El médico que ha practicado más de 2 mil trasplantes en Medellín
El Dr. Jorge Gutiérrez revela en Exclusivo Colombia que ha participado en 1,700 trasplantes de riñón y decenas de procedimientos con otros órganos.
Jorge Iván Gutiérrez Montoya, cirujano de trasplantes del hospital San Vicente Fundación de Medellín egresó de la facultad de medicina de Medicina de la Universidad de Antioquia, en enero de 1990 y hace 33 años se ha dedicado a salvar vidas, bajo una de las misiones más complejas de la ciencia: los trasplantes.
No ha hecho uno, dos o diez procedimientos. El destacado profesional que está muy cerca de recibir su jubilación reveló a Exclusivo Colombia una impactante cifra: “he participado en 1,700 trasplantes de riñón, unos 500 de hígado, 20 de páncreas, hice el primer trasplante de intestino en este hospital en 2004 y he estado por ahí en unos 10 ó 15 más. Con la clínica CardioVid hacíamos trasplantes combinados, el paciente de ellos con falla cardiaca: ellos hacían del corazón y nosotros del riñón”.

A diario, su misión es en el quirófano. Dice que no le importa retirarse de reuniones familiares o suspender las vacaciones cuando el deber lo llama “los trasplantes para mi lo son todo, es lo que me mantiene con energía cada día. Hacer un trasplante es como un vuelo en paracaídas. Me produce la mejor satisfacción del mundo”.
Para el profesional Jorge Iván su profesión es un apostolado: “a mi me pueden llamar a media noche y yo no tengo problema con eso. Yo salgo desde donde esté. Puede ser 31 de diciembre, es una vida la que me necesita”. El doctor Gutiérrez, dice que no hay nada que compense
“Hace dos días trasplanté a un niño indígena de 9 años. El menor está en Medellín con el ICBF, asignado a una madre sustituta”, puntualizó el médico.

¿Recuerda algún caso que no haya sido exitoso?
Le pasó con un chico de 15 años que lo llevan por un acné, le habían mandado Acetaminofén y Trimetropín, que es muy tóxico al hígado. El menor empezó con fiebre, muy indispuesto y lo llevaron al médico general y él les dijo que lo que tenía era una infección. El muchacho sufrió una infección hepática aguda que terminó en un trasplante y cómo a los 8 días reportó otra falla, necesitamos trasplantar de nuevo porque ese hígado se dañó de nuevo, no había disponibilidad y falleció”.
Practicar trasplantes ha sido un carrusel con las emociones más extraordinarias que le ha regalado la medicina al doctor Jorge Iván quien, sentado en un escritorio contó que se siente orgulloso de contribuir en la calidad de vida de decenas de pacientes. “Yo estoy haciendo el curso de pre-jubilación, me faltan 7 meses para jubilarme. Pero en este último año me he puesto a pensar que esto es lo que yo amo y el hospital ya me hizo una propuesta para continuar. Yo me quiero quedar unos 5 años más”.
Medellín: 30 años después de Pablo Escobar
¿Qué falta por decir?
Cada 2 de diciembre, sin falta, se desata la memoria de los medios entorno a la muerte del narcotraficante más temido, la misma memoria que Medellín quiere enterrar de una vez por todas arrasando con cualquier vestigio de su otrora imperio criminal intocable.
¿Qué queda? ¿Quiénes son sus “herederos”? ¿Cómo ha cambiado la ciudad que azotó en los 90? Exclusivo Colombia investigó ese último pedazo de la historia en la que Medellín, con números en la mano, muestra que ya no es la casa del “Patrón”.
El 20 de octubre pasado la guerra contra Pablo Escobar, 30 años después de su muerte, tuvo un nuevo capítulo. La Fiscalía General de la Nación ocupó una de las últimas propiedades conocidas del capo muerto a tiros el 2 de diciembre de 1993 en un tejado cerca al Estadio Atanasio Girardot. La llamada “Casa Museo Pablo Escobar” no fue más.
La propiedad de $12.000 millones, administrada por Roberto Escobar, alias “El Osito”, hermano del capo y quien apareció cientos de veces en los carteles de los más buscados, pasó a manos de la Sociedad de Activos Especiales, después de que la Fiscalía pudiera evidenciar que había pasado en modalidad de testaferrato a una mujer que aparecía como dueña, pero quien la ocupó por décadas fue el mismo “Osito”, quien había logrado un lucrativo negocio exhibiendo artículos del extinto Pablo Escobar a turistas y vendiendo su libro “Mi hermano Pablo”, al que llama un “Bestseller”.
Fue el quinto de los intentos fallidos por arrasar ese vestigio de la memoria de Escobar. En julio pasado, por orden de la Inspección de Policía 9B y con luz verde de la Secretaría de Seguridad y Convivencia de Medellín, se realizó la demolición de la parte construida ilegalmente dedicada al museo, no obstante, la propiedad siguió funcionando y los turistas llegando.





En Medellín han insistido en borrar toda huella Pablo Escobar. El icónico edificio Mónaco fue derribado hasta los escombros en febrero de 2019, hoy allí se encuentra el Parque de la Memoria, en pleno corazón de El Poblado, la cárcel La Catedral hoy es un refugio para adultos mayores de Envigado, el “Barrio Pablo Escobar”, nunca ha existido con ese nombre en los mapas.
“Es un lugar muy significativo, por el edificio que había aquí construido. Una historia de mucha violencia, mucho dinero. Espero que sigan con su lucha, antes era una zona de guerra y ahora es una zona que puede ofrecer mucho al turismo”, dice Óscar Martínez, un mexicano que pasea en el Parque de la Memoria.
Al lado, un guía turístico dice a unos norteamericanos: “Pablo era un Robín Hood para nosotros, fue uno de los hombres más ricos del mundo y lo persiguieron por muchos años”. Borrar la huella de un criminal parece más difícil así, pensaría cualquiera.



30 años de lucha contra el mito: los números de la guerra paisa
El mismo día que el otrora “Patrón” cayó en el tejado de esa casa del barrio Los Olivos, se generó el primer mito: “Pablo se suicidó”. Esa afirmación fue desmentida no solo por los exámenes post mortem del cadáver, sino por el mismo tanatólogo que preparó el cadáver, Omar Cardona, quien descartó la huella o tatuaje de pólvora, de alguien que se dispara a quemarropa. Escobar murió por disparos oficiales, según afirma en su propio libro el entonces coronel del Bloque de Búsqueda, Hugo Aguilar Naranjo.

Desde entonces la ciudad se ha enfrentado a todo tipo de mitos, incluso, se ha dicho que fue un montaje y que sigue vivo en alguna isla del Caribe. Se hablaba de su fantasma en el edificio Mónaco, de sus “guacas” enterradas en sus propiedades, de los testaferros que huyeron con millones de dólares, entre muchos otros.
Lo cierto, es que con los años se han conocido, más allá de los mitos, las cifras de lo que significó el capo en la ciudad. Exclusivo Colombia tuvo acceso a las más recientes mediciones comparativas en términos de homicidios, que muestran por qué hoy Medellín no es más la zona de guerra que era en los 90.
Según el Sistema de Información para la Seguridad y Convivencia de Medellín (SISC), con cifras validadas por el Instituto Nacional de Medicina Legal, en 1991 se registraron 6.809 homicidios. Esto quiere decir que se produjeron 18.6 asesinatos cada día, convirtiendo a Medellín no solo en la ciudad más violenta del mundo, sino en la ciudad capital sin declaración de estado de guerra, con más muertes del siglo XX.
Según fuentes judiciales, se calcula que a nombre de Escobar se produjeron 623 atentados en todo el país, explotaron más de 200 carro bombas, se asesinaron 550 policías y la guerra declarada del Cartel de Medellín al Estado, produjo entre 15.000 y 16.000 muertes, la mayoría entre 1989 y 1993. Solo como resultado de los múltiples ataques con explosivos, se produjeron 402 muertes y más de 1.700 heridos.
Medellín era el epicentro de la peor era de la violencia generada por un cartel delincuencial en el mundo.
“Primero hay que felicitar a los ciudadanos de Medellín. Fueron épocas muy violentas. Por la resistencia que han tenido, por poder asumir ese dolor y convertirlo en alegría y felicidad. Devolvernos en el tiempo es triste. Este individuo tenía el poder en la ciudad, es muy maluco hablar de esto. Yo a este señor no me gusta nombrarlo, por que aún sufrimos las consecuencias. Hoy en día la situación es muy diferente, esta ciudad no aparece ni en las 50 ni en las 100 más violentas del mundo. Esto obedece al compromiso de los ciudadanos que han podido resistir a estos hechos de violencia”, dice el Brigadier General (RA) José Gerardo Acevedo Ossa, actualmente Secretario de Seguridad y Convivencia de la ciudad.
Según la Organización Seguridad, Justicia y Paz, de México, que realiza anualmente el listado de las ciudades más violentas del mundo, Medellín no aparece en la lista de las 50 desde el 2015 y este año 2023, el penoso listado lo lidera la ciudad de Colima, en México, con una tasa por cada 100.000 habitantes de 181 casos. La capital de Antioquia llegó a tener una tasa de 395.5 casos por cada 100.000 habitantes, casi tres veces más, en 1991.
Hoy como Distrito, según el SISC, Medellín terminará el 2023 como el año menos violento de su historia, con una tasa de homicidios de aproximadamente 13 casos por cada 100.000 habitantes y menos de 400 asesinatos acumulados durante el año, lo que equivalía a la cifra de tres semanas en promedio, cuando arreciaba el poder criminal de Pablo Escobar y el Cartel de Medellín.
La herencia criminal
En la actualidad las principales organizaciones criminales del Valle de Aburrá, entre ellas la conocida “Oficina de Envigado”, organización delincuencial que, de acuerdo con los informes judiciales de la Fiscalía General de la Nación, se creó justo después de la muerte de Pablo Escobar, se encuentra en negociación con el Gobierno Nacional para un posible desarme y sometimiento.
Sus principales cabecillas se encuentran privados de la libertad. Juan Carlos Mesa Vallejo, alias Tom. calificado por las autoridades como último jefe que tuvo “La Oficina”, pedido por los Estados Unidos, y capturado en 2017, también Juan Camilo Rendón Castro, alias Saya, vocero de “La Terraza”, condenado en 2014, Alberto Antonio Henao Acevedo, alias Albert, de “Pachelly” y Freyner Ramírez García, alias “Pesebre”, líder de la banda delincuencial de “Robledo”, entre otros más, están representando una especie de cuerpo colegiado, que a su vez dependió alguna vez de la misma cabeza criminal: Diego Fernando Murillo Bejarano, alias “Don Berna”, creador de “Los Pepes” (Perseguidos por Pablo Escobar) y escritor de su libro “Así matamos al patrón”, en el que se atribuye la muerte de Pablo Escobar y se nombra como heredero único del poder criminal en la ciudad.

Tras su extradición en 2008, alias “Don Berna” purga una condena de 31 años de prisión en una cárcel de máxima seguridad en Estados Unidos.
Así, de acuerdo con la información más actualizada de los organismos de Inteligencia policial y de la Fiscalía General de la Nación, ha ido mutando la criminalidad, bajo la herencia que dejó Escobar en una ciudad que aún tiene que resolver el problema de tener el 43% del total de los Grupos Delincuenciales Organizados del país.
Exclusivo Colombia tuvo acceso a un informe de Inteligencia actualizado y que se realiza cada año entre las principales autoridades del Valle de Aburrá, basado en las investigaciones adelantadas por los grupos que luchan contra el crimen organizado. Según dicho informe que se denomina “Inventario Criminal Unificado”, actualmente en esta región se han identificado 93 estructuras de crimen organizado, entre ellas 10 grupos de primer nivel con unos 2.600 integrantes.
Este informe señala la existencia de cuatro estructuras que agrupan la totalidad del poder criminal: el llamado “Cuerpo Colegiado de La Oficina”, la “Alianza de Estructuras Criminales”, el conocido como “Outsourcing Clan del Golfo” y un aproximado del 9% de grupos declarados como independientes, que son dos Grupos Organizados con 6 subgrupos.
Para los expertos, Medellín está lejos de dejar atrás la herencia criminal y el modelo mafioso del Cartel de Medellín, pero si ha marcado el camino para que sea improbable que surja un Pablo Escobar nuevo, un capo que nadie quiere recordar, pero cuya memoria sigue viva en series de televisión, decenas de libros y cada 2 de diciembre en todos los noticieros, documentales, especiales periodísticos y camisetas con su imagen, vendidas por los hijos de una generación que fue la víctima de la violencia, para darle gusto a los turistas curiosos que hurgan en una historia que no les pertenece.
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“Quiero que mi entierro sea con muchas flores y mis libros”: Gardeazábal, el escritor que tiene lista su propia tumba
Conversamos con el autor de Cóndores no entierran todos los días. El escritor habla de la muerte, de su tumba, de la reedición de sus libros.
Gustavo Álvarez Gardeazábal. El nombre no necesita introducción, tampoco adjetivos que lo precedan.
Los días del escritor son largos, y los pasa en su finca de Tuluá. Provinciano, como siempre se ha reconocido, se levanta en la mañana para darles de comer a los animales; camina por los potreros, pensando. Regresa a la casa y se entrega a la redacción y grabación de su podcast diario, una reflexión puntillosa, casi siempre incómoda, sobre la actualidad del país.
“Ya tengo todo listo para no dejar responsabilidades a nadie. Voy a dejar resuelto el traslado”
Ahora es viejo y por eso toma tres siestas al día. Ya no va a restaurantes, una de sus viejas “debilidades”, porque el covid le dejó una hiperacusia que le imposibilita estar en lugares cerrados y ruidosos. Lee dos o tres periódicos impresos, que cada día llegan más delgados. Todavía recibe visitas de políticos y empresarios que acuden a escuchar consejos, pero ya no los agasaja con sancocho, como antes; ahora solo toman tinto.
Gardeazábal no se arrepiente de su vida mediática, irreverente. En la tranquilidad de su finca recuerda los dos periodos en que fue alcalde de Tuluá y cuenta que Las guerras de Tuluá, uno de sus libros clásicos, fue reeditado en una alianza entre El Tiempo y el Éxito. “Qué más actual que ese libro, es lo que estamos viviendo hoy”, dice el escritor.
Gracias a esa alianza entre El Tiempo y el Éxito se van a reeditar 12 libros de Gardeazábal. El primero, que ya está en las vitrinas, es Cóndores no entierran todos los días, el recordado retrato de la violencia partidista en Colombia.
Los 78 años no son un peso sobre las espaldas del escritor, al contrario, parecen un aliciente para seguir viviendo. Después de estar en la cárcel, de sentirse perseguido por la derecha y la oligarquía, de ser expulsado de donde quiera que estuvo, Gardeazábal dice que esperará la muerte siempre moviéndose, con la cabeza en alto, luchando.

Gardeazábal estuvo en Medellín el 19 de abril de 2023. Fue una visita extraña, un tanto acelerada. Llegó al cementerio San Pedro en una tarde calurosa, ataviado con un saco gris y camisa negra, puestas las orejeras para evitar los dolores de la insoportable hiperacusia. Después de una ceremonia religiosa y una charla, Gardeazábal llevó en sus manos los restos de Tomás Carrasquilla, el escritor antioqueño por antonomasia, y los dejó en la tumba que los recibió para la eternidad.
En un discurso corto, pero elogioso, el escritor halagó la obra de su colega, a quien llamó “el más grande”. Gardeazábal dice que se sintió feliz, satisfecho de conducir los restos de Carrasquilla a la tumba. Con el regreso de don Tomás al cementerio San Pedro se completó una triada de escritores. Cerca de la tumba del autor de Frutos de mi tierra está enterrado Jorge Isaacs, quien en vida pidió que le dejaran descansar para la eternidad en Medellín. Los restos de Isaacs llegaron a la ciudad, provenientes del Valle del Cauca, en 1904, después de la Guerra de los Mil Días, en medio de un desfile y un homenaje pomposo.
Solo falta Gardeazábal. Esta es una historia tan insólita como la vida del propio escritor. En 2018, por medio de una carta muy lacónica, de unas cuantas líneas, le informaron que no sería recibido en el cementerio Libre de Circasia, como se había pactado hacía décadas. Gardeazábal quedó, entonces, exiliado del cementerio sin siquiera haber muerto.
Luego de escribir una columna contando tan inusual hecho, el San Pedro le ofreció un espacio. En 2019 llegó la escultura de tres metros que acompaña la tumba, esculpida por Jorge Vélez. Es una representación de Gardeazábal con unas alas que remiten a su obra cumbre, la que escribió cuando tenía 25 años: Cóndores no entierran todos los días.
Desde entonces, Gardeazábal espera el día en que sus restos sean traídos a Medellín. La tumba es inusual, como ha sido su vida. El ataúd irá de manera vertical porque, dice, si no se arrodilló a nadie en vida, tampoco va a hacerlo ante la muerte. “Ya tengo todo listo para no dejar responsabilidades a nadie. Voy a dejar resuelto el traslado”, cuenta el escritor.

Gardeazábal jugó un papel importante en la “repatriación” de los huesos de Carrasquilla y ahora está en conversaciones con los herederos de Manuel Mejía Vallejo para el traslado de sus huesos. También, por medio de llamadas y conversaciones espontáneas, ha intentado persuadir a Fernando Vallejo, pero este le ha dicho, casi refunfuñando, a su estilo, que no, que ese cementerio es de ricos.
Qué se siente tener la tumba preparada, que solo espera la muerte de su inquilino. Gardeazábal no siento mayor cosa, en realidad, pero sí sabe cómo quiere su entierro: “Quiero que sea con muchas flores, como una lluvia de flores, y que cada persona tenga uno de mis libros en sus manos”.
Alberto, el controvertido ventero que cuida la Plaza Botero de Medellín
Es el líder de la asociación de venteros Asobotero. Pese a que se muestra dadivoso, tiene sus contradictoras
Álberto Ávila se muestra como un hombre dadivoso. No lo dice, pero llama a la gente para que hable por él, para que cuente lo que ha hecho por los demás. A un vendedor de gafas, que se pasea con un icopor para exhibir sus productos, le conmina a contar la vez que lo llevó a pasear al parque Juan Pablo Segundo. Y así se la pasa buena parte del día, saludando de mano a los que pasan por la Plaza Botero, con un pito en la boca, un chaleco verde y una escarapela.
Alberto es el presidente de Asobotero, una agremiación que reúne a vendedores de artesanías y fotógrafos que se ganan la vida en la plaza. Son los que están dentro de las vallas que puso la Alcaldía, una estrategia que llamó el “Abrazo a Botero”. Fuera de las vallas quedaron los habitantes de calle, centenares de vendedores ambulantes, y el desorden de toda la vida que ninguna administración ha solucionado.
Asobotero ha jugado un papel importante en el cierre de la plaza. Alberto, a la cabeza de los 75 venteros que conforman la agremiación, ha tomado el papel de policía civil. Con un carné de la Policía Nacional, llega muy temprano a la plaza. En la mañana levanta a los habitantes de calle que han pasado la noche en los jardines. Anda con un pito en la boca y lo acciona para llamar la atención.
Con la satisfacción del deber cumplido dice que la plaza no es la de antes. “Ya no hay esa pestilencia en los jardines, ni hay robos dentro de las vallas. El desorden se quedó por fuera”, comenta, orgulloso.

Y es cierto, la plaza no huele a la podredumbre que era hace un año. Adentro todo parece marchar bien, sin mayores sobresaltos. Pero unos metros fuera de las vallas, en dirección al Parque Berrío, hay un muladar que expide un hedor insoportable. A la vista de todos, hombres y mujeres hacen sus necesidades al aire libre, junto a un CAI de la Policía, y el suelo se ha convertido en un charco pestilente.
La influencia de Asobotero se limita al interior de la plaza, y no es absoluta: en el costado sur hay decenas de mujeres dedicadas a la prostitución, y son ellas las que mandan en esa zona. Aun así, Alberto se ha convertido en una autoridad del lugar. En la tarde de un jueves, un hombre exaltado se le acerca y le cuenta que hay unos “carechimbas” que otra vez están estafando a los mexicanos. Ajustándose el carné que le cuelga del cuello, Alberto llama a los policías y pone la queja.
Luego camina con la frente en alto, altivo, saludando de nuevo a los venteros que hacen parte de la asociación. Alberto dice que lleva 20 años en Botero, y en ese tiempo ha visto de todo, entre ello varios asesinatos. “Esta plaza es todo para mí, significa mucho”, dice.
“Hay unas personitas acá que solo critican y no trabajo. Yo me mantengo volteando, dando la cara por la plaza, y ellos no lo hacen”.
La imagen del ventero convertido en patrullero puede parecer pintoresca. Hay otros que no piensan lo mismo. En Botero hay varios venteros que no creen en Asobotero, y acusan a Alberto de excluirlos. Para ellos, el patrullero civil se ha querido adueñar de la plaza, que es un espacio público que les “da de comer” a todos.
Un vendedor de sombreros dice que Alberto llegó después de él y se ha sentido fastidiado y perseguido. Hace unos meses, el vendedor de sombreros golpeó a Alberto por una discusión, una “calumnia”, dice, y la Policía tuvo que intervenir. Otro ventero cuenta que hace años tuvo un encontrón con el presidente de Asobotero, y la cosa también terminó a los golpes.
Alberto se defiende y dice que sus detractores siempre hablarán mal de su trabajo: “Hay unas personitas acá que solo critican y no trabajo. Yo me mantengo volteando, dando la cara por la plaza, y ellos no lo hacen”. Alberto se muestra dadivoso, de nuevo, e invita a sus contradictores a tomar un tinto para arreglar las diferencias. Dice: “Yo soy así, yo vivo para servirle a la gente. Le hice una promesa a Dios de que iba a servir, y eso estoy haciendo”.
Más allá de la controversia entre los venteros, la estampa de Alberto abre la pregunta de hasta dónde pueden interferir los civiles en la toma de decisiones en los espacios públicos. La nueva administración de la ciudad tendrá que tomar la decisión de seguir o no con el llamado Abrazo a Botero, y eso puede cambiar las cosas de manera radical.
Darío Gómez tiene su evangelizador sobre la Tierra: esta es su historia
Wílmar Quintero es un fanático del Rey del Despecho que cada ocho días limpia la tumba del ídolo.
La voz de Darío Gómez resuena en el Parque Berrío. Es viernes, 2:00 de la tarde, y el sol cae casi perpendicular. Desde la estación del metro se escuchan las letras tristes, desgarradas: tú, que turbaste mi mente, la falsedad te vendió. No hay derecho a que mi suerte me castigue sin razón. Darío Gómez está muerto, pero su voz, al menos una muy parecida, está ahí, en el centro de Medellín, en una tarde calurosa, y la gente se detiene, presta atención al melodrama, aplaude.
No es Darío Gómez quien canta, es Wílmar Quintero, un hombre bajo que lleva zapatos de charol, pantalón negro bien planchado, saco blanco, camisa y corbatín. Se mueve bajo un almendro que le ofrece su sombra y que atenúa el calor de la tarde. Wílmar tiene un parlante rodante en el que amplifica su canto, y se va moviendo por las baldosas del parque. Detrás suyo hay un hombre que, de cuclillas, hace muecas de dolor, como si el fuego abrasara su piel, y aprieta una botella plástica, llorando, quejándose, casi aullando.
—Esta canción, escúchenla—dice Wílmar alzando la voz, con énfasis—, es de las primeras que grabó Darío Gómez. Presten atención a la letra.
El show continúa en el Parque Berrío. En las escaleras del metro hay decenas de escuchas, casi todos hombres, que prestan atención a cada movimiento del cantante. Hay un vendedor de helados, Helados El Bacán, que ofrece conos a los espectadores. Alguien más pasa tarareando la canción que Wílmar canta a la distancia.

Wílmar tiene 40 años, nació en Cocorná y no tiene hijos. Hace poco tuvo una relación, convivió con una mujer, pero no resultó bien. Lo suyo, dice entre risas, es más el despecho que el amor. Tenía seis años cuando tomó conciencia de las canciones de Darío Gómez. Eran muy escuchadas en el campo, allá en Cocorná, y entonces se dejó seducir por las letras, el dolor que imprime el Rey del Despecho.
“Hay gente que se acerca y me dice que estoy haciendo mímica, que no estoy cantando. Después se sorprenden y me dicen que canto muy parecido”.
Dice Wílmar que se sabe más de 500 canciones de Darío Gómez, desde las primeras hasta la última que grabó. Hay una en particular que recuerda con amor, o con un despecho pueril: Ocuparon tu lugar.
—En el colegio me enamoré de una niña. Ella me rechazó, y al tiempo conseguí una noviecita—Wílmar sonríe al recordar—. Al darse cuenta, la primera vino a buscarme, y le dije, con la canción, “ocuparon tu lugar”. Era una cosa de niños.
El fanatismo por Darío Gómez fue creciendo en el corazón y la garganta de Wílmar. No solo le gustaba escuchar sus canciones, sino también cantarlas imitando al ídolo, haciendo las mismas inflexiones, subiendo y bajando el tono como el Rey del Despecho. Porque, más que cantante, Wílmar es un imitador.
—Hay gente que se acerca y me dice que estoy haciendo mímica, que no estoy cantando. Después se sorprenden y me dicen que canto muy parecido.
Bajo el laurel, que arriba se mueve levemente por la brisa, el cantante recuerda el día en que conoció al ídolo. Fue en un concierto en una discoteca. Metido en el público, extasiado, Wílmar agitaba una pancarta enorme que él mismo había hecho. Llevaba la consigna de que quería conocer a Darío. Este vio el letrero y ordenó que “subieran a ese muchacho a la tarima”.
—Fue la felicidad más grande—recuerda Wílmar—. Me subí y me dio la tembladera, la lloradera, qué más iba a hacer con el ídolo ahí. Entonces cantamos juntos.
El imitador, en realidad, es un evangelizador. Los fines de semana canta en shows privados, cantinas y discotecas, pero sale a las calles para que la gente recuerde al ídolo, para que escuchen sus canciones; va de un parque a otro recordando las más viejas, que casi nadie recuerda, para hacerlas sonar de nuevo. Wílmar es el evangelizador de Darío Gómez sobre la Tierra, el cultivador de su legado.
Cada ocho días va a la tumba del cantante, en Campos de Paz, y se queda un rato allí, recordándolo. En el parlante reproduce sus canciones, a veces canta. Con las manos limpia la placa que la lluvia y la tierra ensucian. En el Parque Berrío, bajo el almendro y el pasar incesante de la gente, dice:
—Con él hasta el final. Voy a cantar sus canciones hasta que me muera.
Una noche en la esquina de los mariachis: crónica de una música venida a menos
El éxito del reguetón y de otros ritmo ha relegado a la ranchera. Los músicos se la pasan la noche entera buscando clientes, muchas veces de manera infructuosa.
El uniforme azul, de cuerpo completo, con encajes dorados; el moño exuberante en el cuello, los zapatos blancos, impecables. Jairo Loaiza se viste en la tarde, después de dormir hasta pasado el mediodía. Se tira hacia atrás el pelo gris, lo que le da relieve a su cara, a sus pómulos prominentes, a su nariz un tanto desproporcionada. Sale de su casa, impaciente, y a las 5:00 de la tarde, por tardar, está en la esquina de los Mariachis.
Jairo ha pasado la mayor parte de sus noches en la 70 con Colombia, esperando clientes, jugando billar, conversando sobre la acera. A comienzos de los 80, cuando la afición por el tango declinaba, Jairo se metió a cantar rancheras. La voz le daba para interpretar canciones de Antonio Aguilar, de José Alfredo Jiménez, tan de moda en esa época.
“Yo me quedo acá hasta las 4:00 de la mañana, nunca me voy antes”.
Eran los tiempos del frenesí mafioso, de las bacanales traquetas. Hombres estruendosos llegaban ahí, a la 70 con Colombia, y se llevaban a los mariachis a fincas suntuosas, con piscinas, y los ponían a cantar la noche entera, a veces hasta las 9:00 de la mañana. Era el derroche, el amor por los caballos, por las rancheras.
Eso recuerda Jairo en una noche de jueves de 2023. Quedan pocos mariachis de esa época, la mayoría ha muerto. Jairo tiene 65 años y todos los días llega a la esquina bien ataviado, el pelo hacia atrás, los zapatos impecables. No se cansa de esperar clientes, de dejar que las horas, alargadas por la modorra, se sucedan hasta que salga el sol.
—Yo me quedo acá hasta las 4:00 de la mañana, nunca me voy antes.
“Esto ha disminuido mucho, y creo que tiende a desaparecer—Jairo esboza una sonrisa sorda—. Hay mucho mariachi y cada vez menos clientes.
La noche apenas comienza. Algunos trompetistas, sentados en una escalerita, les sacan notas a sus instrumentos. Los tiempos de bonanza no son más que un recuerdo bien atesorado. En la esquina hay un billar que funciona hasta las 4:00 de la mañana, la única distracción de los músicos.
Jairo habla con la jerga del lugar. “Acá se pelusea”, dice, refiriéndose a que los clientes llegan al granel, y son escasos la mayoría de las noches; cuando no pica siquiera uno, Jairo dice que se “blanqueó”, y no tiene de otra que irse para la casa, casi al amanecer, para esperar una compensación del destino.
—Esto ha disminuido mucho, y creo que tiende a desaparecer—Jairo esboza una sonrisa sorda—. Hay mucho mariachi y cada vez menos clientes.
Tal vez, piensa Jairo, a la ranchera le pasa lo que al tango en los 80. Los gustos del público y las exigencias de la industria van cambiando. No hay peor jornada que cuando hay conciertos en el Atanasio. Entonces, los mariachis saben que la blanqueada es muy probable. La gente va en otra honda, consumiendo otra música, y las canciones de José Alfredo, de Javier Solís, Pedro Infante, se van quedando en el olvido, solo viva en la mente de los más viejos.
La música popular, que tiene sus raíces en la ranchera, ha sido una tabla de salvación para los mariachis. Hasta canciones de Diomedes han tenido que montar para no quedar en la irrelevancia. Fabio, un compañero de Jairo, dice que un mariachi ahora tiene que hacer de toda para sobrevivir.

A veces tienen que aguantarse malos ratos de cuenta de los clientes. Como la vez que Jairo y Fabio fueron a San Jerónimo y tocaron en una fiesta. Era un quinceañero, recuerdan. Cuando terminaron de cantar, el cliente les dijo que les pagaba en Medellín. A regañadientes tuvieron que arrancar tras él, pero no contaron con que en la ciudad, ya llegando a la 70 con Colombia, el cliente se les esfumó.
—Creo que los otros le dieron la plata y él se la robó—, dice Jairo—. Ellos no saben cómo vivimos o trabajamos nosotros, pero eso está mal hecho.
Jairo, animado por la conversación, recuerda que una vez fue a tocar, con su conjunto Acapulco, una serenata en Bello. El cliente les había dicho que los necesitaba para congraciarse con su mujer. El conjunto empezó a cantar y la mujer, que estaba herida con su marido, salió a la ventana, con un arma, y les comenzó a disparar cerca de los pies. Saltando, como estuvieran bailando, los músicos esquivaron los tiros.
—Ja, ja, ja, eso ha pasado. A muchos mariachis también les han tirado agua cuando la mujer está enojada—recuerda Jairo—, eso pasa en este trabajo.
A medida que la noche avanza, el aire se hace más fresco y las calles se van quedando solas. Los que tocaban las trompetas se han ido, y solo a la distancia, desde el otro lado de la calle, se escucha la música y las conversaciones del billar.
Jairo no quiere retirarse. A sus 65 años se siente jovial y útil. No es demasiado lo que le da su vida de mariachi, pero le sirve para aportar en la casa y sentirse autónomo. No asume la baja de clientes como una tragedia, sino como algo natural del arte. Jairo, en la noche que se hace más oscura, conserva la dignidad en la palabra, en la manera en que recuerda los tiempos dorados.
—Yo no me quiero ir para la casa. He pasado tantas noches acá que ya soy más de acá. Con esto levanté a mis dos hijos, acá seguiré.






