
Cristina Arenas Vélez, doctora en Teatro y Cine de la Universidad de Kansas, en Estados Unidos y destacada docente de la Universidad de Medellín, hizo su transición a los 57 años. Tras décadas de espera, el 16 de enero se hizo realidad una decisión que marcaría su vida: vivir en armonía con quien siempre fue, más allá del tiempo y los miedos. Esta es su primera entrevista pública.
El 16 de enero de este año, Cristina Arenas Vélez se miró al espejo y vio, por fin, el reflejo que siempre había anhelado. Su rostro, antes una máscara impuesta por la vida, ahora le devolvía la mirada con una verdad incuestionable: ya no era Fernando, sino Cristina. No porque antes no lo hubiera sido en esencia, sino porque, después de 57 años, el mundo también la reconocía así.
La historia de Cristina no es solo la de una mujer trans que decidió transitar a su identidad real. Es la historia de una académica brillante, una doctora en Teatro y Cine egresada de la Universidad de Kansas, una docente respetada en la Universidad de Medellín, y, sobre todo, de alguien que se atrevió a desafiar el tiempo y los prejuicios para abrazar su verdadera esencia.
Fernando Arenas Vélez nació con la convicción de que algo no encajaba. En su infancia, entre los barrios Santa Gema y La Castellana, creció bajo la tutela de su abuela y su padre. A simple vista, era un niño más en una familia tradicional. Pero dentro de sí, la realidad era otra. A los 9 o 10 años, empezó a sentir ese deseo profundo e inexplicable de ser vista como mujer, aunque el mundo ni siquiera le ofreciera referentes para comprenderlo.
“Uno veía por ahí en las noticias que en Europa existían personas transexuales, pero eran casos lejanos. Lo más cercano que recuerdo fue cuando vino a Colombia Roberta Close, una modelo brasileña trans. Me parecía fascinante, pero inalcanzable”, recuerda Cristina.
Su adolescencia fue un terreno hostil. La timidez extrema, la sensación de no pertenecer, las dudas. “No era capaz ni de pedir algo en una tienda. Me daba nervios hablar con alguien, y con las mujeres aún más. Siempre me han gustado las mujeres, pero me paralizaba la idea de interactuar con ellas”, cuenta.
La educación y el arte se convirtieron en su refugio. Estudió Comunicación Social en la Universidad Pontificia Bolivariana y pronto encontró en el teatro y el cine un lenguaje que le permitía explorar otros mundos, quizás más libres que el suyo. Con 28 años, consiguió una beca Fulbright y viajó a Estados Unidos para hacer su maestría y luego su doctorado en Teatro y Cine en la Universidad de Kansas.
En Estados Unidos, estuvo cerca de tomar la decisión de hacer la transición. Pero la sociedad, el miedo y las estructuras impuestas pesaban demasiado. “Recuerdo que pensé: ‘Aquí, donde hay más oportunidades, ¿será que me hago el cambio y me quedo?’. Pero no fui capaz. Lo veía muy lejano, muy imposible”.
Volvió a Colombia y se dedicó a la academia. En la Universidad de Medellín, donde lleva 15 años enseñando, encontró un espacio seguro. Sus estudiantes la respetan, sus colegas la han respaldado. Pero la inquietud seguía latiendo dentro de ella.
Los años pasaban, y con ellos llegaban también reflexiones más profundas. Nunca tuvo hijos, aunque le habría gustado. A los 35 años enfrentó una afección renal que la hizo pensar en la fragilidad de la vida. Y cada vez que se miraba al espejo, sentía una mezcla de alegría y tristeza. Alegría por lo que había logrado; tristeza porque aún no veía reflejada a la mujer que llevaba dentro.
Hasta que un día, el tiempo dejó de ser una excusa. El 16 de enero de 2025, Cristina dejó de ser un sueño postergado y se convirtió en realidad. “Sentí que ya no podía esperar más. Que el tiempo que me quedara en este mundo quería vivirlo como yo era, sin máscaras, sin miedo”.
El cambio no fue fácil. A pesar del apoyo institucional, el proceso personal implicó romper con una vida entera de costumbres, identidades prestadas y renuncias. Pero la felicidad de ser ella misma superó cualquier obstáculo.
“Hoy me siento en paz, aunque el camino no ha terminado. Todavía hay momentos en los que me miro y no me veo como quisiera, pero estoy en el proceso”, dice.
Cristina también enfrenta un desafío que pocos imaginan: a pesar de ser una mujer trans, nunca ha sentido atracción por los hombres. Se identifica como ginecófila, es decir, una mujer a la que le gustan las mujeres. Es una realidad que desafía los estereotipos y que ella ha aprendido a asumir con naturalidad.
En unos años, Cristina sueña con jubilarse y llevar una vida más tranquila. No anhela grandes lujos ni reconocimiento, solo autenticidad.
Su historia es un recordatorio de que nunca es tarde para ser quien realmente eres. De que los años no borran la verdad, solo la posponen. Y de que, en un mundo que aún lucha por entender la diversidad, cada acto de valentía es un paso hacia la libertad.
Cristina Arenas Vélez ya no teme mirarse al espejo. Porque, después de 57 años, por fin, se ve.