Salvemos a un Palestino, atrapado en la guerra
Un paisa lidera una campaña mundial que permita el paso fronterizo de un palestino, atrapado en la guerra en medio del hambre y la miseria.
En la franja de Gaza hay miles de historias invisibles ante el mundo. No basta con las que a diario se ven en los medios de comunicación internacionales porque muchos relatos se viven en silencio y temor. La guerra ha dejado centenares de personas asesinadas, niños huérfanos que incluso sufrieron amputaciones por los sanguinarios ataques entre ejércitos y grupos terroristas.

Una de esas historias, marcadas por el dolor y la resiliencia llegó hasta el corazón de Pablo Castellanos Ramelli, un paisa que hoy encabeza una iniciativa para ayudar a Waseem Moshtaha, un biotecnólogo palestino que se encuentra atrapado en la guerra e intenta sobrevivir entre la miseria, el hambre, la desolación y el miedo.
Pablo y Waseem se conocieron en octubre del año pasado en la Cumbre de las Naciones Unidas para Soluciones Jóvenes del Cambio Climático, donde cerca de 100 jóvenes fueron premiados por las soluciones innovadores, pero el palestino, dice, no pudo asistir presencialmente porque para ese momento la guerra regresaba y su viaje (el primero que hacía fuera del país), fue aplazado “abruptamente”.
Pablo narró que el biotecnólogo quien se graduó con honores “los primeros meses sobrevivió a muchos bombardeos y asaltos. En varias ocasiones me advirtió que no sabría si en cualquier momento podría morir, su casa quedó en ruinas y debió desplazarse varias veces con su familia escapando de los combates. “.

Ambos quedaron en contracto en WhatsApp y a través de ese canal de comunicación creció un vinculo de amistad en el que Waseem cada que podía le narraba la crítica situación que él y su familia empezaron a vivir, como el hambre “desde inicios de marzo, me confesó que él y su familia comparten una única comida al día, recogen las hierbas en el suelo para comer y que su madre lleva más de un mes racionando insulina para la diabetes”.
El palestino, a quien le destruyeron su casa con un bombardeo reveló que también tiene quebrantos de salud que pueden tratarse con una buena alimentación o suplementos alimenticios, algo tan sencillo de escribir pero que hoy es tan difícil e imposible de conseguir en esta zona. Es como intentar conseguir agua en medio de un desierto.
Desde Medellín Pablo relató que Waseem y su familia tomaron la decisión de desplazarse hacia Egipto, a través del cruce de Rafah, para sobrevivir e implorar por ayuda médica, pero para que ese paso sea efectivo él y su familia deben pagar una millonaria suma de dinero /7 mil dólares cada uno).
La historia, impulsada por el propio biotecnólogo y replicada desde Medellín le ha dado la vuelta al mundo y en tiempo récord ha contado con la solidaridad de decenas de personas.
Pero el apoyo aún es necesario para cumplir la meta y por ello Waseem habilitó un canal de donaciones en el siguiente link
https://www.gofundme.com/f/gaza-help-me-and-my-family-to-live-in-peace
¿Cómo donar?


Pablo, un paisa conmovido con la historia sigue adelante tocando puertas y replicando el mensaje, mientras que Waseem continúa luchando para demostrar que se puede resurgir, en medio de una guerra que no eligió vivir.
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Caso Posadita: el macabro descuartizamiento que aterró a Medellín en el siglo pasado
Repasamos uno de los crímenes más sonados y recordados de la ciudad
La periodista Luz María Montoya encontró a Abel Antonio Saldarriaga “Posadita” en 2011. Para entonces, el hombre se había convertido en un anciano apacible, madrugador, que se dedicaba a “contemplar la vida” desde un barrio popular de la ciudad. Dar con el paradero de Posadita no fue fácil. Habían pasado 43 años del asesinato de Ana María Agudelo, la joven ascensorista del edificio Fabricato. Ese anciano inofensivo, que vivía de las artesanías, fue el culpable del crimen más recordado de Medellín durante el siglo XX.
Desde el crimen del Aguacatal, horrible masacre cometida en 1870, la ciudad no se estremecía de tal manera ante un crimen. Medellín fue en el siglo XIX un pueblo pequeño, rural, tranquilo y conservador en extremo. Para 1842, cuando se inauguró el cementerio San Pedro, en el valle vivían 9.140 personas, cuenta el cronista Enrique Echavarría. El resto del siglo pasaría sin mayores sobresaltos hasta la matanza de seis personas en El Aguacatal, caso que ya contamos en detalle en Exclusivo Colombia.
Ahora nos adentramos en el crimen por antonomasia del siglo XX. Cuando la periodista Montoya le preguntó a Posadita por el asesinato de 1968, él alegó, de nuevo, que era inocente. “Diga que no me acuerdo de nada”, le dijo a la periodista.

Posadita estuvo preso once años, aunque su condena fue por veinte años. Cuentan los rumores y los recortes de prensa que el caso fue tan mediático que la familia del inculpado tuvo que irse a una casa rural durante el juicio por temor a un linchamiento. Por el contrario, muchos tomaron a Posadita como un personaje digno de respeto, casi una celebridad.
Se cuenta también que el condenado estuvo unos años en la cárcel de Gorgona, en el Pacífico, quizá soportando la humedad y el calor en las celdas vaporosas de la isla. En 1982 recuperó la libertad y desde entonces se convirtió en una leyenda, un fantasma que dejó una estela de dolor a la familia de Ana María.
La entrevista con Pasadita en 2011 apareció en el periódico Centrópolis. Al ver la publicación, la hermana de Ana María, Norela, decidió hablar del asesinato de su hermana. Con dolor dijo que le gustaría tener al frente a Posadita y responder unas cuantas cosas sobre su inocencia. “Quisiera ver a Posadita, tenerlo al frente mío y preguntarle qué pasó, por qué hizo lo que hizo”, dijo Norela Centrópolis.
Los hechos
Ana María desapareció el 13 de octubre de 1968. La joven, reconocida por la hermosura de sus 23 años, era la ascensorista del edificio Fabricato, símbolo de la industria textil del siglo pasado. Ese día fue con su hermana y su mamá al centro. Estando allí pensó en pasar por el Fabricato para recoger su uniforme, y así lo hizo.
En el edificio estaba Posadita, el encargado de oficios varios. El asunto es que Ana María nunca llegó de vuelta, y su hermana y su madre se quedaron esperándola sin tener respuesta alguna sobre su paradero.
Entonces se regó la noticia de la desaparición y con ello corrieron los rumores. Se dijo con insistencia, tal vez con mala fe, que no había de qué preocuparse porque la muchacha se había volado con algún novio. El suceso apareció en la prensa, pero solo fue doce días después cuando la macabra realidad vino a estremecer a la ciudad.
Las historias de la época dicen que Posadita estaba enamorado de Ana María. Ella un día le pidió que limpiara unos vidrios de su casa, pues él hacía ese tipo de servicios. Estando en la casa, recordó Norela en la entrevista con Centrópolis, Ana María dijo, en presencia de Posadita, que se había comprometido a ir al altar con un hombre. Dicen que el aseador no soportó eso y desde entonces comenzó a odiar a la ascensorista.
En el edificio notaron un hedor unos días después de la desaparición. Era el rancio olor de la descomposición de la carne. Aunque rastrearon el origen del olor insoportable, fue difícil dar con él. Algunos dijeron que, tal vez, una rata había muerto en los ductos. Se cuenta, tal vez como hipérbole, que unos gallinazos, como zopilotes que cargan funestas noticias, sobrevolaron el edificio.
El día doce, número tan simbólico, encontraron la cabeza de Ana. En el ducto del aire acondicionado fueron encontrando más trozos de carne de lo que fuera el cuerpo de la joven y bella ascensorista. En su momento se dijo que fueron en total 100 partes las encontradas en varias partes del edificio.
Don Upo, el popular cronista rojo de El Colombiano, tal vez el más célebre reportero del siglo, contó así lo sucedido en un artículo de 1971:
“De las cien partes en que teóricamente dividieron los médicos legistas el cuerpo de la víctima, solo fueron halladas 81, pues algunas porciones fueron posiblemente arrojadas por los inodoros, o sacadas del edificio”.
No se sabe qué fue de la vida de Posadita. Quizás terminó en el anonimato en una comuna de Medellín, pero el crimen no ha sido olvidado.
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¿Qué pasó con el crimen organizado en Medellín?

Más de 30 años de confrontaciones entre grupos delincuenciales en Medellín tras el desmantelamiento del Cartel de Medellín, parecen haberse detenido en los últimos años, llevando a la ciudad a una tensa calma y una reducción de homicidios sin precedentes en la historia y que se sostiene en 2024. ¿Producto de pactos y del proceso de paz con el Gobierno Nacional? ¿Quiénes son los cabecillas que tienen identificados las autoridades? ¿Cuáles están en libertad?
Exclusivo Colombia tuvo acceso a los informes con los que se construyó el llamado Inventario Criminal Unificado en Medellín, que es el resultado de las investigaciones, seguimientos y datos analizados de las principales autoridades entorno a la composición y distribución de los Grupos Delincuenciales y Organizaciones Criminales que actúan en la ciudad y que son actualmente, los más recientes con los que cuenta la Alcaldía de Medellín para planear las estrategias articuladas contra el delito.
Para comenzar, la cifra de grupos identificados es bien diferente a la que tiene la Oficina del Alto Comisionado de Paz, que está en negociación sigilosa y hermética con al menos 11 estructuras criminales de primer nivel, también llamadas GDO (Grupos Delincuenciales Organizados) y que según el informe representan el 87% de la totalidad de estos grupos en la ciudad y el Valle de Aburrá.
Según advierte el informe, con datos verificados por la Fiscalía General de la Nación y la Policía Metropolitana, en Medellín hay 10 GDO y 81 Grupos Delincuenciales Comunes Organizados (organizaciones más pequeñas, generalmente dependientes de las primeras) con 2.864 integrantes identificados y unos 6.000 en total, si se tiene en cuenta la posibilidad del subregistro.
Esta es la cifra que reconoce el Alcalde de Medellín, Federico Gutiérrez Zuluaga, quien insistentemente se ha quejado públicamente por desconocer lo que se está negociando en la Mesa de Paz de Itagüí, instalada desde junio del año pasado por el Gobierno Nacional y de la cual se desconocen los avances.
“He hablado con el Alto Comisionado de Paz, Otty Patiño, con quien hemos tenido comunicación permanente. Insisto que no sabemos que se está negociando, solo el Gobierno tiene la información. Vuelvo e insisto, la voluntad de paz, siempre se tiene que notar, si hay voluntad de paz, dejen de asesinar, dejen de extorsionar, dejen de desplazar, dejen de robar, dejen de hacerle daño a la gente. Si tienen voluntad de paz, yo me encargo de esos más de 6.000 jóvenes que hacen parte de las estructuras criminales para que tengan una oportunidad diferente a la de las armas”, dijo el mandatario, justo después del asesinato de Edinson Rodolfo Rojas, alias “Pichi Gordo”, uno de los cabecillas histórico de la llamada “Oficina” y quien estaba en libertad, incluso, sin haber cumplido ni la mitad de una sentencia a 16 años de cárcel por homicidio, concierto para delinquir y porte ilegal de armas.
Precisamente desde la Oficina del Alto Comisionado de Paz, se habla no de 81 grupos al margen de la ley, sino de unos 350, y, no de 6.000 integrantes, sino de unos 12.000, que advierten los cabecillas recluidos y participando en la Mesa de Paz, tienen en sus filas en el Valle de Aburrá.
Pero ¿según los informes del Inventario Criminal Unificado cómo está compuesto el crimen organizado en la ciudad en la actualidad?
La medida de las estructuras delincuenciales

“La Oficina” aparece como la estructura principal del crimen en la ciudad, con dos alas, lideradas por dos grupos conocidos como Grupo Colegiado de La Oficina y la Alianza de Estructuras Criminales, la primera con 37 subgrupos y la segunda con 33, cada una con 3 estructuras de primer nivel, entre las que se pueden contar bandas reconocidas como “La Terraza”, “Robledo”, “Los Triana” y “Caicedo”, además de los grupos delincuenciales de Bello, como “Los Chatas”, “Pachelly” y “El Mesa”, todos con historiales delictivos de más de 20 años.
No obstante, el informe reconoce que también hay injerencia del llamado “Clan del Golfo”, a los que les atribuyen al menos dos grupos de primer nivel, como “Altavista” y cuatro grupos de segundo nivel, mejor conocidos como “Combos”.
Igualmente, en la lista aparecen dos Grupos Delincuenciales independientes y 7 subgrupos, de los cuales se advierte, no les obedecen a las grandes estructuras y que hoy no están sentados en la Mesa de Paz, al igual que el “Clan del Golfo”.
El informe, además, advierte de un posible obstáculo. Hasta la fecha de elaboración de este, había 70 procesos investigativos estructurales abiertos en contra de igual número de bandas y había otros 40 pendientes. De estos no se sabe a la fecha de los avances, precisamente a la espera del desarrollo de las conversaciones con el Gobierno Nacional. No obstante, de manera conjunta, las autoridades siguen actuando en contra de las estructuras, pero en 2024 aún no se realiza ninguna captura relevante en Medellín de los denominados “Objetivos de Alto Valor”, o cabecillas de primer nivel de estas estructuras criminales.

El más reciente caso, a comienzos de marzo, anunciado sin mucho bombo ni platillos, fue el de la captura de alias “La Firma”, Jean Fernando Espinosa Lopera, un expolicía vinculado con “La Oficina” desde hace más dos décadas, que según las autoridades estaba dedicado al narcotráfico para carteles mexicanos. Fue apresado en Robledo por la Dijín y será extraditado a petición de Estados Unidos. En sus inicios estaba vinculado a la GDO “Doce de Octubre” y fue capturado en agosto de 2012 y condenado a 15 años de prisión, no obstante, como se hace evidente, no terminó de cumplir su sentencia y había vuelto al mundo criminal en completa discreción. Sin embargo, esta operación no hacía parte de las investigaciones estructurales de la “Oficina” y su valoración como cabecilla, estaba lejos de ser un objetivo imperante.
Cabecillas en libertad
A la fecha la reducción de homicidios en Medellín, frente al año 2023, es del 8.4%, se han cometido 87 asesinatos frente a 95 del año anterior y las cifras del primer trimestre de 2024 sigue siendo positiva, incluso cuando hablamos de los últimos años, donde de manera sistemática se redujo este delito a niveles sin antecedentes en la historia.
Según el Sistema de Información para la Seguridad y Convivencia, del total de estos crímenes, 16 son asociados a la acción de grupos delincuenciales, un 38% menos que en 2023. Sin duda, con las cifras, se puede deducir que la violencia del crimen organizado se ha “estancado”. Actualmente, advierte una fuente allegada a las investigaciones de criminalidad en la ciudad, no existe identificada ninguna confrontación particular entre bandas en ningún punto de la ciudad y hay una “tensa calma” en sectores como Manrique, Robledo y la comuna de San Javier, donde se han desatado enfrentamientos en años anteriores.
¿Resultado de pactos? Nadie lo confirma directamente. La reducción de homicidios en Medellín se ha dado de manera consecutiva durante los últimos 8 años, incluso sin advertir en el horizonte un proceso de paz con el Gobierno. Para algunos analistas del conflicto, ha existido un pacto no declarado entre los principales cabecillas de las organizaciones más relevantes del crimen, la mayoría en prisión, como José Leonardo Muñoz, alias “Douglas”, Juan Carlos Mesa Vallejo, alias “Tom” y Freyner Ramírez, alias “Carlos Pesebre”.
No obstante, también se advierte que muchos de los que una vez hicieron parte de los carteles de “Los más buscados”, en ofensivas contra el crimen lideradas en la primera administración de Federico Gutiérrez y alcaldes anteriores, ahora están en libertad, algunos incluso, colaborando con el hermético proceso de paz de Itagüí. Con el asesinato de alias “Pichi Gordo” en El Poblado, del cual pocos sabían que estaba en libertad, comenzaron las preguntas para advertir que varias de las más importantes cabezas de “La Oficina”, estaban en libertad.
“Sabemos que “Pichi Belén” desde la calle está colaborando con el proceso. Él y “Pichi Gordo” están incluidos de manera discreta con esto, por eso preocupó tanto la muerte de este último, pensamos que podría desatarse un enfrentamiento, pero hasta ahora no ha sucedido nada raro”, advierte una fuente allegada a la Mesa de Paz.
Juan Carlos Castro, alias “Pichi Belén”, fue incluido en 2018 en el cartel de los más buscados, señalado como el principal cabecilla de “La Oficina” y mano derecha de alias “Tom”. Se ofreció una recompensa de hasta $100 millones por su captura, que se registró en Tolú ese mismo año en un mega operativo con más de 100 hombres de las Fuerzas Especiales de la Policía. Castro fue condenado a 6 años de prisión, pero en diciembre pasado fue beneficiado con detención domiciliaria.
Entre los 5 principales cabecillas capturados y ya en libertad o con detención domiciliaria, también se encuentra Carlos Mauricio Soto, alias “Soto”, señalado por las autoridades de ser el jefe del GDO “Picacho” y con historial criminal de más de dos décadas en “La Oficina”. Tras ser capturado en 2017, fue condenado a 9 años de prisión, de los cuales cumplió poco más de 3, quedando con beneficio de casa por cárcel desde 2020, en completa discreción y silencio.
Caso similar es el de Julián Andrey González Vásquez, alias “Barney”, capturado en Bogotá en 2015, presentado como uno de “los principales cabecillas del crimen organizado del Valle de Aburrá” y condenado a 17 años de cárcel por tres casos de homicidio y concierto para delinquir, pero beneficiado también con prisión domiciliaria en la época de pandemia en 2020. También permanece lejos del ojo de las investigaciones recientes de las autoridades.
El cuarto cabecilla, que de hecho se hacía llamar “El Patrón” es un histórico líder delincuencial del Nororiente de Medellín, Elkin Triana Bustos, según las autoridades, fundador de la banda de “Los Triana”, capturado en una lujosa finca de Amagá en 2018 y condenado ese mismo año a 8 años de cárcel por concierto para delinquir y con beneficio de casa por cárcel en 2020. Tampoco se encuentra en este momento con pendientes ante la justicia, tampoco este grupo hace parte de la Mesa de Paz.
El quinto caso, fue el ya reseñado de alias “Pichi Gordo”, quien tuvo final trágico hace apenas unas semanas. Hasta el momento no se sabe quién ni por qué fue asesinado. Las pistas del caso las tiene un grupo especializado de investigación, pero los avances o consecuencias de este asesinato son un enigma.
No obstante, no se puede quedar por fuera Franklin Andrés Vargas, alias “Frank”. El hombre mejor conocido por ser el hermano del extraditado jefe de “La Oficina”, Erikson Vargas, alias “Sebastián”. “Frank”, según las autoridades había tenido el beneplácito de su hermano para liderar la organización tras su caída, pero fue capturado en 2012 y condenado a 16 años de cárcel por delitos como concierto para delinquir. No obstante, desde 2019 fue abrigado con libertad condicional, sin que hasta hoy se conozca de su paradero.
Las llaves de la guerra o la paz



Los que, si siguen tras las rejas, no obstante, desde junio del año pasado están, en su mayoría recluidos en la Cárcel de La Paz en Itagüí, reunidos allí gracias a la iniciativa de negociación del Gobierno Nacional, sin embargo, dos fichas claves no están allí presentes, sino con una especie de “representación”.
“Los principales cerebros y patrones del crimen en Medellín son “Douglas” y “Tom”, pero ellos solo están representados en la Mesa. Ahí está “Carlos Pesebre”, que es uno de los voceros más fuerte. Ellos son los que tienen las llaves, entre los tres tienen más del 80% de los combos”, advierte la fuente allegada a la Mesa de Paz de Itagüí, quien, por razones de discreción del proceso, pide la reserva de su identidad.
En la Mesa quien representa las estructuras de alias “Tom” es alias “Vallejo”, Jesús Vallejo Alarcón, cabecilla de “El Mesa”, pero también aparecen figuras del crimen como Jesús David Hernández, alias “Chaparro”, líder de la banda “Pablo Escobar” y condenado a 46 años de cárcel por la desaparición de tres jóvenes estudiantes de La Estrella y alias “28”, un delincuente de esa zona del Aburrá, en hechos ocurridos en 2009.
También, como relevante en esta ala de la organización criminal, está alias “Lindolfo”, Sebastián Murillo Echeverry, condenado por homicidio agravado a 18 años de prisión y recordado por ser el ex esposo de la reconocida presentadora Vanesa Peláez. Señalado líder de la banda de “Caicedo”.
Un caso particular, de otro de los voceros de la cárcel de Itagüí, es el de Gustavo Adolfo Pérez Peña, alias “El Montañero”, uno de los históricos jefes de la banda de “El Mesa”, en Bello, que quedó en libertad desde el pasado 14 de marzo. Fue capturado en 2019 y condenado a 8 años de cárcel, de los cuales pagó poco más de la mitad. Se desconoce si seguirá en el proceso.
Por el lado de alias “Douglas”, se reconoce a su mano derecha, alias “Compa”, Óscar Fernando Salazar, reconocido hace más de 20 años en la organización de “La Oficina”.
Juan Camilo Rendón Castro, “alias Saya”, es el vocero de La Terraza. Él fue condenado en 2014 a catorce años de prisión por los delitos de concierto para delinquir agravado, doble homicidios y tráfico de armas y municiones.
En total 16 cabecillas de primer nivel, (sacando a alias “Montañero”), aparentemente comprometidos con la paz, hacen parte de la lista, por lo menos de los que se sabe, están aún tras las rejas.
Lo cierto es que sin datos certeros de lo que se está negociando en este proceso, con un nuevo Alto Comisionado de Paz y con las investigaciones estructurales a los Grupos Delincuenciales Organizados en vilo, la ciudad vive una calma atípica, no obstante, con un incremento sustancial en delitos como la extorsión que el año pasado subió más del 300% y este año, apenas viene en disminución del 48% y una delincuencia que ha optado por el hurto en todas las modalidades, con más de 5.500 solo en lo que va del año.
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Así es la exigente vida dentro del templo hare krishna del centro de Medellín
Estuvimos con los seguidores de Krishna para contar cuáles son sus creencias y cómo viven su fe
Es domingo de Ramos y el centro de Medellín está vacío. A la iglesia de La Veracruz, tan gastada ya por el paso de los años, llegan algunos feligreses a cuentagotas. En la Plaza Botero sí hay gente: turistas, prostitutas, borrachos. En un negocio suena El culpable soy yo, de Diomedes. En ese momento, entre todo lo mundano que habita la plaza, aparece un grupo de personas extrañamente ataviadas, con túnicas naranjas y las cabezas rapadas.
Los que están en la plaza, que fuman cigarrillos y toman cerveza, se quedan mirando al grupo, que ahora toca tambores y baila. Son hare krishna y van por las calles de Medellín cantando al señor, pero no al del frente, el de la Veracruz, que está atado a una cruz. No, su señor se llama Krishna y tiene forma humana.
Los hare krishnas, es decir, quienes reconocen en Krishna el ser supremo, celebran, justamente cuando en el calendario cristiano es Domingo de Ramos, su año nuevo. No es 2024 el año que están recibiendo, sino el 5532. Por eso cantan y bailan por el Parque Berrío, donde un hombre interpreta Sin saber qué me espera y decenas de personas bailan escuchando música parrandera. Son los contrastes insospechados que permite el centro de Medellín.
Hace 5532, dice el predicador, Krishna vino al mundo. Los hare krishnas creen que el mundo material, el que habitamos, está lleno de tentaciones y de dolor. La prioridad en la vida es servir a Krishna y no provocar dolor. Esto segundo es un imposible, reconocen. Por eso la doctrina es estricta en que la alimentación debe ser vegetariana. Nada de pescados, pollo, mucho menos carne de res. Los animales son amigos, no comida, dicen.
Mientras los fieles entran a la Veracruz, los hare krishna hacen lo propio en el templo, que está exactamente al frente de la iglesia católica. La tarde del domingo se hace gris, un tanto melancólica. Afuera siguen sonando vallenatos de Diomedes, uno tras otro, mientras los seguidores de Krisha se quitan los zapatos y se hincan, implorando, para comenzar la ceremonia de año nuevo.
Pero, antes de iniciar, se van rotando unos cocos. “Agítelo junto a su oído, escuche el agua que tiene adentro, y pida un deseo”, comenta uno de los asistentes.

El movimiento hare krishna llegó a Medellín en los 80. Este es una manifestación religiosa reciente, surgida en el siglo pasado. El templo hace parte de la Sociedad Internacional para la conciencia de Krishna (Iskcon por sus siglas en inglés). La sociedad ha ido creando templos en todo el mundo para despertar lo que ellos llaman la conciencia de Krishna.
Para los hinduistas, Krishna es uno de los avatares de Vishnú, el dios supremo, pero los hare krishna lo consideran la manifestación suprema y última de Dios. El movimiento no ha estado exento de problemas. En Alemania, por ejemplo, se le consideró una secta. Y, lo que es más grave, se han documentado denuncias de abusos sexuales y físicos dentro de las comunidades.
Algunas ramas del hinduismo también critican al movimiento Iskcon, pues consideran que, más que una religión, se asemejan más a las tendencias “nueva era”, en las que toman doctrinas del cristianismo y otras creencias para formar un sincretismo extraño.
La vida en el templo
Jhon Hurtado es un seguidor de Krishna que vive, literalmente, para su dios. Tiene 23 años, aunque aparenta más, y dice que ha vivido muchas cosas. Conoció el movimiento hace siete años. Estaba en la Marina, prestando servicio, cuando sintió el llamado de Dios y desde entonces decidió dedicar su vida a él.
Jhon es una de las 11 personas que viven en el templo, en todo el centro de Medellín. Afuera, las noches son tenebrosas; transcurren en medio de peleas a cuchillo, gemidos, gritos, bazuco. Adentro, en cambio, dice Jhon, es todo lo contrario. ¿Por qué, teniendo una percepción tan conservadora, fundaron el templo en semejante olla? El seguidor de Krishna responde sin titubear: porque acá hay una urgencia de espiritualidad.
Mientras sus compañeros montan un altar con la imagen de Krishna, John explica que hay cuatro condiciones básicas para hacer parte del movimiento. Primero, nada de alcohol, café, té, drogas u hongos; segundo, no tener sexo ilícito, es decir, que no sea con la esposa (o esposo) y cuyo fin no sea procrear; tercero, y sin ninguna dilación, no participar en juegos de azar; cuarto, quizá lo más importante, llevar una vida vegetariana.

Eso no son sacrificios, dice Jhon, porque todo lo hace por Krishna. La ceremonia de año nuevo incluye un baile y danza para honrar a Krishna. En medio del jolgorio, algunos servidores ofrecen flores aromáticas. También pasan con un candelabro encendido, ante lo cual el creyente se inclina, como tomando la llama, para luego llevar las manos a la cabeza.
La vida en el templo, cuenta Jhon, es de disciplina. Él no lo llama trabajo, sino servicio, y obviamente es para Krishna. Las once personas se acuestan todos los días a las nueve de la noche, pero eso depende de qué tanto servicio haya. A veces van a la cama pasadas las diez.
Se levantan a las tres y media de la mañana, sin falta, para comenzar la primera oración del día que, por supuesto, incluye baile y canto para Krishna. “Esta es una vida muy bonita, de amor. Todo el servicio lo hacemos por Krishna y por eso lo hacemos con amor”.
Jhon trabaja en el restaurante Govindas, que está en el tercer piso del edificio que ocupan los seguidores de Krishna. Comienza turno a las ocho de la mañana, varias horas ya después de haberse despertado, y sirve como mesero, lavando ollas, limpiando, barriendo, hasta las cinco de la tarde. A las seis en punto es el último canto a dios.
Cuesta trabajo imaginarse una vida así en pleno centro de Medellín, donde el relajamiento es regla general.
Afuera del templo, a la hora en que cae el sol, los borrachos siguen fumando cigarrillos, matando el tiempo, mientras los feligreses salen de la iglesia de Cristo. Es el centro de Medellín.
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Detalles históricos y pintorescos de la primera Semana Santa en Antioquia: expediciones, excesos y religión
La primera vez que se celebró la fiesta religiosa fue en 1541, luego de la fundación de Santa Fe
En Santa Fe de Antioquia está el personaje más antiguo del departamento. Llegó en 1746 desde Andalucía, en barco. Después la metieron por el río Magdalena y luego la llevaron, con sumo cuidado, por caminos de herradura. Su nombre es Nuestra Señora de las Angustias y es una figura policromada; tiene la mirada fija en los ojos de su hijo; Jesús yace sobre su regazo, semidesnudo, con la herida abierta bajo sus costillas. Sus rodillas están tumefactas, consecuencia de las caídas y el sufrimiento.
Nuestra Señora de las Angustias fue traída en el siglo XVIII para la celebración de la Semana Santa en Santa Fe, para entonces capital de Antioquia. Su cuidado ha pasado de generación en generación. Muchos hombres han nacido, crecido y declinado junto a ella, que sigue incólume al paso de los años.
Pero, ¿por qué llegó esta imagen a Santa Fe de Antioquia? ¿Por qué no a Medellín, por ejemplo? Acá hay que contar otra historia, la de la primera Semana Santa en el departamento.
En 1538, dejando una estela de sangre, llegaron los primeros cristianos al centro de Antioquia. Habían partido de Urabá, donde hacía algunos años habían fundado San Sebastián, hoy Necoclí, y la gloriosa y perdida por siempre Santa María de la Antigua del Darién. Los españoles, después de muchos años de bordear las costas, se decidieron a penetrar en las montañas, tierra adentro, atraídos por las promesas de tierras muy ricas en oro.
Fue una expedición calamitosa. Los primeros cristianos llegaron sedientos y con hambre al Occidente de Antioquia. Habían padecido las consecuencias de un terreno agreste, repleto de una vegetación exuberante que a veces los atacaba, hostil, con su ponzoña. Dos de los hombres más importantes del grupo murieron en el recorrido. Atrás habían dejado el Golfo de Urabá con sus riquezas naturales, y llegaban a unas tierras agrestes, llenas de indígenas dispuestos a defender lo suyo con sangre.
Uno de los muertos fue Pablo Fernández, el primero en columbrar el valle del Tonusco. Cuenta Pedro Cieza de León, cronista de la Colonia, que a Fernández le hicieron un entierro “muy cristiano” y solemne. Fue la semilla del cristianismo en el interior de Antioquia.

Durante la expedición se cometió un acto de crueldad innombrable que presidió lo que sería la conquista de esos territorios. Juan Badillo, el líder de la expedición, montado en cólera, mandó a quemar vivo al cacique Buriticá. Los españoles querían oro y sabían que en esas montañas había mucho. Estaban dispuestos a hacer lo que fuera por conseguir el metal, costara lo que costara, así hubiera que robar, extorsionar o matar a un cacique.
Luego del hambre, las dos muertes y el asesinato de Buriticá, los españoles volvieron a Urabá con las manos vacías. Sin embargo, cimentaron el terreno para que tres años después, en 1541, otro grupo de españoles, ahora dirigidos por Jorge Robledo, se aventuraran a fundar la primera ciudad en el Occidente: Santa fe de Antiochia.
Ese año se celebró la primera Semana Santa en Antioquia. El pueblo no es donde está hoy, en el Tonusco, sino que estaba situado en donde ahora es Peque. No hay mucha documentación sobre esa primera celebración religiosa, pero se sabe que los españoles, en esas tierras tan contrarias a ellos, levantaron la primera iglesia y celebraron como pudieron, en medio de las penurias y las calamidades que les habían acaecido.

Esa fecha, 1541, quedó en firme como la de la primera Semana Santa en Antioquia. Así pues, en este 2024 cumplen 452 años de tradición. Muchas cosas han pasado desde entonces, desde el asedio constante y las hambrunas en el pueblo, el posterior establecimiento y bonanza, la explotación incesante de oro, la llegada de Nuestra Señora de las Angustias. No es en vano que la Semana Mayor del cristianismo tenga como una de las sedes principales a Santa fe de Antioquia.
El pueblo actual, en el Tonusco, se fundó en 1546, cinco años después del primero. La decisión de fundarlo en este punto fue evidente: está cerca de las minas de oro de Buriticá, en donde Badillo prendió vivo al cacique.
“De este pueblo que estaba asentado en este cerro, que se llama Buriticá (…) donde está asentada una villa que ha por nombre Santa Fe, que pobló el mismo capitán Jorge Robledo (…) las minas se han hallado muy ricas junto a este pueblo en el río grande de Santa Marta. Cuando es verano sacan los indios y los negros en las playas harta riqueza”, escribió el cronista Pedro Cieza de León.
Como pasa siempre donde hay riquezas inusitadas, en Santa Fe hubo excesos de toda clase. Los habitantes cayeron en un “relajamiento de las costumbres” que ni siquiera la fe, la iglesia ni la solemne Semana Santa pudieron aplacar. El pueblo era fecundo para la prostitución y los juegos de azar.
Sucedía esto entre los siglos XVII y XVII. Así lo cuenta el historiador Juan David Montoya lo explica así en el artículo La ciudad y la villa: los años inestables:
“Para desterrar los viejos hábitos, los administradores coloniales ordenaron que se restringieran los excesos de las fiestas, se abrieran calles y fuentes públicas de agua, se construyeran acequias, cárceles, hospitales, cementerios, escuelas de primeras letras y casas de recogidas para las mujeres ‘libertinas’”.
Han pasado varios siglos desde eso y puede que el libertinaje continúe, pero el mundo de hoy es otro. Lo que no ha cambiado es la devoción por la Semana Santa y las figuras. Cada una de las imágenes tiene un “mayordomo” que vela por su bienestar y la arregla para que salga lo mejor posible durante la Semana Santa. La mayordomo de Nuestra Señora de las Angustias, por ejemplo, es Rebeca Martínez, una mujer mayor que la tiene bajo su cuidado desde 1982, cuando heredó la mayordomía de su padre.

Otra de las curiosidades de la Semana Santa en Antioquia tiene que ver con la historia del Cristo Caído. Este llegó un año antes que Nuestra Señora de las Angustias, en 1745. El Cristo, como el de Zaragoza (Antioquia) fue emblema por muchos años hasta que pereció en un incendio en 1970.
Todavía hay tiempo de ir a Santa Fe y disfrutar el Jueves o Viernes Santo, el fin de semana y el Domingo de Resurección. Allí están las imágenes centenarias, los cargueros y las calles empedradas.
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Desde las cárceles se ejecutan más del 80% de las extorsiones en Colombia. Alerta: ya están usando Inteligencia Artificial
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Las sorpresas que esconde la muerte: un día con un sepulturero del cementerio San Pedro
Francisco Cadavid cuenta detalles sobre cómo es vivir entre los muertos
La muerte acarrea muchos problemas prácticos. Generalmente, y con toda razón, se habla del duelo tras la pérdida, de la tristeza, la rabia, el daño irreparable. Pero poco se mencionan los asuntos prácticos. ¿Quién se encarga de arreglar un cuerpo yerto? ¿Quién, de abrir una fosa, de pulir un ataúd? Si el cuerpo no se incinera, hay que esperar cuatro años para sacarlo de la oscuridad, partir los huesos con cuidado y llevarlo a otro lugar, este sí el definitivo. Alguien tiene que hacer ese trabajo que pocos desean.
Francisco Cadavid lleva 26 años haciendo todas esas tareas. Trabaja en el cementerio San Pedro, el más viejo de la ciudad que todavía está en funcionamiento.
El San Pedro es amplio, con una rotonda central rodeada de pinos y palmeras. En las tardes se escuchan los graznidos de aves. Francisco dice que son águilas o halcones. En la parte central del cementerio están enterradas algunas de las personas más recordadas del siglo pasado. Tomás Carrasquilla está por allí, coronado con un busto que hace honor a su obra; también está Jorge Isaacs, el escritor vallecaucano cuyos restos trajeron comenzando el siglo XX, después de la guerra de los Mil Días.
En ese espacio se mueve Francisco desde hace 26 años. Es un hombre delgado, de piel morena, bien afeitado. Llegó al San Pedro porque le ofrecieron trabajo en unas obras que se hacían en ese momento, para 1998. Antes del cementerio era muy temeroso de la muerte. Recuerda que cuando había un entierro en Girardota, su pueblo, se escondía para evitar el contacto con la muerte. Si había un velorio, no entraba y más bien se escabullía hacia otros lugares.
Pero mucho tiempo ha pasado desde eso. Ahora habla de la muerte como de cualquier otra cosa, con las manos en la cintura, tranquilo.
Francisco no recuerda cuál fue el primer muerto que ayudó a meter a la bóveda. Sabe, eso sí, que es más complicado una exhumación que una inhumación. En el San Pedro hay muchas bóvedas alquilados, cuyo contrato es por cuatro años. Pasado ese tiempo, hay que sacar al muerto para liberar el espacio.

Por raro que parezca, es frecuente que a muchos no los reclamen. El cementerio, entonces, trata de comunicarse con la familia para que se presente. Sobre la lápida ponen un sticker indicando que el muerto, por contrato, debe ser exhumado, pues su tiempo ahí ha caducado. Pero las familias no aparecen y pasan uno o dos años en ese problema, hasta que el cementerio, como última opción, se ve obligado a hacer una exhumación administrativa.
“Eso pasa mucho acá, ufff. Entonces tenemos que hacer la exhumación. Sacamos el cuerpo, que no sabemos cómo lo vamos a encontrar, y lo arreglamos dentro de otro lugar, bien rotulado y con nombre, hasta que la familia venga y lo reclame”, cuenta el sepulturero.
Decía Francisco que la exhumación es peor. Y es que los sepultureros no saben con qué se van a encontrar. En los casos más sencillos, después de abrir la lápida y de que se disipe el polvo, aparece una calavera. Más abajo, los huesos que dieron fuerza al cuerpo que alguna vez tuvo vida.
Pero no siempre es así. Hay veces, Francisco no sabe cómo explicarlo, el muerto sale momificado. Entonces es más difícil sacarlo, porque está rígido. Si la familia no lo ha reclamado, hay que llevarlo a la otra bóveda, donde ocupará más espacio que un esqueleto.
Hay un tercer caso, que es el peor. Francisco tampoco sabe explicarlo, pero lo ha vivido y sabe cómo se siente. En algunos casos, el cuerpo sale fresco, descompuesto. No es difícil imaginar la escena. La descomposición es un fenómenos que comienza horas después de la muerte. Primero, el cuerpo se pone rígido, víctima del rigor mortis, y se vuelve muy difícil de manejar. Sobre las partes en declive, gracias a la gravedad, aparecen las livideces, unas manchas moradas, como tumefactas, provocadas por la sangre acumulada, que ya no corre.
Unas horas más tarde cesa el agarrotamiento de las extremidades y el cuerpo, de nuevo, se hace fofo, blandengue; el abdomen, en las fosas iliacas, comienza a tornarse verdoso. Entonces el cuerpo se hincha, repleto de gases provocados por las bacterias; las cuencas de los ojos se desbordan y el muerto pierde la figura humana.
Esa escena puede ser demasiado fuerte. Y más cuando es un familiar del muerto el que tiene que verla. Francisco cuenta que son dos personas allegadas al finado las que asisten a la exhumación. “Muchas veces traen otro montón de personas, hasta niños, que tienen que quedarse esperando afuera. Vienen como de paseo”, dice el sepulturero.

Las inhumaciones, en cambio, tienen otras complicaciones. El San Pedro es un cementerio de bóvedas y galerías. Hay seis pisos de bóvedas. No es fácil llegar hasta arriba con un ataúd. Para hacerlo, con cuidado, tienen que subir al cajón en un montacargas. Es un proceso engorroso en el que participan tres personas.
Por si fuera poco, no es solo subir el cajón hasta arriba, sino meterlo con precisión en el hueco. Para que ruede bien por el hoyo, cuenta Francisco, artesanalmente hacen unos rodillos con palos de escoba, de manera que se pueda deslizar hasta el fondo de la fosa. “Muchas veces pasan los cuatro años y sacamos el ataúd y los rodillos están intactos y siguen sirviendo. Eso es increíble”.
Otras veces, los problemas los ponen los vivos. El San Pedro es un reflejo de Medellín. En un comienzo, por allá en 1842, se creó para fungir como camposanto de los ricos, lo opuesto al San Lorenzo. Pero llegó el siglo XX con su vorágine de desplazados y de violencia. La ciudad se convirtió en una máquina de guerra y de muertes en la segunda mitad del siglo, y los cementerios no daban abasto.
Entonces, el cementerio que fuera de los ricos comenzó a adoptar a todos, víctimas y victimarios de la guerra. Cada tanto hay entierros inverosímiles en los que los asistentes llegan borrachos, dando tiros al aire y quemando pólvora: “Se ponen muy groseros con el sepulturero. Cuando la situación está muy complicada, uno tiene que irse y esperar a que las cosas se calmen”.

La jornada comienza temprano en el San Pedro, antes de las 8 de la mañana. Son seis las exhumaciones que se hacen todos los días, siempre a la misma hora. Los entierros, dice Francisco, son cuatro en promedio. El día es tranquilo por lo general, sin mayores sobresaltos.
Pero siempre hay sorpresas porque, aunque no parezca, la muerte es dinámica; hasta un cuerpo yermo, tendido en ataúd, tiende posibilidades insospechadas.
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Oscuro balance de asesinatos y violencia contra personas LGBTIQ+, en Antioquia durante el 2023
Exclusivo Colombia revela el informe anual de la Corporación Caribe Afirmativo, que demuestra el incremento de crímenes y violencia contra la población LGBTIQ+, en 2023
“El asesinato de una mujer trans que fue degollada cruelmente mientras dormía en una acera del barrio Rosalpi en Bello, encontrándose en completo estado de indefensión”. Este es uno de los casos más crueles citado por el informe anual de la Corporación Caribe Afirmativo, que a diario documenta con detalle los aberrantes ataques contra personas LGBTIQ+ en Colombia.
En el documento detalla otro crimen reportado en 2023 donde “una mujer trans y trabajadora sexual, fue brutalmente asesinada por un hombre en condición de cliente”.
El siguiente recuadro, construido por un equipo de investigadores y analistas de la Corporación revela el panorama en 2023:
| Homicidios y/o feminicidios 2023 | 20 |
| Crímenes con hechos indicadores de violencia por prejuicio | 7 |
| Tasa homicidios y/o feminicidios LGBTIQ+ | 0,29 % |
| Víctimas LGBTIQ+ por amenazas durante el año 2023 | 256 |
| Número de víctimas de violencia policial reportadas en 2023 | 34 |
| Víctimas de violencia sexual | 48 |
| Víctimas LGBTIQ+ incluidas en el RUV | 115 |
| Víctimas LGBTIQ+ solicitantes de medidas de protección | 12 |
Según el informe, se identificaron 5 factores preocupantes en Medellín, señalada hoy como una de las más “hostiles” contra las personas LGBIT+:
- Impunidad de las violencias.
- Procesos de denuncia poco eficientes y revictimización.
- Prácticas ineficientes de los entes investigadores para hacer un trabajo adecuado, rápido y asertivo, así como fallas estructurales para la prevención de las violencias.
- Ausencia de cultura ciudadana que promueva el respeto y el reconocimiento cotidiano de las personas LGBTIQ+.
NUEVA ALARMA
La Corporación Caribe Afirmativo reveló que en marzo de 2023 fue reportado el caso de “una agresión sexual perpetrada por varios hombres contra una mujer lesbiana (migrante venezolana). Según el informe “aunque se activó la ruta para atender casos de violencias basadas en género -VBG-, la respuesta institucional resultó negligente, perdiendo evidencia crucial del día de los hechos”.
Por el incremento de las denuncias con los migrantes venezolanos, la Corporación encendió las alarmas en “la región fronteriza con Panamá, específicamente en los municipios antioqueños de Turbo y Necoclí, donde los riesgos contra las personas migrantes son elevados, tanto por autoridades de control como por grupos armados irregulares”.
CIFRAS NACIONALES
-Asesinatos de personas LGBTIQ+ en Colombia, durante el 2023: 156.
-Porcentaje: incrementó el 7, 59% en comparación con los 145 casos reportados en 2022.
-Estadística: 41 mujeres trans, 3 hombres trans y dos personas no binarias, 46 hombres gais, 32 hombres bisexuales, 12 mujeres lesbianas, 1 mujer bisexual y 20 personas LGBTIQ+ sin especificar.
–Origen: el 95.5 %, es decir, 149 víctimas son colombianas y el 4,5% que equivale a 7 casos eran de nacionalidad venezolana
– ¿Quién encabeza la lista? Valle del Cauca reportó 33 casos
VIOLENCIA POLICIAL
Según Caribe Afirmativo “en el año 2023 se registraron 155 víctimas de violencia policial, mostrando un incremento del 49,03 % en comparación con las 104 víctimas reportadas para el año 2022”.
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La oscura historia de los tres “Pichis” de “La Oficina”
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Gordo Lindo quiere construir un “Hollywood montañero” en el cerro donde se estrelló el avión de Chapecoense
En el sitio ya hay un “ecoparque” y se visiona un hotel para el futuro
Hay en La Unión un negocio que ha despertado algunas polémicas. Es un restaurante al que su dueño, Jaime Carmona, llama ecoparque. Jaime es conocido como Gordo Lindo y, cuando le preguntan su nombre de pila, dice que lo olvidó hace mucho tiempo. Pues bien, Gordo Lindo es el propietario de la tierra adyacente a donde cayó, el 28 de noviembre de 2016, el avión en que viajaba el equipo Chapecoense.
Gordo Lindo no estaba ese día, pero uno de sus trabajadores, don Miguel, sintió el estruendo de una de las tragedias más grandes de la historia del deporte. Fueron 71 personas entre jugadores, directivos, periodistas y tripulantes las que murieron esa aciaga noche en la que no paró de llover.
En Medellín y en La Unión se hicieron decenas de homenajes a los fallecidos. El gobernador de Antioquia de la época, Luis Pérez, prometió construir un memorial en el sitio en el que cayó el avión. Desde el sector público se anunciaron grandiosas ideas sobre el memorial, pero todo quedó sobre el papel.
Acá entra en acción Gordo Lindo, quien ha pasado toda su vida en la vereda Pantalio, donde se estrelló el avión. Cuenta, sentado en uno de los taburetes de su negocio, que la gente comenzó a llegar de manera espontánea.

—Un día estaba yo ordeñando mis vacas—cuenta Gordo Lindo— y un señor me preguntó que dónde podía parquear su carro. Le dije que por ahí en un bordito y eso hizo. Entonces, yo tenía un toro por ahí, y ese animal le empezó a dar al carro y le hundió las latas. El señor me empezó a reclamar y yo le dije que cuadrara con el toro, ja, ja.
El visitante era, según Gordo Lindo, una de las “miles” de personas que llegaban a conocer el lugar. Se encontraban con que no existía el prometido mausoleo. Solo estaba la montaña, invariable,y la brisa fría que mece los árboles sombríos.
—Entonces—continúa Gordo Lindo— yo les prestaba el baño a las personas que llegaban. Les daba tinto, porque también llegaban preguntando por café, y las atendía. Ahí se creó una necesidad.
Hace tres años que Gordo Lindo vio la llamada necesidad y montó un restaurante. Dice que empezó con dos mil pesos y que “Dios le dio el proyecto para atender al mundo entero”.
El ecoparque de hoy tiene un rancho restaurante en el que se prepara a diario sancocho de gallina. Gordo Lindo dice, solo sabe él si es una hipérbole, que los domingos venden 1.500 almuerzos. Hay caballos para dar un paseo por las colinas, un sendero para caminar hasta el sitio en el que se estrelló el avión.
También hay una capilla, un mural con las fotografías de los muertos y unas cruces con los nombres de las víctimas del accidente. Pero el atractivo mayor, que Gordo Lindo muestra con orgullo, señalando ampliamente con el brazo, es un avión real que rememora al de la tragedia.
El avión está puesto sobre un plan y lo bordean unas cintas azules. No es una réplica del avión que chocó en 2016; se trata de un avión viejo, inservible ya, que Gordo Lindo y un socio compraron en Medellín. Para llevarlo hasta el lugar hubo que despiezarlo y llevarlo en varios camiones hasta la entrada a La Unión. Para llegar hasta el sitio del accidente —y del negocio de Gordo Lindo— hay que recorrer seis kilómetros desde la carretera principal.

En la vereda hay otros negocios que ofrecen comidas y tienen pequeños homenajes a Chapecoense: banderas, murales, las llantas de un avión. Pantalio no volvió a ser el mismo lugar desde aquella fatal noche de noviembre.
A Gordo Lindo le han criticado su negocio. Le han dicho que el ecoparque no es más que una manera de lucrarse de una tragedia. Cuando se le menciona eso, retrocede sobre el taburete y responde:
—De todo me han dicho. Pero yo no hago esto por lucrarme. Esto es un proyecto que Dios me puso y él me ha ayudado para que crezca. Fue Dios el que me puso esto acá, es de él.
Gordo Lindo piensa en grande su proyecto. Dice que con la ayuda de Dios lo convertirá en un Hollywood montañero. ¿Cómo es eso? No lo explica muy bien, pero lo imagina con juegos para los niños, luces, un hotel y cabañas.
—Esto acá es para atender y hacer feliz al mundo. Para eso me mandó Dios.
Y es cierto que muchos turistas vienen de otras latitudes a conocer el lugar de la tragedia. Un viernes en la tarde, por ejemplo, un turista noruego, rubio y luciendo una camiseta deportiva, llegó hasta el lugar y cabalgó por las colinas en uno de los caballos. Gordo Lindo, bromeando, le dijo que solo sabía dos palabras en inglés, pero que esperaba que se fuera feliz para su país.

Hay un proyecto inmediato del que Gordo Lindo no quiso dar detalles, porque piensa que es mejor no anunciar las cosas antes de tiempo, pero tiene que ver con la creación de su Hollywood montañero. ¿Serán hospedajes? ¿Un hotel, un glamping? Habrá que esperar unos cuatro meses, dice el dueño del lugar.
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