos, en el comienzo, la “escoba barre bien”.
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