Caso Posadita: el macabro descuartizamiento que aterró a Medellín en el siglo pasado
Repasamos uno de los crímenes más sonados y recordados de la ciudad
La periodista Luz María Montoya encontró a Abel Antonio Saldarriaga “Posadita” en 2011. Para entonces, el hombre se había convertido en un anciano apacible, madrugador, que se dedicaba a “contemplar la vida” desde un barrio popular de la ciudad. Dar con el paradero de Posadita no fue fácil. Habían pasado 43 años del asesinato de Ana María Agudelo, la joven ascensorista del edificio Fabricato. Ese anciano inofensivo, que vivía de las artesanías, fue el culpable del crimen más recordado de Medellín durante el siglo XX.
Desde el crimen del Aguacatal, horrible masacre cometida en 1870, la ciudad no se estremecía de tal manera ante un crimen. Medellín fue en el siglo XIX un pueblo pequeño, rural, tranquilo y conservador en extremo. Para 1842, cuando se inauguró el cementerio San Pedro, en el valle vivían 9.140 personas, cuenta el cronista Enrique Echavarría. El resto del siglo pasaría sin mayores sobresaltos hasta la matanza de seis personas en El Aguacatal, caso que ya contamos en detalle en Exclusivo Colombia.
Ahora nos adentramos en el crimen por antonomasia del siglo XX. Cuando la periodista Montoya le preguntó a Posadita por el asesinato de 1968, él alegó, de nuevo, que era inocente. “Diga que no me acuerdo de nada”, le dijo a la periodista.

Posadita estuvo preso once años, aunque su condena fue por veinte años. Cuentan los rumores y los recortes de prensa que el caso fue tan mediático que la familia del inculpado tuvo que irse a una casa rural durante el juicio por temor a un linchamiento. Por el contrario, muchos tomaron a Posadita como un personaje digno de respeto, casi una celebridad.
Se cuenta también que el condenado estuvo unos años en la cárcel de Gorgona, en el Pacífico, quizá soportando la humedad y el calor en las celdas vaporosas de la isla. En 1982 recuperó la libertad y desde entonces se convirtió en una leyenda, un fantasma que dejó una estela de dolor a la familia de Ana María.
La entrevista con Pasadita en 2011 apareció en el periódico Centrópolis. Al ver la publicación, la hermana de Ana María, Norela, decidió hablar del asesinato de su hermana. Con dolor dijo que le gustaría tener al frente a Posadita y responder unas cuantas cosas sobre su inocencia. “Quisiera ver a Posadita, tenerlo al frente mío y preguntarle qué pasó, por qué hizo lo que hizo”, dijo Norela Centrópolis.
Los hechos
Ana María desapareció el 13 de octubre de 1968. La joven, reconocida por la hermosura de sus 23 años, era la ascensorista del edificio Fabricato, símbolo de la industria textil del siglo pasado. Ese día fue con su hermana y su mamá al centro. Estando allí pensó en pasar por el Fabricato para recoger su uniforme, y así lo hizo.
En el edificio estaba Posadita, el encargado de oficios varios. El asunto es que Ana María nunca llegó de vuelta, y su hermana y su madre se quedaron esperándola sin tener respuesta alguna sobre su paradero.
Entonces se regó la noticia de la desaparición y con ello corrieron los rumores. Se dijo con insistencia, tal vez con mala fe, que no había de qué preocuparse porque la muchacha se había volado con algún novio. El suceso apareció en la prensa, pero solo fue doce días después cuando la macabra realidad vino a estremecer a la ciudad.
Las historias de la época dicen que Posadita estaba enamorado de Ana María. Ella un día le pidió que limpiara unos vidrios de su casa, pues él hacía ese tipo de servicios. Estando en la casa, recordó Norela en la entrevista con Centrópolis, Ana María dijo, en presencia de Posadita, que se había comprometido a ir al altar con un hombre. Dicen que el aseador no soportó eso y desde entonces comenzó a odiar a la ascensorista.
En el edificio notaron un hedor unos días después de la desaparición. Era el rancio olor de la descomposición de la carne. Aunque rastrearon el origen del olor insoportable, fue difícil dar con él. Algunos dijeron que, tal vez, una rata había muerto en los ductos. Se cuenta, tal vez como hipérbole, que unos gallinazos, como zopilotes que cargan funestas noticias, sobrevolaron el edificio.
El día doce, número tan simbólico, encontraron la cabeza de Ana. En el ducto del aire acondicionado fueron encontrando más trozos de carne de lo que fuera el cuerpo de la joven y bella ascensorista. En su momento se dijo que fueron en total 100 partes las encontradas en varias partes del edificio.
Don Upo, el popular cronista rojo de El Colombiano, tal vez el más célebre reportero del siglo, contó así lo sucedido en un artículo de 1971:
“De las cien partes en que teóricamente dividieron los médicos legistas el cuerpo de la víctima, solo fueron halladas 81, pues algunas porciones fueron posiblemente arrojadas por los inodoros, o sacadas del edificio”.
No se sabe qué fue de la vida de Posadita. Quizás terminó en el anonimato en una comuna de Medellín, pero el crimen no ha sido olvidado.
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Así es la exigente vida dentro del templo hare krishna del centro de Medellín
Estuvimos con los seguidores de Krishna para contar cuáles son sus creencias y cómo viven su fe
Es domingo de Ramos y el centro de Medellín está vacío. A la iglesia de La Veracruz, tan gastada ya por el paso de los años, llegan algunos feligreses a cuentagotas. En la Plaza Botero sí hay gente: turistas, prostitutas, borrachos. En un negocio suena El culpable soy yo, de Diomedes. En ese momento, entre todo lo mundano que habita la plaza, aparece un grupo de personas extrañamente ataviadas, con túnicas naranjas y las cabezas rapadas.
Los que están en la plaza, que fuman cigarrillos y toman cerveza, se quedan mirando al grupo, que ahora toca tambores y baila. Son hare krishna y van por las calles de Medellín cantando al señor, pero no al del frente, el de la Veracruz, que está atado a una cruz. No, su señor se llama Krishna y tiene forma humana.
Los hare krishnas, es decir, quienes reconocen en Krishna el ser supremo, celebran, justamente cuando en el calendario cristiano es Domingo de Ramos, su año nuevo. No es 2024 el año que están recibiendo, sino el 5532. Por eso cantan y bailan por el Parque Berrío, donde un hombre interpreta Sin saber qué me espera y decenas de personas bailan escuchando música parrandera. Son los contrastes insospechados que permite el centro de Medellín.
Hace 5532, dice el predicador, Krishna vino al mundo. Los hare krishnas creen que el mundo material, el que habitamos, está lleno de tentaciones y de dolor. La prioridad en la vida es servir a Krishna y no provocar dolor. Esto segundo es un imposible, reconocen. Por eso la doctrina es estricta en que la alimentación debe ser vegetariana. Nada de pescados, pollo, mucho menos carne de res. Los animales son amigos, no comida, dicen.
Mientras los fieles entran a la Veracruz, los hare krishna hacen lo propio en el templo, que está exactamente al frente de la iglesia católica. La tarde del domingo se hace gris, un tanto melancólica. Afuera siguen sonando vallenatos de Diomedes, uno tras otro, mientras los seguidores de Krisha se quitan los zapatos y se hincan, implorando, para comenzar la ceremonia de año nuevo.
Pero, antes de iniciar, se van rotando unos cocos. “Agítelo junto a su oído, escuche el agua que tiene adentro, y pida un deseo”, comenta uno de los asistentes.

El movimiento hare krishna llegó a Medellín en los 80. Este es una manifestación religiosa reciente, surgida en el siglo pasado. El templo hace parte de la Sociedad Internacional para la conciencia de Krishna (Iskcon por sus siglas en inglés). La sociedad ha ido creando templos en todo el mundo para despertar lo que ellos llaman la conciencia de Krishna.
Para los hinduistas, Krishna es uno de los avatares de Vishnú, el dios supremo, pero los hare krishna lo consideran la manifestación suprema y última de Dios. El movimiento no ha estado exento de problemas. En Alemania, por ejemplo, se le consideró una secta. Y, lo que es más grave, se han documentado denuncias de abusos sexuales y físicos dentro de las comunidades.
Algunas ramas del hinduismo también critican al movimiento Iskcon, pues consideran que, más que una religión, se asemejan más a las tendencias “nueva era”, en las que toman doctrinas del cristianismo y otras creencias para formar un sincretismo extraño.
La vida en el templo
Jhon Hurtado es un seguidor de Krishna que vive, literalmente, para su dios. Tiene 23 años, aunque aparenta más, y dice que ha vivido muchas cosas. Conoció el movimiento hace siete años. Estaba en la Marina, prestando servicio, cuando sintió el llamado de Dios y desde entonces decidió dedicar su vida a él.
Jhon es una de las 11 personas que viven en el templo, en todo el centro de Medellín. Afuera, las noches son tenebrosas; transcurren en medio de peleas a cuchillo, gemidos, gritos, bazuco. Adentro, en cambio, dice Jhon, es todo lo contrario. ¿Por qué, teniendo una percepción tan conservadora, fundaron el templo en semejante olla? El seguidor de Krishna responde sin titubear: porque acá hay una urgencia de espiritualidad.
Mientras sus compañeros montan un altar con la imagen de Krishna, John explica que hay cuatro condiciones básicas para hacer parte del movimiento. Primero, nada de alcohol, café, té, drogas u hongos; segundo, no tener sexo ilícito, es decir, que no sea con la esposa (o esposo) y cuyo fin no sea procrear; tercero, y sin ninguna dilación, no participar en juegos de azar; cuarto, quizá lo más importante, llevar una vida vegetariana.

Eso no son sacrificios, dice Jhon, porque todo lo hace por Krishna. La ceremonia de año nuevo incluye un baile y danza para honrar a Krishna. En medio del jolgorio, algunos servidores ofrecen flores aromáticas. También pasan con un candelabro encendido, ante lo cual el creyente se inclina, como tomando la llama, para luego llevar las manos a la cabeza.
La vida en el templo, cuenta Jhon, es de disciplina. Él no lo llama trabajo, sino servicio, y obviamente es para Krishna. Las once personas se acuestan todos los días a las nueve de la noche, pero eso depende de qué tanto servicio haya. A veces van a la cama pasadas las diez.
Se levantan a las tres y media de la mañana, sin falta, para comenzar la primera oración del día que, por supuesto, incluye baile y canto para Krishna. “Esta es una vida muy bonita, de amor. Todo el servicio lo hacemos por Krishna y por eso lo hacemos con amor”.
Jhon trabaja en el restaurante Govindas, que está en el tercer piso del edificio que ocupan los seguidores de Krishna. Comienza turno a las ocho de la mañana, varias horas ya después de haberse despertado, y sirve como mesero, lavando ollas, limpiando, barriendo, hasta las cinco de la tarde. A las seis en punto es el último canto a dios.
Cuesta trabajo imaginarse una vida así en pleno centro de Medellín, donde el relajamiento es regla general.
Afuera del templo, a la hora en que cae el sol, los borrachos siguen fumando cigarrillos, matando el tiempo, mientras los feligreses salen de la iglesia de Cristo. Es el centro de Medellín.
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Detalles históricos y pintorescos de la primera Semana Santa en Antioquia: expediciones, excesos y religión
La primera vez que se celebró la fiesta religiosa fue en 1541, luego de la fundación de Santa Fe
En Santa Fe de Antioquia está el personaje más antiguo del departamento. Llegó en 1746 desde Andalucía, en barco. Después la metieron por el río Magdalena y luego la llevaron, con sumo cuidado, por caminos de herradura. Su nombre es Nuestra Señora de las Angustias y es una figura policromada; tiene la mirada fija en los ojos de su hijo; Jesús yace sobre su regazo, semidesnudo, con la herida abierta bajo sus costillas. Sus rodillas están tumefactas, consecuencia de las caídas y el sufrimiento.
Nuestra Señora de las Angustias fue traída en el siglo XVIII para la celebración de la Semana Santa en Santa Fe, para entonces capital de Antioquia. Su cuidado ha pasado de generación en generación. Muchos hombres han nacido, crecido y declinado junto a ella, que sigue incólume al paso de los años.
Pero, ¿por qué llegó esta imagen a Santa Fe de Antioquia? ¿Por qué no a Medellín, por ejemplo? Acá hay que contar otra historia, la de la primera Semana Santa en el departamento.
En 1538, dejando una estela de sangre, llegaron los primeros cristianos al centro de Antioquia. Habían partido de Urabá, donde hacía algunos años habían fundado San Sebastián, hoy Necoclí, y la gloriosa y perdida por siempre Santa María de la Antigua del Darién. Los españoles, después de muchos años de bordear las costas, se decidieron a penetrar en las montañas, tierra adentro, atraídos por las promesas de tierras muy ricas en oro.
Fue una expedición calamitosa. Los primeros cristianos llegaron sedientos y con hambre al Occidente de Antioquia. Habían padecido las consecuencias de un terreno agreste, repleto de una vegetación exuberante que a veces los atacaba, hostil, con su ponzoña. Dos de los hombres más importantes del grupo murieron en el recorrido. Atrás habían dejado el Golfo de Urabá con sus riquezas naturales, y llegaban a unas tierras agrestes, llenas de indígenas dispuestos a defender lo suyo con sangre.
Uno de los muertos fue Pablo Fernández, el primero en columbrar el valle del Tonusco. Cuenta Pedro Cieza de León, cronista de la Colonia, que a Fernández le hicieron un entierro “muy cristiano” y solemne. Fue la semilla del cristianismo en el interior de Antioquia.

Durante la expedición se cometió un acto de crueldad innombrable que presidió lo que sería la conquista de esos territorios. Juan Badillo, el líder de la expedición, montado en cólera, mandó a quemar vivo al cacique Buriticá. Los españoles querían oro y sabían que en esas montañas había mucho. Estaban dispuestos a hacer lo que fuera por conseguir el metal, costara lo que costara, así hubiera que robar, extorsionar o matar a un cacique.
Luego del hambre, las dos muertes y el asesinato de Buriticá, los españoles volvieron a Urabá con las manos vacías. Sin embargo, cimentaron el terreno para que tres años después, en 1541, otro grupo de españoles, ahora dirigidos por Jorge Robledo, se aventuraran a fundar la primera ciudad en el Occidente: Santa fe de Antiochia.
Ese año se celebró la primera Semana Santa en Antioquia. El pueblo no es donde está hoy, en el Tonusco, sino que estaba situado en donde ahora es Peque. No hay mucha documentación sobre esa primera celebración religiosa, pero se sabe que los españoles, en esas tierras tan contrarias a ellos, levantaron la primera iglesia y celebraron como pudieron, en medio de las penurias y las calamidades que les habían acaecido.

Esa fecha, 1541, quedó en firme como la de la primera Semana Santa en Antioquia. Así pues, en este 2024 cumplen 452 años de tradición. Muchas cosas han pasado desde entonces, desde el asedio constante y las hambrunas en el pueblo, el posterior establecimiento y bonanza, la explotación incesante de oro, la llegada de Nuestra Señora de las Angustias. No es en vano que la Semana Mayor del cristianismo tenga como una de las sedes principales a Santa fe de Antioquia.
El pueblo actual, en el Tonusco, se fundó en 1546, cinco años después del primero. La decisión de fundarlo en este punto fue evidente: está cerca de las minas de oro de Buriticá, en donde Badillo prendió vivo al cacique.
“De este pueblo que estaba asentado en este cerro, que se llama Buriticá (…) donde está asentada una villa que ha por nombre Santa Fe, que pobló el mismo capitán Jorge Robledo (…) las minas se han hallado muy ricas junto a este pueblo en el río grande de Santa Marta. Cuando es verano sacan los indios y los negros en las playas harta riqueza”, escribió el cronista Pedro Cieza de León.
Como pasa siempre donde hay riquezas inusitadas, en Santa Fe hubo excesos de toda clase. Los habitantes cayeron en un “relajamiento de las costumbres” que ni siquiera la fe, la iglesia ni la solemne Semana Santa pudieron aplacar. El pueblo era fecundo para la prostitución y los juegos de azar.
Sucedía esto entre los siglos XVII y XVII. Así lo cuenta el historiador Juan David Montoya lo explica así en el artículo La ciudad y la villa: los años inestables:
“Para desterrar los viejos hábitos, los administradores coloniales ordenaron que se restringieran los excesos de las fiestas, se abrieran calles y fuentes públicas de agua, se construyeran acequias, cárceles, hospitales, cementerios, escuelas de primeras letras y casas de recogidas para las mujeres ‘libertinas’”.
Han pasado varios siglos desde eso y puede que el libertinaje continúe, pero el mundo de hoy es otro. Lo que no ha cambiado es la devoción por la Semana Santa y las figuras. Cada una de las imágenes tiene un “mayordomo” que vela por su bienestar y la arregla para que salga lo mejor posible durante la Semana Santa. La mayordomo de Nuestra Señora de las Angustias, por ejemplo, es Rebeca Martínez, una mujer mayor que la tiene bajo su cuidado desde 1982, cuando heredó la mayordomía de su padre.

Otra de las curiosidades de la Semana Santa en Antioquia tiene que ver con la historia del Cristo Caído. Este llegó un año antes que Nuestra Señora de las Angustias, en 1745. El Cristo, como el de Zaragoza (Antioquia) fue emblema por muchos años hasta que pereció en un incendio en 1970.
Todavía hay tiempo de ir a Santa Fe y disfrutar el Jueves o Viernes Santo, el fin de semana y el Domingo de Resurección. Allí están las imágenes centenarias, los cargueros y las calles empedradas.
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Las sorpresas que esconde la muerte: un día con un sepulturero del cementerio San Pedro
Francisco Cadavid cuenta detalles sobre cómo es vivir entre los muertos
La muerte acarrea muchos problemas prácticos. Generalmente, y con toda razón, se habla del duelo tras la pérdida, de la tristeza, la rabia, el daño irreparable. Pero poco se mencionan los asuntos prácticos. ¿Quién se encarga de arreglar un cuerpo yerto? ¿Quién, de abrir una fosa, de pulir un ataúd? Si el cuerpo no se incinera, hay que esperar cuatro años para sacarlo de la oscuridad, partir los huesos con cuidado y llevarlo a otro lugar, este sí el definitivo. Alguien tiene que hacer ese trabajo que pocos desean.
Francisco Cadavid lleva 26 años haciendo todas esas tareas. Trabaja en el cementerio San Pedro, el más viejo de la ciudad que todavía está en funcionamiento.
El San Pedro es amplio, con una rotonda central rodeada de pinos y palmeras. En las tardes se escuchan los graznidos de aves. Francisco dice que son águilas o halcones. En la parte central del cementerio están enterradas algunas de las personas más recordadas del siglo pasado. Tomás Carrasquilla está por allí, coronado con un busto que hace honor a su obra; también está Jorge Isaacs, el escritor vallecaucano cuyos restos trajeron comenzando el siglo XX, después de la guerra de los Mil Días.
En ese espacio se mueve Francisco desde hace 26 años. Es un hombre delgado, de piel morena, bien afeitado. Llegó al San Pedro porque le ofrecieron trabajo en unas obras que se hacían en ese momento, para 1998. Antes del cementerio era muy temeroso de la muerte. Recuerda que cuando había un entierro en Girardota, su pueblo, se escondía para evitar el contacto con la muerte. Si había un velorio, no entraba y más bien se escabullía hacia otros lugares.
Pero mucho tiempo ha pasado desde eso. Ahora habla de la muerte como de cualquier otra cosa, con las manos en la cintura, tranquilo.
Francisco no recuerda cuál fue el primer muerto que ayudó a meter a la bóveda. Sabe, eso sí, que es más complicado una exhumación que una inhumación. En el San Pedro hay muchas bóvedas alquilados, cuyo contrato es por cuatro años. Pasado ese tiempo, hay que sacar al muerto para liberar el espacio.

Por raro que parezca, es frecuente que a muchos no los reclamen. El cementerio, entonces, trata de comunicarse con la familia para que se presente. Sobre la lápida ponen un sticker indicando que el muerto, por contrato, debe ser exhumado, pues su tiempo ahí ha caducado. Pero las familias no aparecen y pasan uno o dos años en ese problema, hasta que el cementerio, como última opción, se ve obligado a hacer una exhumación administrativa.
“Eso pasa mucho acá, ufff. Entonces tenemos que hacer la exhumación. Sacamos el cuerpo, que no sabemos cómo lo vamos a encontrar, y lo arreglamos dentro de otro lugar, bien rotulado y con nombre, hasta que la familia venga y lo reclame”, cuenta el sepulturero.
Decía Francisco que la exhumación es peor. Y es que los sepultureros no saben con qué se van a encontrar. En los casos más sencillos, después de abrir la lápida y de que se disipe el polvo, aparece una calavera. Más abajo, los huesos que dieron fuerza al cuerpo que alguna vez tuvo vida.
Pero no siempre es así. Hay veces, Francisco no sabe cómo explicarlo, el muerto sale momificado. Entonces es más difícil sacarlo, porque está rígido. Si la familia no lo ha reclamado, hay que llevarlo a la otra bóveda, donde ocupará más espacio que un esqueleto.
Hay un tercer caso, que es el peor. Francisco tampoco sabe explicarlo, pero lo ha vivido y sabe cómo se siente. En algunos casos, el cuerpo sale fresco, descompuesto. No es difícil imaginar la escena. La descomposición es un fenómenos que comienza horas después de la muerte. Primero, el cuerpo se pone rígido, víctima del rigor mortis, y se vuelve muy difícil de manejar. Sobre las partes en declive, gracias a la gravedad, aparecen las livideces, unas manchas moradas, como tumefactas, provocadas por la sangre acumulada, que ya no corre.
Unas horas más tarde cesa el agarrotamiento de las extremidades y el cuerpo, de nuevo, se hace fofo, blandengue; el abdomen, en las fosas iliacas, comienza a tornarse verdoso. Entonces el cuerpo se hincha, repleto de gases provocados por las bacterias; las cuencas de los ojos se desbordan y el muerto pierde la figura humana.
Esa escena puede ser demasiado fuerte. Y más cuando es un familiar del muerto el que tiene que verla. Francisco cuenta que son dos personas allegadas al finado las que asisten a la exhumación. “Muchas veces traen otro montón de personas, hasta niños, que tienen que quedarse esperando afuera. Vienen como de paseo”, dice el sepulturero.

Las inhumaciones, en cambio, tienen otras complicaciones. El San Pedro es un cementerio de bóvedas y galerías. Hay seis pisos de bóvedas. No es fácil llegar hasta arriba con un ataúd. Para hacerlo, con cuidado, tienen que subir al cajón en un montacargas. Es un proceso engorroso en el que participan tres personas.
Por si fuera poco, no es solo subir el cajón hasta arriba, sino meterlo con precisión en el hueco. Para que ruede bien por el hoyo, cuenta Francisco, artesanalmente hacen unos rodillos con palos de escoba, de manera que se pueda deslizar hasta el fondo de la fosa. “Muchas veces pasan los cuatro años y sacamos el ataúd y los rodillos están intactos y siguen sirviendo. Eso es increíble”.
Otras veces, los problemas los ponen los vivos. El San Pedro es un reflejo de Medellín. En un comienzo, por allá en 1842, se creó para fungir como camposanto de los ricos, lo opuesto al San Lorenzo. Pero llegó el siglo XX con su vorágine de desplazados y de violencia. La ciudad se convirtió en una máquina de guerra y de muertes en la segunda mitad del siglo, y los cementerios no daban abasto.
Entonces, el cementerio que fuera de los ricos comenzó a adoptar a todos, víctimas y victimarios de la guerra. Cada tanto hay entierros inverosímiles en los que los asistentes llegan borrachos, dando tiros al aire y quemando pólvora: “Se ponen muy groseros con el sepulturero. Cuando la situación está muy complicada, uno tiene que irse y esperar a que las cosas se calmen”.

La jornada comienza temprano en el San Pedro, antes de las 8 de la mañana. Son seis las exhumaciones que se hacen todos los días, siempre a la misma hora. Los entierros, dice Francisco, son cuatro en promedio. El día es tranquilo por lo general, sin mayores sobresaltos.
Pero siempre hay sorpresas porque, aunque no parezca, la muerte es dinámica; hasta un cuerpo yermo, tendido en ataúd, tiende posibilidades insospechadas.
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Gordo Lindo quiere construir un “Hollywood montañero” en el cerro donde se estrelló el avión de Chapecoense
En el sitio ya hay un “ecoparque” y se visiona un hotel para el futuro
Hay en La Unión un negocio que ha despertado algunas polémicas. Es un restaurante al que su dueño, Jaime Carmona, llama ecoparque. Jaime es conocido como Gordo Lindo y, cuando le preguntan su nombre de pila, dice que lo olvidó hace mucho tiempo. Pues bien, Gordo Lindo es el propietario de la tierra adyacente a donde cayó, el 28 de noviembre de 2016, el avión en que viajaba el equipo Chapecoense.
Gordo Lindo no estaba ese día, pero uno de sus trabajadores, don Miguel, sintió el estruendo de una de las tragedias más grandes de la historia del deporte. Fueron 71 personas entre jugadores, directivos, periodistas y tripulantes las que murieron esa aciaga noche en la que no paró de llover.
En Medellín y en La Unión se hicieron decenas de homenajes a los fallecidos. El gobernador de Antioquia de la época, Luis Pérez, prometió construir un memorial en el sitio en el que cayó el avión. Desde el sector público se anunciaron grandiosas ideas sobre el memorial, pero todo quedó sobre el papel.
Acá entra en acción Gordo Lindo, quien ha pasado toda su vida en la vereda Pantalio, donde se estrelló el avión. Cuenta, sentado en uno de los taburetes de su negocio, que la gente comenzó a llegar de manera espontánea.

—Un día estaba yo ordeñando mis vacas—cuenta Gordo Lindo— y un señor me preguntó que dónde podía parquear su carro. Le dije que por ahí en un bordito y eso hizo. Entonces, yo tenía un toro por ahí, y ese animal le empezó a dar al carro y le hundió las latas. El señor me empezó a reclamar y yo le dije que cuadrara con el toro, ja, ja.
El visitante era, según Gordo Lindo, una de las “miles” de personas que llegaban a conocer el lugar. Se encontraban con que no existía el prometido mausoleo. Solo estaba la montaña, invariable,y la brisa fría que mece los árboles sombríos.
—Entonces—continúa Gordo Lindo— yo les prestaba el baño a las personas que llegaban. Les daba tinto, porque también llegaban preguntando por café, y las atendía. Ahí se creó una necesidad.
Hace tres años que Gordo Lindo vio la llamada necesidad y montó un restaurante. Dice que empezó con dos mil pesos y que “Dios le dio el proyecto para atender al mundo entero”.
El ecoparque de hoy tiene un rancho restaurante en el que se prepara a diario sancocho de gallina. Gordo Lindo dice, solo sabe él si es una hipérbole, que los domingos venden 1.500 almuerzos. Hay caballos para dar un paseo por las colinas, un sendero para caminar hasta el sitio en el que se estrelló el avión.
También hay una capilla, un mural con las fotografías de los muertos y unas cruces con los nombres de las víctimas del accidente. Pero el atractivo mayor, que Gordo Lindo muestra con orgullo, señalando ampliamente con el brazo, es un avión real que rememora al de la tragedia.
El avión está puesto sobre un plan y lo bordean unas cintas azules. No es una réplica del avión que chocó en 2016; se trata de un avión viejo, inservible ya, que Gordo Lindo y un socio compraron en Medellín. Para llevarlo hasta el lugar hubo que despiezarlo y llevarlo en varios camiones hasta la entrada a La Unión. Para llegar hasta el sitio del accidente —y del negocio de Gordo Lindo— hay que recorrer seis kilómetros desde la carretera principal.

En la vereda hay otros negocios que ofrecen comidas y tienen pequeños homenajes a Chapecoense: banderas, murales, las llantas de un avión. Pantalio no volvió a ser el mismo lugar desde aquella fatal noche de noviembre.
A Gordo Lindo le han criticado su negocio. Le han dicho que el ecoparque no es más que una manera de lucrarse de una tragedia. Cuando se le menciona eso, retrocede sobre el taburete y responde:
—De todo me han dicho. Pero yo no hago esto por lucrarme. Esto es un proyecto que Dios me puso y él me ha ayudado para que crezca. Fue Dios el que me puso esto acá, es de él.
Gordo Lindo piensa en grande su proyecto. Dice que con la ayuda de Dios lo convertirá en un Hollywood montañero. ¿Cómo es eso? No lo explica muy bien, pero lo imagina con juegos para los niños, luces, un hotel y cabañas.
—Esto acá es para atender y hacer feliz al mundo. Para eso me mandó Dios.
Y es cierto que muchos turistas vienen de otras latitudes a conocer el lugar de la tragedia. Un viernes en la tarde, por ejemplo, un turista noruego, rubio y luciendo una camiseta deportiva, llegó hasta el lugar y cabalgó por las colinas en uno de los caballos. Gordo Lindo, bromeando, le dijo que solo sabía dos palabras en inglés, pero que esperaba que se fuera feliz para su país.

Hay un proyecto inmediato del que Gordo Lindo no quiso dar detalles, porque piensa que es mejor no anunciar las cosas antes de tiempo, pero tiene que ver con la creación de su Hollywood montañero. ¿Serán hospedajes? ¿Un hotel, un glamping? Habrá que esperar unos cuatro meses, dice el dueño del lugar.
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¿Cómo es vivir en una casa rodante? Historia de una familia viajera de Medellín
Desde hace más o menos un año los habitantes del barrio Carlos E Restrepo notaron la presencia de nuevos vecinos. En algunas de las calles aparecieron, por primera vez en la larga historia del vecindario, enormes carros-casas parqueados. Esto sucedió por dos razones sencillas. Con la remodelación del parque de La Floresta, terminada en 2021, se eliminaron las bahías donde hasta entonces los viajeros aparcaban sus casas rodantes. Y la segunda es que Duqueiro Mazo, un hombre de Medellín, pero de vida errante, compró su casa rodante y la parqueó en Carlos E, el barrio en que vive su mamá.
Duqueiro es un hombre de edad media, casado y con dos hijas. Después de que parqueó en Carlos E, otros viajeros lo imitaron. Pero la historia de Duqueiro es diferente al viajero tradicional. No se parece a la del argentino que viaja en su pequeña casa rodante y se detiene unos días en Medellín.

Duqueiro vive en la casa rodante, que desde afuera parece un bus cualquiera. Cuando viaja por Colombia, con frecuencia le estiran la mano pensando que es un vehículo para pasajeros. Pero, una vez se suben las escaleras del bus, es otra cosa: hay una pequeña sala con sillas recubiertas, nevera, lavadora, lavaplatos, fogón, despensas y dos camas.
Ahí vive con su esposa y, aunque estén en Medellín, pasan las noches en el carro. Aunque el espacio es bastante más reducido que en una casa corriente, hay todo lo necesario para vivir cómodamente. Un ventilador ayuda a mantener fresca la temperatura, y un ambientador ofrece un fresco olor a pino que inunda toda la casa rodante.
La vida errante sobre ruedas ha sido un sueño para Duqueiro desde hace muchos años. Entre 1995 y el 2000 trabajó como contador en varias empresas, pero siempre se aburría. Llegado el nuevo milenio decidió renunciar y montar su agencia de asesoría contable junto a su esposa. Desde eso ha mantenido presente una frase que define su vida y que tiene impresa en su carro rodante: Vivir sin jefes.
Duqueiro se subió por primera vez a una casa rodante en 2021, en una exposición en Bogotá. En ese momento se dio cuenta de que el sueño que había rumiado por 20 años podía hacerse realidad. Reunió al fin la plata para comprar un primer tráiler, más pequeño que la casa donde vive ahora, y se fue para un encuentro de casas rodantes en Viterbo, Caldas.
Desde entonces comenzó la vida errante de Duqueiro y su familia, que casi siempre viaja con su esposa y en algunas ocasiones con sus hijas. Como desde 2005 trabaja con mercadeo, puede trabajar desde cualquier lugar y solo necesita un celular con señal.

En 2022 estuvieron viajando casi todo el segundo semestre. Fueron a San Bernardo del Viento, Córdoba, un pueblo junto al mar, y de ahí se fueron bordeando el litoral, pasando por los pueblos de Sucre, Cartagena, Barranquilla y Santa Marta. Luego bajaron a Valledupar, la capital del vallenato, y ahí se quedaron un mes.
La vida de Duqueiro no conoce afán. “La idea es ir conociendo, despacio, entrando a cada pueblo. A cada lugar que llegamos, preguntamos dónde podemos parquear y qué hay por conocer. En el viaje por la costa bajamos hasta Mompox y dijimos que nos quedáramos una noche a ver qué tal, y resultamos quedándonos 10 días”, cuenta.
Pero, ¿cómo es vivir en una casa rodante? Para Duquiero, tal vez la única persona en Medellín que vive en un lugar así, es una pasión. Recuerda que en Barichara parqueó en todo el filo de la montaña. Se despertó rayando el alba, como se dice, y vio el amanecer desde la cama, un espectáculo que no olvidará. “Es como tener el patio que uno elija. Todos los días puedo tener un paisaje diferente”, dice Duqueiro.
Por otro lado, tener una casa rodante permite conocer mucha gente. Cada tanto se hacen encuentros de viajeros en cualquier rincón del país. Alguien convoca y los interesados llegan hasta el lugar a compartir, a hablar de las casas, a jugar bingos, a hacer excursiones. Duqueiro, por ejemplo, está en siete grupos de Whatsapp con dueños de casas rodantes, personas que viven errando, como él, por los pueblos y ciudades de Colombia y de América del Sur, amaneciendo todos los días frente a un paisaje diferente.

Una de las dificultades de esa manera de vivir es el agua. La casa de Duqueiro tiene un tanque de 200 litros que sirve para el baño y la cocina. Cuando viaja solo, que es a menudo, le rinde bastante, pero otra cosa es cuando va con tres personas más, su esposa y dos hijas. “Yo paro a tanquear y digo que, además de diésel, necesito agua. En algunas partes no hay y se empieza a complicar”, comenta.
También hay incomodidades, como cuando alguien lo levanta para que mueva el carro. O el curioso que nunca ha visto una casa rodante y quiere acercarse y mirar a través de las ventanas. Son cosas a las que están expuestos, pero Duqueiro dice que no valen la pena.
En Medellín y viajando, Duqueiro y su esposa duermen siempre en la casa rodante, un estilo de vida particular, extraño para la ciudad. Pero el sueño es seguir errando e ir hasta Ushuaia, en el extremo más austral de América, donde los pingüinos saludan a los viajeros. Hasta allá llegarán rodando.
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La disputa que ha pasado desapercibida en Plaza Botero: una bomba de tiempo
Diferentes concepciones sobre el uso del espacio público están en pugna
En la Plaza Botero se cocina una disputa de baja intensidad. Ese lugar en el centro, donde están las 23 esculturas de Fernando Botero, está bajo el escrutinio público desde hace tiempo: la explotación sexual, los robos, el cercado, el desmantelamiento del cercado. Pero, por debajo, hay una disputa que se viene cocinando y que había pasado desapercibida.
El 23 de noviembre de 2023 se anunció que una “callecita de Provenza” se había inaugurado en Plaza Botero. Para esa fecha se abrieron sucursales de varios restaurantes, todos venidos de Provenza. La noticia se tomó con agrado y se celebró en medio de las malas noticias que usualmente genera este lugar del centro.
Desde entonces es posible ver mesas con manteles en el espacio público y una oferta gastronómica que antes no existía. Los nuevos restaurantes llegaron a compartir el lugar con las mujeres que ejercen la prostitución y que caminan de un lado a otro de la Veracruz; con los venteros sin permiso de Espacio Público que deambulan por allí. Más allá de eso, del contraste muy colombiano, nada más pasó.
Hasta el pasado 24 de febrero, cuando El Colombiano publicó un artículo titulado “¿Van a convertir la Plaza Botero en un nuevo Provenza?”. De inmediato, las críticas cayeron en redes sociales y los usuarios se empezaron a preguntar sobre la recuperación del centro.
Jenny Giraldo, en X, dijo al respecto: “De esto se trata el proyecto de “recuperar el centro de Medellín”. Encarecerlo, gentrificarlo, expulsar a quienes siempre nos la hemos jugado por él a pesar de estar en grave estado de salud, a los que no necesitamos que se “recupere” para habitarlo”.

Dio en el blanco. Justo después de la publicación de El Colombiano, varios venteros de la plaza, que llevan muchos años, se comunicaron con un periodista de Exclusivo Colombia para expresar su inconformismo. Uno de ellos es Alberto Ávila, presidente de Asobotero, una asociación que reúne a artesanos, venteros informales y fotógrafos que se ganan la vida en la plaza.
El artículo del diario antioqueño citaba a Juanita Cobollo, presidenta de la corporación Provenza y dueña de una de los restaurantes que llegaron a Botero en noviembre del año pasado. La líder dijo, en términos generales, que la idea era ocupar el espacio público pagando una cuota por ello a la Alcaldía. Además del restaurante de Cobollo, se anunció la apertura de una sede de El Social, un bar en auge que impusó un concepto que se ha ido expandiendo por el valle de Aburrá.
El meollo del asunto es que los comerciantes viejos como Alberto y muchos otros tienen una visión diferente. Exclusivo Colombia habló con Daniel Silva, dueño de un restaurante en Botero y quien lleva siete años habitando la plaza. El comerciante dijo que no quieren replicar el modelo de Provenza que, a su modo de ver, tiene muchos problemas: “No queremos que esto acá se convierta en un lugar de rumba ni de aglomeraciones de personas. Nosotros llevamos más tiempo acá y hemos pensado el lugar de una manera diferente”.

Y es que Silva ya tuvo un encontró con Cobollo, lo que demuestra que entre los nuevos y los viejos comerciantes hay diferencias. “Yo soy la persona que ella mencionó en la nota, a la que dijo que le mandó a entrar las mesas con los funcionarios de Espacio Público”, precisó.
Silva y otros comerciantes más antiguos están formando una asociación nueva para impedir que la llamada gentrificación los saque del lugar que han habitado desde hace años. La pregunta que hay que hacerse es quién planea cómo hacer uso del espacio público y, principalmente, qué papel cumple la administración pública.
Es claro que hay una puja, dos visiones de lo que debe ser Botero. La ciudad no está del todo al tanto de lo que por debajo se está moviendo en este espacio icónico.
¿Y los venteros?
Otro tema que preocupa es la caracterización de los venteros que ocupan Botero. La actual administración llegó con la promesa de organizar el espacio público. Hasta ahora, sin embargo, los resultados han sido escasos.
Ávila, el líder de los venteros, dijo que hay un desorden que no está permitiendo que los turistas hoy disfruten a plenitud del lugar. Con la promesa de la resolución que les dé permiso para vender, muchos se la pasan de un lado a otro, casi que implorando, con sus productos a cuesta. Si se quedan en un sitio, los funcionarios los hacen mover para otro y eso entorpece todo.
De manera que la disputa no es solo por el comercio, sino también por quién puede estar en la plaza. ¿Qué papel tomará la Alcaldía?
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Recorrido por Necoclí: está cerca una nueva crisis migratoria
Un periodista de Exclusivo Colombia estuvo en el pueblo y constató que se tema nueva crisis
—Ajá, diles que es una ruta segura. Que los llevamos hasta el otro lado.
Quien habla es un hombre joven que está sentado en una cafetería de Necoclí. Es de noche y hace calor. Aunque el lugar es concurrido, no hace ningún esfuerzo para bajar la voz.
—Ajá, diles que son 150 dólares por persona.
El hombre lleva una riñonera terciada y se toma una cerveza. Todos alrededor saben de qué habla, pero nadie parece prestarle atención.
—Nojoda, diles que la ruta es segura y garantizada.
En Necoclí, casi todo gira en torno a tres cosas: los bares que, con picós, suenan vallenato día y noche; los miles de migrantes que cada año pasan por sus playas; y el turismo, que muchas veces se ha visto afectado por la presión poblacional que en los últimos años se ha cernido sobre el municipio.
Alejandro Jaramillo, dueño del hotel Casa de Pioneros, comentó que él estuvo en el proceso de construcción del acueducto de Necoclí, hace unos 40 años, cuando el pueblo era corregimiento de Turbo. El acueducto se construyó para seis mil personas, la población de ese entonces. Hoy, con la presión del turismo y las olas migratorias, pueden ser unas 40.000 las personas que hacen uso del viejo acueducto. Por eso el agua es tan escasa en el pueblo.
Pero la historia de Necoclí tiene dos caras. De la premura y la miseria de los migrantes se han lucrado miles de personas, y no solo los coyotes que los ayudan a cruzar el Darién. Caminar por Necoclí es ver las tiendas de baratillos ofreciendo productos que en otro lugar parecerían extraños: carpas, ollas, pequeñas pipetas de gas, botellones de agua, botas pantaneras.
En un letrero, por ejemplo, se lee que la carimañola tiene un precio de 5.000 pesos colombianos o un dólar. Es frecuente que los migrantes lleguen a pagar con dólares en supermercados de cadena como D1 y Ara, donde solo se reciben pesos colombianos. En los bares y hospedajes, en cambio, puede haber un poco más de flexibilidad.
Hay toda una economía que se mueve con los migrantes. Un periodista de Exclusivo Colombia recorrió el municipio este 24 y 25 de febrero para ver cómo está la situación en cuanto a la migración y para averiguar por algunos rumores que han aparecido en los medios de comunicación en la última semana.
Lo primero que hay que decir es que en el pueblo hay buena cantidad de migrantes, pero no como en otros momentos. “Siempre hay, especialmente en la playa. Ellos se la pasan por ahí caminando. A nosotros los mototaxistas no nos necesitan, pero sí compran cosas, se quedan en hoteles y consumen mientras esperan que salga la lancha que los lleva a Acandí”, comentó un mototaxista.
Y es que en lo que va de este 2024 ya son 70.000 las personas que han cruzado el Darién en su empeño de llegar a Estados Unidos. La cifra la entregó Juan Manuel Pino, ministro de seguridad de Panamá. El número es alarmante, pues para la misma fecha del año pasado el registro iba en 24.000 personas.

Por eso, caminando por Necoclí es posible ver grupos de venezolanos que buscan un sitio para dormir. La playa donde está el muelle está atiborrada de carpas donde duermen algunas de las personas que esperan cruzar el golfo. Muchos van con niños, a los que cargan en los hombros y arrastran.
El mototaxista dice que “hay personas de todas las razas”. Necoclí es una pequeña Babel llena de penas, de incertidumbres, de dolores e injusticias. Los coyotes, como el que hablaba al comienzo de este artículo, se dedican a pasar a los migrantes de un lado al otro del golfo, a la frontera con Panamá, donde les esperan 106 kilómetros de una selva apretada y exuberante.
No es fácil hablar con los migrantes, no solo por la barrera idiomática, sino por la presencia oculta y oscura de los coyotes que quieren mantener se negocio seguro.
¿Participan los menores de edad?
Hace unos días, Teleantioquia Noticias reveló en un reportaje que los grupos que mueven migrantes estarían utilizando a menores de edad. Según ese medio de comunicación, los muchachos de 13 0 14 años preferían trabajar con los coyotes en vez de estudiar.
Desde la aparición de la noticia se generó una polémica. La Alcaldía de Necoclí informó, a través de un comunicado, negó tener información de este fenómeno. “Hasta la fecha, no hemos identificado casos puntuales en los que los niños de Necoclí saquen provecho de esta situación”, reza el comunicado.

En el pueblo, como casi todo lo relativo a los migrantes, se maneja con mucha cautela. La gente dice no tener información de que esto esté pasando. En realidad, nadie quiere dar la cara o poner los dedos en las llagas. Según un artículo de El Colombiano publicado en las últimas horas, en efecto los muchachos se prestan para hacer tareas menores, como conseguir habitaciones a los migrantes en Necoclí, pero no hacen el peligroso cruce hacia el Darién.
Sea como fuere, la situación en Necoclí es compleja. En las últimas horas, el Consejo Extraordinario de la Mesa Migratoria decidió suspender la venta de tiquetes para cruzar el golfo. El motivo es la captura de dos capitanes de estas embarcaciones, lo que se traduce que, para ellos, no hay garantías para seguir con la labor.
Si la para dura varios días, será posible ver a Necoclí otra vez represada de migrantes de todos los orígenes.
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Historia del escabroso crimen que estremeció a Medellín en el siglo XIX
Seis personas fueron asesinadas en 1873 en Medellín, el primer gran crimen que se recuerda en la ciudad
La noche del martes 2 de diciembre fue una noche sumamente clara, escribiría el cronista. Era el año de 1873 y Medellín era un pueblo pequeño, a medio camino entre los valle del Cauca y del Magdalena. Los hechos que narra Francisco de Paula Muñoz, el cronista, ocurren en el Aguacatal, en el viejo camino de Medellín a Envigado. Aunque la narración comienza con la noche apacible, cercana a plenilunio, en la que el viento corría sin agitar el follaje, se va adentrando en el crimen que más estremeció a la ciudad en el siglo XIX.
Esa noche clara, Manuel Antonio Botero sintió un quejido en casa de sus vecinos, los Echeverri. Nunca supo a qué horas oyó el lamento, pero debía haber sido de madrugada, pues hacía rato se había dormido. Aunque se sobresaltó un poco, no le dio mayor importancia y siguió durmiendo.
Al otro día fue a casa de los Echeverri, a 100 metros de la suya. Quería preguntar cómo habían pasado la noche y averiguar el origen de aquel quejido de medianoche. Pero nadie le abrió. En cambio, notó que una pequeña mancha de sangre, como pincelada, se había incrustado en la puerta exterior.

Desde la ventana, cuenta el cronista, el señor Botero vio que sus vecinos dormían en la sala, sobre el suelo. No pudo precisar cuántas personas yacían, y de inmediato se fue para Medellín a dar la alerta.
En el Crimen del Aguacatal, como lo nombró la prensa de ese entonces, murieron seis personas. Medellín era una ciudad tranquila, provinciana, que crecía a la vera de un río que iba retorciéndose en sus meandros. Cuenta el cronista que, una vez inspeccionado el lugar y levantados los cuerpos, los llevaron a Medellín para procedcer con el entierro.
“Se leía la consternación en todos los semblantes y no se desprendía de la multitud más que el murmullo de los comentarios y algunas expresiones de conmiseración y de lástima”, escribía el cronista.
Ahora, entrado el siglo XXI, cuesta imaginar a la muchedumbre caminando lento, bajo el cielo posiblemente encapotado, con carruajes que arrastran seis ataúdes. Medellín se convirtió, cien años después, en una máquina de guerra y de muerte. En 1991, el año más violento en su historia, fueron asesinadas 8.954, es decir, 24 muertos al día. Las cavas de Medicina Legal no daban abasto y la gente se acostumbró a la muerte.
Pero cien años antes, en 1873, nadie estaba habituado al horror con el que habían matado a la familia Echeverri. Fueron seis las víctimas: Virginia Álvarez, de 36 años; su esposo, Melitón Escovar, de 48; Sinforiano Escovar, de 22 años e hijo del matrimonio; Juana Echeverri, de 63 años y madre de Virginia; Teresa Ramírez, de 15 años, y María Ana Marulanda, de unos 36 años, la sirvienta que llevaba 15 días trabajando en la casa.
Cuenta el cronista Muñoz que el presbítero Francisco Naranjo, capellán de la iglesia de San Blas, fue el primero en entrar a la casa. El sacerdote notó que Teresa todavía no estaba muerta. Le preguntó si quería recibir los santos óleos, pero la moribunda no contestó. Entonces, con ayuda de dos testigos, la volteó para darle la extremaunción. A paso seguido le dio un trago de aguapanela y la llevó a la cama, donde murió.

Como el caso estremeció a Medellín, los periódicos publicaban sucesivos artículos y las habladurías se apoderaron del pueblo-ciudad. Buena parte de los aldeanos culparon del asesinato a Melitón, el padre de la familia. Melitón había sido vigoroso y trabajador en la juventud, pero una fiebre le había dejado un problema mental al que llamaron “locura”.
La ciudad, entonces, se dividió en dos, los que creían a Melitón culpable y los que abogaban por su inocencia.
Así pasó un tiempo hasta que las autoridades comenzaron a sospechar de Daniel Escobar, un primo de la familia que, supuestamente, había ido a cobrarle una plata a Sinforiano.
Escovar negó su participación en la masacre, pero, después de dos semanas de interrogatorios, relató que se trabó en una pelea con Sinforiano por la plata que le debía. Entonces agarró un hacha y, con furia, dio con Sinforiano en el suelo y siguió con los demás miembros de la familia.
Escovar luego cambió de versión y dijo que los asesinatos los había cometido porque iba a robar unas joyas de la familia. Las autoridades nunca creyeron que hubiera cometido el crimen sin ayuda de nadie más, pero él no dio su brazo a torcer.
Dice la leyenda que Escovar se fugó de la cárcel y se fue a vivir a Urrao, donde se casó y se convirtió en un padre “ejemplar”.
Mucho antes de las rencillas del narcotráfico, de los enmaletados, de los desmembrados y los carrobomba, Medellín se estremeció por un asesinato infame. Nadie previó la vorágine de violencia que envolvería a la ciudad durante el siglo venidero.
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La vida de los pocos campesinos que aún cultivan en la comuna 13 de Medellín
Historia de Janeth y Alfredo, una familia que mantiene las costumbres del campo en la comuna 13
La casa de Janeth y Alfredo es de tapia; las paredes son gruesas y centenarias. Alfredo recuerda que, según le contaron, sus antecesores levantaron esa casa hace 150 años. Ahí nacieron su papá, él y sus hijos. A finales del siglo XIX no había llegado el primer carro a la ciudad, no se había construido la Basílica Metropolitana, el río Medellín tenía meandros y el Parque Berrío era una plaza de estilo español. Todos esos cambios, más la masificación de la urbe, el estallido de la violencia y la construcción del metro, a finales del siglo XX, los ha visto la casa de Jhaneth y Alfredo desde lo más alto de la comuna 13.
Jhaneth y Alfredo viven en Medellín, pero son campesinos. Se levantan a las 5:00 de la mañana, cuando el viento sopla frío, y con los primeros rayos de sol encienden el fogón de leña. Jhaneth amasa y asa las arepas, mientras Alfredo le da vuelta a los cultivos, no vaya a ser que una helada los echara a perder durante la noche.
Toman chocolate con leche, ideal para el frío de la mañana. La casa centenaria está a 2.000 metros sobre el nivel del mar, muy por encima del valle. Desde el balcón, adornado con flores de tierra fría, se columbra el valle: el estadio y la unidad deportiva, el cerro Nutibara, el Parque Explora.

Pero arriba, en la casa de Janeth y Alfredo, el ruido es un rumor lejano de la ciudad. Hasta la parte alta de Belencito, el sector Travesías El Morro, solo se escuchan las guacharacas que graznan sobre los campos. Hasta esa parte no suben carros, ni buses, ni siquiera motos. Para llegar a la casa hay que subir calles empinadas y escaleras inclinadas.
La pareja es una reminiscencia de una ciudad que ya no existe. Sobre la comuna 13 se habla demasiado, pero siempre sobre lo mismo: la operación Orión, las escaleras eléctricas, el grafitur. Es muy poco, en cambio, lo que se dice de la parte rural de la comuna, donde viven Janeth y Alfredo en su casa de tapia y paredes gruesísimas, donde levantan pollos y siembran coles.
Ellos también son habitantes de la famosa comuna 13. Vivieron el horror de la Operación Orión y el aciago final de los 90. Alfredo, apoyado sobre una de las viejas paredes de la casa, recuerda que las balaceras eran frecuentes y que tenían que meterse bajo las camas. Pasaban hasta cuatro horas ahí, inmóviles, esperando que la recia balacera menguara.
En las noches, recuerdan Janeth y Alfredo, los milicianos pasaban por los campos. Surcaban las tierras que ellos cultivaban, que sus abuelos y bisabuelos habían conseguido y mantenido durante siglo y medio. Nada podían hacer ellos, una familia de campesinos, frente a esos jóvenes indómitos que atravesaban la tierra con sangre, saliva y balas.

La comuna 13 vivió su peor época a finales de los 90 y a comienzos de los 2000. Para entonces, los paramilitares, con la anuencia de algunos mandos militares, decidieron tomarse la comuna 13 al costo que fuera. La convicción era sacar a las milicias de las guerrillas que desde hacía unos años se habían apoderado de las calles, las terrazas y las plazas de vicio.
El culmen de los años más infaustos llegó el 16 de octubre de 2002, cuando se perpetró la Operación Orión, que dejó 71 personas asesinadas por los paramilitares y 92 desaparecidos, según datos de la Corporación Jurídica Libertad.
¿Qué había pasado? ¿En qué locura colectiva se había subido la ciudad? ¿Qué era ese baño de sangre? ¿Cómo entender que la apacible ciudad de comienzos de los 30 se hubiera transformado en esa vorágine de violencia?
Esa transformación se vivió también allá arriba, donde se difumina la frágil frontera entre campo y cuidad. Janeth y Alfredo, que están tan lejos de la ciudad para algunas cosas, sintieron en carne propia esa debacle social sin precedentes.

A medida que se va subiendo por las calles de Belencito Corazón, las casas se comienzan a espaciar y aparecen parcelas verdes, barrancos y quebradas. Se escuchan los graznidos de las guacharacas y el cantar de los gallos. Es un mundo diferente, que parece más reciente y bondadoso.
En ese mundo se conocieron Janeth y Alfredo hace muchos años, no recuerdan ni cuántos. Janeth, que es buena conversadora y bromista, cuenta la historia: su mamá era amiga de la familia de Alfredo. Cuando ella nació, él tenía 17 años.
—Yo la conocí cuando ella gateaba—dice Alfredo, y se ríe.
Aunque se conocieran de toda la vida, él era tímido y no se animaba a llevar las conversaciones por otros rumbos. Hasta que un día, borracho, le propuso matrimonio. Janeth se quedó muda, pero le dijo que hablara con la mamá de ella, la futura suegra, para que le diera el visto bueno. Pactaron que así se hiciera el siguiente miércoles.
Pero Alfredo no aguantó y fue el martes a pedir la mano. Sin parapetos, con naturalidad campesina, se fueron a vivir juntos y formaron un hogar con tres hijas.

En Medellín, según la alcaldía, hay 50.000 campesinos. Están principalmente asentados en los cinco corregimientos, pero también en las laderas de la ciudad, donde se confunde lo urbano y lo rural. Se estima que son 12.000 las familias que aún viven del campo, como Janeth y Alfredo, que venden en Belencito sus arvejas, coles y fríjoles.
Su vida se parece más a las de las zonas remotas de Antioquia, aunque están a 20 minutos del centro de Medellín. No reciben ningún apoyo oficial y su vida sería más difícil si no fuera por la fundación Dame la Mano, que desde hace un tiempo los apoya.
Están lejos de las escaleras eléctricas, de los grafitis y los reflectores de las cámaras, pero son habitantes de la comuna 13 y se definen como tal. Que nadie les diga que no son los campesinos de la 13.
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